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Como las piedras, las palabras hablan. El silencio, el más sonoro de los sustantivos, destaca su poder en medio de los ecos que las piedras han guardado por siglos, por milenios, por todo el tiempo que el tiempo ha sido. Y así la potestad de ese silencio revelado en piedra, en un montón que contiene todas las voces, el cuerpo vivo de quien bajo un túmulo se agrega legado, herencia en sólo tres versos desde el más lejano de los calendarios.
Una poesía extraída del poco aire del cuerpo, del mucho espíritu del tiempo. El haikú, esa palpitación asiática que se ha hecho global, redonda como la misma tierra, ilímite como cualquier mirada: la poesía se respira en tres instantes, a veces la intermedia se alarga para decantarse en el último para provocar en el oyente, porque todo comenzó con la voz y el oído, el impacto de una pedrada o el hálito de un ser invisible.
Mucho se ha dicho o escrito acerca del haikú. Mucho se ha callado también, porque su brevedad incita a mantenerlo silenciado, escondido en un lado secreto del espíritu. Un haikú, afirman, contiene la eternidad. O en caso más enfático, el momento de una despedida, la de dejar el lugar, el sitio, el espacio, la lumbre de las horas diarias y entrar en ciertas noches. Así como salir al día y comenzar a revelarlo. El haikú es un momento, un rato o una eternidad, una exhalación para luego convertirlo en una inspiración. Es decir, en el adentro que el mismo haikú contiene.
En Un montón de piedras está el secreto de estas afirmaciones. Cada piedra dice, cada piedra destaca un significado. Cada verso podría ser la piedra que cubra nuestro futuro silencioso. Cada piedra es también un recado del tiempo, o parte de la inmensidad de lo que no hemos visto. Cada piedra es el silencio que contienen las palabras. Un haikú es una piedra amontonada en tres instantes. Entonces dice tres variaciones, tres sensaciones. Tres son las piedras que hacen un montón. Y tres los versos que podrían ser un estruendo o un silencio o la quietud profunda.
Y así los siento en estos de José Iniesta (Valencia, España, 1962) donde se nos entrega con estos textos brevísimos, plenos de una poesía en la que todo es posible, porque la poesía no tiene límites, no tiene fronteras. Con el haikú se percibe la muestra de que un poema puede cruzar el universo, y llegar intacto a los oídos de un sujeto advertido por el silencio que precede su llegada.

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Publicado por la editorial La Garúa en Barcelona, España, en 2025, en Un montón de piedras José Iniesta registra otro modo de decir en poesía. Su trabajo, en el que paisaje y espíritu se mueven con la maestría de su pasión por la escritura, en este caso se ve atrapado por la síntesis: los sentidos agudizan los significados. El poema es un trozo de alma que se mueve entre destellos o sombras. O se mueve como si intentara descubrir aforismos antiguos, tan de ayer como de hoy, revestidos de una belleza sencilla, algunos, reflexiva, otros.
Valen unos ejemplos:
Un cementerio
sin nadie, y la memoria
Montón de piedras.
Dame tu boca
para olvidar la muerte
con tu saliva.
Mi mano aprieta
en una piedra dura
un dolor grande.
Mi pie golpea
unas piedras pequeñas
como mi vida.
Tocan a muerte
las campanas. Dos niños
juegan con piedras.
No sé por qué
me detuve en el puente
toda mi vida.
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En el prólogo escrito por el mismo José Iniesta, suerte de poética en la que desentraña la brevedad para extenderla como un infinito, expresa:
La poesía siempre fue fuego en la noche, mi cada verdadera, y a su amparo viví en libertad. También es una piedra en al aire y una alta torre desde donde asomarme al misterio que soy, que somos...
De ese misterio se trata también este libro donde la vida, la muerte y la eternidad protagonizan en tres versos.
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