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Exilio en Bowery, de Israel Centeno

lunes 19 de agosto de 2019
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“Exilio en Bowery”, de Israel Centeno
Exilio en Bowery, de Israel Centeno (Ediciones Nuevo Espacio, 2000). Disponible en Amazon

1

En la piel del desterrado se puede escribir un relato. Un discurso familiar o político. El exiliado se recorre en su geografía personal, íntima, con el retorno como meta. Unas veces la nostalgia lo invade. Otras, se deshace de la memoria y construye otro paisaje. En ocasiones, que son abultadas por el deseo de sobrevivir, de respirar el aire nacional, el que se fue regresa y se encuentra con el otro yo que una vez fue. O se desdibuja. Y hasta desde el afuera imagina estar en su barrio o pueblo de origen.

Y cuando resume la larga ausencia en la calle de su infancia es extranjero en su propia casa.

Se puede huir en grupo. O solo. Pero los grupos suelen hacerse en una esquina, en un bar. A través de un mensaje electrónico en la búsqueda de algo que suponga la no pérdida de su génesis. O de una carta en papel, atravesada por una historia, por una hipérbole, por un azaroso relato en un diario leído en voz alta para convertirse en novela, en un segmento, en escritura permanente una vez extraída de la imaginación de un personaje que juega a encontrar un secreto o un tesoro.

Pero la piel del exiliado no se destiñe. Mantiene su color más allá del frío, de la nieve, de un parque húmedo o de muchos tragos de Old Crow en una oficina de un piso 40, de drogas u olvidos, enfermedades o malos sentimientos, por decir que hay malos porque también existen los buenos. Y si no hay alguna contradicción, transversales.

 

2

Israel Centeno, uno de los narradores venezolanos más emblemáticos de nuestra escritura actual, se encuentra en una calle. Lee los avisos. Camina lentamente. Lleva un libro en una mano: Los emigrados, de Sebald. Pudo haber sido el primer tomo de Los inmigrantes, de Howard Fast, pero él, desde su mirada, niega la segunda opción. “Es Sebald”, le dice a alguien en la puerta del Bowery Poetry Club, en Manhattan, donde queda el famoso barrio donde también se habla mucho del Lower East Side. Por allí circulan tantos idiomas: chino, italiano, español, vaya usted a saber si alguno que nadie conozca, como pasa siempre en la Gran Manzana. Es decir, patio de emigrados, emigrantes, inmigrantes, asilados, desterrados, escondidos, protegidos, olvidados.

Centeno busca un árbol. Y allí seguramente halla el instante para decirse parte de esa gente que no está en su país, que devino nacional en otra tierra. Y de esa reflexión asumida por el narrador, o por quien esto rasguña, una novela se presenta como opción en un lector que podría ser uno bajo la sombra fría del árbol que Israel Centeno contempla en Bowery.

Cruza la calle y entra en el bar-café de los poetas de Bowery. Y allí lee a Sebald. O vuelve a su novela desde esas páginas que ahora revisa mientras sorbe la infusión esa mañana que se nos ocurre fresca, neblinosa, muy Nueva York.

 

3

El segmento anterior busca añadirle a la ficción algún grano de confirmación, toda vez que Centeno forma parte de esa atmósfera lejana y desde esa distancia lo leemos. Allá, en su devenir extranjero, construye su poética, la del exiliado que tiene en el retorno —al menos en el ajeno— la figura de un nuevo ciudadano.

Y esta especulación del cronista podría ir más allá, si no se atravesaran los personajes que viven en Exilio en Bowery, tan reales como ficticios, creados a la medida de un lector que respira la verosimilitud, la realidad y también la parodia de un proceso histórico que ha trastocado a medio continente americano.

Y entre esos personajes, Tapia, el viejo del documento en el que se alude la búsqueda del Soneto de Aguirre, una estatuilla polinesia y una estrella de siete puntas romas, en una suerte de juego en el que todos apuestan por la conformación de una sociedad cultural, que desde varios géneros literarios avista la angustia de vivir en otro paisaje. O el deseo de salir airoso de esa pasantía.

Charlie Sandoval, Ricardo “Lagarto”, Erwin, sombras o bocetos que arman esta novela de Centeno en la que una vez más demuestra su capacidad forense, cuasi policial, de investigador con “intenciones trascendentes”, según la voz de uno de sus actantes.

La ironía, la exageración, en un stop motion que arriba a la expresión “El exilio cobraba sentido con la inminente consecución del Soneto de Aguirre”. Es decir, esa representación hace alusión a algún enigma, a una prueba de salvación para no perderse definitivamente en el exilio, en ese desierto donde habitan quienes siempre ven hacia atrás, mientras el mundo de ellos se agita entre túneles, amparados por una antorcha para encontrar el camino donde el tesoro habría de ser encontrado.

¿Se trata de una “patria”, esa consagración pasmosa en la que los sujetos aspiran a ser libres, a despojarse de las sombras, a salir del agujero, a perfilarse como personajes reales, vivos, sin ataduras?

El “Seremos La editorial, El poeta, El narrador, El ensayista” indica el rescate del espacio perdido. Volver al país extraviado. Conquistar las calles, los sueños, arbitrar la existencia, porque, más allá del tema en el que se mueven los sujetos literarios, existe una realidad que podría consumir a quien relata, a quien escribe, pero igual, como víctimas de esa realidad ahora ficcionada, a los que leen.

 

4

Imagino a Israel Centeno calcado en el vidrio de una cafetería. Lo percibo conversar con sus personajes. Armarlos, hacerlos, moldearlos y verse en ellos. Ser la crónica del desarraigo, de los que se buscan entre ellos para aspirar al retorno.

Alberto Hernández
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