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Los 102 años de Parra y el minuto de fama de Manuel Silva Acevedo

viernes 11 de noviembre de 2016
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Manuel Silva Acevedo
Manuel Silva Acevedo, flamante Premio Nacional de Literatura de Chile 2016.

A Manuel Silva Acevedo / Cronopio urbano / arlequín sin monedas / lobo y oveja descarriada / de su propia piel / en esa urbe gris / de grandes y negras / solapas contaminadas / de una dudosa esperanza / extraviada / en el paseo / de los huerfanitos / un día que la Cordillera / de los Andes / desapareció bajo la burka / del smog general y nos dejó / sus ojeras blancas / cuando ya nadie soñaba.
Del libro Los poetas de Chile (Rolando Gabrielli).

Hace algunos años, un poeta me dijo: Parra nos va a enterrar a todos. La frase parecía un inocente enunciado antipoético y lo asumí como una fiesta más del verbo y la palabra. Pero el hijo mayor de los Parra Sandoval, que le había dedicado un libro al poeta en mención con el cariñoso chilenismo “Tu tío, que te quiere”, cumplió el 5 de septiembre la friolera de 102 años, a pulso en el largo, accidentado y fértil mapa poético de Chile.

Desde las muertes, de Neruda, sobre todo, Gonzalo Rojas, Lihn y Teillier, el autor de Poemas y antipoemas, Versos de salón, Canciones rusas y Obra gruesa, entre otros libros, parece ser, como él mismo apreciaría que le dijeran: el único gallo del gallinero de la poesía chilena.

El Premio Nacional no se fue por la tangente, tocó, aunque fuera en un ala, el pope de la antipoesía.

Nicanor Parra ganó todo en poesía o lo más importante, menos el Premio Nobel, es decir la poderosa sombra de Neruda le ha perseguido durante todos estos, otros y demás años por venir, pero en esta época posnerudiana, como dice el clásico mexicano: Sigo siendo el Rey.

Para Manuel Silva Acevedo, el flamante Premio Nacional de Literatura de Chile 2016, en el género de poesía, quien merodeó la atmósfera parriana de acuerdo a unas observaciones críticas de su obra y logró, dicen, zafarse de su influencia, dijo al recibir el lauro más buscado de Chile: “Lo que ha proyectado Nicanor Parra en los poetas jóvenes es bastante peligroso”. Y agregó, en una de sus primeras entrevistas al recibir el Premio Nacional: “Escriban lo que quieran / En el estilo que les parezca mejor”, dice Nicanor Parra… Miguel Arteche hace años fue más lejos y dijo que la antipoesía es una peste. ¿Una enfermedad infantil del verbo o la fiebre de una nueva retórica?

 

Me retracto de todo lo dicho

El antipoeta, haciendo gala de su libertad absoluta, inexistente por demás, tendría la respuesta para esa crítica, con sus propios versos: me retracto de todo lo dicho. Parra tiene respuestas para todo, incluso contra sí mismo, si fuera necesario. La antipoesía es más que un chiste o una ironía, aunque Manuel Silva advierte que Parra se acabó en los 80 con su poema “El hombre imaginario”. Hasta ahí llegó. Textualmente dijo: “La poesía está un escalón más arriba de la vida corriente. La escritura de Parra también se ha ido degradando. Una de sus últimas grandes composiciones es el poema ‘El hombre imaginario’, de los 80, pero después decae”.

Yo diría, no le pidamos inmortalidad a la muerte, Manuel / los días tienen la mirada tiesa / finalmente / la espuma de Vallejo / es nuestro tiempo agrio / La inmensa luna nueva de la poesía / crece en el patio de la infancia / inacabada / No todos viajamos en un mismo carrusel / ni tememos a los plátanos orientales / Hay viajes largos y caminos nuevos / distintos lugares y puntos de partida / Los paraísos pueden llegar a ser / una última palabra / si llegáramos a encontrarlos.
RG.

