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Amorcito corazón, de Laureano Márquez

lunes 23 de diciembre de 2019
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“Amorcito corazón”, de Laureano Márquez
Amorcito corazón, de Laureano Márquez (Aguilar, 2007). Disponible en Amazon

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Uno, yo, a esta edad, no me puedo desprender de Pedro Infante. Ni que me obliguen. No tanto de Jorge Negrete. Porque, no sé, lo noto sobreactuado. Pero Infante y también Javier Solís suelen ser personajes que nosotros, los que vivimos los años 60 en una sala de cine de pueblo, podemos afirmar que nos acompaña la felicidad que esos cantantes, charros mexicanos, nos insuflaban. Y nos siguen insuflando, sobre todo si pensamos en una rocola.

Por eso, hoy, cuando Laureano Márquez nos ayuda a recordarlo con su título Amorcito corazón, volumen publicado por la editorial Aguilar (Caracas, 2007), bajo la lupa de Leonardo Padrón y Marianela Balbi, acompañados de Cynthia Rodríguez, Rafael Osío Cabrices, Jaime Cruz y Mireya Silveira, volvemos, en mi caso, al cine Tropical de Valle de la Pascua, y me siento a escuchar en la oscura sala semidestechada la voz de Pedro Infante, el silbido inicial de la canción e imaginar “el beso mordelón” con que sazona su gracia.

En 1957 aparece esta pieza. No recuerdo si en una película la cantaba, pero quiero imaginar que en alguna de las tantas que vi. Por supuesto, corrían los años sesenta cuando en las carteleras veíamos a nuestro héroe a caballo o en moto revelando su talento como actor o cantante.

Entonces, pasados tantos años, Laureano nos regala este libro, un manual (podría ser de estilo) en el que cuenta, recuenta, descuenta su inteligencia traducida en humor y amor.

 

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Quiero pensar que Laureano, mientras vivió en la calle Páez de Maracay, también escuchó en algún bar, bodega o caserón de la mencionada rúa, la famosa canción que Pedro Infante regaba por el mundo. Y quiero pensarlo porque un día nos comentó, en la ciudad que lo recibió carajito, que tenía en mente a muchos personajes de su calle. Habló del señor Obispo, quien tenía una gran tienda cruce con la calle López Aveledo, donde hoy hay un estacionamiento.

Ese día/noche en Maracay lo acompañamos hasta el carro que conduciría a Caracas. Bajó el vidrio y dijo: “No se separen nunca. Sean buenos. Somos amigos”.

Y se fue.

Pues bien, más allá de infidencias y amistades, Laureano escribe un libro, como otros que seguramente desconozco y también los que vendrán en el futuro. Este que me toca de cerca contiene quince textos, porque hasta el epílogo lo es. Es decir, podrían ser trece: un epílogo y un contraepílogo hacen juego con lo que la tripa (no confundan morcilla con chorizo) contiene. Tripa: las páginas interiores de un libro, que bien podrían ser la ropa que tapa algunos desvaríos, amores o tentaciones literarias. Bueno, ya. A otro canto.

 

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Los títulos que Laureano Márquez inventó son:

“¿Introducción?”, “Prolegómeno en primera persona”, “¿Verdaderamente existe el amor?”, “La mitología del amor”, “El amor socrático”, “El amor y sus etapas”, “El amor virtual (web o nada)”, “Amor y Kamasutra”, “Literatura y amor”, “El amor azul”, “Ese bolero es mío”, “Glosario, provoca”, “Epílogo” y “Contraepílogo”.

Nada más y nada menos.

 

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Bueno, el corazón muchas veces es más cerebro. Y el cerebro corazón. Pero la discusión, si es que es y no es, se centra en el amor, esa cosa que anda por allá de capullo en capullo (¡vaya cursilería!) y se enrosca en el pelo (no digo) y se hace para siempre o para un ratico, porque los matrimonios ya no son los de antes. Digamos que Laureano se adentra en el amor como el amor se adentra en una jodedera muy seria, pero atemperada. Digo yo, aquí medio hipócrita, pendejo o asediado por cierta pereza, porque el amor, vuelvo y digo, aterra. El amor forzado, aclaro, el que duele mucho porque ya no es amor. ¿Será? Tampoco este es el tema, porque la filosofía suele ser cosa seria. Vamos al grano, mucho mejor.

