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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Tatuajes criminales rusos o la memoria del cuerpo

• Miércoles 28 de noviembre de 2018

“Tatuajes criminales rusos”, de Fedosy Santaella1

La piel reconoce el tiempo y sus peripecias en las marcas que la nutren. Dibujos, trazos de tinta, cicatrices leídas como la gramática de la memoria. La tortura como aprendizaje. El cuerpo es conocimiento a través de sus distintas experiencias, pero más en los signos que lo hacen lectura desde el ojo ajeno, desde la memoria que la piel ha sabido retener en el dolor, en la grima, en medio del frío de la muerte, atravesado por la miseria, el hambre y el totalitarismo.

Esa enfermedad convocada por el poder: el odio.

Fedosy Santaella emerge como poeta. Su trabajo narrativo, uno de los más sólidos de nuestro país, se ve ahora tomado por los versos que registran parte de muchas historias en las que está comprometida la suya. Las marcas de una herencia, de una genética que ha dejado marcas, rasguños en la memoria, en esa historia tan personal que es la de todos, de toda una cultura que es aún un deslave en el imaginario del presente.

Tatuajes criminales rusos (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2018) confirma el talento de este venezolano hoy radicado en México, desde donde delinea este libro, estos poemas que nos perfilan a través de imágenes, no sólo en la piel sino en el tiempo que ha invadido como recuerdos a los personajes que conviven en estas páginas.

Detrás de esta voz, la del autor y sus fantasmas, hay otra u otras, las de tantas pieles sumergidas en el sopor del martirio, de la prisión, en el odio que transmite la memoria, el peso del tiempo que no pasa en vano, la voz de quien golpea con “sus manos de lija” el pellejo, el cuero de un niño cuya carne ya estaba marcada, tatuada por el fanatismo.

Estas son las voces del pasado y el presente. Voces atávicas, voces hoy libres que no sucumben a lo que les sucedió, que siguen vivas en las llagas, pinchazos y aldabonazos y golpes que un proceso político, un experimento humano, apostó a ser parte de la vida y la muerte.

El poema, los poemas, le ajustan cuentas a esa historia, a esas distintas travesías del cuerpo y el alma. Tantos cuerpos marcados, vacíos, muertos, vivos, encerrados otrora y hoy aún presas del recuerdo, de los dibujos que aún dicen mucho en la piel desvencijada de sus dueños, protagonistas de “Silencio y muerte, y mi nacimiento, / ese otro silencio, esa otra muerte”.

Desde ese instante, las voces invaden estas hojas que Santaella esgrime como herencia, como legado, como motivación para desentrañar el corolario de aquellas marcas, de aquellos dibujos, de aquellas celdas, de aquellos esqueletos. Se trata de la biografía de la piel dibujada, trazada por santidades y demonios, pero también de la topografía de la mirada que la descubre.

Cada atardecer, apenas llegaba yo de la calle, mi abuela me perseguía con sus gritos, me atrapaba y azotaba, y luego, de pie y desnudo sobre una jofaina de peltre, me restregaba el cuerpo con sus manos de lija.

Así decía la vieja, así decía:

Eres fiel, eres tu piel.

Y esas mismas manos de lija descubren las manos de quienes matan en nombre de las ideologías: “Me lo mató // La revolución mató a mi hijo”, expresa una de esas voces en el poema frente a la plaza Roja de Moscú, que también podría ser la de Tlatelolco, la de Tiananmen o la cerca armada de La Carlota en aquella y esta Caracas convertida en cementerio.

Hay un cuerpo interior tatuado por las falsas conciencias, por la maldad del pensamiento.

Esas “manos de lija” igual aparecen en la figura de la madre, que podría ser una representación simbólica del proceso invasivo que respiraron y respiran muchas sociedades. Representación simbólica del poder, como aquella de Gorki, toda belleza, toda bondad, pero cuya mano era capaz de lijar, degollar, matar de hambre y frío a toda una cultura, hasta “comprobar cuánto afecto me negaba, / era triste y ardoroso, / era tatuaje”.

Todo tatuaje es una mentira, un artificio para cubrir la piel o destapar la verdadera. Todo tatuaje crea y recrea un cuerpo: lo define como mensaje y mensajero, significado y significante: metáfora de su disolución. Pero igual puede destacar permanencia, presencia cuando ya el cuerpo deje de ser.

