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Mharía Vázquez Benarroch: poética del nunca olvido

lunes 15 de julio de 2019
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Mharía Vázquez Benarroch

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No temo decir que leo y me desprendo por un precipicio. Podría parecer exagerada la imagen, pero la crónica me da la libertad de prolongar el vacío que la poseía nos ofrece. Es un vacío corporal que emana del espíritu, de la voz que nos dicta el pasado, el dolor que aún persiste en la carne, pero sobre todo en el tiempo anclado en la memoria.

Hace muchos años encaré una aventura, la de leer Guerrero llevado adentro, el primer poemario de Mharía Vázquez Benarroch, editado por Fundarte en 1984. De tapa azul, fue un regalo para precipitar las diferentes caídas que nos permite la realidad, la historia personal, ajena, que se hace propia, también personal. Aquella edición anda por allí, abrazada a otros libros en mi desordenada biblioteca. Ese libro de Mharía Vázquez me sigue sonando en los oídos, pero sobre todo revelado en lo que dejamos de ser y somos ahora. No sé dónde está el tomo. Pero me persigue el título.

Dos años después, 1986, el Ateneo de Calabozo, institución cercana a mi existencia, reconoció otro título de esta poeta venezolana, As de corazones, a través de la III Bienal de Poesía Francisco Lazo Martí.

El primero de los mencionados ha ganado varios reconocimientos, entre ellos el Fernando Paz Castillo y el del Ateneo de El Tigre, con los auspicios del diario Antorcha de esa ciudad de Anzoátegui. Y el segundo, además del premio calaboceño, obtuvo el Miguel Hernández de la ciudad de Sevilla, en 1989.

Han nacido otros títulos que lamentablemente no conozco porque vivo en una ciudad donde desde hace años los libros no llegan y recién editados se quedaban o quedan en Caracas. De manera que me hago de unos textos sueltos que podrían avalar mi perspectiva de la poesía de esta mujer que bien nos ha representado en todos los bellos oficios artísticos en los que se desempeña.

Navego por poemas que me reciben con los brazos abiertos, en una suerte de aviso de que emerjo del precipicio para caer de nuevo. Así es la poesía, riesgosa, amorosa desde el dolor y punzante desde la rabia. Pero sobre todo, reveladora.

 

2

Los orígenes del dolor. El génesis de la memoria, de la que siempre está allí, alerta. El comienzo de tantas historias desde la pérdida, desde la tragedia. Me aferro a ese mundo que gira alrededor de nuestros quehaceres ciudadanos. La muerte, instalación frecuente en el ánima más sensible. La historia del mundo judío. Ese ardor inacabable que nos toca tan cerca. Y en la poesía de Mharía Vázquez Benarroch, heredera de ese pasmo tensional, está la herida, la cicatriz, el dolor, el sangramiento, la narrativa de una historia que no termina de contarse, que sigue siendo relatada para no perder el hálito humano. La memoria.

El poema que me avisa de la caída, pero también el de seguir adelante, sin caer. El poema que nos descubre en otras voces de hombres y mujeres que han sufrido y expresado o escrito el dolor, el crimen, el tren hacia la sombra, el montón de huesos, de zapatos, de cráneos, de marcas profundas, lleva el nombre, un nombre, el gran nombre Shoah.

Aquí queda completo para que los lectores puedan saberse parte de la memoria que no cesa:

(A mi abuela Sofía Oppenheimer
muerta en las cámaras de gas
de Auschwitz-Birkenau / con un retrato de su amado entre las manos).
Señor.
Hemos bebido, Señor
La sangre y la imagen que estaba en la sangre.
Paul Celan

desde la plataforma del último vagón / Sofía y nosotros / la generación del desierto / secuestrados de todos los lugares / vamos absortos en la huida del paisaje / el viaje persiste por días / en medio del terror y la peste / nadie habla / todos rezamos // en los vagones atestados / comerciantes / niños / viejos / familias inconsolables / y mis tías / que aún repiten en el eco de los años / “somos alemanes / no nos harán nada” // a 60 km de Cracovia / advertimos cómo el tren parece entrar / en una especie de catedral alumbrada / olorosa a miedo y a fiebre / es la entrada al infierno / con letras de sangre / nos recibe la frase / “El trabajo los hará libres” // a miles / han ido descendiendo / hacia las ardientes horas del tiempo detenido / las aguas exhiben una nata verdinosa / que denuncia la presencia de piel marchita y alba pulpa // te llaman judío / en todos los nombres de la tierra / nos has esperado en vano / en el breve dintel de la cámara de gas / entras a la eternidad / amparado por el amor / de los que nunca olvidamos”. (Del libro Escandinavia).

En el instante del verbo está la eternidad del sacrificio. En el momento del poema, toda la historia en el recuerdo, en lo que no se olvida, en lo que sigue siendo dolor, piel recobrada. Un poema del desgarramiento, ese que cuenta con la misma voz de los desaparecidos, con el mismo acento de los fracturados, con el mismo aliento de los muertos que tienen palabras para no extraviarse en el tiempo. En esos cuerpos en ceniza, en esos nombres y sus sílabas, sigue el gerundio de sus vidas. La poesía recuerda y recuenta, hace un inventario de cada grito, de cada gesto, de cada segmento de desolación, de cada mirada perdida en el rostro del otro, que también era ella o él en la tragedia.

 

3

Los poemas circulan como la sangre. Vasos comunicantes, públicos y personales, permiten que se añadan a todos los que llevan el mismo mensaje, el mismo dolor o el calor de la memoria.

En Estirpe de lobos nuestra poeta insiste en la greda del tiempo, el recuerdo como recurso para no perderse, extraviarse en la historia. Ser sujeto de relatos deviene poema, en el que amor o deseo se afirman en el silencio.

Te escucho en este viejo blues / obstinada con tu memoria / donde tu piel grave y oscura / me acaricia fugaz // El álgebra del olvido / me acorrala como un lobo // me lame lentamente / y te fija en tu fotografía sepia // todo mi cuerpo tiembla / ante el esplendor / de tu piel / quemadura en mí / que ara y siembra / para hacerme pasto del silencio.

Cada latido de un verbo, su tendencia a decir lo que la sombra oculta. Una despedida, una ruptura. Incorporación del otro como parte del cuerpo que no nombra:

Fotocopia de la noche

La vida se desnuda
al ritmo del vacío de tu boca
y por todo cuanto ella calla
toda frase se interrumpe
y el verbo es otro adiós
que aún no pronunciamos.

Y para confirmarse:

Álgebra del olvido

No sé qué decirte / esto es así / principio y fin / y una sonrisa postiza y cansada // No es asunto de llorar / pues todo está pesado y medido // la vida a pesar tuyo / sigue allí”.

“Principio y fin”, alfa y omega. La voz, el silencio o la memoria.

Breve descripción del olvido

Tiempo
no tengo más que tiempo
tiempo por todas partes
tiempo refutando mi tiempo

tiempo inmortal
mudo
inasible
sordo
ciego...

Tiempo para la memoria, para el poema.

Alberto Hernández
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