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Retratos y tormentos, de Luz Machado

lunes 9 de septiembre de 2019
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“Retratos y tormentos”, de Luz Machado

1

Este libro tiene dos maneras de leer. En prosa y en verso. El primer libro, Retratos, narra eventos y traza la imagen y las figuras de distintos personajes, pero igual del paisaje que envuelve a quienes se mueven en estas líneas. Una atmósfera en la que la primera persona se pasea por el plural mayestático para luego sumergirse en el yo profundo de la poeta, en ese yo propio, pero también ajeno que habla desde la desesperación, el arrebato de la luz, desde la ausencia.

Estos retratos vivos destacan rostros, cuerpos enteros, vidas interiores, colores, fisonomías, orígenes, geografías espirituales. La belleza de estos textos viene acompañada de una suerte de quietud en la que las palabras pueden saborearse en distintos tonos.

Es una poesía decantada, precisa, descriptiva, pero también atada a los verbos que cuentan las peripecias y reflexiones de quienes son habitantes nostálgicos de ella.

De su país se trajo la estatura, su fuerza corporal y su idioma distinto. Cuando pasa en bicicleta por la calle, seguramente recuerda las calles de su pueblo, porque canta bajito una melodía que yo recuerdo haber oído en su país y que aquí, bajo el sol nuestro, es como un paisaje en una postal, volando.

De sus ojos, uno se entorna, pestañeante. El otro se abre hierático, vidrioso. Así, parece su cabeza la de un dios antiguo que prefiere no ver sino a medias el mundo. Sus manos, cuando sueltan o aprietan los tornillos de las llaves del agua, lo hacen como si abrieran o cerraran las fuentes mismas de la inmortalidad. Por algo vino de Italia, el país más azul que he conocido.

Este trozo de existencia contado en este poema se ajusta a nuestros días, cuando el país se riega por el mundo producto de una diáspora provocada por un poder cruel. Leer estas imágenes nos lleva a nuestros orígenes, a aquel país que se hizo con las manos y la fuerza de quienes fueron nuestros abuelos, nuestros antepasados. La poesía revisa ese mapa afectivo y pedregoso a veces que se ha ido borrando con los años.

Este retrato de aquellas horas podría tomarse como un tributo a quienes siempre han sido emigrantes, desplazados y luego bienvenidos a la nueva tierra de su labor.

 

2

La segunda parte de esta aventura poética de Luz Machado (1916-1999) se alista con un epígrafe de Antonio Machado:

Se miente más de la cuenta
por falta de fantasía
También la vendad se inventa.

Y desde ese mismo instante en que este aforismo aparece ante los ojos del lector, Luz Machado ilumina sus “tormentos” con otro de fray Luis de León:

Yo cantaré, y diré que soy tu hechura.

Ambos textos se tocan, se rozan, se complementan. Mentira, fantasía, invento: en el mismo colador: creación. Canción, hechura. Se canta desde el invento para hacer, para crear, y desde la mentira para crear un nuevo lugar, una atmósfera, un mundo distinto, mejor o peor. Tormentos. La esencia de lo que viene.

El primer poema, “Reconocimiento”, de esta parcela de imágenes, dice:

Gritaban el improperio y la blasfemia
igual que látigos cerca del rostro.

Y no sabía que era para ahuyentar
Sus propios demonios.
Y alejarme.

Se somete la lectura a la presencia de varios ecos, personajes, simulaciones, hasta decantarse en uno, el blasfemado, el insultado, el atormentado. Los versos, livianos, ligeros de equipaje, viajan por la comprensión del lector.

Son poemas escritos en la década de los años 60 del siglo pasado. Son poemas que vienen de unos retratos, de rostros que ya estuvieron, que se quedaron en las repisas, llenos de polvo. Pero quedan las voces en el aire, en la memoria que ahora es página escrita, cómplice lectora.

En “El sacrificio”, Luz Machado usa sustantivos duros, dolorosamente significativos: “martirios, verdugos, despojo, monstruos, castrados, apedreada, mofa, vituperio, locura, etc.”. Palabras que se acumulan en quien las pronuncia hasta dejarlas al final como un derrumbe:

…no encontró metal alguno para alcanzar / la muerte, / y poco a poco, / lentamente, / a la sombra del tiempo, / ya viéndolos desnudos, / trasmutada en sorda constelación / de asco y espanto y pánico, / se sostiene como idea imposible.

En estos Tormentos se nota la actitud sosegada de quien se sentó frente a su propia desazón y le mostró al lector lo que ahora es su impronta. Leer con la calma, la quietud de quien viene de un viaje, de un antiguo retrato, y se descubre.