Cuerpo acupunturado, identificado, versificado, versado, jeringuizado, apodado, renombrado. Cuerpo nuevo el tatuado, pero igual espiado por quienes se ven en el tatuaje. Los criminales se tatúan para demostrar lo que son o han dejado de ser. Los pandilleros, las manadas, las piaras sociales, los soviéticos, los nazis, los revolucionarios de “nuevo cuño”, los que ambulan entre pesadillas y aún continúan tatuando sus nombres a los pies de ídolos de barro.

 

2

En su ensayo “Heridas. Palpitaciones. Fisuras. El habla del cuerpo” (Obras completas, bid & co. editor, Caracas, 2008), Hanni Ossott escribe:

Quien narra la historia alberga una esperanza. En la cercanía del cuerpo doliente lo expresable son las excrecencias, la contorsión, las respiraciones cortadas…

Desde aquí, el libro, la obra, no se cierran en un círculo ofrecido al descanso del contemplador. Desde aquí la promesa de la obra no es un sentido sino la descripción de una quema.

El cuerpo es lo discontinuo; acercar la obra al cuerpo, a la vida, significa acercarse a una geografía de temblores, hendiduras, paisajes inconclusos, tránsitos (p. 750).

Todo se revela en esa afirmación de nuestra poeta/ensayista. La “biografía” de Fedosy Santaella no dejará de ser su cuerpo en el del otro que habita en el pasado y transmigra al presente, y se queda para el futuro en el poema/cuerpo.

Ossott sigue:

La obra que es cuerpo y respiración es descriptiva, situacional, acontecimiento. La extensión de una náusea, la asfixia, la debilidad o la fuerza, la ansiedad del cuerpo en negación de sí mismo son sus “visiones”… Desde el cuerpo no hay “uno” que habla: se habla (pp. 750-751).

El discurso del cuerpo, el habla del tatuaje, el idiolecto de cada trazo sobre la piel, en la memoria, desde el “eco” que habita en cada verso, en cada quejido o herida.

Estos cuerpos tienen nombre: Iósif Lapidus (el apellido, ese apellido), en San Petersburgo; Konstantin Lérneshev, en Kungur; Alexei Morozov, en Siberia; Peter Stormore, su voz prestada en baladas para leer el cuerpo de ese tiempo; Dirna Vorobiov, en Kopeisk, y el hambre, la “fame” mortal, y Mikhail Kovanev, en Sosua) y también John Malcovich. Presos tatuados, inflexiones que andan y desandan el sufrimiento de quienes con nombre propio hicieron posible el monumento al martirologio de aquellos y estos días. Podríamos tomar los nombres de Anna Ajmátova, Ossip Mandelstam, Boris Pasternak, Marina Tsvietáieva, entre tantos otros cuyos esqueletos físicos y verbales han desaparecido del mapa del dolor. O se han traducido en el dolor de sus lectores. Nombres tatuados por criminales marcados, por las mafias de una revolución que sigue siendo la misma en las cicatrices de sus víctimas.

 

3

Una poética, un instante verbal, un nervio poético, la estrategia del eco:

Un poema,
como tatuaje,
como dibujo.
Los dibujos saben
la insuficiencia
de las palabras,
así los poemas,
como los dibujos,
como los tatuajes.

Un poema es una marca. El poema marca la piel interior y la despoja de la banalidad. La inunda de silencio y de voces ajenas.

Por eso:

Un tatuaje se hace en silencio / (está prohibido hacerlos mas no / pueden evitar que los portemos) y con el caucho derretido de la suela de los zapatos.

El tatuaje, el dibujo, el oficio sobre la piel, “métodos del arte, del dolor”.

Agujas, hojillas, cuchillos, “una topografía de sangre que ha de ser cubierta con el líquido negro de la penuria”.

Y así, “no se puede pensar el dibujo sin la cicatriz”.

