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Neruda: ¿tras las huellas de un crimen?

martes 2 de febrero de 2016
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Pablo NerudaPablo Neruda siempre fue más conocido que Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. Ambos poetas y provincianos de Chile. Solo para uno alcanzó la fama y la persecución. Ricardo Eliécer Neftalí Reyes nació en Parral, vivió en Temuco y después se trasladó a estudiar francés a Santiago. Ya era Pablo Neruda, el Neftalí quedó en la infancia, en la memoria. Los dos fueron buenos para la poesía desde un principio, solo que hubo un cambio de nombre. No se les puede confundir, aunque tenían la misma voz gangosa y pasión por la vida y la belleza. El más conocido, canchero, viajero, admirado, criticado, leído, buscado en Google, es Neruda, a pesar de que Ricardo Eliécer Neftalí nació primero. Legalmente, eso sí, siguió siendo Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto hasta 1946, cuando se inscribió con la nueva partida de nacimiento bajo el nombre de Pablo Neruda. Durante 42 años cumplió con la partida bautismal de sus padres y de ahí en adelante, siendo ya Neruda oficialmente, no dejó más de ser Neruda. Desde los 17 años había comenzado a firmar sus obras como Pablo Neruda. Y el destino ha querido que 42 años después empiece a levantarse el oscuro velo de su muerte: si se debió al cáncer o fue asesinado por la Junta Militar de Chile. Aún sus restos están a la espera de un veredicto de la justicia. Las interrogantes pesan tanto como los 9 mil versos que escribió en vida y ya no es un secreto que su precipitada muerte está más cerca de la sangre que de la tinta, como su obra, a cuya palabra fue fiel hasta el final de sus días. Neruda, un gran lector de novelas policiales, disfrutaba con los maestros del género, Raymond Chandler, Chester Himes, Simenon, Agatha Christie, en todas las estaciones de Isla Negra, pero nunca pensó que él se transformaría en móvil de un intrincado caso policiaco. Las autoridades chilenas tienen la obligación ética y política de resolver el caso Neruda y para ello deben agilizar la investigación con los científicos de gran prestigio internacional, que ofrecieron sus servicios gratuitos. Hay preocupación internacional, especialmente en Suecia, país que le otorgó el Nobel a una obra que prestigia el lauro escandinavo.

 

Toda una generación recitó a Neruda

El poeta de los Veinte poemas de amor, su célebre folletín universal, recitado por toda una generación latinoamericana hasta nuestros días, murió en circunstancias aún no dilucidadas por la ciencia forense, el 23 de septiembre de 1973, a pocos días del golpe militar. Su cadáver fue velado en su casa en ruinas de Santiago, saqueada por los militares, conocida como La Chascona. El cuerpo del vate no encontraba sepultura en la capital chilena y menos en Isla Negra, su residencia habitual, confiscada por los militares. (Véase en Internet mi artículo: “Neruda: cerca de la sangre, más allá de la tinta”).

Poco después del golpe militar, Neruda se desplazó en una ambulancia hacia la Clínica Santa María de Santiago, donde se internó para un mejor cuidado de su cáncer a la próstata —y sobre todo, por seguridad. En el camino por la carretera fue humillado por soldados del ejército de Chile. Dicen que de sus ojos se desprendían lágrimas, quien nunca dejaba de reír entre amigos. Su casa de Isla Negra había sido allanada en su presencia y estando él en cama por prescripción médica. En el escenario político, producto del golpe, había muerto el presidente Allende y sido asesinado el cantante y dramaturgo, Víctor Jara.

El autor de Canto general, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Odas elementales, El hondero entusiasta, Los versos del capitán, Libro de las preguntas, Estravagario, Tentativa del hombre infinito, Memorial de Isla Negra, ingresó a la clínica donde hoy sabemos asesinaron al ex presidente democratacristiano Eduardo Frei, en tiempos de la Junta Militar de Gobierno.

 

Secuestran y golpean a su custodio de confianza

Su joven chofer, Manuel Araya, hombre de confianza, quien le cuidaba en la clínica, salió a buscar unas medicinas a instancias de los médicos y no regresó más, porque fue detenido y golpeado por soldados del ejército. Fue literalmente secuestrado y recluido en el Estadio Nacional, que cumplía la labor de campo de concentración. La esposa de Neruda, Matilde Urrutia, había viajado a Isla Negra a buscar documentos y objetos que se llevarían a México, país que había solicitado a Neruda para protegerlo. En ese ínterin, un supuesto médico, no registrado en la clínica, inyectó a Neruda con la supuesta bacteria conocida como estafilococo dorado y moriría seis horas después, según las denuncias conocidas actualmente.

Araya no ha dejado de denunciar el hecho, que ha contado con otros testimonios, como el del ex embajador de México en Chile, Gonzalo Martínez Corbalá, quien visitó al poeta por esos días y lo encontró de buen humor.

Nunca se ha encontrado el expediente clínico de Neruda, aseguran algunas fuentes. Un hecho más que insólito.

Por fin, unas amistades de Neruda cedieron un espacio para su tumba transitoria en el Cementerio General de Chile y allí descansó hasta que fue trasladado al nicho 44 del módulo México. Su tercera y definitiva residencia sería en Isla Negra, donde él escogió ser enterrado, como lo determinó en el Canto general. Solo en 1992, cuando había retornado la democracia formal a Chile, Neruda volvería a descansar en Isla Negra.

La investigación sigue su curso y nos acercamos al parecer a resultados definitivos, que podrían revelarnos que en su muerte intervinieron terceros.

La importancia literaria y política de Neruda es inobjetable, como la necesidad que tenía el régimen militar de que su voz no se escuchara. Por ello, amigos y enemigos emiten sus opiniones, como los más allegados y sus compañeros de lucha. La historia va ordenando los hechos con cautela y firmeza. La muerte de Neruda sigue pesando en la conciencia de Chile e internacionalmente. Cualquier otra opinión sería una mera conjetura poética.

 

Edwards, el amigo incrédulo

Jorge Edwards, novelista chileno, amigo del vate, compañero de tertulias, agregado comercial en Francia cuando Neruda fue embajador al final de sus días, afirmó al diario ABC de España, allegado a la corona de ese país, a modo de interrogante: “¿Quién quiere asesinar a un moribundo?”. Y se responde. “Es mejor dejarle morirse, ¿no?”. Edwards ahonda en sus argumentos y señala: “Y seguir a un moribundo que había obtenido el premio Nobel de Literatura… Era muy torpe pretender asesinarlo”. Por esos días de terror, lo sabe Chile, las moscas caían muertas en pleno vuelo primaveral y todo existía y se acompasaba bajo la batuta del terror. El país era un cuartel. Bombardearon La Moneda (casa presidencial), acribillaron su interior con el Presidente. Se quemaban libros, militarizaban las universidades, arrojaban cuerpos en pleno vuelo al mar. Homero Arce, secretario de Neruda, sonetista invisible, quien pasó a máquina Confieso que he vivido y gran parte de su obra, murió producto de una brutal golpiza al regresar a su casa. Su esposa, antigua musa de Neruda en Veinte poemas de amor, Laura Arrué, murió extrañamente quemada viva en un incendio en su casa, nueve años después.

Neruda era una presa mayor para la jauría delirante de esos días. Él comentó pocos días antes del golpe militar que a él no le respetarían, como sucedió con García Lorca a manos de los franquistas.

Todo pareciera indicar que a la Junta Militar chilena le inquietaba que una figura literaria y política, combativa, prestigiada a nivel mundial, como el premio Nobel, expresara sus opiniones en el exterior, ya que el Chile de Pinochet reinauguraba el campo de concentración de Pisagua y fundaba otros a lo largo y ancho de toda la geografía. De esta manera Edwards, premio Cervantes (cuyo jurado estuvo integrado por el ministro de Educación y Cultura, Mariano Rajoy; el anterior Premio Cervantes, José Hierro; el director de la Academia de la Lengua Española, Víctor García de la Concha; Carlos Castañón Barrientos, en representación de la Academia Boliviana de la Lengua; Santiago de Mora-Figueroa, marqués de Tamarón; Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Arturo Pérez Reverte y Victorino Polo García), sale al paso a unas declaraciones oficiales del Ministerio del Interior de Chile, quien reconoce en un informe que “ve altamente probable que Neruda fue asesinado”.

 

Gobierno chileno cree que lo asesinaron

El juez chileno Mario Carroza, a cargo de la investigación del caso Neruda, aceptó una nueva tesis debido a las “coincidencias y persecuciones” vividas por Neruda tras el golpe de Pinochet, en especial aquel domingo de su fallecimiento. “Ese día está solo en la clínica, donde lleva ya cinco días. Su estado empeora; llama a su mujer, Matilde Urrutia, para que vaya porque dice que le han aplicado algo y no se siente bien. Al final, fallece poco después, ante la sorpresa de todos”, sostuvo recientemente a la prensa española Francisco Etxeberría, catedrático de medicina y uno de los investigadores extranjeros.

Neruda, el que se dedicó totalmente a la poesía desde siempre, viajó como cónsul a Rangún, allá siguió escribiendo sus famosas Residencias en la Tierra que lo hicieron célebre, posteriormente en el mundo entero, aunque estas residencias ya habían impactado en términos poéticos en su generación.

 

Chile, país de poetas

Fue, a juicio de algunos críticos, y la Academia sueca lo reconoció cuando le concedió el Nobel, uno de los poetas más discutidos de su tiempo y protagonista de excepción de las causas progresistas. Su poesía es de un amplio registro, esencialmente materialista, pero donde el amor ocupa un lugar preferencial. Viajero incansable, se reconoció en América Latina, que sentía era la casa de su poesía, pero su obra se conoce en todos los continentes, porque no dejó de nombrar las cosas, de ocuparse de los temas cotidianos, de la naturaleza física y humana, del hombre en cualquier geografía. Buscó quizás trascender en la simpleza aunque sus Residencias, además de ser fundacionales, hablan del hombre, el caos, la vida, poesía de la exploración y de la existencia, donde la muerte también es protagonista y se siente como una rueda que no agota su viaje. Es una poesía de todos los sentidos, con una fuerte carga sensorial y material. Sobre los escombros de su propio lenguaje, Neruda escribe su poética. Residencia en la Tierra, comentó el poeta mexicano José Emilio Pacheco, es el libro más grande del surrealismo. Según García Márquez el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma. Los poetas, en mi opinión, pueden subir y bajar, de acuerdo con los gustos de cada época. Algunos permanecen como el bolero.

En vida Neruda fue el Vate de Chile, el vaticinador, independientemente de que nos agrade su poesía o no, compartamos su ideología, o digan algunos poetas que provienen o no de sus raíces, que escribió demasiado, que el ripio nerudiano absorbe parte de su poesía, que el verso corto, que Stalin, que sus mujeres, la hija olvidada, que la vaca sagrada, su compromiso esencial siempre fue con la poesía, que es lo que nos queda junto con su quehacer público y social. Leyó y escribió lo esencial —de Proust, Rimbaud, los clásicos rusos, franceses, hasta las novelas policiacas— y fue un mito en vida como Borges, un escritor total. La nueva poesía le debe mucho a Neruda y Chile es considerado un país de poetas, grandes poetas, por su obra y defensa de la poesía, por la calidad de sus pares, Pezoa Véliz, Huidobro, la Mistral, De Rokha y posteriormente Parra, Gonzalo Rojas, Rosamel del Valle, Armando Uribe Arce, Rubio, Arteche, Lihn, Teillier, Millán y tantos otros que conforman el diverso mapa poético chileno. La poesía chilena, latinoamericana, de habla hispana, le debe mucho a estos y otros nombres. En un país donde las personas se comen las palabras, se habla en jerga, un dialecto con una pronunciación aguda que se pierde como el vago pito de algún tren que atraviesa el sur, es sorprendente que tenga el más rico, variado, influyente, creativo lenguaje poético en el continente de habla hispana desde el siglo XX, con la excepción de algunas cumbres, como Vallejo, por citar a un renovador del idioma. Rubén Darío es un poco anterior.

