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El abismo inventado, libro de cuentos de Javier Febo Santiago

Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal, de Pancho Massiani

• Lunes 29 de abril de 2019
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“Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal”, de Francisco Massiani

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Vitilio Fonegal es un personaje indeseable. Es un personaje que se mete en ofensa al lector. Y  me expreso de esta manera porque el personaje se hace tan próximo que el lector se lo toma personal. Es un sujeto parecido a cualquier ser humano detestable que Pancho Massiani ha construido para retratar a quienes ejercen el abuso y la estupidez. Por supuesto, eso no quiere decir que Massiani lo haya creado para darnos lecciones de moral. Es un tipo tomado de la realidad y convertido en ficción. Tan real que se hace ficción. Vitilio Fonegal es un burócrata que se enriqueció con el régimen de Marcos Pérez Jiménez y siguió su rumba en la democracia, como si nada. Y se quedó enganchado en su estatus gracias a la adulancia, a la fórmula irritante de la viveza criolla y construyó su imperio en el que su familia es la primera víctima.

Leticia, su esposa; Lilí, su obesa hija, a quien detesta; Marcos, su hijo, quien lleva el nombre del ex dictador, son las víctimas de su alcoholismo y permanente violencia doméstica. Igual, los que eran sus amigos lo han abandonado. De comportamiento castrense sin haber estado en un cuartel, Vitilio es un dictador hogareño.

La historia que nos cuenta Francisco Massiani es un retrato de esa sociedad pudiente que se envalentona, que agarra a los dioses por las barbas y se regocija en su infelicidad. Es un tipo, el tal Vitilio Fonegal, que ordena desde casa, desde su oficina, desde un bar, y se queja de todo mientras maltrata a su mujer y a su prole. Con la única persona con la que mantiene una relación cercana es con Charles, su chofer y asistente, un negro antillano criado en Barlovento que le sigue la corriente en todo. Y es quien lo apoda “Misterdoc”, por aquello de ser su “señor” y abogado. Esa manera de llamarlo es una especificidad lingüística en este país donde un abogado es doctor sin haber hecho el doctorado. Un médico no es médico cirujano sino el doctor sin haber hecho la especialidad, etc. Y, claro, llamarlo así infla el ego del “titular” y adensa el carácter de lacayo laboral. Massiani hace burla de esto al convertir al negro Charles en una suerte de adulante que se congracia con apodarlo así, pese a que en complicidad con el resto de los trabajadores de la casa hace burlas de su comportamiento beodo y amargado.

Familia disfuncional, remite al mosaico de complejidades de una sociedad como la nuestra en la que, tanto en el pasado como el presente, la conducta machista releva los sentimientos hogareños. Pero más allá de esta metáfora de Massiani, en el tuétano de su habilidad narrativa, está un país desde décadas agobiado por su intemperancia, por su “sifrinismo”, por su vaciedad, por el orgullo y la sosera consumista. Una novela cuya lectura demuestra la madurez de su autor.

 

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Francisco Massiani construye diálogos cuyas travesuras y salidas delinean el talante criollo. Cruces de palabras ingeniosas, grotescas, duras, insultantes, ácidas. El ambiente familiar de Vitilio Fonegal advierte de rupturas, tonos y acentos en los que los actantes se ven inmersos, libres de la alusión narrativa. Es decir, no están sujetos a lo que muchas veces el narrador hace: atar a los personajes a su flema relatora. En este caso los personajes se alejan del narrador hasta inconscientemente porque Massiani se deja llevar por ellos. 

Y en la calle, en los bares, vemos la Caracas que el autor frecuentó, alusiones a poetas y tipos venezolanos que se movían en ambientes en los que una república paralela fue fuente de creación y negación.

Narra con vigor, con fuerza. Rompe con los espacios y tiempos. Pasa de un evento a otro y recupera el que dejó a un lado para luego ensamblar y estructurar ambas fases del relato. Esta es una novela de aprendizaje. Una novela espejo de la cual se pueden obtener muchos ejemplos para trabajar el ensayo y hasta para construir otra novela.

 

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En la página 49 de la publicación (creo que no fue reeditada) de Monte Ávila (Colección Continentes, Caracas, 1976) aparece por vez primera el cognomento “Misterdoc”, que el negro Charles usa para dirigirse a su jefe.

Y en la 149, ya al final de la obra, el mismo personaje enumera los tres mandamientos que forman parte del gobierno de Vitilio Monegal en su casa. Eran un misterio, hasta que Monegal los apuntó en medio de órdenes y un recuerdo que forma parte de la memoria oculta de la novela:

—Bueno… Podrán faltar a los tres mandamientos de esta familia cuando quieran. O sea: pueden llenar la piscina mañana mismo. Pueden hablar todo lo que necesiten en el almuerzo. Pueden nombrar al animal, pero será, repito, a partir del próximo sábado.

Un altercado que no aparece desarrollado como acción visible en la obra, pero sí se menciona, es el eje conductor de la novela: violencia casera durante un aniversario de la boda de Vitilio y Leticia. Hasta una escopeta salió a relucir para dispararle a un gallo de hierro que estaba colocado en la parte alta de la casa, como emblema. Y como no pudo derribarlo se prohibió hablar del “animal” en durante el almuerzo u otros momentos caseros.

Estos mandamientos que señala el título de Massiani sólo llegan a mencionarse explícitamente al final del relato. Una manera de mantener alerta al lector. De sujetarlo al suspenso.

Alberto Hernández

Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Reside en Maracay, Aragua. Tiene un posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), 70 poemas burgueses (2014), Ropaje (2012). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

Sus textos publicados antes de 2015
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