La cárcel, las mazmorras, las Tumbas, las ergástulas favorecen la escritura en el cuerpo, la simulación de otro cuerpo, como afirmara Severo Sarduy en Escrito sobre un cuerpo (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1969):

La literatura es, como el que practica nuestro coleccionista, un arte del tatuaje: inscribe, cifra en la masa amorfa del lenguaje informativo los verdaderos signos de la significación. Pero esta inscripción no es posible sin herida, sin pérdida (p. 52).

La grafía se sostiene en la marca, en la ranura, en la herida, y su tinta es la sangre. Quien es leído desde el cuerpo no desestima la muerte, la podría celebrar para desaparecer la marca o para dejarla en la pupila de quien lo ve morir.

El cuerpo es letra que se corrompe, pero es salvado por sus marcas.

 

4

El tatuaje es una confirmación metafórica. Es antigua marca de rebeldía:

Yo vengo de mí, de esa larga condena, Y no me tumbo ni disperso / a la orden del sargento.

Por eso, la muerte de quien se rebela queda como una roca, como un petroglifo en la conciencia colectiva: “Jamás resucitaré / porque no estoy muerto”.

¿Cuántos muertos antiguos o recientes han decidido por los vivos de otros y estos años de turbulencia? ¿Cuántos tatuados por el crimen, por esa Rusia aún con aliento soviético, criminal, aquella que aún sigue siendo sospecha y vertiente cómplice de renegados y rufianes, no han sido parte de expresiones de libertad?

En las cárceles o prisiones las imágenes están más vivas, son más signatarias de una verdad que no se niega a ella misma: esa tan construida verdad por criminales que también han sido víctimas:

Me mostró la yugular y dijo:
“La felicidad es para los que se dejan vencer”.

Y luego el cuchillo, el puñal para destajar el cuello, tachar la voz, borrar el tatuaje, taparlo con la sangre. O descubrirlo.

La voz del poeta dispuesto a no olvidar, la del tatuado, la del borrado, la del poema, la del protagonista o testigo de él mismo, aparece casi al final de esta travesía:

Recuerda la muerte y,
sobre todo,
recuerda al asesino.

Un poema nunca se extravía ni se borra. Él es la memoria, la marca, el tatuaje. Los criminales ambulan por su desierto, sin piel.

 

5

Este sonido tatuado para los futuros lectores de este libro de Fedosy Santaella:

Sexta balada de la educación siberiana
(con voz rusa de Peter Stormore)

Vendrán tiempos en que los hombres
serán dueños de todo y de nada.

Piel sobre piel, el lenguaje
se irá haciendo mudo,
ya el respeto no habitará
en nuestra mirada.

El cuerpo no tendrá memoria, y la vida
habrá dejado de ser esta lucha,
esta defensa con furia
de nuestra furia,
este orgullo
de no pertenecer.

Sólo iremos por cualquier parte
Seremos hermosos.

Tontos y hermosos, nada más.

La voz es un trozo de piel que no se contiene:

De nada es culpable la locura.

 

6

El texto de la abuela “manos de lija” —que funda esta “biografía” de la piel, esta geografía interior— se enlaza con el último del libro.

La serpiente se muerde la cola. Hélo aquí:

Una mañana después sin tatuajes

Saldré a buscarte,
ungirás mi cuerpo con perfumes,
y apaciguarás mis desvelos
con tu arrullo de cuna.

Dejarás de ser la olvidada
para ser presente, mis ojos,
los pasos que me llevarán
por un camino ancho,
allá afuera, en el campo.

Habrá un columpio en una colina,
un olmo y su sombra,
descansaremos.

Una mañana despertaré sin grietas,
y no importará si estoy vivo,
si sueño o si alucino.

Naceré, yo que nunca nací,
que nunca fui niño.

Una mañana
partirán las arañas,
quedará el mar
y mi piel será virgen.

Mi piel, tu piel, limpios los dos.

Alberto Hernández

Alberto Hernández

Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Reside en Maracay, Aragua. Tiene un posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), 70 poemas burgueses (2014), Ropaje (2012). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

Sus textos publicados antes de 2015
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Ciudad Letralia: Crónicas del olvido
Editorial Letralia: Libertad de expresión, poder y censura (coautor)
Editorial Letralia: Las nubes que pasan (poemas para Japón)
Editorial Letralia: Doble en las rocas. 18 años de Letralia (coautor)
Alberto Hernández

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