Este es el personaje que conmueve con su poesía y destino. Abraza los continentes con su palabra. Voy a seguir viviéndome, sentenció quien había recorrido Chile y el mundo con su palabra, su voz de lentas aguas del sur por los pueblos polvorientos del norte y lluviosos de la loca geografía austral chilena. Él mismo se reconocía en el mar, las piedras, la madera, las uvas y el viento de las pequeñas cosas, en la gente humilde, en la retórica de sus palabras de “poeta útil” y en sus Odas elementales, sutiles como las madreselvas. Botánico, artesano, arqueólogo, arquitecto, marinero por adopción, coleccionista, ornitólogo, militante, curioso sin límite, hijo ilustre de Valparaíso, un poeta cófrade, aunque Nicanor Parra después del 23 de septiembre, día de su muerte, le llamó socarronamente Catedral, a este militante comunista, habitante infinito de Isla Negra que le cantó a las piedras de Chile como a verdaderas compañeras en su camino por la quebradiza geografía nacional y dirigió la construcción, el diseño de sus “disparatadas” casas donde guardaba sus viajes y recibía a sus amigos como si vinieran de un largo periplo por el mundo de la poesía.

 

Una tortuga gigante en la multitud

Yo lo divisé un par de veces en una multitud como si viera una tortuga gigante contemplada en un acuario inmenso y dijera “para nacer he nacido”, “sucede que me canso de ser hombre” o “titilan azules los astros a lo lejos” y las personas le devuelven el verso que cae como el pasto al rocío: “sube a nacer conmigo, hermano”.

Enrique Lihn me dijo en las escalinatas de la Universidad Católica, después del 23 de septiembre, ya fallecido Neruda, “Ha muerto el último aedo”. La historia y los acontecimientos, me subrayó ese día, le ayudaron a Neruda a ser quien fue. El Vate fue un protagonista de excepción del siglo XX, es difícil desentenderse de ese detalle. El amor y la política fueron sus dos grandes amores.

Harold Bloom, el destacado y arbitrario crítico norteamericano, dijo de Neruda: “Ningún poeta del hemisferio occidental de nuestro siglo admite comparación con él”. Tampoco es algo menor esta afirmación, que le pone una banderilla chilena al toro de la poesía universal en el siglo XX. Más allá de este canon anglosajón, Neruda fue una voz propia, un continente contenido en una geografía desmembrada. Desmesurado, irregular, de un barroco silencioso, telúrico, andino, voz desértica y austral, alimentó la vida, puso nombre a las cosas, su poesía se hizo parte de la geografía chilena, latinoamericana y planetaria, y aún se reconoce bajo las piedras.

Se ha escrito tanto sobre Neruda y a veces la rueda gira en el mismo lugar. De atrás para adelante, de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, vertical, horizontalmente y la poesía sigue allí para ser leída por un lector desconocido. Siempre existe un pretexto, alguna razón, el tiempo ocioso del placer en la palabra y la aventura a que nos lleva el poeta. La nave de la poesía navega en sus propias palabras y a ellas no deben renunciar el poeta ni el lector. El hombre y la naturaleza en el centro de las cosas nerudianas. En esta poesía está la gente chilena y latinoamericana del siglo XX, nuestra geografía humana y física, aunque el poeta nunca tuvo límites. Son las preocupaciones de un hombre de su época y donde el amor es la piedra angular de las más grandes alturas de la poética nerudiana, desde su prima juventud al final de sus días.

 

Del epilogar nerudiano

Yo soy profesor de la vida, vago estudiante de la muerte
y si lo que sé no les sirve
no he dicho nada, sino todo.
(Neruda)

