
Una nota que publiqué en Facebook en noviembre sobre Yo amo a Columbo (1979) fue escrita hace años. He vuelto al libro al saber de la muerte de Elisa Lerner, el 24 de noviembre de 2024. Y he vuelto con la mirada puesta en la suya, en su bello rostro, en su manera de tratar a los amigos. En la manera de ser su alma y su escritura, que forman parte del mismo universo en el que ella se movía y se seguirá moviendo.
Y he vuelto porque, al abrir de nuevo las páginas del volumen, me encontré con tanto subrayado producto de mis lecturas que me provocó compartir esas líneas con quienes hoy podrían acercarse a esta crónica, escrita con un ardor en los ojos, con un dolor en algún lugar del espíritu.
Leí todas esas crónicas con el regocijo de quien se enamora por vez primera. La escritura de Elisa Lerner apasiona. Por esa razón me atreví a rayar muchas páginas para sobresaltar ideas, imágenes, pensamientos que me ayudaron a entenderla, a conocerla, a saber de su vida con o sin su mamá. Ella es una representante de una nacionalidad ontológica que nos reúne en su rededor.

Aquí va el subrayado, aquí van las palabras de Elisa:
Juan Vicente Gómez fue un inculto taciturno, un introvertido de la barbarie. Durante veintisiete años no habló. Ni dejó hablar al país. Gómez fue un silencio (...). La única metafísica que le queda al hombre es el diálogo (pp. 28-29).
(dice Carson McCullers que nada es tan real como la imaginación) (p. 33).
Venezuela... sigue siendo una tierra de culpa y de silencio... (p. 56).
Nosotros los venezolanos nos agazapamos en el lenguaje poético, nos soslayamos en la política, creamos laberintos para un simple saludo en medio del sol del trópico (p. 58).
Me di cuenta de que la siesta no era una calma. Es la primera frustración de un país tropical. Cuando se despierta de ella, ya es demasiado tarde (p. 61).
Si en Venezuela la política es más astucia que memoria, más astuto y efímero presente que proyección y trascendencia memoriosas, es porque, en el fondo, seguimos encadenados a las dictaduras que hemos tenido y que siguen viviendo en nuestra vida democrática, como una perturbadora abstracción (p. 62).
...la política venezolana ha estado tan alejada de la lucidez testimonial que aún ni siquiera ha surgido una biografía contemporánea acerca del general Gómez (p. 63).
...la astucia venezolana es burocrática (p. 66).
La novela es un arte de vinculación (p. 68).
¡ESCRITOR! Y no creemos estar entrando en ninguna interesada connivencia si observamos que, de los participantes, el único intelectual lúcido fue Adriano González León, cuando dijo que él estaba en el foro porque era un escritor (...). Luis Britto, autor en Rajatabla de cuentos de un rotundo y lúcido sarcasmo, mantuvo en cambio una actitud peligrosa: no le dio importancia a su condición de escritor (...). Sólo recalcó que era un militante. ¿Pero, en principio, los que decidimos ir al foro lo hicimos pensando en que Luis Britto es un arriesgado o anónimo militante? (p. 76).
Todos sabemos que Jesús Sanoja, entre los intelectuales, es uno de los honestos (p. 77).
La condición del fantasma es la ilusión. El fotógrafo ilusionó a los venezolanos. Y también los divirtió otro poco (p. 83).
Pero en Alberto Cárdenas, conjuntamente con la demorada costumbre del caudillismo sexual, convive el machismo democrático, urbano (p. 88).
...en sociedades donde no se estructura el recuerdo, no hay ética (p. 89).
...nuestra soñolienta amnesia petrolera... (p. 91).
Y la fotografía, desde el siglo pasado, al hacerse accesible al pueblo, fue esperanzadora metáfora de las frustraciones nacionales (p. 92).
Un arte no figurativo es la soledad, los perfectos cielos vacíos, los supremos silencios de la inteligencia (p. 108).
No hay introspección sin memoria y nuestra memoria todavía es, mayoritariamente, agraria (p. 148).
La novela es asunto de vinculación. Una sangrante, melancólica y a veces vivaz vinculación que se sucede entre hombres y mujeres (p. 150).
Aceptamos que la anécdota es un pasado que no tuvo la fuerza y la jerarquía de transformarse en nostalgia (p. 152).
Porque lo que la poesía comunica es el silencio, nunca el diálogo. El diálogo, quizá, se da en la vida, las novelas, las entrevistas de prensa, los congresos. La poesía, tampoco, es el monólogo, los monólogos. La poesía es un vasto silencio (p. 259).
No existe inteligencia sin crueldad. Pero la crueldad de la inteligencia es ilusoria (p. 263).
Las dictaduras no han hecho monologantes. Mediante la poesía queremos que esa voz única sea menos temerosa, que a la incomunicación inicial le llegue liberación a través de la belleza y el resplandor formal (p. 269).
...el sueño es una experiencia previa a las edades (p. 271).
Retrato de Goytisolo donde sus ojos, acaso verdes, tenían la bella y seria desesperación de los océanos (p. 285).
Como en España el fascismo calló la voz de un pueblo, el drama es ese silencio de explanada desde donde la joven generación de escritores asume un vasto dolor (p. 297).
Oriana Fallaci, queriendo ser divertidamente agresiva, es sólo ridículamente épica (p. 309).
Un drama de inteligencia es un drama de metáforas casi inexistentes (p. 334).
Elvis... Muchas fueron las veces en que cantó silabeando con la ronca ternura de los negros (p. 384).
Y hay muchas citas más.
- La ruta de lo lejano, de Fedosy Santaella - lunes 27 de abril de 2026
- Huerto de lirios, de Rosana Hernández Pasquier - lunes 20 de abril de 2026
- El alma por la boca, de José Iniesta - lunes 13 de abril de 2026


