
1
Un extenso monólogo activa la presencia de la pérdida. Desde el proscenio, desde la primera palabra que acude al lector, se puede advertir que se trata de un cierre vital tan cercano al autor que se revela también dolor en el lector.
Como espectador, como testigo de cada acto, de cada fraseo que el hijo traza en el papel o dice desde la boca del teatro, porque se trata, en todo caso, de un testimonio escrito a retazos, a cortos pasos del lecho donde se fragua la muerte.
Escena final (El Taller Blanco, 2023), de Roberto A. Cabrera (Santa Cruz de Tenerife, España, 1971), es un libro de relatos cortos o de poemas en prosa que se leen como una historia en la que la poesía aturde, en la que todo lo expresado desde el vacío descarna toda posibilidad de retornar a la normalidad: la muerte es una escena que cierra todo camino. La muerte es un evento dramático sostenido por la presencia de quienes se convierten en espectadores. Y en este caso, el hijo es el más próximo a cantar, a relatar, a contar, a poetizar su pérdida, hacer del duelo un estrato para continuar siendo, para continuar al frente de la memoria.
El padre entonces es la obra.

2
El libro está construido con pedazos de escenas. Con trozos de desgarramientos. Con pedazos de temblores convertidos en palabras. Cada página es un poema relato donde el autor revela la pérdida mientras el padre agoniza, mientras el padre se sostiene en la última respiración.
Como ruido de alguien subiendo una escalera. Y tú sin dientes, sin ahora, casi ciego. Y los pasos, que se acercan.
La visitante, la esperada, la muerte, la que siempre llegará. La que en la puerta sabe que pronto habrá de escenificarse el final. O el comienzo.
3
Desde esta lectura es posible afirmar que se puede llevar a las tablas como un unitario en el que el actor vacíe todo el dolor sobre el rostro de los espectadores.
La conmoción provocada por esta lectura descubre la cercanía del hijo con el padre. Descubre que la muerte es un episodio capaz de simbolizar una presencia más elevada. La muerte es un rasgo que caracteriza a quien frente a ella sabe que él también pasará por ese trance; por eso se duele, por eso el drama: el silencio protagoniza el final, lo convierte en un comienzo, en un nuevo espacio donde quien se marcha domina todos los sentimientos.
Desde el niño que recuerda su inocencia. Desde el joven que se ve crecido. Desde el adulto que ve morir al hombre que lo crio. Desde la voz que ya no estará. El poema se convierte en un sueño. O el sueño es un poema sometido por la realidad.
4
La literatura es especulación, conjetura, pero cuando ésta nace de una dolorosa impresión las palabras son sujetos, personajes que aquejan más al escritor. Lo desamparan muchas veces.
Esta es una obra de la espera, de la espera para que el dolor sea el espacio donde crece la soledad, el silencio, la soledad dolida.
Leamos unos segmentos:
Pero era un sueño amordazado. Una herida. Era exactamente eso.
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Acepta la lección de esas cenizas.
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Esa sombra como un cuchillo. Esa espera. Ese vaciarse que no puedes estorbar. Esa impotencia. Ese perder la vista. Enmudecer. Silencio. No es fácil. Despojarse es una tarea. Aprender eso. La muerte te quiere desnudo. Los bolsillos estorban. Las botas pesan. El barro. Las palabras.
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Si la huida fuera posible, ya habrías ensayado ese movimiento.
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Acaba de conocer su sentencia, en la habitación del hospital. Cuánto tiempo le queda. Y el médico se lo ha dicho: poco tiempo.
Él está sentado. Ha caído sobre la silla. Lo ves caer una vez más, como piedras que se derrumban. Esa es la imagen.
5
Este es un libro que nos acerca a sabernos sensibles ante nuestra propia muerte, al ver la del otro a punto de salir a escena y cerrar el telón.
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