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Elocuencia de silencios, de Francisco Muñoz Soler

lunes 2 de diciembre de 2019
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“Elocuencia de silencios”, de Francisco Muñoz Soler
Elocuencia de silencios, de Francisco Muñoz Soler (Penguin Random House, 2019). Disponible en Amazon

1

Busca el poeta su lugar de origen. Su origen. La savia del sitio donde comenzó su todo. Y los versos, el poema armado como un paisaje, se establecen en silencio, en el único sonido que la poesía puede albergar como válido.

Tanto se ha dicho del silencio. Tan poco de sus virtudes. O demasiado por silenciarlo. La poesía, indefinida, suple ese lugar, lo inventa, así como crea el silencio para poder ser. La ontología de la poesía radica en denotar que es, pero sobre todo connotar el vacío, llenarlo de significados. Prestarle el silencio del afuera para hacerlo espacio verbal, sintaxis, pausas que no son silencios.

El silencio es materia tocada. Es carne del poema. Sin él, es imposible la poesía. El lector dirá que las palabras suenan, pero en su interior está el vacío, el sitio donde impera el silencio.

El sonido hace el silencio. También puede cuestionarlo.

Todo fluye, así el silencio, acompasado. Metabolizado. Atado a los versos. Dejado un instante al final de la voz. Y al comienzo porque toda palabra lleva de silencio su propia entonación. La poesía no descarta ser el sonido que ella misma crea: el poeta es sólo un fisgón, el que manipula el lugar para que el silencio sea. O sean los silencios. Plurales de uno solo.

 

2

En Elocuencia de silencios (Caligrama, 2019), de Francisco Muñoz Soler, el tema se mueve en muchos poemas. Se estaciona un tanto, salta como un cometa más adelante. Hace cabriolas entre las palabras. Y entonces aparece la idea del origen.

El soplo de silencio que Rilke dejó impreso en el papel, en algún cristal donde el clima fue propicio para emular la fuerza de su origen.

En esa superficie, sobre el liso revelado de la imagen, el silencio. El escritor, Rilke, sirve de estación para iniciar la puesta en marcha del origen, porque éste es el silencio. De allí se proviene, y como dice el poeta venezolano Vicente Gerbasi: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”, por eso es válido afirmar que venimos del silencio y hacia el silencio vamos.

Reconvención, indagación acerca del tema que invita a la curiosidad:

A veces los poetas, / desde sus incertidumbres, / tiene la tentación de comprender / la condición humana, / intentando captar ecos, / elocuciones de silencios, / la irradiación de los besos, / infinitos de miradas, / sin la certeza de la ciencia arqueológica / capaz de rescatar el origen / de nuestras almas.

Ensayo ontológico, existencialismo y pasión liberan sus energías en este texto, tan dilemática en tanto sostenido por la realidad, por esa realidad más allá de imágenes recreadas, metafórica, más reflexivas, cercanas al pensamiento, al que define. Sin el yo.

 

3

La búsqueda, la porfía del yo por encontrar el sitio, el instante, el clima del origen, del “donde vengo”.

Siempre intentando hallar el origen.

Intento que se esgrime con palabras, porque el cuerpo, la armadura física no da para tanto espíritu escondido. Porque el origen ha dejado de ser ese espacio para convertirse en idea.

Desde esa perspectiva, el que escribe se vierte definición, pero también concepto fijado en una pregunta: ¿por qué ser poeta?

Arraigado en ese territorio, el poeta “producía silencios elocuentes / que vaciaban de contenido los sueños de convivencia”.

Nuevamente, Rilke aparece para afirmar: “Hay tumbas que en su silencio / hablan del mundo…”, y ese mundo, el único mundo sensible, se afinca, precisamente en la porfía del origen que Muñoz Soler persigue en sus versos y que fortalece con la indicación de que ellos, él (todos), “tenían la culpa en el origen”, la culpa cristiana basada en la primera desobediencia, en la desnudez del cuerpo y el desarraigo edénico.

 

4

El origen, el rincón o la caverna de donde proviene, el primer sonido, el primer pensamiento, la invención del ánima, y el cosmos como confirmación del nacimiento y de la muerte. El temor a no estar a no seguir, a no ser producto de la borradura del tiempo:

Mantener el equilibrio en el espíritu (…) donde mi alma no se consuma / en el sonido del miedo y el olvido.

El autor busca una belleza sin límites, despojada de adornos, “pensada” desde la mirada cruda, “leída” desde los sentidos. “Sentida” desde las palabras.

W. Szymborska aparece y encaja en unas líneas para decir del odio. Y desde cualquier intromisión ajena, porque se trata de una dedicatoria, la ética, el humanismo como admonición, consejero.

La poesía de Muñoz Soler no usa dispositivos alegóricos. Se suma a una poética en la que el habla suscita un símil, pero con la intención directa de estar frente al lector.

Y la noche se hizo disparo / tomó cuerpo en su sonido, / (…) un acontecer abrupto de venganza, / un alarido que impacta como un beso…

Otras temáticas abordan la no violencia, la utopía de la tierra nueva, del paraíso que Milton tantas veces vio perdido, y por eso pide: “Que el silencio no sea resignación”, y como sujeto / poético el nombre de Roque Dalton, el sacrificado por sus propios compañeros.

Dios es también parte de esta voz. Y la memoria, el peso de los recuerdos. Esa acumulación de experiencias, de silencios compartidos. De venidas e idas en medio de las palabras que veces no se oyen o se convierten en un artefacto para la creación del poema desde el mismo silencio y para el silencio.

Alberto Hernández
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