
La poesía casi siempre ha sido una estrella fugaz en el horizonte editorial, aunque sigue ocupando un rincón secreto, oculto, especial, en el corazón de sus lectores. Es difícil encontrar páginas dedicadas a los poetas en los escasos suplementos literarios de los periódicos. Las revistas de poesía han pasado a ser un objeto de culto. Las páginas en Internet divulgan, pero no hay un diálogo vivo, vivaz, entre autores y públicos. Algunos concursos, es cierto, animan, estimulan a los autores más audaces. Se ha convertido en un género para la sobrevivencia emocional, una suerte de amuleto espiritual en esta sociedad mercantil, digital, donde la vida ocurre en piloto automático. La poesía requiere atención, amor por la palabra, pasión, curiosidad y sobre todo, diría, complicidad. Los poetas se han quedado sin voz y la humanidad sin poesía. Los hechos no desmienten, reafirman estas palabras.
Desde hace mucho tiempo, los poetas no generan noticias, no se pronuncian frente al caos y la miseria universal; siendo la poesía un género esencialmente humanista, su piel es la humanidad misma del hombre, su voz milenaria, cuyos ecos aún resuenan en el siglo XXI.
Para las editoriales publicar a un poeta es un ejercicio económico de alto riesgo que de inmediato se clasifica pragmáticamente como pérdida de dinero y tiempo. Los poetas no tienen audiencia, tribuna, su escenario es la clandestinidad verbal, la palabra pareciera proscrita y olvidada. Es más entretenido quemar el tiempo en una red, ver una película, divertirse con un videojuego, chatear hasta el infinito, jugarse la suerte en un casino, aprender las reglas del emprendimiento, sobrevivir en este universo distópico.
Desaparecieron de la escena poetas como Octavio Paz, Ernesto Cardenal, Neruda, Borges, Dalton, Benedetti, Parra, De Rokha, Bolaño, Oliverio Girondo, Gelman, Heraud, Cisneros, y tantos otros, para que se quedara en una suerte de afonía la poesía. Bertolt Brecht dejó una herencia formidable para el compromiso del hombre en cualquier época y tiempo, porque los desafíos de la humanidad se repiten cíclicamente. Dice en su poema donde elogia al hombre indispensable:
Hay hombres que luchan un día
y son buenos. Hay otros que luchan un año
y son mejores. Hay quienes luchan muchos años
y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida:
esos son los imprescindibles.
El poema es muy conocido, citado, repetido, y sigue sin perder vigencia, más aún en tiempos volátiles.
El libro, en general, es un objeto que puede adornar una pared, pero no forma parte de la cotidianidad de las personas y sería una extravagancia que alguien cite a un autor en una conversación o reunión. Menos a un poeta. Sacar un libro en un grupo, mencionar a un filósofo, son cosas del pasado. Hay que funcionar con los programas, las tecnologías, al ritmo de los algoritmos, al menor tiempo posible. Muy pronto, la gente de mayores ingresos podrá comprar su robot personal, que en los ratos libres podrá recitarle algún poema para la ocasión.
Lo curioso es que aún personas que nunca les ha llamado la atención leer poesía dicen en su vida corriente, muchas veces presidida por una banalidad suprema, a esto le falta poesía, no tiene poesía, ponle algo de poesía. Pareciera que esta suerte de muletilla circunstancial viniera y fuera un recordatorio del esplendor, de la importancia, de lo esencial que era la poesía desde tiempos inmemoriales. La cereza del pastel no es la poesía.
Esta reflexión, al paso de estos tiempos en que la lectura, entre otras cosas, se convierte, en no pocas ocasiones, en una pesada carga, se debe a que en el imaginario chileno, en mi época, se decía que Chile es un país de poetas. No sin razón: dos premios nobel y decenas de extraordinarios poetas a lo largo de toda la geografía, sin excepción, casi 4.500 kilómetros de buena poesía. Poetas montañosos, marítimos, desérticos, urbanos, sociales, populares, toda la gama de adjetivos habidos y por haber. Este año, para no ir más lejos, después de 81 años de que Gabriela Mistral recibiera el premio Nobel, se le ha levantado un monumento en la plaza Italia, sitio que divide Santiago en norte y sur. La obra de las artistas Mariana Silva y Norma Ramírez preside ese emblemático lugar para los chilenos a través de “dieciséis prismas de acero verticales que combinan imágenes de la poeta con extractos de su poema ‘Todas íbamos a ser reinas’, uno de los más conocidos de toda su obra”. Hay opiniones encontradas con la obra, Gabriela siempre estuvo inmersa en la polémica e inclusive un crítico anónimo acuñó la siguiente frase para referirse al monumento: “Cuando la política fracasa, los políticos recurren al mito y a la poesía”.
