XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Urbasa, de Joaquín Marta Sosa

martes 17 de septiembre de 2019
¡Comparte esto en tus redes sociales!

“Urbasa”, de Joaquín Marta Sosa

1

El último poema de este libro de Joaquín Marta Sosa limita con las cuatro montañas que en Navarra, España, circunscriben o modelan o le dan cuerpo a un parque cuya atmósfera se convierte en poema: Bargagin, Santa Marina, Baiza e Iruaitzeta, donde el poeta ha dejado silencio, soledad y parte de la memoria que luego se expande en las páginas de Urbasa, volumen publicado por Fundavag Ediciones, en Caracas, en 2014.

Urbasa es un paisaje natural, una mirada que no se borra. Urbasa es un trozo de sueño, remarcado en unas páginas que procuran en el lector una pasantía por los sentimientos del autor antes de llegar al lugar donde se amontonan todas las emociones cuando el ojo humano ve las paredes roñosas que se hacen regocijo verbal y dolor en la tierra. Urbasa es una imagen: un castillo, un palacio, la ruina donde se aposentan los temas de este libro. Si el paisaje natural ensimisma el alma, la carcoma de la ruina desanima el espíritu. Las ramas de los árboles secos, cuya primavera no ha llegado, adosados a muros y grietas. Marta Sosa toca las paredes heridas del caserón y hace poesía. Pero antes se revisa en tanto sentimiento multiplicado. En medio de innúmeras revelaciones de su adentro.

Marta Sosa nos obliga a ir primero a la última región de sus poemas. Y lo hace para que luego retornemos a él, a lo que lo acontece mientras el universo se mueve lejos. De un espacio abierto a un ámbito cerrado como el espíritu, el alma, el cuerpo sometido por el tiempo y sus andanzas.

El volumen que hoy tengo frente a mí está dividido en dos instantes: “Brevedad de la lluvia” y “Vastedad de la sombra”, con los que pudo haber titulado el libro. Pero prefirió viajar hasta Navarra y desde allá legarnos otro nombre para estos versos que gratifican por su solidez y belleza.

 

2

A Marta Sosa lo acosa la escritura, lo llama, lo convoca, y desde la anatomía que ella forja a través de las palabras y el silencio, nace este compendio de imágenes, sentidos, lucubraciones y certezas, aunque en poesía nada es cierto, todo es ilusión, magia, suspensión.

frente a la enormidad de lo inexplicable
la escritura insiste,

animal indócil, ésta, la escritura, padece el proceso doble de ser pensamiento y luego trazo con las manos, los dedos, la mirada, el papel que se impregna de sonidos silenciosos, el poema.

Se desprenden de ella los temas que angustian al autor, como a cualquier humano que afronta la existencia con la mirada puesta en los riesgos de existir: el tiempo, esa movediza preocupación; la edad que se contiene en él; la soledad aun en compañía, el silencio como asistente del vacío, de la nada que perturba, del temor a no saberse en otro tiempo lejano.

A través de algún resquicio el ojo del poeta descubre que esta escritura, la que traza el estar y el ser se puede añadir desde una ventana:

Observa el tiempo // Escribe el viaje del viento y de las voces / su silencio // Añora a cada uno / que a su frágil lindero se asomó…,

Pero igual la calle le da forma a los temas que recurren a la memoria de quien piensa, escribe y luego lee:

Después de años, / miles de años, / sobre este asfalto / quiero poner mis manos (…) sobre esta calle // cobrando vida / inexistente / invisible / intocable.

 

3

En casi todos los poemas están presentes estos temas, nombrados, sacudidos por el ánima del poeta: el tiempo, la soledad, la edad, el silencio, “el largo de las horas” y una pregunta se atraviesa para redondearlos:

¿nos disolveremos
En nada
Y ya sin rastro?