¿Sin querer queriendo, Manuel Silva puso picas en Flandes, cuando dijo lo que dijo? Matar al padre no es nada nuevo, pero al padrastro, para algunos, puede ser otro punto de vista de esta trágica aventura y tarea generacional de talar el árbol más grueso, cuando ya no tiene frutos. El antipoeta, podría decir en su descargo, se está yendo por las ramas. Y es con dos ramas, dicen, que camina lentamente sobre sus 102 años, en el balneario Las Cruces, colindante a Isla Negra, su última residencia, la morada antinerudiana.

No fue una afirmación menor; el Premio Nacional no se fue por la tangente, tocó, aunque fuera en un ala, el pope de la antipoesía, palabra sagrada en la angosta y larga faja de tierra, y que a su juicio agotó su novedosa pólvora en los 80. ¿Qué nos quiso decir el autor del Día quinto, Campo de amarte, Terrores diurnos, Monte de Venus, Mester de bastardía, Palos de ciego, Terrores diurnos, Canto rodado, Desandar lo andado, Contraluz? ¿Desandar lo andado? Fue a mediados de los 80 el período terminal de Parra que fija Manuel Silva Acevedo, y la pregunta se cae por su propio peso o por estar madura: ¿qué sucedió en esas tres décadas con la poesía chilena? En esas fechas estaban vivos Gonzalo Rojas, Rosenmann-Taub, Anguita, Miguel Arteche, Uribe Arce, Barquero, Lihn, Teillier, Millán y desde luego, aún, Hahn, Manuel Silva Acevedo, buena parte de la generación de los 60 y los nuevos poetas hasta nuestros días. Teillier fallece en 1996, aunque Jorge decía que los poetas nunca mueren. ¿La chimenea de la poesía chilena no tenía tiraje? ¿Nadie se había dado cuenta de que a Parra se le había pegado la palabra al paladar? Él mismo lo dice en un poema:

Se me pegó la lengua al paladar.
Tengo una sed ardiente de expresión.
Pero no puedo construir una frase.
Ya se cumplió la maldición de mi suegra:
Se me pegó la lengua al paladar.
(Versos de salón, 1962)

¿Ya en esos tiempos Parra preveía cualquier emergencia que pudiera ocurrir con su nueva retórica a futuro? ¿La poesía, las palabras se desgastan? Posiblemente, cuando se hace un mal uso o éste es reiterativo. En su poema “La poesía terminó conmigo”, también de su libro Versos de salón, Parra nos vuelve a advertir: Yo no digo que ponga fin a nada / No me hago ilusiones al respecto / Yo quería seguir poetizando. Y concluye, irónicamente en su parodia, la poesía terminó conmigo. ¿Parra se sepulta, levanta su lápida y borra el epitafio?

 

¿Neruda for ever?

Este tema con Neruda merece un paréntesis, muy conocido, dicho y redicho, pero sigue siendo relevante a más de cuatro décadas de la muerte del autor de Residencia en la Tierra. Al margen del filo que se le ha sacado a la relación y contradicciones entre Parra y Neruda a lo largo de la historia de la poesía chilena, llena de anécdotas en vida y muerte del Vate, más allá de ese telón de fondo donde se afirma que la antipoesía nace contra la poesía nerudiana (“Viva la Cordillera de los Andes” (Parra) / “Muera la Cordillera de la Costa” (Neruda) —que sí, que no—, Nicanor Parra se ha encargado de mantener a Neruda vivo después de muerto, con plena vigencia, porque no deja de mencionarlo, citarlo, tenerle presente, recordarlo por una u otra razón hasta en su más reciente cumpleaños. El día de los 102 salió a caminar con su nieto Tololo, a ver su casa vacía en Isla Negra, y en el camino le comentó que quería hacer un antimuseo. No requieren de muchos comentarios estas palabras y recorrido. Alguien diría: “Parra sigue en sintonía con el muerto”. Contó además, en una de sus últimas entrevistas, una de sus tantas anécdotas con Neruda, y dijo que el Vate habría dicho: “Ni tú ni yo, Nicanor, el que la lleva es Pezoa Véliz”. Parra se ha declarado en ocasiones deudor de Pezoa Véliz y dicho que si hubiese vivido más tiempo habría sido el autor de la antipoesía. Aunque su máxima influencia, precisó alguna vez, es Kafka, reconoce a Huidobro como su maestro, admirador de Charles Chaplin, Aristófanes, Luciano, estudioso de los cuentos medievales, Gesta Romanorum. Este último libro era habitual que Parra lo citara en sus conversaciones cotidianas.

