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Poesía, traducción, libertad, de Verónica Jaffé

lunes 30 de septiembre de 2024
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Verónica Jaffé
El libro Poesía, traducción, libertad, de Verónica Jaffé, es estudio crítico, ensayo, poética y poesía. 📷 Ángela Bonadies

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Hölderlin trasladado, transportado, traducido, versionado desde la gracia o la aventura a otra cultura verbal, a otra o con otra voz: despejarlo corriente arriba, corriente abajo, y Heráclito y su río inigualable: el ser cambiante si lo trazamos sobre mapas distintos, accidentados, sobre paisajes donde se ha sido, donde se ha nacido o crecido con la misma templanza de quien participa en el viaje de las aguas admitidas como pensamientos mientras la fugacidad del tiempo es sólo una señal, una marca.

El título de este libro que Verónica Jaffé entrega al lector contiene varias maneras de leer: es estudio crítico, ensayo, poética y poesía, y así, de esa compleja pero libérrima manera, se ingresa en la palabra como creación, como indagación, como conjuro; en la traducción como trabajo, como esfuerzo investigador, como búsqueda, lo que al final sugiere un acto de libertad, toda vez que quien profesa esa vocación es quien a la postre es poeta, es quien escribe una poesía que dice desde el ánima de un autor clásico alemán, Hölderlin, que sigue dando de qué hablar en la intención y afán de quien, como Jaffé, sabe que el idioma en el que bucea es de su proximidad, tanto poética como filosófica, con el pensador europeo. Un poeta que hace doscientos años fue tentado por la antigüedad y allí abrevó.

Es un libro escrito a varias manos, porque en él está el talento de otras escritoras que han suscrito su participación para incrementar la calidad de esta pieza literaria que hoy nos entrega la editorial Blanca Pantin, entre ellas la misma editora Blanca Elena Pantin, quien prologa, y Claudia Schvartz, quien muestra su ensayo “Hölderlin / Jaffé: La traducción; ‘De espíritu callado es confiar’”, y Jaffé, quien ensaya con “Poesía, traducción, modernidad” y cierra con “Algunas versiones libres y poemas en relación con los Cantos o himnos hespéricos de Hölderlin”.

Es decir, un libro redondo sobre un tema también redondo.

Claudia Schvartz dice:

El libro entonces presenta los Cantos en el idioma original y su traducción, luego vienen las versiones de V. J. en las que el poema se amplía, se ilumina y recorre los caminos íntimos del poeta, siguiendo así la voz de su maestro poeta...

Por su lado, Verónica Jaffé afirma:

Aprendí que traducir poesía significa, en gran medida, transportar imágenes. La poesía, al menos en la historia de Occidente, perdura y se decanta en su traducción, y es cierto que en ella no existe lo propiamente moderno si no se confronta con lo antiguo y ajeno (...). Eso hizo Hölderlin hace doscientos años con una consecuencia impresionante (...). La poesía como lenguaje metafórico por excelencia sólo puede traducirse en la apropiación —no en la copia y reproducción— de las imágenes antiguas...

 

“Poesía, traducción, libertad”, de Verónica Jaffé
Poesía, traducción, libertad, de Verónica Jaffé (Blanca Pantin, 2024).

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Quien traduce induce, emigra. Quien traduce produce. Quien traduce traiciona, afirman desde hace tiempo. Quien traduce crea una nueva obra. La original se mantiene, la traducción progresa. De allí las traducciones de una traducción. Pero este no es el caso; Jaffé traduce directamente y funda una huella, recreada desde la mirada de quien está concentrada en el idioma extraño que habla, que escribe, que escudriña, que labora desde el poema original, el que habrá de ser ahora otro poema, adventicio, pero original para quien no habla el primero.

Traducir en consecuencia es una consecuencia. Y su causa, en este caso, Hölderlin, su poesía en versiones, que han sido fuente para poemas de quien calza la portada de este libro, el que hoy leemos de arriba abajo, con el ojo puesto en la corriente del río, de los ríos.

 

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Me concentraré en la Verónica Jaffé poeta, la que se desdobla en Hölderlin: sus versiones han sido lectura de originales que seguirán siendo versiones cuyas originales también seguirán siendo originales, pero conocidas desde su primera publicación tanto en alemán como en castellano, mientras que los poemas (sus anteriores aventuras poéticas) de Verónica Jaffé —puedo afirmar con todo el temor a equivocarme— son nuevos, originales, inéditos para quienes abordamos este libro por vez primera, porque en éstos está la poeta que otras veces nos ha entregado originales en castellano. En este galimatías hay algo de claridad, aunque el lector no lo crea.