La incertidumbre, la duda a lo desconocido, el “Miedo”, como titula estos versos:

Andar en medio de la oscuridad
sin conciencia de su abrazo

sentarte a ver pasar los asesinos
y no imaginarte en el punto de su mira

suponer que para ellos
al menos por ahora
tu existencia resulta indiferente

mirar alrededor
sin percibir las manos hoscas
decididas
a pesar de que sean pocas

oír con atención
pero incapaz de distinguir
la amenaza que sisea
en el golpe de madera con ráfaga y disparo
en el tumulto ronco
de ese fanático que al cuello se te acerca

peor es desentenderte,
ignorarlo

a fondo tienes que sentirlo
padecerlo y muy intenso

bien adentro tomarlo entre los dientes
pese a lo que duela masticarlo
y salir adelante arrastrándote tú mismo

si acaso eres capaz

a veces el miedo, sólo el miedo,
nos mantiene vivos.

Ese estar vivo renueva los mismos temas, los mismos sobresaltos que el pensar de la muerte, los riesgos, la violencia, el miedo atrapado en las costillas y en un verso que también se extravía y como tiempo “pasa otra vez sin detenerse”. Como también se admite que nadie es inmortal, sólo permanecen sobre los humanos desfalcos, carne y huesos, silencio y bullicio, la vida como reto en ese “somos nosotros / los que año a año / vamos cayendo sobre ellos”, es decir sobre los años. Pero a la larga, son los años los que nos hacen viejos, ancianos, y otra pregunta:

¿Quedaremos,
los de este minuto aún tan remoto
atrapados en un tiempo sin espacio
en un espacio ignorado por el tiempo?

 

4

La eternidad, ambición que es también el fin, se place en el poema. Y el poema se place en ella como signo y poder, como tiempo absoluto, como raya entre el aliento y la quietud:

vivir no alcanza a veces para más (…) presientes que de nada sirve aullar / y mucho menos guardarte en el silencio.

Poeta y poema insisten, insisten en el término, en la línea que no deja ver hacia el otro lado:

con nosotros va la muerte / invisible gato sigiloso / en la luz ennegrecida de la noche.

El cuerpo, temporal y visible presencia, viaja, reconoce parajes, jardines, heridas, cicatrices, dolores, la soledad como tanteo en el silencio; abandono, aturdimientos en la casa rodeado de libros y los pequeños insectos nunca invitados, la escalera atenta a los pasos dados, los amigos, la ausencia, la biblioteca, ese monstruo de voces que siempre está observando a los lectores o a quienes sólo pasan por un lado sin tocar o leer sus nombres y apellidos. Siempre los libros, que mañana, algún día, en la ausencia o el retiro serán ceniza, humo.

Y ya, desde un mirador, Urbasa, el paisaje que aflora en la pronunciación de quien lo mira:

Cuando irrumpe el último poema / en este largo viento del otoño / siguen siendo blancas sus paredes // sus puertas cerradas abarcan la mudez / en agrietarse insisten las ventanas // sus ruinas en más ruinas merodean // ningún pájaro, ningún árbol / ni el agua del río que irrumpe en el barranco // nada, nada supera la perpetuidad / de entre sus ruinas, ya ni siquiera ruinas / y que no serán eternas // sobreviven, sí, mi madre / mis hermanos hermanas y mi padre / capaces de oírme desde aquí / allá donde llegaron hace años // de intuirlos yo, de escribir lo que me dicen // ahora que todo lo hemos visto, / que casi todo lo sabemos, / ¿qué vamos a hacer con nuestros ojos? // si estás herido, / ¿quién te hiere y qué te hiere / en este bosque de aguas? // Igual que tú / también reside en otras tierras / y otros viajes / donde nada le sobrevivirá // Urbasa / ni da la bienvenida ni despide // es fuego en el viento // cerilla tenaz / en medio de la noche.

¿Qué no ha quedado de aquel parque en el alma del poeta? ¿Por qué se anudan estas palabras al ánimo de un dolor que no sabemos ver pero podemos sentir?

En el palacio cuyo portento queda en la memoria, en sus ruinas allá en Urbasa, se filtran las imágenes de la pérdida, del tiempo detenido aunque se desplace sobre quienes advertimos su mudanza.

Alberto Hernández
Últimas entradas de Alberto Hernández (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio