“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Hopper y el fin del mundo, de Fedosy Santaella

lunes 30 de mayo de 2022

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¿Cuántas veces se ha acabado el mundo? ¿Cuántas la mano de Dios amenazó desde las páginas de un libro sagrado borrar del mapa personas y paisaje? ¿Cuántas el hombre lo ha intentado sin lograrlo? ¿Y cuántas ese mismo hombre ha imaginado el final de todo en relatos escritos, películas, obras teatrales o en pesadillas personales y colectivas?

¿Cuántas veces se ha acabado o se acabará el mundo?

Desde el primer instante de su creación ya se pensaba que algún día sería acabado. ¿Cuántos días vivieron Adán y Eva en su Paraíso (pequeño país vegetal) hasta que Javé decidió sacarlos por curiosos, cubiertas sus partes dudosamente virginales? De ese Edén no queda nada: ese mundo desapareció. Y luego, acumulados los pecados, la amenaza cumplida con Sodoma y Gomorra: el fuego divino borró esas ciudades y convirtió a la mujer de Lot en estatua de sal por voltear a mirar la destrucción. Para ella y otros el mundo terminó. Y luego, el acabose: el Diluvio, del que sólo quedó una barcaza sobre una montaña con una familia en su interior, rodeada de animales que luego repoblaron el primer nuevo orden mundial. Y la promesa de no volver a inundarlo a través de un pacto que conocemos como el arcoíris.

De manera que la antigua casa divina creada para los humanos ha sido desocupada varias veces. Las inundaciones, los terremotos, los volcanes y demás fenómenos propios de la madre Tierra —diosa siempre en movimiento— han hecho lo suyo en pequeña y gran escala, pero no han logrado acabar del todo con la vacuola, la amiba, que es el hombre y sus desmanes.

Hay otras maneras de acabar con el mundo.

 

“Hopper y el fin del mundo”, de Fedosy Santaella
Hopper y el fin del mundo, de Fedosy Santaella (Milenio, 2021). Disponible en la web de la editorial

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De la imaginación de Fedosy Santaella nos llega esa otra manera, la que todos imaginamos desde nuestros miedos, desde el temblor que la hecatombe produce con sólo pensar que seremos convertidos en un montón de ceniza.

Fedosy Santaella escribe un libro de relatos que se vertebra novela, porque en la medida en que va destruyendo el mundo va construyendo (el gerundio es válido porque la realidad así lo impone) personajes que relatan lo que sucede, mientras el narrador destaca su observación como un actante más, porque —en el momento en que la soledad y el silencio se revelan protagonistas— el que relata, la voz que aún no ha sido destruida, instala toda su capacidad indagatoria para decir de la tragedia. Personajes fantasmas, lisiados emocionales rodeados por una espantosa ruina en la que otros personajes, los ya clásicos motorizados y otros locos mendigos licántropos, califican como los portadores de las órdenes de una dictadura: la de ellos y la de un poder que no se nombra, pero que se supone está detrás de la destrucción de todo lo vivo, de todo lo que se oponga a sus designios.

Hopper y el fin del mundo (Editorial Milenio; Lleida, España, 2021) es un libro que nos descubre, que nos amputa la esperanza: se trata de una ficción que nos aproxima a una realidad en la que muchos de esos personajes ya caminan por nuestras calles. Ya se han adueñado de nuestros miedos, de nuestro futuro.

El título de la novela aproxima al lector a Dennis Hopper, el actor y director de películas norteamericano, donde la destrucción de la civilización destaca su talento.

Dennis Hopper es un fantasma: un gancho que usa el autor para metaforizar nuestra lectura. Leemos desde la mirada de un sujeto invisible. Leemos desde el tema que usó para, por ejemplo, marcarnos con su film Easy Rider y dejar correr en dos ruedas el terror en un mundo desolado, invadido por el miedo de los pocos seres humanos, hambrientos, solos de soledad, que ambulan por ciudades abandonadas, arruinadas, arrumadas, llenas de escombros. Este título homenaje confirma que Fedosy Santaella habla desde la misma muerte de Hopper, quien dejó una larga lista de personajes oscuros en la pantalla. Un tributo a quien también creó en imágenes fílmicas el fin del mundo, la degradación de la humanidad.

 

La novela que acabamos de leer es también el fin del mundo. Es decir, está en la lista de las grandes novelas donde quien lee aspira la ceniza.

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Las veces que el mundo se ha acabado hemos sido testigos como lectores o espectadores en una sala de cine o en la televisión. Cada vez que leemos un relato cuyo tema sea un apocalipsis, desaparecemos con él, y logramos regresar cuando cerramos el libro o vemos la palabra fin en la pantalla.

Nos ha pasado con La carretera, de Cormac McCarthy. Con la clásica Mary Shelley y su El último hombre. Con Jack London y La peste escarlata. Con El país de las últimas cosas, de Paul Auster, entre otras tantas que muestran la desolación, la violencia, la soledad, el caos: el fin de todo. Pero también con las novelas donde el tema destaca sociedades muy controladas, como 1984, en la que un mundo es el comienzo de otro: el mundo que dejó de ser el mundo.

En el caso de Hopper y el fin del mundo, el lector vive una realidad apocalíptica (aún el mundo sigue siéndolo), toda vez que siente que respira en un país donde los motorizados, los militares, los “colectivos” y su poder forman parte de la hecatombe política que se vive en un país tomado por asalto por los lobos de una proceso perverso (el ejemplo podría parecer exagerado), como en otras regiones donde la destrucción material y psíquica forma parte del programa de un régimen criminal.

La novela que acabamos de leer es también el fin del mundo. Es decir, está en la lista de las grandes novelas donde quien lee aspira la ceniza, la podredumbre, la desolación, la sangre fresca y los muñones de los cuerpos que ambulan por ciudades fantasmas donde se mueven otros que son capaces de amar, de despojarse un momento de los miedos y hacer el amor, fornicar o masturbarse frente a la oscuridad, frente a los alaridos de los dementes, de los criminales y los profetas del desastre.

El final mide una realidad: el Personaje ingresa al palacio de gobierno y se encuentra con el presidente del país: el sujeto del poder —hablante poseso— se alegra de tener a una persona a quien gobernar. El Personaje se niega a ser gobernado por quien seguramente ha sido el artífice ejecutor de la destrucción.

 

Coda: Imagino al actor Dennis Hopper asomado a esta novela con su media sonrisa y su mirada, maquillado de ángel o de hampón mientras los escombros del mundo se amontonan a sus pies.

Alberto Hernández
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