Admirador de Cortázar, Rulfo, se siente afín con Ernesto Cardenal, Villon, Nicanor Parra armó su mundo antipoético, su propio tinglado, con la tradición chilena, lo popular y la vida: lo real cotidiano. Confeso y devoto del yo colectivo, declaró que en la formación de su lenguaje, tiempo de búsqueda, estuvo influenciado por Whitman y García Lorca. En algún momento se reconoció en Bécquer. Los poetas y la poesía tienen sus propios misterios, transitan caminos desconocidos, sorprendentes. La literatura inglesa ha dejado sus huellas profundas también en su antipoesía.

 

¿Premio o jubilación?

En ese mar intranquilo que baña la poesía chilena, con sus poetas caudalosos, verdaderos ríos, el panorama nunca va a estar pacífico como una piscina o un océano con nombre equivocado, porque siempre arrastrará ilusiones, frustraciones, encuentros y desencuentros, como toda la historia y oleaje de la especie humana y poética. Manifiestos y contramanifiestos, vocecillas, enfoques, corrientes, que esto y lo otro, los poetas tienen su corazoncito. Y todo el mundo, derecho a expresarse.

Un Premio Nacional, por ejemplo, llamó al actual Premio Nacional “poeta correcto elegido por un jurado gris”. Antes de este premio tan acariciado por los escritores, durante la premiación y después, se seguirán agitando voces y vientos contrarios sobre la escogencia del candidato elegido. Es la tradición y sucede que nadie quiere perderla. ¿Correcto y en la bruma el poeta ganador? ¿Bien portado, peinado, discreto, atildado en la gramática, mesurado en el verso? ¿Qué nos quiso decir Zurita que no le gustó a Manuel Silva Acevedo? ¿La corrección es gris? ¿La arena movediza de la palabra / es el premio de Chile? ¿La mesada estatal por el premio es la correcta? Las preguntas pueden crecer como la hiedra, sin fin, ni principio, ni sentido. ¿El manual de Carreño o de Manuel Silva Acevedo aplicado a la poesía en pleno siglo XXI?

Y en este gran historial de la poesía chilena, las confrontaciones entre poetas no han cesado, lamentablemente, y en el contexto de este “concurso” nadie se ha preocupado porque la premiación sea anual (con la excepción del laureado) y que se elimine la autopresentación, que descalifica (con la excepción del laureado) y deslegitima el lauro, con la excepción del recién premiado, que le parece humillante ese autoejercicio de convocarse. El próximo Premio Nacional de Poesía será en 2020 y ante ese panorama Silva advierte: “Va a haber varias bajas para entonces”. Hay muchas cosas que poner en orden como para entretenerse los unos con los otros, digo, es un decir.

Manuel Silva siempre fue un poeta respetado por sus pares.

Los poetas y escritores se la juegan por la comidilla literaria, pero no por las políticas culturales. La palabra intelectual se ha borrado del mapa geográfico como la conocíamos antes del golpe de Estado, y parece ser una constante universal que nadie dice nada y nada que valga la pena. Cero compromiso con el otro, la sociedad y las cosas esenciales. Las vocecillas de Babel en las redes sociales parecen cubrir todas las aspiraciones intelectuales de la generación Internet. Ciertamente, se ha dejado el verbo instalado allí, voz moderna de los conventillos y las cités criollas de Internet.

El premio ha estado plagado históricamente de buenas y malas intenciones, de quejas y contestaciones, ha mantenido ese horizonte deseado, casi de un fetiche de fin de mundo, envuelto en una historia hacia la consagración de una obra que puede quedar enredada en la ausencia de méritos o no ser reconocida. ¿Cuántos se han quedado esperando en el Café Haití? La noche del poeta es más larga que una ópera de Wagner. Siempre se corre el riesgo de la existencia de un oficialismo dormido en un jurado complaciente con algún tipo de lobby del momento. Existen todas esas perturbaciones y las que se suponen.

