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En el jardín de Kori o mujer en varias lecturas

domingo 20 de marzo de 2016

1

(Una lectura aproximada, a gusto de quien se despoja de prejuicios)

El lector se feminiza. Se hace mujer mientras recorre el poema, la hondura de la voz que lo contiene. No es un lector abstracto, retraído: es un lector mujer, un intento que se libera mientras acumula la experiencia del o los personajes que por los versos circulan.

Haber dicho lo anterior significa despojarse de la ambivalencia hombre/mujer. Significa que el poema es femenino no por su condición de término cuyo género así lo determina. No; el poema es una filiación que recae sobre quien ahora lo descubre, lo lee, sobre todo si se trata de un lector masculino.

En el jardín de Kori (Editorial Eclepsidra, Colección Vitrales de Alejandría, Caracas, 2015), de la autora Carmen Verde Arocha, quien fabla (fabula) es el lector. La poeta, la responsable de ser mujer, ha diseñado un contenido que delega en quien ahora es participante de su paso por la experiencia de estar en un libro, porque “alguien” está en estas páginas que vitaliza la lectura y se hace otra experiencia.

La poeta viaja en la edad de quien abre la boca para pronunciarlo. ¿Es el poema portador del tiempo?

Quien escribe ya no es. Quien lee pasa a ser.

Sin pretender ninguna poética con las líneas anteriores, me atrevo a afirmar que este libro va más allá de la feminidad que a simple vista se ve como argumento. Creo que su autora —sin obviar lo femenino— quiso llevarnos al tiempo de un personaje que “cuestiona”, no los cambios que transforman el cuerpo, sino el dolor que ese cuerpo o el reflejo de él sufren en un espacio “soñado”, idílico, donde ser niña o anciana significa mirarse en un espejo en cuyo brillo habita un jardín, un encanto, un país. Una geografía utópica.

 

2

(Una lectura conjeturada, comparada, cercana al deseo de ficcionar el poema)

La poeta viaja en la edad de quien abre la boca para pronunciarlo. ¿Es el poema portador del tiempo? ¿Se deshace de referentes inmediatos y recurre a la memoria remota para pasar de anciana a niña o de niña a anciana, portadora de unos huesos que cierran el dolor en un punto final que nos obliga a regresar a la primera página?

En este punto retorno a lo femenino. A esa manera de abordar la naturaleza quien en estas páginas me habla. Y me someto al recuerdo de una vieja lectura (dirán ustedes que exagero y me salgo del tema) donde un personaje, Kori Ojillo, princesa inca, contraria a La Malinche, se opone a ser mancillada, usada, por los conquistadores. Entonces se disfraza el cuerpo, el perfecto y deseado cuerpo, con un atuendo “repugnante”, como afirma Luis Valcárcel.

No creo que la Kori que anda en su jardín tenga que ver con esta otra Kori, también princesa, que huye del dolor y se fabrica un paisaje para guarecerse. Pero me acercan a mí mismo. Las veo juntas, aunque alejadas. Son dos libros, dos historias. Dos asuntos.

Conjeturo, ficciono el libro de Carmen Verde Arocha. Pero lo que sí es cierto es que algunos versos me hacen imaginar, pensar en más allá de este libro:

“La muerte se resguarda en nuestro cuerpo”, y entonces, obviando los sistemas tan defendidos por críticos y académicos, me sumerjo en lo que el poema me dice, y me hago de una imagen que una vez escribió en sus inicios Alicia Perdomo: “El camino que conduce al hombre a la mujer tiende a la recuperación mítica…”, en estudio que hizo sobre Lezama y que nada tiene que ver con lo que vaciamos en esta aventura. Me interesa la palabra “mítica”: esta Kori de Carmen Verde Arocha es su propio mito, su propio tiempo, su infancia, su crecimiento y su futura vejez en otra. Es su Alicia —la del relato— frente al espejo: “La princesa Kori tiene una casa de juguetes” (…). “Tocan el tambor y danzan en el jardín de Kori”. Y así, mito y realidad hacen de ese jardín una propuesta que el mismo lector no llega a conocer, como a la misma Kori. ¿Quién es Kori?