Laureano Márquez enfrenta el tema con mucha valentía. Daga en ristre y caballo trotador, quijote él, acude a todos los instantes del asunto para traducirlo, elegante y a veces manoseadamente, como debe ser. Otra vez al grano, que me desvía el deseo, carrizo.

Vale. Vamos, pues.

El primer texto es una pregunta técnica: “¿Introducción?” con un sesgo sexo/jodedor de nuestro ensayista. ¿Introducir qué? Que quede en la imaginación del lector. Márquez dixit (¡vaya, volvemos a la escuela!). O mejor, escribió: “La verdad, no sé muy bien qué clase de libro es el que usted y yo tenemos entre manos, incauto lector”. Bueno, lo tenemos entre manos. Dirá, el libro o lo que se va a introducir. Qué mal pensado soy, pero por ahí va la cosa. Digo, o que me corrija Rubén Monasterios.

Más adelante, en el segundo ensayo, el autor afirma: “Quien escribe estas líneas arrastra la pesada carga de ser considerado por sus compatriotas un humorista”. Vale, que sí lo eres. Y por eso eres culpable. “Este es, entonces, un libro de humor sobre el amor, escrito con la esperanza de que sirva a los lectores de esta colección, que sí será algo serio, como una suerte de introducción (ahora sí) a la completa aventura del amor de pareja”. E introduce. Digo, comienza.

Habla del amor, duda del amor. Afirma acerca del amor e invoca a Eros y a Cupido, los postes o hitos grecolatinos de todas nuestras influencias amatorias y literarias. Entra Laureano en la gramática, en la morfología y la filología al despejar algunos términos cuya raíz o lexema es, precisamente, el amor: “amortajar, amortiguar”, amoratar, etc. Y así hasta llegar a la mitología: Eros y Cupido, ahora sí, de donde se desprenden los términos “erótico” y “escupido”, respectiva y seriamente, de acuerdo con el sintagma nominal y perverso de Laureano. ¿Existe el amor?, se pregunta el tipo. Y desarrolla toda una teoría. Muy convincente por lo dudosa. Referentes literarios y mitológicos dan cuenta de la fuente de este estudio académico. Intervienen Platón y Sócrates y se complica la vaina. Luego, las etapas del amor: “El flechazo” del escupido Cupido, “El noviazgo”, “El matrimonio” o mártirmonio. O desastre, según como se vea. Es decir, “El divorcio”. La tecnología o la “Web o nada” juegan papel relevante en estos tiempos. El llamado “amor virtual”, desde lejos. Sus códigos, dibujitos, palabras de la “neolingua” y otras lenguas que ya no sirven para nada.

No podía faltar el infaltable “Kamasutra”. Que de cama tiene poco y de sufra bastante. No sé, así opinan algunos. Romeo y Julieta en el suelo de una cripta: digamos la literatura, las letras, el romanticismo. Todo es en estas páginas. No sabemos a esta altura si ambos amantes se mataron por falta de Viagra, pero su amor no era azul. Era rosado, como el ropaje de la realeza británica. ¿Es así? Digamos que sí para no decir palabrotas. “Ese bolero es mío”: música y segunda intención. Por ahí van los tiros. Las bolas, afirmo con la mano sobre un libro sagrado. Hasta el glosario. Suerte de diccionario en el que Laureano Márquez vacía significados muy cercanos a nuestros deseos y aporreos amorosos.

Y hasta aquí, que no queda otra.

Ah, los famosos “Epílogo” y “Contraepílogo”. De antología. Busquen el libro y verán. Leerán. Sabroso rato entre sonrisa y carcajada.

Laureano afirma convencido, ya para irse, según “San Pablo en la primera carta a los Corintios”: “El amor no pasará jamás”.

Palabra divina.

Alberto Hernández
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