“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Con agua en la piel, de Pancho Massiani

lunes 22 de abril de 2019

“Con agua en la piel”, de Francisco Massiani

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Podría decirse que este libro es un empeño de novela. Claro, es de relatos, pero si uno se pone a inventar como lo hacía Pancho Massiani, entonces estamos leyendo a unos personajes, unos climas, un ambiente de novela. Y no es que los tiros vengan por ahí, como dicen los críticos literarios muy serios, alambicados y de corbatica y peinados con raya de lado. No; es que este libro se parece a una novela porque uno la hace parecer una novela.

Con agua en la piel (Monte Ávila Editores Latinoamericana / Fondo para el Desarrollo del Estado Nueva Esparta, Fondene; Caracas, 1998) recoge la historia reflejada de muchos sujetos que forman parte de un solo conjunto. Es decir, son diferentes porque se trata de un libro de relatos, pero algo me dice que Pancho andaba detrás de una novela que se convirtió en fragmentos y decidió dejarlo como un tomo de relatos que se parece a una novela pero que no es porque él así lo decidió, pero el lector, en este caso yo, cree que se parece a una novela y así la he leído, para mi propio gusto. No digo que piensen como éste que escribe, porque sería una soberana tontería. Piensen que estoy equivocado, que no di en el blanco porque no se trata de una visita al polígono de tiro, que no es así. Y eso me parece muy bueno, porque entonces el libro de Pancho, que es un libro de cuentos, se somete al juicio de que se trata de una novela oculta, subterránea, basada en el comportamiento de los personajes: viajeros, caraqueños, italianos, franceses, porque el autor, el narrador que es Massiani, estuvo por aquellos lares y se trajo esa novela, digo, estos relatos, para sublimar al lector que siempre creyó que era un libro de cuentos. Bueno, hasta ahí la cosa.

 

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Este título del autor capitalino recoge catorce historias. Ellas son: “Grace”, “Los trompos voladores”, “Los límites del campo”, “Encuentro”, “Córcega mía”, “Los viajes de Feliciano el pobre”, “La dama presente”, “El otoño prematuro de los carapálidas”, “Con agua en la piel”, “La tos y el Dragón”, “El cuadro”, “Idea fija”, “París, buenos días” y “Pasos en la madrugada”.

Catorce relatos en los que Francisco Massiani insiste: el fracaso, el extravío, el amor, la casa y sus duendes habituales, el fútbol, ciudades, el mar. Es decir, estancias e instancias en los que los actantes se desplazan sin saber hacia dónde van, hacia qué lugar se dirigen. Son sombras solitarias cuyas ilusiones, sueños y pesadillas conforman una épica o epopeya personal, íntima y también pública cuando sale a relucir la psicología absurda a veces en plena calle, en un sillón, en un bar, bajo la lluvia, con el sol en los ojos.

 

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Por eso insisto en que se trata de una obra que recoge o recurre a los distintos perfiles de los sujetos que se mueven en esa marea de situaciones y podrían acomodarse en una estructura totalizante, redonda, global. En una novela no sujeta a los términos de una novela porque al autor no le dio la gana, pero sí al lector, en este caso quien esto rasguña. No se trata de una tesis, es sólo una percepción. Aquí no se trata de hermenéutica ni de sospecha reveladora. Es sólo un pálpito que me hace lector de un libro que también es un reflejo donde se mueven unos nombres que se instalan en varios ambientes, y de ellos surgen variables y hasta un hilo conductor que sólo tiene que ver con una conjetura.

Pues bien, Pancho Massiani me hace pensar así. Y así lo dejo dicho.

Alberto Hernández
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