En esta mirada, arquetipal o epidérmica, como podría afirmar mañana quien sí tiene fundamentos para entrar y salir airoso de la crítica poética, quien escribe reinventa lo que el crítico quiere luego hacer o deshacer, reducir o ampliar, convertir en canon o en simple opacidad. Una crítica dentro de la crítica. Un poema que desborda esa inquietud.

Y así, quien continúa en su vagar por el lugar soñado:

El cuerpo es lo último que hallamos al tocarnos.

He aquí que no hay tal origen sino búsqueda. Y Kori como su paraíso terrenal son símbolos —para el lector— que vaticinan la presencia donde “las cosas suelen transformarse”.

 

3

(Otro asomo más aventurero: la soledad en medio de tanto tiempo)

El dolor se cuela entre los versos varios que conforman este tomo.

Octavio Paz escribió en uno de sus más celebrados libros: “La soledad es el fondo último de la condición humana. El hombre es el único ser que se siente solo y el único que es búsqueda de otro (…). El hombre es nostalgia y búsqueda de comunión”.

En medio de tantas imágenes procuradas por Carmen Verde Arocha, me queda el sabor de esta pregunta:

¿Cuántos secretos reúne una mujer / a los 85 años? / Quizás uno o dos.

Reunir secretos implica estar solo con ese compromiso, porque de lo contrario no sería secreto. Conservarlos puros, limpios, solitarios en el espíritu, implica un gran sacrificio. Y allí “Cuando cubrimos nuestro rostro / ignoramos si somos viejas o niñas / manos de niñas a veces tenemos / y somos añejas a los doce años / Mientras crecemos vemos los juguetes achicarse”.

La misma cubierta que usó Kori la inca para esconder su cuerpo. Su mítico cuerpo. La princesa que se negó a ser violada, mancillada. Me aproximo a una exageración. Leo y creo un jarabe de imágenes en las que nuestra autora y la mítica princesa se encuentran. Ojalá que los pergaminos de la crítica especializada, dada a academizar hasta el aburrimiento una lectura, no hagan de esta lectura un aspaviento.

Hasta aquí la hipérbole que pudo parecer una comparación, una aventura entre dos personajes en distintos espacios.

 

4

(Entre la realidad y lo surreal: un salto a la niñez, a la verdadera edad)

El poema es gente. Y no es un poema lo que escribo. Es gente porque habla. Porque sistematiza. Porque teoriza. Porque le da la gana. Y porque ahora habla la voz de una niña, la voz infantil de quien dice: “He visto un leopardo a la orilla de mi cama”.

Y quien dice eso también escribe: “Los muertos pueden estar confundidos / al ver un leopardo salir al mediodía”.

La imaginación es juego, sueños, el tiempo más corto de la vida. Y de vez en cuando o “From time to time”,

Las arañas van hilándonos por dentro
mientras la pequeña Ariadna
con su cordón nos devuelve al camino
y si llegáramos a dormirnos en ese viaje
cubriría cada uno de nuestros órganos.

El dolor se cuela entre los versos varios que conforman este tomo. Los poemas no atienden a organicidad alguna si se trata de darle cuerpo a una sola voz. Es una sola voz, pero muta, cambia, como el ser que habla y se silencia a veces:

Hemos tejido la piel a fuerza de llanto.

Un texto para quienes están presas. Para las mujeres retenidas tras las rejas. Un texto para quienes tejen las horas que faltan para salir a la libertad. Eventos, violencia, tiros, y así:

No se sabe si fue en la mañana o en la noche
(el tiempo se puso del lado de la sombra)
cuando a la niña de 13 años
le pintaron los labios cortaron sus cabellos
la sentaron en una esquinita del cuarto.

