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Es una buena máquina

lunes 12 de octubre de 2015

"Es una buena máquina", de Miyó Vestrini1

En una de las fotos Miyó Vestrini duerme o muere. Se me ocurre que morirse es un evento continuo del que se debe despertar o resucitar. En otras imágenes celebra con amigos y deja los rastros de su escritura a mano. Los tipos de la máquina de escribir están en la tapa de un cuadernillo cuyo diseño me invita a seguir imaginando. Sus páginas dobles (busco entre ellas y me tropiezo con un blanco que me impulsa a rellenar con otros poemas de Miyó, pero no) me confunden un momento y pienso que a alguien se le olvidó dividir las hojas. Nada, todo está bien, me digo sonriente. Me quedo quieto y continúo repasando esta extraña creación, este diseño artístico de Ediciones Letra Muerta (Caracas, 2015), cuya responsabilidad recae sobre Faride Mereb, quien además prologa y hace la selección de los poemas de la malograda y apocalíptica escritora venezolana.

Escribo en presente, porque le veo la cara a Miyó Vestrini al lado de Alberto Patiño, Hernández D’Jesús y Adriano González León, y la capto viva, sonriente. Me imagino que con unos tragos de felicidad. Y entonces me lanzo a leer lo que ha dejado de puño y letra en un suplemento, suerte de opúsculo de ensueños, borrones, dibujos, dedicatorias y recortes de periódicos donde se pueden encontrar poemas y hasta la misma despedida de la poeta anunciada por Luis Lozada Soucre en El Diario de Caracas el domingo 1 de diciembre de 1991. Y ya para el cierre del breviario, la prueba mecanográfica que sirvió para darle nombre a este libro de textos inéditos, algunos, y de aventuras vitales, muchas. Es decir, veo dos libros, veo dos emociones, dos reconstrucciones que encarnan la angustia permanente de esta mujer que un día decidió despedirse del mundo con la mirada puesta en una pared blanca.

 

2

El libro comienza con unas líneas de “la negra” Elisa Maggi. Una nota de amiga, afectiva, de vecina. Un mensaje que termina con “Su palabra es un espejo, por eso conocerla era y es conocerse”. Un rato más adelante, otra nota “A modo de prólogo” de Faride Mereb, en la que detalla las partes del libro y habla un poco de los textos que lo conforman.

Con esas palabras, con esa ambientación, Miyó Vestrini inicia su desnudo interior. Y lo hace con un epígrafe del también poeta José Barroeta, en el que está el dato de la máquina, artefacto que habla sobre su desempeño:

Nunca seré sincera: tendré tabuladores / letras juntas (frkjñjkkixqyrt) delirios y comas / de terror. / Te llevaré siempre al vacío de un alfabeto / de unas teclas donde el amor es desamparo / precipicio.

La primera parte sacude al lector en primera persona. Leemos en todas las personas. El lector se reconoce en todas, pero la primera deshace el yo de quien enfrenta el texto y se hace otro, el que habla desde la página. Miyó regresa en quien la pronuncia. Viaja con ella desde la muerte, desde unos poemas inéditos, póstumos, resucitados, reencarnados en la pronunciación de un lector que empieza a saber quién es ella:

“Te diré como sé lo que soy…” y se duele desde los versos, desde un abandono que cierra la respiración con esta oración: “Me delataron sin pedirme permiso”.

Esta es Miyó Vestrini, la de las ausencias. La mujer que se sumerge en el aire de una ventana mientras fuma y trasiega un whisky. La que se siente perdida en la pérdida de otro. La que recorre la ciudad con el mundo a cuestas. La risueña antojada, la plena. La mundana. Y así, la solitaria.

Estar sola / se ha vuelto algo tan miserable / que escribo / pensando para quien escribo. / Se trata de conmover de alguna manera / cuando son vanos / los deseos de echar a un lado el tiempo / repitiendo / desde hace años / no sé muy bien qué hacer / no sé muy bien qué hacer.

Poema del desaliento, de la depresión. Como todos. O casi todos. De los designios del tiempo que resbala por el interior del cuerpo y se deposita en los rincones de un baño, de una habitación, del recuadro de una ventana mientras cierra los ojos y trata de escribir.

