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Una trinitaria encendida, de Raquel Abend van Dalen

lunes 10 de febrero de 2020
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“Una trinitaria encendida”, de Raquel Abend van Dalen
Una trinitaria encendida, de Raquel Abend van Dalen (Sudaquia, 2018). Disponible en Amazon

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He leído muy poco la poesía de Raquel Abend van Dalen. Conozco su bello rostro estampado en fotografías repartidas en las redes. He visto sus ojos a través de sus lentes y me la imagino serena o alterada en alguna calle de Nueva York, donde vive. Imagino también sus manos blancas apegadas a su apellido y también —por qué no— la mirada de su ombligo cubierto del frío de aquella ciudad de tantos acentos y tantos vientres públicos y privados. Y digo todo esto porque la poesía que ahora leo me permite asirme de la osadía, la sintaxis y la gramática libres de quien ha escrito Una trinitaria encendida (Sudaquia Editores, Colección El Gato Cimarrón, Nueva York, Estados Unidos, 2018), título que prefigura un clítoris o la metáfora del deseo. O recibe del jardín el color que muchas veces es sangre en la fronda del suelo, mientras una trinidad alberga cuerpo, ansias y alma.

Voy de la crónica impresionista a una posición donde el vértigo académico a veces choca con la misma poesía. Me deslizo —la primera persona podría ser una provocación— sobre un piso resbaladizo porque entiendo o podría llegar a entender que algunos críticos asumen el rigor como si se tratara de una clase de literatura: lacito en el cuello y saco oscuro con pizarrón a la espalda. Esta digresión podría parecer odiosa, pero me inclino por la soltura libérrima de quien ha escrito este libro en el que quien lo lee se ve desnudo (o desnuda) en medio de las miradas infrecuentes de quienes saben que la poesía es más libre que su lectura, escritura o crítica. Y va de trinidad lo anterior.

Y si escribir es un riesgo, Raquel Aben van Dalen ha asumido ese riesgo con la belleza áspera de unos versos que se han aposentado en la poesía y brotan como semillas cuya floración no tardó en hacerse enramada. Una trinitaria es eso, una enramada donde hay tantas flores y hojas que multiplican el significado del jardín. De los pétalos, aroma ausente, la trinitaria es sólo color. Púrpura, rosado, casi amarillo en algunas regiones del trópico y del alma, esta vegetación hace del cuerpo razón de ser bajo la sombra y desnudez de la mujer que escribe. Se enciende y dice desde su polinización verbal, desde lo que no es temor sino absoluta libertad, pasión e irreverencia.

 

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Una trinitaria encendida contiene tres libros. Es decir, es un tomo trinitario, trino, forjado con la trinidad de Lengua mundana (2012), Hotel de santos (2015) y Sardinas eléctricas (2017), donde la poesía, ese decir lógico, lírico y literario, va más allá de los modelos verbales acostumbrados a la estética de ciertos gustos. Se trata de una poética “cuyos sistemas particulares de convencionalismos” deconstruyen la precisión —a veces redundante— del “lector competente”.

Ese “Dichtung” navega en este libro donde la autora prestigia su libertad, tan absoluta como su cadencia al ambular por Nueva York o atender a una clase en su universidad, en la que, de acuerdo con su perfil y mi lectura de sus versos, sostiene una envidiable inteligencia.

 

3

Dos ideas, que podrían parecer contrapuestas, se aproximan. Theodor W. Adorno apunta hacia el individuo en singular, pese a focalizar su estudio en lo social, y Hanni Ossott lo hace desde su yo más hondo, desde su piel, desde las células personales.

El instante del autolvido, en el cual el sujeto se sumerge en el lenguaje, no es el sacrificio del sujeto al ser. No es un instante de violencia, no de violencia contra el sujeto, sino un instante de reconciliación: la lengua no habla sino cuando deja de hablar como algo ajeno al sujeto y habla como voz propia de éste.1

El cuerpo es lo discontinuo; acercar la obra al cuerpo, a la vida, significa acercarse a una geografía de temblores, hendiduras, paisajes inconclusos, tránsitos (…). El cuerpo carece de argumento, no se propone para la discusión (…). Desde el cuerpo no hay “uno” que habla: “se” habla.2

El cuerpo es memoria, pero también alejamiento. Su cercanía converge con su instrumentación: se es cuerpo porque funciona, está programado, lleno de órganos, de deseos, palabras. El cuerpo es lenguaje, habla. Es ser sin conciencia de ser. Es sólo cuerpo. Herramienta usable y desechable, temporal y atemporal. Desde él y en él, desde el lenguaje del cuerpo social, hay un sujeto que se reconoce en su propio cuerpo y a la vez puede olvidarlo. En Raquel Abend van Dalen el cuerpo es un propósito que, de íntimo, se abre y se hace público. Es como la flor que brota del capullo hasta hacerse visible, “encendida” en su trinidad de pétalos, verbal desde el poema. Y desde el cuerpo, flor también del deseo, desobediente, rebelde, “humor de perra”, mostrada en “el dolor de lo femenino”: el texto menstrual, la sangre que mana de una herida permanente.

El cuerpo es una rajadura, una hendidura: el poema destaca desde lo “discontinuo”, desde el “autolvido”. Por eso el cuerpo “se habla”, se toca, se masturba, se flagela, se reclama, se abre. Se dice, se pronuncia. Es “hendidura”.

 

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El lector que pase por este libro habrá de sentir que el cuerpo, la carne vibrante del poema, no es una imagen para adornar: se trata de poemas en los que la voz de la hablante también grita, también canta en una suerte de letanía que recorre todo el escenario de estas páginas. Ella, su poema: ella, el poema, sus adentros, olores, dolores, “axioma” o ecuación en soledad o en medio de una muchedumbre, expresa ser mujer, la textura “ilícita” de ese cuerpo lleno de ser que se experimenta para vivir. No es un cuerpo expresamente erótico, es reclamativo, doloroso, hambriento.

