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El silencio voraz, de Jonathan Alexander España Eraso

lunes 13 de febrero de 2023
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Jonathan Alexander España Eraso
El escritor colombiano Jonathan Alexander España Eraso vertebra en El silencio voraz una poética que seguramente seguirá el rumbo donde el silencio, precursor de toda la poesía, promueva más ámbitos sonoros.

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No toda página admite poesía. En todo caso, abrirá su cuerpo para albergar la voz de quien podría suscitar la presencia de un poema. Poema y poesía no andan muchas veces juntos, que lo digo don Octavio Paz.

Jonathan Alexander España Eraso nos avisa de este asunto cuando titula El silencio voraz y toma como centro de su vocación la página donde habrá de establecerse la poesía, su poemática, la tesis de su hondura, la revelación de su interior que se habrá de transformar en palabras que, también, podrían ser devoradas por el silencio, porque la poesía es el silencio más cercano al hecho de intentar escribir poesía.

España Eraso juega con esa imagen, la de la página. Es una constante en este libro que me envía desde Pasto, Nariño, Colombia, y que ha provocado en este lector algunos desvaríos, como debe ser, porque la poesía es eso, un desvarío, una patología que incita a buscar la belleza donde ésta se encuentre. Y ese desvarío, incuestionable desde todo punto de vista, se puede evaluar en estos tiempos de agobio cuando la poesía es un celaje que poca gente ve o siente, razón por la cual la “locura” poética es esa página muchas veces en blanco que se revela silencio una vez ha sido violada por las palabras, tanto que son capaces de crear el estruendo devorador de su contenido.

Toca otros asuntos España Eraso, como es de temer (en este caso el indicativo “temer” sobresalta porque no se trata de advertir acerca de algún motivo que sobrepase su significado). De temer porque toda palabra se descubre para crear distintos estados de ánimo. Y en este sentido, nuestro autor toca otros temas, como el de la madre, el padre, la escritura, la práctica del difícil arte del haikú, etc. Pero lo que más atrae, repito, es la presencia de la página como útero donde habrán de desarrollarse las palabras que se tornarán poesía, contenido de habla estética.

Y desde allí leo, arranco a tejer un texto, un ensayo lúdico con las imágenes donde la palabra página se congrega.

 

“El silencio voraz”, de Jonathan Alexander España Eraso
El silencio voraz, de Jonathan Alexander España Eraso (Abisinia, 2022). Disponible en la web de la editorial

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El inicio en plural se centra en el oficio: “Escribimos sobre nosotros”, suerte de escape en el que se configura la hoja, tanto la destinada a la escritura como la que cae del árbol. Y por esa razón épica o ética, el poeta dice en primera persona: “Atravieso la tierra / la intemperie”. Entonces la voz se hace más extensa, como quien abandona la casa y sus afectos: “Aquel rumor no deja / de invocar nuestro exilio”, tan en boga en estos días de diásporas y destierros.

El dolor se establece desde esta oración, desde este verso: “Soy mi madre que agoniza”. La madre cicatriz, punzada, y un diario semanal cuya levedad altera el mismo silencio, tan voraz como cada palabra que se pronuncia: “En suspenso estallo en sílabas”, y así, “El silencio voraz / hiere la página”.

Desde este instante la página es personaje: “La página deviene origen”, “La página me despide / entre el ruego y el cuchillo”, “El único confín es la página”, “En la página / el viento desgarra a dentelladas / esta voz”, “De la página desciende un río…”, “Soy una página fugitiva”.

Y al afirmar que es la página, también confirma que es el silencio el que lo conduce a la voracidad de su presencia en el poema. Toda poesía contiene un silencio sonoro, una imbricación de presencias invisibles, de fantasmas y duendes verbales que habitan cómodamente la geografía del poema.

Otras imágenes que acompañan la ya citada: “la imaginación es un desierto nevado”, “Escribo sobre lo fugaz / intento ser la palabra y la herida”.

Escribir, el verbo que le añade a la vocación la tendencia a vivir entre las palabras y el peligro. La poesía es un ámbito riesgoso, una voracidad primitiva que día a día se hace futuro en su propio silencio. Tan es así, que la memoria conserva las imágenes pétreas de las primeras culturas. En ese silencio milenario está la poesía, devorada por ella para luego reencarnar, renacer, volver a ser más fuerte, silenciosamente fuerte.

 

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El cuerpo es una constante en la página. Los huesos son palabras anudadas a ese silencio que aturde, que devora, desarrollado a través de los intertítulos “Las formas del fuego” (recuerda este lector a José Antonio Ramos Sucre), “Un relámpago sepultado en un jardín”, “Paisaje de luz”, “Las palabras son un tigre blanco”, “Con una tierra blanca adentro” y “Abracé los hombros de una hoja”.

Con este libro, en el que caben todos los propósitos, el autor vertebra una poética que seguramente seguirá el rumbo donde el silencio, precursor de toda la poesía, promueva más ámbitos sonoros.

Alberto Hernández
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