En ese instante, en ese corto transcurrir de un paisaje borroso, el pensamiento se traduce en “un canto de pordioseros / en la caliente niebla de los mediodías”. Miyó era una mujer en la que Jano revelaba su presencia: una alegría desbordada en medio de la frugalidad de los amigos. Un abismo oscuro en la soledad donde los fantasmas “no tienen piedad / han olvidado las premoniciones”.

Y esa tristeza, construida sobre la base de la tragedia de todos, se conserva intacta hasta el último momento, hasta el último verso. En el poema “La casa” la voz de una mujer ante la muerte:

Todos han vuelto a casa / menos tú / Vieron la sangre en la cuneta / el rostro cerrado / la furiosa muerte en él / la boca llena de moscas y mal aliento / aliento de perro / murmuró un soldado / posición de cadáver / dijo un maestro // Estoy aquí: / abrazo tu hombro vencido / tu piel estropeada / tu mejilla apenas contraída / tus largas Piernas de várices y costras / te doy temblor / intento gemir como las viejas / y rezar / y santiguarme / y prender una vela / san Vicente que no le hagan más daño / santa Rosalía y san Antonio de Asís padre de los montes / que no lo encuentren.

En esta “casa”, donde habita el dolor, la ausencia, la muerte, en fin, también está la fe, la mirada puesta en la creencia de que podría ser posible el milagro de que quien ha sido siga siendo en los nombres de lo sagrado. Y sigue la muerte su caudal. En el texto “La hija”, quien pronuncia los versos tiene un mes para la muerte de un sujeto que podría ser parte de su existencia genética. Ella, la inflexión, recorre el poema e hinca las palabras en “El padre quiere morir en octubre porque es el mes más nublado del año / estamos disminuidos / silenciosos y maldecidos / envueltos en la sumisión y la dificultad…”.

Y luego “La culpa”, animal que rompe la carne, que se queda allí, en el cuerpo, como un cangrejo, como parte de uno de los sentidos, como otro cuerpo: “El objeto de mi culpa es insondable / como el olor de las mandarinas en el huerto de mi padre”. ¿De qué se culpa? ¿Por qué se ensaña con ella misma? Imágenes terribles columpian la memoria. Los tormentos causados por parte de una historia que desconoce el lector, pero que ella descifra en la mutilación, en cuerpos destrozados, en entrañas desligadas de su sitio: “Sus vísceras para colgarlas de los postes del alumbrado”.

Y al remate, para desajustar aún más su existencia, termina con “El día de todas las furias juntas”, en reclamo a los hombres, a los que se fueron, los que murieron, los que mueren todos los días, los olvidados, los amigos de las francachelas y discusiones, entre ellos el Chino (Valera Mora), Orlando (Araujo) o Luis Camilo (Guevara). Todo el paisaje humano de una ciudad que se convierte en pregunta. Una profunda soledad, el recuerdo de “La mañana del jazmín y del oleaje cuando duermes y me amas”.

 

3

¿Qué ausencia postula esta poesía? ¿Qué terrible ardor acumulado hace que Miyó Vestrini se haya desnudado como lo hizo? Ella no es una extensión de ningún nombre: no es una mujer precedida por un hombre. No es la prolongación de un hecho femenino que la mortifique. Es un ser humano que relata, que se quita la piel y la pone al sol. Es un ser humano completo: sus llagas interiores la hacen recorrer un “maldito territorio” donde el tiempo y las cosas hacen de ella “todas mis malditas maldiciones”. Vestrini seguirá siendo una interrogante. Sus poemas son ella. Son más que poemas. Siempre serán un final.

 

4

Poemas guardados, como escondidos, tapados por la cubierta “de la biblia de la autora donde conservaba algunos apuntes”. En los que inicia el desvelo (las rasgaduras de la página para poder leerlos) nuestra poeta descree de “la poesía femenina y los partos de dos días…”. Se dirige a una segunda persona. Critica el ego de los poetas. Y vuelve a la culpa. Y sucumbe ante un poema al que califica de “encantador: “Mueve tu lengua siete veces antes de hablar / decían los grandes cuando uno era pequeño / y chupaba / madre / tierra / teta / cal / madera / pelo / encaje / Pero supimos que ninguna edad era para siempre / y entonces / había pasado la vida / con sus setenta y cinco latidos / frecuencia perfecta de la tristeza”.

