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Estrategias fatales y Autoelegías

lunes 27 de mayo de 2019
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Luis Perozo Cervantes
El yo poético de Luis Perozo Cervantes está instalado en su emergencia vital.

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Dos libros de Luis Perozo Cervantes se arriman a mi lectura. Dos libros editados en la tierra zuliana. Dos instancias que se añaden a otras que han sido parte de su camino por la poesía. Se trata de Estrategias fatales y Autoelegías, ambos publicados por Sultana del Lago Editores en el año 2018, y donde se muestra la médula creativa de este insistente autor que muchas veces ha convocado al país poético a acompañarlo en su travesía literaria en su tierra occidental a través de encuentros, talleres y publicaciones.

El yo poético de Perozo Cervantes está instalado en su emergencia vital. Unida a quien está a su lado como una presencia insistente. Un yo que se revisa, se reclama y reclama, que es cuerpo y palabra. Significado devenido en angustia pero también en el reposo que podría albergar el deseo. Su voz confirma que nombra para ser nombrado y para ser deseado, amado o sacudido por la queja cotidiana. Desde su intimidad refleja el poema, lo advierte siempre sin ningún tipo de adorno que precipite descuido.

Es un poeta de una mirada nerviosa, cardíaca, tensional. Y busca estar en el cuerpo del otro que lo asiente. El amor, esa vibración arbitraria, es el núcleo de su decir y porfía poética.

Debo confesar que no soy muy dado a consumir poemas de amor. Creo en los poemas amorosos, que son todos: los que contienen sombras, luces, angustias, pasiones desbocadas, dolores, muerte, etc. En algún otro lugar he expresado que les temo a los poemas de amor.

En estos de Luis Perozo Cervantes hay otro tipo de amor: el cuerpo aspira a ser amado o rechazado, olvidado, consustanciado con la lejanía o con el deseo. Algunos se me aproximan para expresar:

Debes estar en la boca / es tu lugar de nacimiento // toda la necesidad acumulada / un puente que comunica mi sed // es la boca lo posible / en ella, transformas el clima de lo amado.

Este texto pertenece a Estrategias fatales, volumen cuyos poemas aparecen desde el número 50 al número uno. Poemas contados al revés para descontar el tiempo agregado a su sometimiento, a la “necesidad” de ser ese, el que ama, el que está en el amor y tiene cuerpo en la mujer que lo sostiene, que lo atiende y lo suma a su verbo diario.

 

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He tomado en préstamo algunos poemas del primer libro para atar los cabos de este nervio poético del inquieto poeta zuliano. Y me llega a este otro:

Esto que nos sobra, podría
llamarse adiós

para ponerle nombre
no hay muchas opciones

Esto que nos queda
apenas un ensayo de corazón.

“Estrategias fatales”, de Luis Perozo Cervantes
Disponible en Amazon

Me concentro en los textos alejados de lo que podría llamar poemas de amor. Repito, me inclino por los poemas amorosos. Poemas de Silva Estrada, Montejo, Cadenas, Pantin, Nicanor Parra, Juarroz, Salvador Tenreiro, Néstor Mendoza, Jacqueline Goldberg, José Pulido, Antonio Colinas, Borges, Ida Vitale, Valera Mora, Harry Almela, Adalber Salas Hernández… poemas todos, todos los poemas son amorosos, desde los más crípticos o cerebrales hasta los más abiertos o edulcorados son poemas amorosos. Se puede escribir con mucha ira y en su radio verbal hay “un” amor, el de la escritura, vértebra de los autores mencionados, como en otros que también forman parte de mis gustos. Poemas o textos eróticos o abiertamente sexuales, como los de Anaïs Nin o Erica Jong; suicidas como los de Anne Sexton, Alfonsina Storni o Miyó Vestrini, son poemas amorosos. Un poema de amor basado en el deseo podría corromperse si el “discurso” es inapropiado. Por esa razón los de Sabines se han convertido en sanación y festividad. Que no los de Neruda, empalagosos. ¿Por qué alguien se suicida o deja de amar? Me atrevo a afirmar que ocurre por convicción amorosa. Se odia porque se ha amado o se ama. Pero eso es tema para otra oportunidad, para otro momento. La escritura es un pacto del poeta con la pasión. Es un pacto amoroso con el idioma, con la poesía.

Mientras tanto, Luis Perozo canta:

Este miedo / de no esperarte / para que llegues / Si te haces unánime, si te / haces exánime / si no te haces nada, / sólo miedo, / sólo sombra.

Aquí la poesía deslumbra desde la soledad, desde la ausencia, la distancia entre un sujeto y otro. El juego entre “unánime” y “exánime” amplía las posibilidades del lector. Dos significados cuyos significantes ambulan por la imaginación de quien aborda estos versos.