 

Un ganador imperturbable

Este premio a Manuel Silva Acevedo, a quien conozco desde sus Perturbaciones en 1967, en casa de Waldo Rojas —en medio de sus visitas matinales, desayunos, tiempos también domésticos, crisis conyugales—, me parece meritorio para la poesía chilena, creo además ha estado a la altura de su tradición y mejor nivel. Era mi candidato, sin olvidar a otros, y su poesía se inscribe en lo mejor de la poesía chilena, no sólo por el reconocimiento que le hicieron en su momento Lihn e Ignacio Valente, sino por su inclaudicable oficio con la palabra, que es uno de los aspectos más destacables en este poeta cronopio y urbano. A decir verdad, su originalidad, insistencia en el oficio de la palabra, como Millán, son dos de los más preciados trofeos de la poesía chilena que la antipoesía no pudo capturar. El jurado, en mi opinión, esta vez “no ha dado palos de ciego”.

Manuel Silva siempre fue un poeta respetado por sus pares, Waldo Rojas, Omar Lara, Oliver Welden, Gonzalo Millán, Floridor Pérez, entre otros, una época regida por la gran sombra de Neruda y secundada por Gonzalo Rojas, Parra, Arteche, Anguita, Uribe Arce, Barquero, Teillier, Lihn, Óscar Hahn, entre otros. La Mistral siempre ha sido algo diferente, un punto aparte, asociada a ella misma, un planeta propio, que va siendo descubierto poco a poco. En ese tiempo se hacía poesía en la tradición, con tiempo y cierta relajación para la celebración, algunos congresos, debates, críticas, suplementos, opiniones diversas, cierta camaradería de época y generacional. La poesía no parecía tan inútil ni mal vista, circulaba en revistas y se revitalizaba en recitales, foros, coloquios, universidades y en pequeños círculos. Al menos esa era la impresión que se daba en los sitios donde se hablaba de ella y se le reconocía. Se ejercía una crítica documentada y estaban vivos algunos de los más grandes poetas de la historia poética de Chile. Son otros tiempos, incomparables. Había un cierto respeto más tácito que las leyes del tránsito.

 

Los suicidas de Nueva York 11

Chile vivió, después, un apagón cultural de proporciones bíblicas. Dicen que el mandamás de turno —diecisiete años y…— odiaba la poesía, lo que resultaba ser algo trágicamente divertido y peligroso. Un grupo de suicidas desafió ese tiempo y al tirano, asilados en un bar en pleno centro de la capital. Ahí, en el bar La Unión Chica, Jorge Teillier fue el último de esos mohicanos de Nueva York 11. Formó parte de una de las sociedades secretas de la poesía más vitales por su resistencia a una época en que la poesía era algo peligroso y había dejado su inocencia. Rolando Cárdenas, poeta de las tierras australes, patagónicas, gran amigo nuestro como Jorge, animaba esas tertulias con sus canciones, cuya letra central recorría el bar como un fantasma en naufragio: Corazón de escarcha se fue de la estancia / fría la mirada / frío el corazón… Neruda se lo había advertido a un capitán del Ejército de Chile, el día que allanó su casa en Isla Negra en búsqueda de armas, contó Jorge Edwards. “Lo único peligroso aquí es la poesía”.

Silva Acevedo en tiempos de Allende era publicista y poeta, oficio que más bien lo escoge a uno.

Los poetas y amigos de Nueva York 11 pusieron a girar sus vidas alrededor de una amistad casi sagrada como de una relación fundacional y mítica de la poesía. Las palabras se cruzaban con las miradas de esa sociedad secreta alrededor de unas infinitas copas de vino tinto. Los suicidas proféticos de Nueva York 11 no abandonaron el bastión de sus días y sueños, y menos el pulso de gruesos vinos rojos. Eran nuestros silenciosos beatniks que guardaban y protegían la palabra en esas paredes ancladas en el corazón de Santiago, verdaderos clochards, ilustrados vagabundos del Dharma, mientras los soldados y agentes cazaban a sus presas seleccionadas y erróneas, muchas veces, de acuerdo a la ley del embudo que imperaba en todo el territorio nacional por orden del tirano. No volaba ni una hoja sin que él, capitán general, no lo supiera, inclusive en el otoño. Santiago estaba ocupado, / Chile estaba ocupado. / La poesía flotaba en el ambiente. / La muerte sepultaba cuerpos, / pero no palabras. / El desierto con sus entierros / el mar con sus sepultados / una geografía de terror y muerte.