Deja el poema y sigue el monólogo. La salud, las pulsaciones, el corazón, sus latidos. “Normal”. Habla de Federico. De nuevo la culpa. Y remata casi al final, para seguir la laceración: “Como la tienen todos los poetas siempre se han escuchado en alguna pena maldita que no existe”. Y habla de “Ese poema tuyo es una gran prueba de ello”.

El texto “guardado” que sigue es un recorrido por la “culpa”, palabra que no deja de estar colgada como en un ropero. Ella, la voz que la pronuncia, advierte: “Ya no tengo años para despertarme mañana / y encontrar florecida la sangre de un corazón de calle”. ¿Es un aviso? Recorre sin respirar un largo trecho: se habla, le habla a ese alguien que lleva en su interior. Dialoga con ella. Reniega de William Blake, de Dylan Thomas. Le cansa la lectura de la poesía. Un poco antes se pregunta: ¿quién puede advertir ahora los signos del espanto? Y decide estar un tiempo más entre los sueños relatados. Sherezade, la “desesperanza (…) Me quedaré hasta que vengan por nosotros”. Y cierra la hoja de la biblia. La imagen nos regala la sonrisa de Miyó, con sus siempre grandes lentes de pasta. De perfil. Viva.

 

5

La segunda parte del libro es una carta a la madre. Una carta dura, en la que “Yo me empeño en desprestigiarte con ademanes cada vez más procaces”. Una especie de Cioran bajo un relámpago. Pero también es un texto en el que se pasea por sus gustos o disgustos literarios. Coloca ese plano en un “él” desprendido de Reverty, Breton, Perret, Lautréamont: “Odio esa tropa del subconsciente y de la crueldad automática”.

Un dolor erótico la sacude. Y entonces, de nuevo, la muerte. “Mi poder es la muerte. Saber que tus cabellos de oro traerán la muerte. Tu muerte será hablar de mi muerte”. La escritura como crítica. Se critica. Se adversa. Escritura y mundo conyugal. Hombre y escritura. “O en fin de cuentas, suicidarse”. Por “esa manera estúpida de vivir”.

Rostro de Miyó Vestrini: ¿duerme, muere? La foto no suprime ninguna de las dudas. Muere, duerme en blanco y negro.

 

6

La tercera parte de este artefacto poético nos entrega a una Vestrini nostálgica, pero con una asqueada cólera que la “hace remontar la ciudad”. Un pueblo, un pequeño pueblo del pasado, anclado en la memoria. El pueblo de una niña lejana. Vestigios de un tiempo ¿europeo? No lo nombra, se lo prohíbe. Y se ve en el futuro como “la muchacha de los hombros caídos”.

La angustia, “los amigos benévolos de los bares y la provincia”. He aquí entonces a la muchacha de Caracas que ya había dejado el Zulia y el Movimiento Apocalipsis. La muchacha de los grupos literarios de la capital. La periodista que salía de noche con los amigos y fundaban en cada trago la República del Este o cualquier soledad en medio del ruido. En medio del vocerío sobre la guerra de Vietnam. “Eran los días del arcoíris / envuelto en hilos de seda / y podíamos saltar los recodos del laberinto”. Sin embargo, con los días consumidos, “no hay punto feliz en las escalinatas del Siena / desafío al momento de morir”. Presente y pasado, o al revés. Viajes, ciudades, sabores, olores, alguien a quien mirar diferente. El poema es un desgaste del alma. La vida es un día u otro. Así el poema. O la poesía. Tan desaseada.

Lo que escribes

no es poesía

No.

No lo es.

Claro que tú tienes ideas muy precisas sobre la poesía.

Un golpe de luz sobre el mar.

El tiempo detenido.

La curvatura de un hombro.

Y luego la realidad: “Lavo sus medias. / Guardo sus papeles. / Busco espacio para embriagarme…”.

La madre de nuevo y los ojos llorosos. “Mi doble se fuga”. Y ya a bordo de ella misma: “O definitivamente, no soy”. Una confesión en versos para decir “Virginia se suicidó. / No así yo”. Y sus miedos. “En cuclillas sobre el bidet / sólo recordé las fotografías de una actriz con cáncer. / Por eso, / no significa estar asustada (…) Ese pájaro que canta siempre a la misma hora / es lo único que me asusta…”.

Después, la muerte. El rostro en paz. Los ojos cerrados. El poema quieto. Listo para ser recogido, guardado, leído.

En algún lugar se oyen las teclas de una vieja máquina de escribir.

Alberto Hernández
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