Neruda es ese personaje chileno emblemático que la BBC de Londres homenajeó leyendo Veinte poemas de amor y una canción desesperada en 21 idiomas. El protector de los exiliados de la República española en el Winnipeg, el senador que partió al exilio y cruzó a caballo la cordillera de los Andes, no sin antes vadear tres ríos chilenos y finalmente salir por San Martín de los Andes. El poeta que recorrió la geografía chilena conversando con los obreros y campesinos de Chile y su poesía, cónsul en Rangún, Buenos Aires, Madrid, Barcelona y México, embajador en Francia. Viaja a Europa a un Congreso de la Paz con intelectuales y artistas del mundo, Picasso, y ya no dejará de dar la vuelta al planeta como si fuera una nuez, ni de participar en la historia de la humanidad y su futuro. Es traducido a todos los idiomas posibles. Se escriben libros sobre su obra y él no deja de hacerlo hasta el final de sus días. Los jóvenes de América Latina no dejan de recitar su folletín amoroso. Alguna mujer va más en lo profundo y se impacta con el verso “Sucede que me canso de ser hombre”. Una espina en la vida de cualquier ser humano que la atraviesa en siete palabras, que van y vienen cada día. Toda una declaración de principios en un verso que resiste el tiempo como las Residencias, con sus desvencijadas materias, descomposiciones, cuartos vacíos, peluquerías, notarios, la desintegración de las cosas, el silencio inapelable de la muerte. Hay algo que el lenguaje no puede cambiar y más bien asfixia. Esa lectora se veía como una almohadilla pinchada por cientos de alfileres en una realidad a la medida de un sastre sin ninguna costura.

“Yo no sé por qué estoy aquí / ni cuándo vine / ni por qué la luz roja del sol lo llena todo”, así veía su entorno el joven Neftalí Reyes, en el crepusculario de su vida adolescente, el Neruda de Farewell, un poeta germinal. Venía del sur virgen cuando se encontró con su nueva residencia, la ciudad, todo un universo de cosas rotas, finitas, la manufactura de la modernidad, una espiritualidad ruidosa, material, no la materialidad profunda de la naturaleza.

En Crepusculario, a sus 19 años de edad Neruda comienza a gestarse en el Galope muerto de sus Residencias, que escribiría entre los 21 y los 27 años, con la visión de un mundo caótico, desencadenante de hechos, realidades, atmósferas, y donde el poeta es un observador ausente del cambio, más bien envuelto en un escenario donde su voz se expresa luctuosa.

Nos guste o no, Neruda es la figura más destacada de nuestras letras. Precandidato a la Presidencia de Chile, senador, en 1971 obtendría el premio Nobel. Escribiría un libro, poco citado, que forma parte de la panoplia nerudiana, intitulado Incitación al nixonicidio y alabanza a la revolución chilena, donde pide ayuda a Walt Whitman para ajusticiar a quien estrangulara la economía chilena y propiciara un golpe de Estado contra Allende: Richard Nixon. Poeta de utilidad pública, se bautizó el bautizador de las cosas y las personas. La historia es conocida hasta por quienes la desconocen. Nunca dejó de ser ese viajero inmóvil que reconociera Rodríguez Monegal en su obra homónima y lúcida. Fue un poeta para América, Europa, Oriente, Asia, su gran escenario fue la humanidad desde la naturaleza, las pequeñas cosas y de lo profundamente humano.

El más discutido de los poetas de su siglo, dijeron los académicos suecos. Este es Neruda, el otro, aquel, el mismo inmerso en su poesía y vida, el vate que construía la casa del poema en el largo y rocoso espinazo de Chile. Neruda con vista al mar, a la cordillera, a las piedras, a lo que amaba incondicionalmente desde su palabra. Nunca pasé de la lectura de sus libros y del long play gangoso de su voz que escuchábamos en los barrios populares de la clase media juvenil. Allá en Toro y Mazote, en Santiago. Quiero decir, no me incluí en ninguno de los peregrinajes a Isla Negra. El mito se vivía a sí mismo. Era muy difícil no pensar en Isla Negra cuando se hablaba de poesía en Chile, como si las olas del mar poético se convocaran en su playa. Yo escuchaba a los poetas mayores referirse al Vate con respeto generalmente y me llegaba la brisa de esas voces que golpeaban como olas del propio mar de Isla Negra. Solo el rumor se transformaba en un viaje iniciático. Era una verdadera peregrinación. Un viaje hacia las palabras y el mar.

Neruda coleccionó críticos y detractores, poetas y narradores importantes: Huidobro, De Rokha, Braulio Arenas, Gonzalo Rojas, Droguet, Lihn, Bolaño, Lafourcade y muchos más que aún dejan caer frases, opiniones y escriben algunos opúsculos desencantados que van a dar a la mar que es el morir.