La poesía pareciera ser un recurso tipo maquillaje, al menos para algo sirve en medio de tanta prosa prosaica. Esta nota al voleo de las palabras ha surgido, y nada debe extrañarnos, después de la entrevista al Premio Nacional de Poesía chileno de 2016, mi amigo Manuel Silva Acevedo, quien a sus 83 años nos cuenta que ha tocado puertas en diversas editoriales chilenas, tres de las cuales se negaron con diversas excusas de compromisos adquiridos. Silva Acevedo, con sesenta años de ejercicio poético, una obra reconocida, un lugar en la poesía chilena ganado a pulso, ha deambulado hace meses por el mercado editorial sin arribar a puerto. Este es un ejemplo patético del estado en que se encuentra el interés por la poesía en Chile. El jurado que lo galardonó calificó la obra de Silva como una “presencia poética clave en nuestra literatura, desde su profético y multivalente poema Lobos y ovejas (1976)”, según reporta Diego Quivira, el autor de la entrevista a Silva Acevedo. Sólo son cincuenta poemas, advierte el poeta, bajo el título Esquirlas y desparpajos.
“Marisol Vera, directora de la Editorial Cuarto Propio, pone los puntos sobre las íes en relación con publicar poesía y señala textualmente, citando la entrevista: “Publicar poesía en un país que tiene como base que toda actividad es rentable es dificilísimo, porque la poesía, incluso de poetas renombrados, no da réditos económicos”. Vera recuerda que desde la fundación de Cuarto Propio en 1984, “el único libro (de poesía) que ha pagado sus costos y ha generado ingresos para la editorial ha sido, y en el último tiempo, la obra de Stella Díaz Varín”. Me alegro por la colorina Stella Díaz Varín, a quien conocí en las noches locas de la bohemia santiaguina, con Teillier, Barquero, Cárdenas y Poli Délano.
La página en blanco
La página en blanco
es una invitación,
oportunidad,
prueba sin garantía,
más bien un desafío.
Anfitriona de la pureza,
es pura transparencia
a la espera de la palabra
que revela el poder
de la palabra verdadera,
que busca superar
la esperanza
de la página en blanco.
Voy hasta donde sea
Voy hasta donde sea
que el silencio
no rompa mil cristales,
con mi viejo carro y bastón
metálico negro.
Mi tiempo no tiene apuro,
soldado y menos la guerra,
siempre debimos ser respetuosos
del reloj de la historia.
Tal y como lo oyes,
el tiempo es una convención,
nadie improvisa
más allá de lo permitido
por el paso del tiempo.
Y, si sus alas son el viento,
nada importa más
que la huella que ha dejado
la inmortalidad del tiempo.
Mis amigos los poetas malditos
Mis amigos, los poetas malditos,
lo dieron todo por la poesía,
no tengo palabras para explicarlo,
siguieron su feroz instinto día a día,
no transaron en ningún momento
con sus ideales, su vida, su poesía,
no se hicieron querer por el poder,
como dijo Enrique Lihn sin anestesia,
no fueron bufones, ni diplomáticos,
ni adictos a los premios de ocasión
ni oficiales, o a becas internacionales.
Fueron poetas que no se escondieron
detrás de las palabras, dijeron
lo que pensaron, lo que corría
por sus venas, fueron fieles a su tiempo,
a sus sagradas palabras que acompañaron
paso a paso sus días, los años intangibles
de unos sueños inconfesables.
Les agradezco haber compartido
el rayo misterioso de la poesía.
Pessoa se acuarteló
Pessoa
se acuarteló
en sí mismo.
Hermético
hasta la sombra,
que era lo más
próximo a su vida.
Aún se le ve en fotografías
de la época caminando
por Lisboa dejando atrás
todo, principalmente
a sí mismo.
La verdad no tiene precio
Estimados señores:
absolutamente imposible
suscribirme a vuestro periódico,
a pesar de tan tentadoras,
casi obscenas ofertas.
Dadas las circunstancias,
lo cierto es que la verdad
no tiene precio.
Piedras rodantes
Los Rolling Stones, estas ruidosas
piedras rodantes, no dejan de rodar,
hacen ruido sin parar
en el centro erótico de la palabra,
viven y vuelven a agitar
polvos de estrellas.
Viejos trovadores, rockeros del pecado,
ancianos felices, juegan al amor,
perpetúan el deseo como monjes
pornográficos, no tienen, nunca
han tenido, freno, ni buscan
la salvación espiritual.
The Rolling Stones, dirán en el recuerdo,
muchachos, no dejen de tocar,
no paren aunque prendan
en llamas el mismo infierno,
las piedras son eternas
y no deben dejar de rodar.
Bajo el árbol de la vida
Bajo el árbol de la vida,
fruto de las palabras,
crecerá un mundo mejor,
con fuerza y esperanza.
Eso espero, al menos, creo,
mientras veo pasar, sin apuro,
una estación cualquiera
del año en curso.
La guerra no cesa, sin embargo,
en la misma parte del mundo,
oscurecida por el mal de siempre.
No me pidan más precisión,
vivimos en un mundo espantosamente,
volátil, arbitrario, caprichoso.
Decir la verdad es un lujo.
¿Se irán o no se Irán?
¿Se irán o no se Irán?
Esa es la cuestión.
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