 

“Lobos y ovejas”, de Manuel Silva AcevedoDe lobos y ovejas descarriadas

Pasemos a Manuel Silva, seamos actuales, sin olvidar el pasado, que en poesía siempre existe y es importante.

Silva Acevedo en tiempos de Allende era publicista y poeta, oficio que más bien lo escoge a uno. Y para ser precisos en las fechas, en 1972 obtuvo el premio Trilce por su poemario Lobos y ovejas, escrito por el 68, 69, su libro más elogiado, considerado clave dentro de la poesía chilena, premonitorio para algunos, a pesar de sus veintidós poemas de versos breves, y su rústica edición original de formato cuadrado y de tapas rojas que mide sólo treinta centímetros. El autor revela que en ese conjunto de páginas, en ese leve espesor donde se encuadernan sus palabras, la plaquette roja de las ediciones de la Galería Paulina Waugh, sin fecha, dicen, desaparecida bajo el misterio de aquellos días, se esconde, por decirlo de alguna manera, el drama, la trama, de una ruptura matrimonial. Recuerden las visitas al desayuno que nos hacía Manuel Silva en aquellos días, formaban parte quizás de ese vendaval final de la relación de una pareja, que describe magistralmente Gonzalo Millán en su libro Vida: apocalipsis doméstico. Dos tonos muy distintos, atmósferas, recursos, lenguaje: la realidad y la parábola.

Pero dejemos al propio autor que nos afirme lo dicho con sus palabras, aunque un libro que en verdad es de poesía pueda interpretarse no sólo de una manera, sino de diversas, porque puede ser un pozo inagotable de humanidad.

Escribí este poema parabólico —de un solo aliento y prácticamente sin añadiduras y correcciones posteriores— creo que en el verano de 1969, dolido por la ruptura matrimonial. Y fue quizás este hondo sufrimiento lo que permitió despertar a una parte esencial mía y de la condición humana, desgarrada entre dos naturalezas opuestas y que, sin embargo, es de vida o muerte mantener en armonía. En 1976, una modesta edición sacó a luz estos textos y algunos críticos y comentaristas quisieron ver en ellos una clara alusión al golpe militar, a la dictadura en Chile. Sin embargo, según mi parecer, el tiempo ha ido destilando el poema más allá de todo referente histórico-temporal, situándolo en una perspectiva más próxima al misterio que encierra el alma del hombre.

(Palabras dichas a Antonio Skármeta y reproducidas por él en su nota “20 años de un clásico de los sesenta”).

¿Tenía alguna razón Silva Acevedo para desviar la lectura de su libro? Un libro es libre de interpretaciones. Lo grave es cuando cae en manos de un censor y te envía a la cárcel o al exilio, y en el mejor de los casos, te silencia y descuaderna lo encuadernado. O en las de un lector distraído.

Y en opinión de los críticos consagrados, estamos ante un libro que pareciera decir lo que no es y viceversa, porque ahonda en la ambigüedad que sostiene a un conjunto de poemas que es un solo poema de la condición humana. De Lobos y ovejas, recuerdo, finales, inicios de los setenta, imágenes, una cierta atmósfera y unos textos que mostré a Lihn, que hablaban de medrosa y él identificó, asoció automáticamente con el libro de Manuel Silva, y decidí cortar esa línea poética. Medroso, alguien tímido, temeroso, que se asusta con facilidad, dice el diccionario. ¿Qué pasaba por mi mente en aquellos días? Lihn no tenía impedimentos para decir lo que pensaba. Una garantía para acercarse a un buen texto. Leo en alguna de las notas que Lobos y ovejas está dedicado a Lihn, tengo en mis manos desde 1981 la edición emblemática de tapas rojas, un papel que ha resistido al trópico, pero no está la dedicatoria en mención. Es un apunte anecdótico para un libro “fantasma”, de modesta impresión, que adquirió una personalidad mítica, icónica a través de la crítica, el tiempo o las circunstancias. ¿El lobo nace del amor? Esa es una pregunta legítima en toda esta historia.