 

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También podría esperar respuestas de quienes practican los poemas de amor y los llevan a la calle, a la cama o a los sueños. Bien, el sujeto amante o amado no necesariamente es un amoroso. Sexo y erotismo, ya desplegados por Henry Miller, entre otros, se sacuden la piel y se erizan. Vaya, una digresión.

Cuerpo de carne y poema vacilan. O se ayuntan.

Pero leamos este cuyo final contiene todo el poema:

Así mismo, si no te haces / con la misma expectativa te beso / (porque besarte no es otra contraposición) / con estos labios que / te sueñan / con estas manos que / dibujan en tu espalda // con este pecho que ensucia el tuyo.

Esa línea: “con este pecho que ensucia el tuyo”, contiene todo el “peso” significante. Su belleza va más allá del hecho carnal. Es un hecho verbal.

Voy a cerrar este primer libro con estos dos versos: “Pongamos las íes en su punto / volver nunca es suficiente para no morir”. Ahí está el poema.

 

“Autoelegías”, de Luis Perozo Cervantes
Disponible en Amazon

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Libro blanco o a cuerpo desnudo este Autoelegías. El título conduce a celebrarse desde un lugar previsto por el mismo significado de “auto” y “elegías”. La voz del poeta se conmemora desde la muerte, desde el silencio, desde la ausencia. O quiere decir desde lo que podría ser el futuro. Queda el misterio, queda la gracia de la poesía en medio de la duda, lo que nos ayuda a pensar que la poesía es eso, duda, tentación quebradiza, alucinación, realidad creativa, etc. (ponga usted, amigo lector, su granito de arena).

Desde estos tributos, el del padre:

Quedarme ha sido difícil / me sostiene una despedida velada / un entierro que me ancla / mi padre // nunca he vuelto a visitar su tumba / aunque me pertenezca // soy su adiós sin descendencia / y debo cuidarlo / ¿de qué otra forma puedo pagar sus abrazos? // infinito, aun de mi yo cobarde // me sostengo, sí / no puedo de pie una sombra / huir sería como detenerme / le camino y soy mi propio hijo / una condición extraña del perdón // el beso en los labios que jamás le di.

Ese “soy mi propio hijo”: el padre que no está, el que el poeta recuerda desde “su” muerte, desde la vida que deposita en la muerte del padre.

Sigue el yo —a la manera ramosucreana y con la cercanía de Cadenas al inicio del texto— como canto a sí mismo, al autor que se descubre en la elegía que habrá de ser desde el poema, adición pública de una privacidad confiada:

Arte poética

I

Pertenezco a una sanidad absoluta: / impostergable y lúcida // a la que quiero atarte // volverte ciudadano de la memoria / patrimonio de un decir de adentro / nudo de cosidas palabras

 

II

La cama, donde estoy yermo / es tu cama / donde me siembro es tu patio / donde me complazco con ventiscas de sol / este vasto silencio en que me muevo / fue tuyo antes que mis ojos supieran verte / soy un intento de sostenerlo todo / —pero no me engaño, en otro / alguna vez, legaré mis cosas— aunque sea, pues sentirme interminable / para momentos / contener ese arrastre, tu partida / una excusa que eternice mis deseos / y haga de ese tiempo / un rosal escondido de mañanas.

La muerte, ese sinsonte que no termina de bajar de una rama. Ese insecto que no se va del pensamiento, que puede ser canción o silencio, espera, esa metáfora sin fin, en la voz genética del autor:

Sí, Padre, / temo morir del mismo corazón que tú,

y un rato más tarde:

No he muerto aún

por mi tentación invisible a ser postrero // dejar algo, sino en semillas / cielos arados // alguna veta de espuma / que venza la muerte de mi padre.

La enfermedad, tema recurrente en algunos escritores, encuentra muelle también en este zuliano cuyos padecimientos orgánicos forman parte de su vigilia cotidiana, puesto que él lo ha manifestado muchas veces:

Demasiados dolores para ser sábado

la salud me quiere decir algo feo // he dejado hablar antes a mis miedos / punto de cruz encima de mi corazón // disuelto, ya en el misterio, suspiro / han pasado llamando mi nombre // otro Luis de mis adentros / ha hecho el simulacro // soy mis deseos // en la duplicidad he muerto.

Otros libros lo amparan: Poemas de silencio, Creencias del columpio, Vos por siempre, A puro despecho, Noche electoral, Poemas para el Nuevo Orden Mundial. Y un ensayo titulado ¿Cómo piensa la literatura?, entre otros.

Alberto Hernández
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