
En el amor,
La negrura es lo primero que aparece.
Santos López (poemas II y X)
1
Virgilio imaginó a Dido y a Eneas en la Eneida, así como Cervantes lo hizo con Dulcinea y don Quijote en la obra cumbre de la lengua castellana. Personaje imaginado, real desde los sueños, invocaciones o conjuros, Dido traspasa el tiempo y se convierte en Verbo desde su amante Dios en este libro de Santos López donde el sujeto, el que habla en el poema con voz de mujer, ha sido reafirmada presencia en la mitología, allá en la Cartago que fue incendio, también suerte de Ilíada, mientras Dido esperaba la respuesta de un muerto, la de su esposo Sicarbas o Siqueo, asesinado por Pigmalión, y ella asediada por Yarbas, rey de Getulia, quien la procuraba como amante, como mujer, como esposa, como carne, así una Helena despojada de la mucha fama del personaje homérico.
Este canto de Santos López continúa el afán de quien desde hace décadas viene adentrándose en los misterios del pasado, en los de la ancestralidad desde su chamánica visión del mundo y el espíritu. Dido (La amante de Dios) es la lectura de una búsqueda que, como dice en uno de los epígrafes que usa nuestro autor, calzado por Santa Teresa de Jesús: “Búscate en mí / Y me encontrarás en ti”, revela o descubre el carácter sagrado de quien ha buceado en la vida de Dido, en el amor de esta mujer que sigue respirando, no sólo en el imaginario de los poetas sino también en la cultura de una ciudadanía que continúa aferrada a la ilusión de una relación que nunca existió entre la princesa Dido y el personaje Eneas, creada por Virgilio.
Jean Humbert, en su Mitología griega y latina, escribe: “Lo que Virgilio cuenta sobre los amores de Dido y Eneas es pura ficción, ya que Eneas vivió trescientos años antes de la fundación de Cartago”, pero eso no importa: precisamente, la ficción convierte esa ilusión en verdad: Eneas y Dido fueron pareja en la imaginación de un autor que luego, siglos después, rescata Santos López para convertirla en amante de Dios, en ese dios que ambula en todas las creencias, en todas las fes, en todos los ámbitos del espíritu.
La historia nos informa acerca de la biografía de esta mujer que hoy cabe en la boca del poeta López, un kariña que habla con las estrellas, un hombre que resume el misterio desde la belleza de las palabras vertidas poesía. Entonces, el relato personal de Dido nos dice que era hija de Belo, rey de Tiro, y hermana de Pigmalión. Ella, la princesa Dido, se unió en matrimonio con Siqueo, gran sacerdote de Hércules. Fenicios ellos, hoy saturados por la universalidad cultural. Sus dioses desaparecidos, convertidos en olvido o en ecos, son hoy el referente del Dios que ella ama, el que lleva en cada verso en el que se asoman otras voces de diosas, mujeres todas, que fueron amadas, adoradas en los tiempos extraviados de aquella Dido hoy reencarnada en estos versos de Santos López.
Se le conoce como la “princesa fugitiva” porque a la muerte de su esposo huye a Chipre, isla donde raptó a unas cincuenta doncellas, a quienes entregó por esposas a sus compañeros de ruta, de destino, de escape. Pero luego se fue a África, a Utica, donde solicitó que le vendieran un pedazo de tierra que “pudiese ser medido con la piel de un toro”. Una vez logrado el negocio, cortó en tiras el cuero e hizo un círculo donde se comenta nació Cartago, reino que fue enemigo de Roma.
La historia se enlaza con lo dicho arriba cuando Yarbas le exige ser su mujer; he allí entonces cuando la muerte se aparece en un puñal que usó para sacrificarse sobre un montón de leña.
Por supuesto, la imaginación, el mito, como todo mito, contiene la poesía que debe ser mostrada desde los arquetipos, desde la marca que dejan los personajes como ejemplo, como destino, como referente. Amante de Dios, Dido se ofrece desde unos versos que han sido vertidos en un libro donde la poesía la consagra.