 

Original, pasional, espiritual, parabólico, ambiguo

Silva Acevedo atribuye a este acto poético una suerte de inspiración automática, donde el poema sale disparado del subconsciente como el hombre bala de aquellos tiempos, porque la diversión era de una inocencia absurda. ¿Qué diría el maestro Breton de este acto “surrealista”? El automatismo, preciado instrumento de lo surreal, aflora sin proponérnoslo y podría ser que este texto se fue construyendo como un bolo alimenticio, luego que fuera triturada psíquicamente la relación sentimental. El resultado es un proceso casi gástrico, natural, ácido, feroz, domesticado en la palabra poética, salvado en la pureza del subconsciente y en la dirección que el poeta otorga a sus palabras.

Lobos y ovejas surge antes de las elecciones presidenciales del 70, una atmósfera muy distinta a la dictadura, período en el cual fue publicado (1976) y al cual se asocia como una voz premonitoria previa al golpe y su desenlace en el aquelarre del 11 de septiembre de 1973.

¿País de lobos y ovejas? ¿El Lobo mayor consumó la fábula de Chile en su intento de aniquilar a la Caperucita (Oveja) Roja? Hay muchas preguntas para comprender en toda su intención a los críticos de este pequeño libro emblemático, editado a destiempo, ubicado quizás en otra época, enmarcado en la contingencia, desaparecido como tantos otros cuerpos, elevado a la trascendencia premonitoria a un poeta de lo cotidiano y que trabaja la arcilla del lugar común, botín de sus propias historias y hallazgos.

Diría es un libro original, pasional, más bien erótico-espiritual-humano, ambiguo, se aleja de las influencias que se pudieran señalar con el dedo, una individualización colectiva, viaje al interior de sí mismo, mirada que se recrea también en el espejo de la frustración, hay amor, ilusión, despecho, agresión, masoquismo, engaño, complejo, humanización, un folletín completo del dolor, coraje y de buceo interior a partir de una lerda creatura, mal parida, temerosa, soñadora, obtusa, asustadiza, tonta, ignorante, y ese mismo sol de la llanura que había calentado demasiado su cabeza, la libera.

Libro de emancipaciones y dolores, en definitiva, una poética del desgarro en toda su intensidad, complejidad y vivencias y contradicciones, que lo convierten en un mensaje bestialmente humano.

 

Bajo sus propias perturbaciones

El país vivía bajo sus propias perturbaciones, daba palos de ciego y la poesía permanecía escondida bajo las piedras de Chile y allende sus fronteras. Braulio Arenas, un viejo ex surrealista, comprendió que había llegado su hora, y escribió un himno atacando al gobierno de Allende, bajo el título “Chile es así”. El inefable poeta autor de La casa fantasma, en el país fantasma, había abandonado el surrealismo, el allendismo, casi todo a lo que había pertenecido casi convencido, y en 1984 obtuvo el codiciado Premio Nacional de Literatura. Braulio, como le llamaban sus amigos, ¿se había transformado en la afrodisíaca y venenosa Mandrágora? El país no estaba para metáforas.

El anecdotario poético chileno tiene varios tomos y es mejor no meneallo.

Un pulso de cincuenta años con la poesía, haber escrito una veintena de libros, trabajo diario con la palabra sin concesión, búsqueda constante, obra coherente, consistente, maciza, haber sobrevivido al apagón cultural, a la época, y estar en el minuto, año preciso, lugar indicado y haber aguantado esta infinita maratón del Premio Nacional de Literatura, hicieron posible que Manuel Silva Acevedo, meritoriamente, coronara su trayectoria poética con el lauro mayor.

Manuel Silva no es poeta de un solo libro. El Premio Nacional de Literatura de Chile se otorga por una obra cumplida. Esta no fue la excepción.