Y así vamos, entre originales que seguramente nos ofrecerán muchas sorpresas. O muchas sombras, propias de quien esto escribe, quien, desde su ahínco de cronista o ensayista placentero, suele nadar en ríos de lenta superficie.

 

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Ríos, sus culturas, la memoria de sus corrientes. Ríos, geografías espirituales. Heráclito en Hölderlin y ellos en Verónica Jaffé.

Así, “Todo fluye”, el agua, el pensamiento, la poesía. De esta manera, todo está en movimiento: el fuego, el aire, los sueños, la vida y la muerte, de allí que “sin mutación incesante, no habría experiencia”, como lo señala Luis Farré. Según este autor, a Heráclito se lo considera como el filósofo de la inconstancia del ser, y qué cosa tan inconstante es un río, pese a seguir el mismo rumbo nunca es el mismo. Siempre cambia, como el hombre, razón por la cual, destaca Farré, “el hombre es en particular similar a la naturaleza: un ser que de continuo está integrándose y desintegrándose”.

Un río es, entonces, un ser que se integra mientras viaja en y a nombres de lugares, que luego se desintegra en el mar, en la desembocadura de lo inmenso. Es más, lleva un vocativo que lo añade a la conciencia del sujeto que lo menciona, ese mismo que se baña en él una vez y se desintegra siendo muchos, una huella plural.

 

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Todos esos ríos en Hölderlin, desde Hölderlin en la poesía de Verónica Jaffé, en esa magia de revelarlo a él en él y en esos ríos que circundan el mundo: son ríos poéticos y filosóficos. Ríos que hablan desde la poesía del alemán y se engarzan en el ánima de nuestra poeta, quien dibuja en cuadros habidos el susurro del “hespérido” y nos lo entrega en aguas que fluyen, que viajan, que navegan en sus propias levitaciones hacia lugares improbables, porque una vez que llegan al mar, los ríos dejan de ser.

He aquí que desde los Cantos o himnos hespéricos de Hölderlin destaca el Orinoco, la sierpe selvática de nuestro molde fluvial. Y el Guaviare como costado que lo inflama. Y desde ese fluir, el saberse dueño de su conocimiento, de su él mismo, de allí las interrogantes desde el seno mismo de la corriente: “¿Cómo sabe el río que es río? / ¿Cómo se conoce a sí mismo? Si nunca se detiene”.

Y desde el largo Orinoco, desde esa culebra acuática americana, la voz de Jaffé se versiona en su talante y arriba al “Tinian” con la misma fuerza del río venezolano.

“Así que eres tú, / río oscuro, / Orinoco, / mi utopía, / tierra en ninguna parte / espacio ausente y presente”.

Y esa hondura, ese ser y no ser, ese estar y no estar, se versa en “Hölderlin, el poeta / de la piedad y el abismo... / de la patria, / propia y ajena, / como ruina / y perdón...”.

Los ríos Dordoña y Garone abren sus cuencas en la tercera versión del canto “Andenken, Recuerdo”, para más adelante, entre versos alineados con la fuerza de sus corrientes propicias, destacar la primera y segunda versión libre del canto “Die Wanderung, El viaje” por el río Mekong.

Y así, por el Rin, por el Jordán, por el Meandro, por el Nilo hasta arribar al mar Caribe, donde se instala el archipiélago de Los Roques. No deja de estar en el Itcher y el Test. O en el río Okavango, para luego retornar al Caribe en las islas de Cuba y La Española.

Europa con el Danubio, y así, a salto de geografía: los ríos criollos Guaire y Tuy, turbios, de poca urbanidad y frecuencia sanitaria. Son otros que arriman a estos cantos, porque cada canto es un Hölderlin revisado, puesto a la vista de una traducción que desvela misterios, ríos profundos, ríos ocultos, ríos verbales, viajes sin retorno, civilizaciones, oscuridad y luces.

En el Escamandro, y casi al final la “Coda” donde se atisban los ríos Sena, Marne, Aube y Yonne para derivar en las quebradas locales de Pajaritos y Sebucán.

Hölderlin mimetizado en cada río, en cada nombre que designa el canto, en cada intención de descubrir esas corrientes ante los ojos de los lectores.

Alberto Hernández
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