 

Parra en su tinta

Nicanor Parra merece un capítulo aparte. Él mismo diría, a confesión de partes, relevo de pruebas. Siempre se ha declarado su más grande admirador. Se podría escribir un libro sobre esta materia y nos quedaríamos cortos. Parece mentira que los ingeniosos escritores chilenos no lo hayan intentado. El discurso en la Universidad de Chile es francamente memorable. Su epígrafe poético lo dice casi todo, porque con Parra hay que estar preparado, el disco duro se empequeñece ante lo que ofrece el personaje:

Hay dos maneras de refutar a Neruda: una es no leyéndolo, la otra es leyéndolo de mala fe. Yo he practicado ambas, pero ninguna me dio resultado.

(Estamos ante un huaso chillanejo kafkiano, único en su especie, pedaleó por el mundo sin coger impulso. Debemos tomar en cuenta esta afirmación y características propias del personaje. Es solo un paréntesis, pero tomémoslo en serio).

No es poco decir en el lenguaje parriano. El historial es grande en vida y muerte de Neruda. Diría, inmenso, oceánico. Las alusiones poéticas son numerosas en los libros de Parra. Definen su propia antipoesía. En entrevistas, Neruda es esa sombra que surge en cuerpo y alma. Un referente ineludible. ¿La obsesión del tamaño de Moby Dick?

Es una pieza el discurso; veamos la introducción, son palabras dichas hace más de medio siglo y el tema no se ha detenido hasta nuestros días:

Señoras y señores, yo no soy un nerudista improvisado. El tema Neruda me atrae vigorosamente desde que tengo uso de razón, no hay día que no piense una vez en él por lo menos. Lo leo con atención, sigo con asombro creciente su desplazamiento anual a lo largo del zodíaco, lo analizo y lo comparo consigo mismo, trato de aprender lo que puedo. También le he dedicado algunas cuartetas en momentos dramáticos de su vida consagrada por entero a la causa de la humanidad, he convivido con él durante años, en calidad de vecino de barrio, de discípulo, en calidad de visitante esporádico. Más aun, hemos intercambiado objetos prácticos y simbólicos: un Whitman contra un López Velarde, una cerámica de Quinchamalí contra un poncho araucano, un reloj de bolsillo contra un jardín de siemprevivas, mariposas, etc. Todo lo cual me da derecho, creo yo, para considerarme un nerudista fogueado.

Por eso es que no se puede hablar de Neruda en abstracto, porque él no es un poeta de salón ni un buda absorto en la contemplación del ombligo.

Mucho tiempo antes de este discurso, en 1948, Londres, Parra era becario en Oxford y preparaba su discurso (anti)poético teniendo como punta de mira la poesía nerudiana, así como el amargo sabor que le había dejado su despreciado libro Cancionero sin nombre. Estas observaciones están contenidas y recopiladas en su reciente libro Antiprosas (2015). Parra, de 101 años, va dejando su legado, huella diría, hasta el final de sus días. Hombre de manifiestos, declaraciones de principios, muy distinto a Neruda que nunca escribió manifiestos, más bien se manifestó. Bolaño, Huidobro, también fueron poetas de manifiestos.

Criticaba la poesía egocéntrica de sus antepasados y proponía la poesía de los hechos (¿hechos y no palabras?). Hace casi 68 años trabajaba en ese run run de la antipoesía, ya Neruda era comunista, Premio Nacional de Literatura, había escrito Residencia en la Tierra, España en el corazón, sus famosos Veinte poemas de amor, El habitante y su esperanza, entre otros libros, y dos años más tarde su Canto general.

La poesía tiene tantos caminos como poetas, épocas. Si hubiera un solo modo, palabra, forma de ver, sería muy aburrida. El lenguaje tiene que respirar de mil maneras como si fuera escrito en las cuatro estaciones. La poesía no es romántica, ni realista, ni lírica o prosaica, es la otra cara de la moneda del ser humano en cualquier idioma, lugar y circunstancia. Solo el poema piensa por el poeta. Sin duda, hay que leer, leer, escribir, escribir, porque no habrá nada nuevo bajo el sol de la poesía mientras no se escriba una palabra nueva.

