
1
La metáfora se extiende y funda un universo donde la sensibilidad de quien lo crea revela el dolor por una pérdida. El yo, agriado por esa falencia, recorre los versos de una poética en la que la ausente es el personaje homenajeado desde el ritmo y la musicalidad de unos textos confiados a los lectores con el título de Un tigre sin selva, publicado en Sevilla, España, por Renacimiento, en su colección “Calle del Aire”, este mismo año de 2024.
Discurre un yo tocado por el dolor. Un yo desvelado frente a la memoria del ser ausente. Y desde esa primera persona, quien habla, quien se queja, elabora la imagen que lo representa, la de un tigre que ha perdido su entorno, que ha perdido su naturaleza, el espíritu de su andar por los distintos senderos de su existencia.
José Iniesta nos tiene acostumbrados a encontrarnos con la coherencia de su hablar, de su decir poético: canta y desarrolla un ritmo interior que hace de la lectura un concierto de voces cuya hermosura nos traslada a lo más celebrado de la poesía en lengua castellana. Sabe Iniesta de la verba que lo sostiene como poeta, por eso construye un mundo en el que —en este caso— la ausencia es la tesitura de su decir y sentir.
Dos epígrafes abren la poesía de este libro, dos autores: Heiner Müller y Henrik Ibsen, quienes desde su nombradía, desde su esencia, se aproximan a lo que más adelante nos entrega José Iniesta: la ausencia como huella que habla en el tono del dolor, de una tragedia traducida por la insistencia de un yo acosado por el vacío, por la nada.
La muerte es el todo concentrado en el yo, el que se muestra sensible gracias a la soledad provocada por la pérdida. Quien muere en su inocencia, quien es borrado en medio de la sangre, deja una marca indeleble en ese que canta, habla, musita una elegía, la consagra al tiempo que no habrá de desestimar el alma, el soplo vigoroso de la memoria.
Todo el libro es un poema que se encuentra con un monólogo en dos actos en el que la misma voz, ya trasegada, se vacía en su yo, en su arraigo, para destacar que el dolor es permanente, una garra que no deja de herir. El tigre, la metáfora que ha perdido su paisaje, continúa con la mirada puesta en el tiempo pasado, el que es pasión inagotable.

2
En algún lugar de su travesía, Vicente Huidobro escribió: “Los verdaderos poetas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía”.
Y así, José Iniesta, poeta de muchos recursos expresivos, incendiario verbal, riega por todos los rincones de la sensibilidad humana su poesía, su luz verbal, abreviada —en este libro— por la tragedia, que es una suerte de agonía palpitante: la muerte precisada en palabras se mueve como fuego fatuo a través de los signos que atraviesan al lector.
“Se ha roto el tiempo”, afirma su eco y sigue, “porque siempre amanezca / en la ceguera (...) soy el principio / estoy desnudo bajo la intemperie, / descalzo a cada paso de mí mismo”, dice y deja el trazo para que su yo, esa insignia poderosa, vague por las páginas y reafirme el dolor por la pérdida.
El estremecimiento dicho por la voz del poeta se imbrica en este viaje accidentado, existencial, de quien no deja de hablar desde su interior más íntimo: “Mirad mi barca rota navegando”, en un viaje en el que se descubre “desnudo” y “me avergüenzo”.
El amor como un tatuaje, como una marca imperdible, ese que lleva a pronunciar que “Hay días de volcanes y fracasos”, para luego intentar buscarse en el ese adentro golpeado: “¿Quién soy si ya no soy?”, el ser o no que el Hamlet de Shakespeare mostró con una calavera en las manos.
Un asomo de quien esto escribe de Tombuctú, de Paul Auster, en el que el personaje y su perro hablan, dialogan, viven o mueren en medio de tantos avatares: “Recuerdo ser un loco con su perro”, y he aquí la muerte, el padre moribundo, “contemplando detrás del ventanal / el peso de las nubes, mis edades...”.
Pesan la metáfora y la realidad. Pesan los pesares, la ausencia y la pérdida, y así: “¿Adónde por la selva sin memoria?”, pregunta que vuelve a hincarse en “¿Quién soy si no soy / si voy a tumbos, / si caigo y anochece y me levanto / sin otra luz ni agua que mi sed?”.
Quien esto escribe parafrasea, cabalga los poemas, los calca en la lengua que hablamos: la vida y su final, el ocaso: “A no poder mentir mi calavera”.
3
En el poema que le da nombre al libro, José Iniesta insiste en el ese yo en presente, multiplicado y a la vez solo: “Yo soy todas las voces, y soy una. / Yo soy lo que seréis, / después de todo / semejante a cenizas que se vuelcan / encima de las nieves del invierno”.
Se duele. Y se repite en él en pasado: “Sólo soy lo que fui, sin inocencia, / un alma modelada por el tiempo...”, y la queja, sagrada: “Me siento abandonado, padre mío”, tanto que “Yo anhelaba otro sol, iluminando / los ríos y los árboles, las piedras, / la plenitud tristísima del mundo”.
El poeta se abre al universo, pero también es átomo, detalle: “Soy la seda rasgada / en los zarzales” (...). “Soy un tigre sin selva, si no estás”. Se afinca en el tema: “No sé qué voy a hacer / sin tu presencia”.
El verbo resiste en el eco: “¿Estoy o ya no estoy? / Quizás regrese / a la selva primera”.
Hunde la voz de nuevo en la primera persona, negándose ante la ausencia del ser querido: “Yo no soy nadie, vivo sin remedio (...) sin ella”.
En su monólogo de ausencias, la voz del poeta se concentra, sigue concentrado, en el signo personal, íntimo doloroso, del que se desprende que la agonía, la muerte, conforman un cuadro doméstico del vacío:
Yo no supe entender tu sacrificio,
y tu madre bordaba sin descanso
el paño de tu ausencia.
4
En dos actos, la poesía se aventura teatro: monólogo, conversación solitaria en la oscuridad de una sala imaginaria. La voz de un hombre, la voz de un anciano, el que seguramente tiene rasgos de niño en el tono de la tragedia y la soledad. Las acotaciones devienen advertencias, señales. He aquí la oración de la madre que en dos instancias sigue en desarrollo el mismo asunto de la ausencia, la de la muerte, la de la pérdida con la misma pregunta: “¿Quién soy...?”.
Y de esta manera, el tigre, ese símbolo neural, esa invocación, alejado de su fronda, de sus zarzales, deja que el silencio lo cubra, lo aleje de una respuesta: todas han quedado en suspenso. La ausencia es un vacío, un hueco por donde se oye el eco del dolor.
- La ruta de lo lejano, de Fedosy Santaella - lunes 27 de abril de 2026
- Huerto de lirios, de Rosana Hernández Pasquier - lunes 20 de abril de 2026
- El alma por la boca, de José Iniesta - lunes 13 de abril de 2026