La lectura, como la escritura, son “Apuestas” tan humanas como bestial es su decir y trazo en el ánimo ambiguo:

El premio ha de ser jugoso.
Corrompido. Pero dulce.
Igual a mayores tormentos.
La víctima al resistir
Es premiada:
¿Pero están bien tus hijos, tu familia?
¿Entonces?…
Metal de sangre para la logia.
Y el lenguaje común y los gestos
aprehendidos.
Esa es el alma nueva. La otra.
Cambiada, silencio. Goce.
En el trueque
no importa la víctima.

 

3

La muerte, ese viaje que atormenta. Ese silencio que ensordece. La muerte es poesía y cuerpo. Forma y simulación. Quietud e indagación de quien se queda frente al rostro del que comienza el viaje. Ambos son preguntas y respuestas.

Y así llega la muerte. Entre los versos, ilimitada. Se confirma tema, y como una vez más afirma Miguel Casado:

El sujeto de los poemas vive, pues, desdoblándose, observándose constantemente, convierte sus gestos y contradicciones en motivo de contemplación —angustiada y serena; melancólica.

El sujeto/muerte tiene el poder sustantivo de apelar a su poder, a su hambre de ser y estar, de no irse, de ser tema permanente, no sólo de la poesía, sino de todo el pensamiento. La muerte está en todas partes: es.

Luz Machado escribe en “Con orla negra”:

La muerte es insaciable. / Abre en cualquier momento su almacén de agonías / sin horarios ni precios / pero bien caros muertos.

Y para no dejar o arrastrar dudas, la mira como un evento social, clínico, de horario, carnalmente visual:

Tarjeta de pésame

Cuando una ventolera / pasa el duelo / tocando a rebato sus campanas / de lágrimas / mientras corren los días / y nace la enfermedad / igual a una enredadera venenosa que florece / en fiebre. / Un día amanece un día / como si no hubiera ocurrido tanto mal / y empezamos a recordar / que el futuro es para el recuerdo / y hemos de olvidarlo. / Para no morir del duelo / y de la enfermedad.

 

4

Y tan vivo está el sujeto muerte, el sujeto duelo, el sujeto recuerdo y olvido, que la misma muerte se olvida de ella, tanto que es necesario recordarla en versos, así como lo hizo Pepe Barroeta, y así como queda escrito en estos versos de Machado:

Están muertos

Sí, todos están muertos. / No es posible que la soledad de otro ninguno / la sienta. / Que no se abra la puerta por teléfono. / Que no suene la hoja de madera / que cierra nuestra casa. / Que no importa si el otro vive o agoniza. / Si tiene pan para la noche y un sorbo de agua / hasta el amanecer. / Que ninguno se mueve recordando. / Que ninguno recuerde. / No es posible. / Pero ¿cuándo murieron? / Qué racha o sed los secó / los llevó al otro lado de la gran mirada / de quienes sienten abrirse la memoria / como un frailejón, ávido, nunca afectado / por el frío, tan lejos, por las lejanas / cimas donde el alma / de la tierra yace helada? / Están muertos. / A veces me devuelvo y los sacudo. / Unto con sal de amor la lengua infiel, los ojos / para que les pique la vida y su semilla de fuego. / Y nada. No comprendo. No comprenden. Parece, sí, / que están muertos. / Si no lo estuvieran, se acercarían / a compartir el ímpetu / que a pesar de todo quiere desenterrarlos / pese a mi propia muerte, / también.

Y el vértigo, el mareo de distanciarse del mundo, de irse lentamente, de acontecerse con lo invisible. De no ser más, pero está el poema, los huesos de las palabras frente a quien abre el libro.

¿Cuánto tiempo hace de Luz Machado? ¿Cuánto de quienes se quejan de poemas, poetas y poesía, sandalias sin pescador y hasta mano en el mentón mientras otro se desdibuja en un poema aprendido? ¿Cuánto hace que la muerte es ella, esa mujer enterrada, convertida en libro?

Y es vértigo otro de sus poemas. Y otro, el “De las condenas”.

Y este:

Tensión baja

De pronto se siente una necesidad
de quedarse en casa
de la que se sale
cuando también ordenan salir y hablar y hacer
lo que también ordenan.

Y la soledad, un teatro abandonado, sin personajes, en silencio, hasta el fin, hasta el momento de cerrar la casa, el libro, y pronunciar con Luz Machado:

Vejez

En la maleta de los viajes
huele a tiempo guardado.

Era 1972 cuando el tiempo se hizo en su cuerpo. Y el poema tocó el tiempo actual, el de la muerte, el de la necesidad por el otro, el de llegar a ser cuerpo vencido, poesía.

Alberto Hernández
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