Todo esto será pasado, currículum, y lo que siempre importará es la obra. El podio es efímero, es el minuto de fama del cual dijo y se lamentó Manuel Silva Acevedo, aunque la premiación trae viajes, mayor atención de la obra, publicaciones, pero lo que verdaderamente importa es lo ya escrito. En tiempos en que la mano invisible del mercado escribe la historia más oscura de la especie, época que nos ha tocado vivir, una jubilación no le viene mal a nadie y por ello no debemos minimizar su importancia. Cuanto antes, mejor, para poder escribir con tranquilidad, pero los Estados mezquinos se encargan de dártela casi siempre cuando ya debiste haberte jubilado hace mucho tiempo. A De Rokha se la dieron cuando habían muerto su esposa, dos hijos, y él estaba preparando su suicidio. Lihn y Teillier fueron olvidados, ninguneados, como dos desconocidos en una estación del metro. El país es muy dado a reconocer a sus poetas post mortem, practica un extraordinario culto por la necrofilia. Nunca está de más dar un paseo por la historia reciente, Roberto Bolaño, cuando la medicina prácticamente lo había desahuciado, presentó su candidatura como un kamikaze al Premio Nacional de Literatura en el país donde nació, Chile. Me lo imagino con su acento español haciendo los trámites. ¿Una boutade, una necesidad de hacerse presente en un país donde estuvo ausente? (Al menos Bolaño, además de haber subido al Everest a la narrativa chilena, polemizaba, mantenía activa la crítica, pronunciándose de esto y aquello, sin complejos.)

¿Uno escribe desde el olvido? ¿Detrás del borroso espejo de Alicia? ¿Los jurados señoriales del stablishment hacen su propia lectura o tienen sus propios candidatos? ¿A quién le importa una vida literaria? Todos debieran estar por igual fuera del juego, antes de ingresar a la ruleta rusa bianual del Premio Nacional.

 

Marginalidad y ascenso del poeta

Manuel Silva no es poeta de un solo libro. El Premio Nacional de Literatura de Chile se otorga por una obra cumplida. Esta no fue la excepción. También pertenece a una generación, la de los 60. Generación que gira alrededor de algunas revistas del sur, Trilce, Arúspice, del norte, Tebaida, universidades, círculos, recitales, esfuerzos editoriales, búsquedas, amistades, y todos, además de otros, daban continuidad a la tradición poética de Chile, ramas de un mismo árbol. Las corrientes de Lihn y Teillier se hacían sentir en los jóvenes, y después vendría Parra con su intento de demoler todo e instalarse en el pódium. Gonzalo Rojas también tenía sus influencias.

La llamada Generación de los Sesenta había encontrado un lenguaje común, recreaba una misma atmósfera a lo largo y ancho de los más de cuatro mil kilómetros de la geografía nacional. Un señuelo propio recorría la palabra de estos jóvenes de Arica a Magallanes, asentados en Valdivia, Concepción, Santiago de Chile, en sus universidades, en las zonas urbanas y rurales, y la no siempre bien vista capital chilena era la anfitriona también de no pocos encuentros de los visitantes de las provincias, algunos públicos, otros en los principales corredores silenciosos, marginales de la urbe.

Algunos de sus pares fueron candidatos al lauro criollo del “mejor escritor nacional”, pero no hay tanta manta para los numerosos candidatos que aspiran al máximo premio nacional. Debemos anotar que los más rebeldes aspiraban a recibirlo. La tradicional pobreza y ninguneo laboral, social, de muchos escritores, empujan a esta suerte de lotería. Bob Dylan se demoró quince días en aceptar el Nobel y de buena gana lo habría dejado como una nota musical más en el limbo.

Una fuerte corriente espiritual, amatoria, cotidiana, vida rescatada del lugar común, pasión de los días del autor, atraviesa la poética de Silva Acevedo, y también pone al poeta en el centro de la marginalidad en un mundo al cual no pertenece, es nada, tema que también persigue a Lihn y a otros autores que se reflejan en una cierta escritura inservible, no útil, existente, pero no determinante. En esta generación, a la cual veo entrar tímidamente a Silva Acevedo, quizás porque los movimientos poéticos se centran en las antípodas geográficas de Chile, norte-sur, la temática en general es coloquial, objetivista, autobiográfica, amorosa, una cierta religiosidad por el cultivo de la palabra y búsqueda por el fruto esencial del árbol de la poesía.

