“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El barco invisible, de Fedosy Santaella

lunes 16 de noviembre de 2020
“El barco invisible”, de Fedosy Santaella
El barco invisible, de Fedosy Santaella (Oscar Todtmann Editores, 2020). Disponible en Amazon
“Entiendo la retórica de los barcos / Mella en los ojos el mestizaje de las aguas”.
Francisco Arévalo

1

En cada verso está el barco. En cada deslizamiento de las palabras se siente la marea de quien lee y es leído. Y como el barco ebrio del poeta francés, este de Fedosy Santaella nos marca el puerto para consentir que no es una ilusión sino un viaje, un permanente viaje por la frecuente imaginación de su existencia, rodeada por diferentes tiempos y geografías.

He aquí que nuestro autor, en uso de su libertad, nos invita a abordarlo para vivir la travesía en este barco que encuentra costa segura para inventariar cada descubrimiento, cada encuentro con lugares, personajes y ensayos en los que el poeta se hace desmesura, acorta el aliento y lo alarga también para facilitarnos la respiración o ahogarnos con tanta invención, con tantas ganas de navegar en los entreversos del insomnio y la duermevela.

Todo barco suscita un poema. E inventa al poeta. Que nos lo digan los argonautas. Que hablen los que fueron atados al palo mayor para no ser sorbidos por el poder de las sirenas. De allí que lo que no se ve tiene motivo para una poética. Y en este caso, lo invisible, lo que no está al alcance del ojo, está próximo a revelarnos creación, poesía.

El lector es capaz de eso, de inventar el barco que Fedosy Santaella procuró invisible en el título.

Todo engaño —resulta paradójico que disfrutemos, como toda paradoja— devela la presencia de un barco que no tiene límites en el viaje. Surca los mares, los de ambos hemisferios terráqueos, y matematiza la intención del viajero: medimos y numeramos las consecuencias de una lectura en la que aún no sabemos el nombre del puerto al que finalmente llegaremos.

El mar sigue siendo parte del imaginario de Fedosy Santaella.

¿Será un barco fantasma, uno de esos que recrea el mar de las Antillas, el mitológico mar de los Sargazos? ¿Será un barco pirata, corsario? ¿De dónde viene y hacia dónde va?

No sabemos, desde la perspectiva de nuestra curiosidad, si las voces que de él provienen son parte de la inmensidad del océano, de los ecos de los tesoros que se conservan salitrosos en la profundidad de la imaginación de los aventureros.

Buzos, hombres ranas. Escafandristas y hombres osados han vivido tiempos de silencio bajo el mar mientras el barco ronda por su sangre, por la explosión de los pulmones, por la pérdida de la memoria, por la misma muerte como bienhechora ante la mordedura de una bestia marina, tan inocente como la ballena blanca de Melville, culpada luego en tantas páginas donde quien habla es el monstruo que nos habita.

 

2

Publicado por Oscar Todtmann Editores, en Caracas, 2020, la invisibilidad del barco navega por diferentes mares intermedios: “Planos conspiradores”, “Diles que he vivido una vida maravillosa”, “Usted no se manda”, “El poema porno jamás escrito”, “Hablan poco los árboles, se sabe”, “El difícil arte de los antídotos japoneses (contra el Aleph)”, “Todo lo que debes saber sobre tus autores favoritos”, “(Sospecha familiar)” y “Una silla Acapulco”.

El mar sigue siendo parte del imaginario de Fedosy Santaella. En su novela Los escafandristas (bid & co. editor, Caracas, 2014) se mueve en el mundo de buzos y buscadores de madreperlas. De modo que podría estar el barco invisible anclado en algún recodo cercano donde estos hombres, allá en el mar Rojo, hurgaban las intimidades del monstruo líquido que hoy sostiene este buque resumido a través de este poema que nos advierte del núcleo de estas páginas:

Hombre que de pronto desaparece
cruzando el jardín de su casa

Somos la tripulación del barco invisible.
En ocasiones, los sargazos reclaman su deriva
y entonces la nave, en la calma chicha y la súbita niebla,
deja entrever sus oscuras bodegas,
ese horror de esquinas con cabos roídos
y aparejos gastados en el salitre.

(…)

Somos la tripulación infinita del holandés errante,
barco de la muerte, tramp-steamer que lleva
de contrabando piedras de la locura
y sangre de las derrotas por venir.
Su bitácora está escrita en una lengua olvidada.
Nadie a bordo nos llama por nuestros nombres.
Nadie nos espera en las costas.
Los gavieros fueron lanzados
a los monstruos marinos.

Y en el barco, despojado de su visible presencia para los ojos de los videntes descuidados, los oficios domésticos, la ironía de quien tiene ciudad y casa y no se despoja de ser el ojo crítico, el ojo avizor de su oficio: “Porque todos los que escriben / están un poco o bastante muertos”.

De ese barco se desprende la espuma de muchos temas: los bosques, la tupida metáfora del follaje verbal.

Desde la popa, desde la cuaderna que baila en el acuoso hemisferio de la imaginación, Santaella nos hace un guiño con las escafandras puestas. Y la ironía, el cinismo calculado en las “13 anotaciones éticas sobre la elegancia”.

Juegos en prosa, desde el discurso de los árboles que hablan y ese “Quizás debamos empezar por el mar…” y ser parte de “la marea de las palabras”.

Textos cortos para el regusto extremo: haikús que valoran los sonidos terrestres y los nombres de mutuo respeto:

de Islandia a Inverness,
de Montejo a Borges,
un mapa de belleza

De ese barco se desprende la espuma de muchos temas: los bosques, la tupida metáfora del follaje verbal en una lengua en la que las primeras palabras fueron dueñas absolutas de un mundo vegetal:

Después del pecado original,
Dios inventó los bosques

Y también el otro viaje genésico, el familiar en el abuelo ucraniano y en la madre.

Cierra la proa con una multitud de nombres públicos, los nostálgicos y los revelados por las mareas de la memoria en una silla que mira hacia el mar de Acapulco. El pasado invertido, el pasado futuro en la posibilidad de un atraque en el que todos —los que no han podido— puedan ver el barco en toda su dimensión, cargado de mensajes de vientos conjugados en todos los tiempos, descubierto por un mar que no termina nunca.

Alberto Hernández
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