Parra termina viviendo en Las Cruces, cerca de Huidobro y de Neruda, cavilando con Hamlet, conversando con Roberto Bolaño, su admirador incondicional e irreductible. Tres autores y amigos, Roberto Brodsky, Ignacio Echevarría y Felipe Tupper, escribieron recientemente un diálogo imaginario de ambos. El texto, entre otras cosas, en el fondo un homenaje a Parra desde la admiración de Bolaño por su obra, que corrobora música a los oídos del antipoeta: “Sobrevivirá la poesía de Vallejo, Borges y Cernuda”. Es una opinión de Bolaño. Hasta ahí Neruda no existía. Los autores aluden más adelante a un proyecto inconcluso de Parra, relatar “una historia de la Segunda Guerra Mundial contada o cantada batalla tras batalla, campo de concentración tras campo de concentración, exhaustivamente, un poema que de alguna forma se convertía en el reverso instantáneo del Canto general de Neruda”.

Un chileno podría preguntarse: ¿para qué ir tan lejos en la historia y la geografía, si Chile entero fue un campo de concentración en la época de Pinochet a partir del golpe de Estado de 1973? ¿En los próximos 50 años podría replicar las Residencias, las Odas elementales o los Veinte poemas de amor y un antipoeta desesperado? De Pisagua a Dawson, los extremos de la infamia.

Podríamos reunir un anecdotario mayor. La obsesión por Neruda creció después de muerto. Siendo un país de poetas, curiosamente, se transformó en un personaje de novela. Quizás resulte ser un fenómeno curioso este rol del poeta de convertirse en prosa. En tiempos en que la mano invisible del mercado suele acomodar personas y palabras, mercancías y objetos, la poesía resulta ser un capital aparentemente discutido y el poeta, que no tiene cómo defenderse, apuesta a su obra, a lo que mejor sabe hacer: escribir, aún después de muerto.

La historia y la ciencia, la dignidad humana, se disputan aún los restos de Neruda. Son un símbolo de un gobierno y un país violentado por el poder de una dictadura militar. Sus enemigos piden que lo dejen tranquilo, no vaya a ser que reviva y se ponga a reescribir la verdadera historia de su muerte. Los chilenos y el mundo, que buscan la verdad, exigen que las autoridades agilicen y hagan lo que tienen que hacer para que surja con toda transparencia la verdad sin más preámbulo. El gobierno carece de los recursos para enviar los restos a Europa a nuevos y esclarecedores peritajes de las pistas existentes. Las opiniones van y vienen. Las interrogantes se mecen como un elefante una telaraña.

El diputado sueco Torbjörn Björlund afirmó a una agencia noticiosa que “es muy importante aclarar la causa de la muerte del poeta chileno Pablo Neruda”, aunque admitió que en su opinión fue “sin dudas” asesinado. “Es muy relevante mantener la presión sobre el gobierno de Chile para que otorgue los recursos necesarios con miras a conocer la verdad sobre el final de la vida de Neruda”, advirtió el parlamentario escandinavo. Hace unos días visitó Chile y presentará el caso en Suecia.

Es este personaje que mantiene en suspenso a los forenses y cuyos estudios revelarán cuán peligrosa es la poesía para los militares y regímenes autoritarios. El mismo Neruda nos advierte cuando fue visitado en Isla Negra en su lecho de reposo por un capitán del Ejército de Chile, quien buscaba armas en su casa. Aquí lo único peligroso es la poesía, sentenció Neruda en aquella memorable ocasión, una frase con infinitas municiones. El país del poeta ya no existía.

