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Del azar y otras nimiedades, de Alberto Quero

lunes 8 de julio de 2019
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“Del azar y otras nimiedades”, de Alberto Quero
Del azar y otras nimiedades, de Alberto Quero (Editorial Mapalé & Publishing Inc, Ottawa, Canadá, 2018). Disponible en Amazon

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La poesía es también el cuerpo —la carne sensible— que se ha ido. El cuerpo ausente de alguien pleno de espíritu. La poesía es un estandarte para decir que hubo un tiempo y llegará otro en el referente de un nombre, anónimo o bautizado, que abunda en las palabras, en lo que no se oculta sino en lo que recorre al que lee desde lo escrito.

Un poema regurgita como el ser vivo que es, biológico y espiritual. Viene desde un adentro denso, sangrado, tejido adiposo, cordial, claro y hasta oscuro, verbal o silenciado por el mismo verbo. La poesía es la misma poética de un poema que se deslinda del ruido y del tiempo. Es decir, el poema se duele en solitario. La poesía alivia la poética. La poesía arriba al poema y lo fabrica. Ofrece el tiempo y el clima donde habrá de ser cantado. Y si es desde la memoria, desde un “antes”, un “ahora”, un después que podría ser un comienzo, un “anuncio”, la poesía se lee desde ella misma y no deja de ser dolor, la muerte de alguien que sigue estando y es el poema. Se hace el poema, linfa, plasma, criogenia cálida, que no se priva de ser escuchado, porque la ausencia es también palabra. Un poema se elabora con ausencias.

Alberto Quero le habla al hermano muerto. Desde el niño que fue, o que ha sido y sigue siendo “envejecido”. Versa con el que se ha retirado del mundo, pero no termina de irse. Desde la inocencia atrapada en el pasado y sugerida en el presente. Perdida en el futuro para seguir siendo ingenua. El niño/muchacho-otro que palpita en sus sueños, en el diario transitar de las voces recurrentes: los tantos recados que le ha ofrecido el tiempo.

En Del azar y otras nimiedades (Editorial Mapalé & Publishing Inc, Ottawa, Canadá, 2018), el autor venezolano radicado en ese país del norte de nuestro hemisferio, recorre la ausencia del hermano. Mejor dicho: hace de la ausencia el tiempo que se vive en el pasado y que no es arrebatado por el silencio. Elabora el poeta una larga oración, una suerte de réquiem donde el hermano muerto está vivo, donde no es posible que la vida le arrebate la muerte, porque ésta se sujeta, precisamente, en cada instante del tiempo.

 

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Emerge la voz del cuerpo y “mi hermano menor es un anciano de luz de larga barba canosa”. Emerge desde esa luz multiplicada, “boreal”, para decir del tiempo y sus diferentes matices, la edad de las horas. Una isla para tentar al mundo y describirlo desde la intimidad de la ausencia.

Y él, quien habita este recorrido, se dice en un verso, en una línea que anuncia el resto de la travesía de esta aventura poética:

Vivía yo el vértigo y la sentencia.

La primera estación del poema —el libro es un largo texto, orgánico, uniforme en su temática, solo y solitario en medio de la luz y de la bruma de muchas sensaciones— se titula “Antes”, pero el presente no deja de estar en el pasado como si ambos tiempos fuesen uno solo. La vida y la muerte se tocan. Palabra y silencio. Cuerpo y alma.

Y si ese antes no deja de ser presentes, el “Ahora”, la segunda instancia, sigue el curso del río de las palabras que confluyen como un delta en el hermano invisible fijado en la pupila. Y se regaña, se confiesa ante su imagen, ante una advertencia, ante el sueño y la vigilia:

Me he vuelto susceptible al estruendo / y dudo si él podrá despertarme.

El poema, las palabras, porque la poesía es barro de voces, atina a estar en el yo preciso del autor, ese que habla con un fantasma, con un duende, con la niebla carnal de otro tiempo, con el sujeto de su propia sangre desaparecida, ahora en un aquí revelador, y definirse:

No aspiro a ser más que viento y arena,

como si quien escribe buscara con afán desesperado entrar en el universo del que se ha marchado. Un espíritu volátil, aéreo, como la poesía.

Insiste en decirse, en ser en su cerco afectivo. En ser él desde la primera persona que viaja hacia el Otro, motivo de esta escritura:

Soy una circunstancia inocua y diversa.

Alertado por la memoria, Alberto Quero se afinca en su decir interior, en el dibujo de su ánima, en él:

Algo me ha mostrado el tiempo: / soy yo quien difiere.

El silencio, el eco de un caracol, una piedra, interior y afuera deciden el quién de quien habla para —desde ese mismo silencio— hablar con el hermano, quien es el poema hecho poesía y poética, tres espacios distintos, como el carácter del mismo poeta.

Por eso, en ese lugar del libro, deja esta pregunta: “¿Vano o predecible?”.

Que no haya respuesta.

 

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El último andén de esta travesía traza, dice “dibujar laberintos” en la búsqueda de la voz que sólo oye y no responde. ¿Dónde anda el hermano muerto? ¿En qué lugar de una calle, del alma está la calle y el alma de quien se ha ido? ¿Cuánto tiempo y cuánto camino ha recorrido? La poesía lo reinventa, lo trae a este nosotros del lector y lo reconocemos. El plural mayestático se hace singular cuando Alberto Quero se familiariza con quien lo lee. Desde esa perspectiva su poesía es él mismo en el hermano, y en el nosotros uno solo. Y como si Rimbaud lo invitara, dice:

El último de la estirpe maldita soy yo,

y sigue, impedido de huir de la edad:

He envejecido / sigo en efecto, / ignorando dónde concluye el fuego / y dónde comienza la tristeza,

entonces el sujeto/poeta es vencido un instante por el eco, que es lo único que recibe en su conciencia, en las paredes de su yo.

No es menos incierta mi jornada / que mi fundación.

El pesimismo agobia a la palabra, el referente, el hermano, fluye desde el vacío. Y en él, aparece:

He regresado: / he vuelto desde mí mismo.

El hermano es presentido, presenciado, apreciado en su lejanía, pero también extrañado. El vacío emerge en las imágenes de “Pólux” y “YXVH” (¿Javé?). Disímiles dioses, el enjambre de una búsqueda que recurre al mito y a la divinidad.

La poesía crece en la ausencia y se formula creencia.

He aquí que el azar no se ufana de ser. No es tal y mucho menos nimiedad.

Alberto Hernández
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