¿Cuántas mujeres han pasado por este libro? ¿La misma en varios rostros, en varios cuerpos? Ya no se ve el jardín. La princesa Kori es sólo un instante. O la vejez de alguien que vuelve a la niñez. A la niña/madre. Y así: “El sabor a parir llega a través de la placenta / Agrio como la orina de una cabra”.

¿Un sueño, el regreso al paraíso?

Tal vez sea un exceso de isla / hacer un viaje tan lejos / en busca de una nueva apariencia (…). Las mujeres del jardín de Kori aseadas con flores / sienten gran afecto entre ellas / danzan el Réquiem de Mozart.

La duda: sueño o realidad.

Pasan los textos, los personajes, las mujeres, sus falencias, sus aromas. Sus edades. Su feminidad transformada en distancia, “lejanía”.

En el jardín de Kori, al final de sus páginas, se siente que está la razón del libro.

La lectura, el desentrañamiento, el canon de alguna grieta por donde no dejar de vociferar contra quienes se adulteran más allá del poema. Y esa lectura desemboca en el término de quien realmente es Kori, la multiplicación de un personaje que admite que “Dios es una mujer envejecida y lastimada”. De allí la pregunta: “A qué edad la vida se vuelve tan dolorosa”. No se anula el poema al desempeñarse como deseo:

“Mejor echarle palas de tierra a la muerte / para que no despierte nunca”. El amor se asoma, pero continúan las preguntas: “¿Acaso sabes qué es la desesperanza? // ¿Quién de ustedes ha visto el norte?”.

Y una fugaz realidad cruza la realidad. “Si el país se ha mudado a otro país”. ¿El exilio, la muerte, la huida, el miedo, el temor?

 

5

(La lectura desde la ausencia, desde los lugares de la memoria)

Los huesos viajan. No hay obstáculos para que se desplacen, como el poema. Y así como los huesos tienen dueños, también el poema.

En el jardín de Kori, al final de sus páginas, se siente que está la razón del libro, más allá de que sea un yerro de mi parte. Veo el libro aquí, asentado en este poema. Por él pasa la historia de quien ha relatado una aventura en la que participan muchas voces. ¿La polifonía de sus textos concluye en la culpa, en la pérdida de los huesos de la madre? Se trata de un sentimiento cósmico y terrenal. Religioso y telúrico.

El poema es un relato que redondea el dolor, la pérdida, el desdibujamiento del paraíso, del jardín de Kori.

Parte del poema:

Los huesos están escondidos / en la gaveta de la mesita de noche // Cuando se pierden los huesos / lo primero en escudriñar dentro de la casa / en los lienzos blancos / en las ventanas y en los vestidos de la cama // ¿Dónde están los huesos? Hace días que nos los veo // ¿Vivirán en este florero de vidrio? / Algún fisgón me dijo que los vio / detrás de las cortinas del comedor / de la vecina que vive tres pisos más abajo // ¿Dónde están los huesos / con los que mi madre Carmen Cecilia me parió? // ¿Dios mío, adónde los asenté? / Me los habrá robado algún vientre / hambriento por parir / o el amante musculoso de la vecina / o están en la fábrica de lámparas // Tal vez los tiene la muchacha / que fue a confesarse / en la Iglesia San Pedro de los Chaguaramos / ¿Quién habrá robado los huesos que mi madre / me ha dado para que cuide? (…).

Este mensaje, ancestral, desesperado, pero a la vez lúdico, descubre el momento de decir que el poema, el jardín, llegó a su fin. Los huesos viajan, nombran sitios y personas, objetos, bebidas. La hija se culpa de su pérdida. Se mueve con ellos en su propio extravío. La ausencia, la muerte, también es una forma de encontrarse con la vida de una niña que fue anciana, ahora adolescente y finalmente portadora del silencio de alguien que ahora es el poema, una oración que tiene lugar en los primeros versos del libro:

Río vigoroso / alimento de nuestras venas / poderosa agua dulce hecha roca // Apiádate de nosotros.

Los huesos destinados a ser palabras salidas de una mujer que es varias mujeres. O de varias mujeres que se han hecho una en busca de un legado.

Alberto Hernández
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