Amor

Es un mundo / que se abre y cierra / que sostengo entre mis dedos / como a una vagina / mientras sale un bebé / y sangra / y se derrama / me moja / es un mundo que duele / se encoge / y me deja adentro / naciente.

Entonces el amor es otra pulsión. Nacimiento y agonía, sangramiento y pérdida. De allí que “preferí agonizar con honestidad”.

Una pregunta desliza muchas respuestas: “El cuerpo: ¿de qué sirve?”.

En Central Park la mirada se difumina. El ojo es el mirador que multiplica los conceptos. Un inventario de voces, seres y ausencias: “pasan tantos cuerpos / descompuestos en el caos”. Como sombras que se extravían, en “el sangrado de una perra”, como dice ser la mujer o concierto de su condición de fémina “naciente”.

 

5

Anaïs Nin anda descalza. Se desliza entre estos versos como pudiera hacerlo Anne Sexton en el momento en que la voz dice “Las flores no tiran / aunque se las deje solas” (…) “las conduce al suicidio”.

Y continúa el poema su canto íntimo, desde la mujer que “tira”, desde la mujer que abre las piernas y ve el florecer de su entraña, el de la trinitaria ardida. Desde quien se atreve a confesar:

Soy un condón usado / chupado / reventado (…) soy una mujer que no existe de noche.

Pero son también las sílabas de una mujer que se enferma, que llora “desde lo ajeno”, desde lo que no le pertenece o termina siendo parte de ella, desde la soltería o la soledad. Desde ese nada más que muchas veces hace del poema un latido incesante:

Santo remedio

Yo dije
que jamás me casaría
con un escritor

que a los poetas
hay que tratarlos como amantes”.

 

6

Dios anda por ahí, en algún rincón de una iglesia. En el verbo de Raquel Abend van Dalen se impone este aforismo: “rancio es el olor de las almas vivas”, suerte de confrontación que podría alterar la tradición lectora. Nuestra poeta mira con los ojos entreabiertos mientras el humo del cigarrillo cubre parte de su rostro:

el suicidio despierta la banalidad de los vivos

Tensión neural, y el tuteo en “Your own personal Jesus”, en el que la abuela y las monjas se persignan o pasean frente al parpadeo de las estatuas de los santos.

Poesía narrada, narrativa, hablada desde el idioma de quien traduce su propia soledad, su tránsito, su desencanto por algunos recuerdos, por el desleído pasado, o por la muy marcada presencia del presente en el que rema su biografía a través de la parentela, de una voz que se acerca y le dice: “Huelo tu aliento de lengua disecada”, porque dedicarse a la poesía es una dificultad. Una inutilidad.

Un segmento del poema que le da nombre al libro:

De la Trinidad

…mi nombre es / de la Santísima Trinidad / diariamente, a las cuatro y diecisiete pe eme / (la misma hora de su nacimiento) / no puede para rescatarse las piernas / rasca la fiesta en la carne con uñas largas…

Y así la letanía del trino, el rezo con la voz hundida en los pliegues del cuerpo, el del brote al mundo y el de un tiempo que no se sabe aún cuándo terminará. Dormir para callar o abundar en los sueños.

La niña que sigue siendo quien escribe, la de los juguetes que como símbolos se enlazan con la familia: el padre, la madre, e insistir, en la última parte de esta aventura lacerante con voz prosaica, en prosa, en una suerte de desahogo, de confesión que termina desnudando el abismo de la duda o la afirmación: “Lo masculino es la mujer”.

 


 

“La mujer está detrás de la / palabra // mujer / no es persona / tampoco ser humana // es El Hombre”. Poema que libera la crítica y fortalece el axioma o la ecuación en la que falta un tercero para ser trinidad. ¿Cuántos géneros abriga el cuerpo?

Poema útero sin la palabra hijo. El vacío, en otro fragmento de esta osada y reveladora experiencia poética.

Cuando voy a reencontrarme con mi madre / sueño con tiburones y serpientes…

Para la madre se trata de un “sueño erótico”, referente espacial en el que la madre es imagen de una amante o la configuración de un amante, suerte de código para mencionar el cuerpo violento o amorosamente procesado por el entorno agresivo.

Decidí dejar los lirismos / para que papá me entienda / y no me diga: / muy difícil la poesía, hija, / la vida es difícil.

La relación poesía-familia a veces no es la más cercana. El poeta debe lidiar con su soledad mientras la familia engorda y se hace la desentendida. Mientras tanto, la poesía avanza con la soledad y rebeldía de quien la escribe.

Tengo a mi madre / puedo tener a otra mujer // amante.

La palabra incestuosa, la marca de una endemia en la que quien sale ganando es la poesía, aunque el amor sea sólo una referencia.

Cuando dos mujeres / se aman / se castran / se quedan siendo hijos.

Hay un momento en que aparece el país a través de una llamada telefónica. Y la declaración al final:

¿Quién soy? Creo que soy una trinitaria encendida.

Alberto Hernández
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Notas

  1. Adorno, T. W. “Discurso sobre lírica y sociedad”. En: Notas de literatura, p. 61. Ediciones Ariel, Barcelona, España, 1962. 134 páginas.
  2. Ossott, Hanni. “Heridas. Palpitaciones. Fisuras. El habla del cuerpo”. En: Obras completas, pp. 50-51. Bid & Co. Editor. Caracas, 2008. 1.044 páginas.
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