La poesía se concentraba en el sur, donde atraviesan los caudalosos ríos, volcanes, lagos como mares, una geografía lluviosa, determinante. Cuatro de los más grandes troncos de la poesía chilena provienen de esas regiones australes, algunos trasladados a Santiago de Chile, donde vinieron a recrear sus mundos personales, visiones, existencias, vidas cargadas de vidas y nostalgias. Cuando conocí a Silva Acevedo renegaba del mundo lárico, destacaba su condición de poeta urbano, y por ahí me dedicó su libro Perturbaciones con un dejo irónico por mi supuesta inclinación por la poesía lárica, que encabezaba Teillier, mi amigo y compañero de juergas. Yo era una especie de utilero en el metier de la poesía en esa generación, buscaba y buscaba, leía lo que caía en mis manos, experimentaba, copiaba textos para ver sus estructuras, tono, y nunca fui aficionado a ningún club, ni al de Toby. Había ganado tempranamente el Primer Premio de Poesía de la Fech, 1971, libro aún inédito, y en esas reuniones escuchaba expectante, como un autista adelantado. Pertenecía a distintas bandas nocturnas, casuales, ruidosas de copas y celebraciones, donde afloraba un anecdotario de época e histórico. La nueva poesía de esa generación se cocinaba en distintos hornos y los poetas mantenían un cierto compromiso con la realidad. Por aquellos días, la revista Trilce se maqueteaba en casa de Waldo Rojas, un destacado militante de esta generación llamada también emergente, por él mismo si no me equivoco. Se cocinaba la poesía en Argomedo 285. Yo era un outsider. Neruda, recuerdo, se hizo presente con su poema “Las guerras”, en las páginas centrales. No era una historia chica.

De alguna manera me ausenté de mí mismo y de mis impares. Todo esto es, entre paréntesis, más bien parte de una atmósfera de época, porque lo que nos ocupa es la poesía de Manuel Silva Acevedo, quien forma parte destacada de la poética chilena del siglo XX y del XXI, con un puñado de libros que más que justifica este premio.

Después vino la diáspora, Francia, Rumania, Canadá, Estados Unidos, España, México, Países Bajos, Suecia, Panamá, Colombia, Argentina, Alemania, el mundo en una palabra. Un silencio ruidoso, trágico, áspero, negro, se apoderó de Chile, un país en la oscuridad.

 

Del fabular y sus parábolas

Esopo nos ejemplifica sobre las fábulas de lobos y ovejas, la Biblia y sus parábolas, el hombre y sus contradicciones, Silva Acevedo, sus lobos y ovejas, lo que más o menos somos.

Hay un lobo en mi entraña
que pugna por nacer
Mi corazón de oveja, lerda criatura
se desangra por él

Por qué si soy oveja
deploro mi ovina mansedumbre
Por qué maldigo mi pacífica cabeza
vuelta hacia el sol
Por qué deseo ahogarme
en la sangre de mis brutas hermanas
apacentadas

Me parieron de mala manera
me parieron oveja
Soy tan desgraciada y temerosa
No soy más que una oveja pordiosera
Me desprecio a mí misma
cuando escucho a los lobos
que aúllan monte adentro

Yo, la oveja soñadora,
pacía entre las nubes
Pero un día la loba me tragó
Y yo, la estúpida cordera,
conocí entonces la noche
la verdadera noche
Y allí en la tiniebla
de su entraña de loba
me sentí lobo malo de repente

(…)

Yo, la obtusa oveja,
Huía tropezando con mis hermanastras
El lobo nos seguía acezando
Y entonces yo, la oveja pródiga,
Me quedé a la zaga
El lobo bautista me dio alcance
Se me trepó al lomo derribándome
Y enterró sus colmillos en mi cuello
Vieja loba, me dijo
Vieja loba piel de oveja
Quiero morir contigo
Esperaré a los perros
La sangre me manaba a borbotones
Parecíamos un sol enterrado de cabeza
En el suelo

(Lobos y ovejas, fragmentos)

Rolando Gabrielli
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