2
Un denso estudio/prólogo de Ana María Hurtado acompaña a este libro. Se pasea por la voz de Dido en el otro, por la voz prestada, por las de tantas mujeres que podrían ser su propia voz. Por la voz de la mujer y la del poeta, quien habla desde la boca de la princesa, la amante de Dios. Profundiza en lo femenino y expresa: “Ya dijimos que la mujer está emparentada con el misterio, para algunos esconde un secreto, o es el secreto mismo sin saberlo, y la poesía es también esencialmente misterio y el poeta sabe que la palabra no alcanza para nombrarlo...”. Dicho esto, Dido sigue siendo un secreto, un misterio, como todo personaje que se haya paseado por un amor imposible, por un amor truncado, por un amor guerrero, por un amor inalcanzable. O en todo caso, por un amor verbal, poético, narrativo, hecho Verbo desde su propia génesis, desde su propia odisea, desde su propia Ilíada, desde su propia Eneida.
Se enlaza el autor con las voces de santa Teresa, Ibn Arabí y Virgilio, para, desde esa epigráfica geografía, darle cuerpo a la voz que viene.
Entonces habla Dido, habla el poeta desde ella, con el acento y el tono de la mujer perdida en el tiempo, despojada de cuerpo, pero no de espíritu. Habla Santos López con la boca de Dido, con la boca que ama y se despide al mismo tiempo de ese amor, como si aún estuviese acostada sobre un montón de leña y el puñal presto a ser clavado en su cuerpo. Habla con la boca de amar y despedirse, porque cada poema, cada palabra que pronuncia, parece un adiós, un intento de escape.
En la primera parte del poemario, “La danza”, los pareados dialogan desde su propia dualidad. Cada texto, doble, ejecuta la danza del verbo. Para bailar se necesitan dos: para danzar está la soledad o la mudez. En este caso, Santos López se vale de la intensidad de una voz que ocupa poco espacio, pero sí mucho contenido, significado. Se trata de unas páginas del silencio. El silencio procurado por ese inicio donde sólo es posible revelarse eco, sonido doble, sensible a su propia condición de doble.
Dido habla de su amor, danza con las pocas palabras que logra expresar, con la mínima expresión que le ofrece el tiempo. Mientras tanto, la página en blanco ocupa todo el espectro de ese lugar donde comienza una canción celestial.
La voz de la mujer, prestada al poeta, se hace una y múltiple, toda vez que contiene el verbo de otros invitados: la soledad, el cielo, un camino, el regreso, el asombro, el llanto, la pureza, la libertad, la levedad, la sed, el cuerpo amado, la mirada, el beso, el sol, y así, el todo que se conjunta para derivar en una voz misteriosa, venida de un tiempo perdido.
3
La segunda parte, “La caminata”, nueve poemas que alargan la respiración de Dido, del poeta que la guarece en su interior. El amor es el tema, el asunto que mueve este libro donde la queja de Dido se afinca en la sombra que podría significar su sentimiento:
En el amor,
La negrura es lo primero que aparece.Después de un tiempo,
No tan largo, no tan corto,
Decimos:
“Ya he quitado lo negro,
Y hecho aparecer la blancura”.
Pero la labor no finaliza todavía...
Entonces aparece la duda, porque habrá que hacerse preguntas a Dios:
¿Cómo es la entrega?
¿Cuál es la causa?
¿Y a dónde se fue la oscuridad?
En Cartago, en sus bosques, está su Dios, es su Dios, la ciudad que según algunos ella fundó, “pero también eres mi perro”, y suena la ajenidad de la expresión por venir de otra voz femenina, ajustada a la sacralidad de una cultura lejana.
El título de esta segunda parte podría indicar un viaje, un desplazamiento, como el Ulises hacia Penélope, como el de cualquier caminante que anda en búsqueda de la danza, de la pareja “verbal”, del amante, del lugar donde el amor es posible.
La miel
De una mujer
Es su máscara.Esa soy yo:
Deseo y enemiga.
Lo dulce es mi temblor
Y mi venenoLas mujeres siempre
Somos
Elegidas por la luna
En un camino
Con juncos a los lados
Y con viento en contra
Que nos equivoca...
El camino, el sendero que habrá de llevarla al lecho, donde yace el cuerpo del amado, del Dios que pregona su boca.
Y como escribe Ana María Hurtado: “Pudiéramos decir que estos diez poemas de amor también lo son de muerte; sin embargo, en la voz de Santos López la muerte tiene raíces en el cielo y ‘los árboles son un racimo de huesos que maduran su luz en el misterio’, como deja dicho López en Los buscadores de agua, su poemario de 1999”.
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