 

Neruda viene volando

Neruda viene volando

En medio de las expectativas que ofrece la ciencia a la verdad, el gobierno y el pueblo chilenos le rinden un homenaje atrasado bajo el título de un famoso verso nerudiano a su amigo de bohemia, el poeta Alberto Rojas Jiménez: “Neruda viene volando”. La idea del pasacalle que reflejara las importantes etapas de su vida surgió en el año de su centenario, 2004, y la falta de recursos postergó el proyecto del diseñador gráfico Jorge Soto Veragua. Esta vez se contó con el apoyo de comerciantes, empresas y la gente solidaria que acompañó el carnaval por amor al arte y a la poesía. Una figura monumental de veintidós metros de largo por cuatro metros de alto representó finalmente al poeta, cuyo primer recorrido se inició en la Estación Mapocho, donde se recordó la llegada del Winnipeg a Valparaíso. Otra parada fue en la ex sede del Partido Comunista, ubicado en Teatinos con Compañía, del cual fue miembro relevante. El pasacalle nerudiano reunió a más de 20 mil personas por las comunas de Recoleta, Independencia y Santiago, cerrando en la Plaza de la Constitución frente a La Moneda, palacio de gobierno.

La compañía La Patogallina musicalizó los poemas del Vate durante el recorrido, que contó con una comparsa de 600 voluntarios. Santiago cerró 2015 con una performance nerudiana, un Neruda presente en la memoria, vivo en las calles, renovado en los chilenos que no le conocieron y se reconocen en su poesía. En la viña de Parra, Neruda sigue cosechando sus propias uvas.

Este es un fragmento del texto que inspiró este viaje de voces y memoria por Santiago.

Alberto Rojas Jiménez viene volando

Entre plumas que asustan, entre noches,
entre magnolias, entre telegramas,
entre el viento del Sur y el Oeste marino,
…………….vienes volando.

Bajo las tumbas, bajo las cenizas,
…………….bajo los caracoles congelados,
bajo las últimas aguas terrestres,
…………….vienes volando.

Oigo tus alas y tu lento vuelo,
y el agua de los muertos me golpea
como palomas ciegas y mojadas:
…………….vienes volando.

Vienes volando, solo solitario,
solo entre muertos, para siempre solo,
vienes volando sin sombra y sin nombre,
sin azúcar, sin boca, sin rosales,
vienes volando.

(Pablo Neruda)

Estos, finalmente, son algunos versos del poema al poeta maldito, periodista, caricaturista excepcional, Rojas Jiménez (34 años), que inspiraron justamente el recorrido nerudiano por las calles santiaguinas, donde realizó una intensa bohemia en su juventud. Rojas Jiménez murió en Santiago de una pulmonía fulminante. Neruda, quien estaba en España, cuando se enteró de su repentina muerte compró dos cirios de un metro cada uno y en una gran catedral de marineros en Barcelona se arrodilló frente al altar, mientras un amigo católico que fue expresamente a buscar rezó en cada uno de los numerosos altares en medio de la oscuridad solo alumbrada por los cirios. Se había muerto el pájaro dorado, el encantador de la bohemia santiaguina, el mago, como también le llamaba el joven Neftalí, a quien rompía la noche con su gran espectáculo de la risa y el encantamiento de las palabras en el zeppelín o en el cabaret de la Ñata Inés. Neruda le escribió el poema con un improvisado lápiz de carpintero, conmovido por la intempestiva partida de este joven ingrávido amigo de sus amigos y de la noche.

Alberto Rojas Jiménez es uno de los poetas chilenos que se perdieron en el breve, insólito, desgraciado camino de la vida. Carlos de Rokha, Armando Rubio, Omar Cáceres, entre otros, también se fueron en un abrir y cerrar de ojos. Hace unos días, Rojas Jiménez estuvo volando con Neruda por las viejas calles de Santiago, como antiguos e inseparables camaradas de la bohemia y poesía.

No encendáis las lámparas
ni me llaméis.
Dejadme aquí sin luces.
Mi alma está mejor en la penumbra.

(Rojas Jiménez)

Despidamos a Rojas Jiménez, entonces, en su ley, con poesía:

Alberto Rojas Jiménez

Este es Alberto Rojas Jiménez,
actor de su propia vida,
echó su suerte en París,
dijo algunas cosas, ninguna, muchas,
no dijo nada finalmente
y se fue por el mismo mapa,
que vino y ya no regresaría.

(Rolando Gabrielli, 2016)

Rolando Gabrielli
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