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La rueda de la poesía

• Martes 20 de febrero de 2018

La rueda de la poesía, por Rolando Gabrielli

La rueda de la poesía va a continuar dando vueltas en una y otra dirección. Los poetas mueren, las palabras no. De la a hasta la z no todo está dicho. Cada siglo pareciera enterrar a uno o más poetas que marcaron su época, son más bien períodos, tiempos en que su visión trazó nuevas rutas, preparó tal vez la siguiente etapa, el relevo —más que generacional—, la ruta a seguir por el camino de la poesía.

Cada época tiene sus propias señales, derroteros singulares, apuestas, visiones, poetas que asumen su propio compromiso con el lenguaje, la palabra, la sociedad y la poesía. El amor y la muerte son el verano y el invierno de la poesía, la primavera es una estación más fluida y romántica quizás, abstracta como el aroma de sus flores. Está el otoño amarillo, algo introvertido, pero espléndido, de bufanda, algo de pasos distraídos entre hojas que las cunetas de las calles acumulan como los días.

La poesía también es una herramienta de conocimiento, es exploratoria de nuestros deseos, indaga, no es conformista, siempre está alerta.

Los temas son propios de la vida humana, cada generación le arranca un pelo al lobo, una hoja a la margarita y así sucesivamente, Homero nos guía ciego de felicidad o el Dante nos abre las puertas al infierno. El hombre y la poesía están llenos de interrogantes y unas cuantas aseveraciones que vuelve a revisar y corregir. Hay sorpresas y cualquier camino se bifurca. Quizás aún seamos rehenes de la mirada de Homero.

Somos el cóndor y el cordero, el yin y el yang en dos palabras, la contradicción que no lo resuelve todo, sólo aspira a que nos veamos en el espejo y no repudiemos, ni renunciemos, ni desconozcamos, la imagen.

La poesía también es una herramienta de conocimiento, es exploratoria de nuestros deseos, indaga, no es conformista, siempre está alerta, cuestiona, asume la historia, el presente, el pasado y el futuro, es aquí y ahora su palabra. Algunos pueden verla como una perdedora, descreída, pasada de moda, solterona amargada, quinceañera, infantil. Después de todo, el papel o las redes digitales, especialmente, aguantan todo.

Más cerca de la sangre que de la tinta, se dijo en su momento. ¿Y ahora, próximos al horno crematorio de la palabra por la imagen? ¿Estamos conscientes de algo? ¿Somos la esperanza de la muerte que se retrata entre los cipreses del olvido? ¿Alguien toca las campanas de la libertad para escucharlas para sí mismo?

La poesía debiera tomar nota de este período anarcobanal, de horror, no sentirse una mariposa en el caos, ni un cuervo sobre el mantel negro de la realidad, más bien realizar su oficio con la capacidad que le confiere la palabra. Tiempo de desintegración del lenguaje y de la verdad, días del polvo que no sólo nos pulveriza, sino que nos convierte en una masa líquida, deforme, maleable.

Por más inútil que quiera calificarse a la poesía en distintas épocas, con ciertas excepciones, ella subyace bajo su propio cuerpo intangible a veces, visible otras, pero presente en todas las distancias.

Viene el matador y le clava la espada, y cree haberla matado, va por sus orejas y sale corneado a la enfermería del rudo y quizás al cementerio. Cada cierto tiempo tienen que entrar esos hombres a caballo que lancean a un toro indomable, insurrecto, vanguardista de la vida y la muerte. La poesía es vida y muerte, mantiene una lucha milenaria antes de las palabras, puede haber sido primero el Verbo, pero ya había poesía. Es un estado natural de la vida, como la belleza.

La poesía no es de un solo dueño, pequeño o gran dios del verbo, sus actores se multiplican en los tiempos y en cada época.

Por todos los medios los medios nos intentan confundir, mienten, crean ansiedad, miedo, desintegran, nos hacen creer que la realidad es una como la pintan ellos. Son tiempos del escenario único del terror, del miedo al miedo, pavor y engaño, días propios del cuarto oscuro a ciegas develando la película de este cine que nos deja mudos, pero no en silencio.

La poesía es también una mueca de la sociedad, apenas un gesto, diría con Char, una señal, y así el poeta con su viejo espejo también da señales de su existencia, nos hace señales, porque es el reflejo de lo que está pasando, ocurriendo a la vuelta de la esquina y en su interior, donde procesa su propio mensaje.

De tanto estrujar, golpear un yunque con el martillo de la poesía no quedan más que fragmentos de un gran rompecabezas, y pareciera que el herrero se ha apropiado y está forjando su molde único, la pieza perfecta o imperfecta que como Frankenstein se va moldeando así misma. La poesía no es de un solo dueño, pequeño o gran dios del verbo, sus actores se multiplican en los tiempos y en cada época.

La poesía nos enseña a vivir en la desesperanza, la belleza y la muerte si es necesario, siempre es y será un plus de lo inefable. Cuando decimos más allá, ahí estará la poesía instalada, dibujándonos en el futuro, un nuevo horizonte.

La palabra no es lo nuevo / sino el ruido que nos deja / Un poema es apenas un comienzo / una y otra vez es su consigna / volver al inicio de la página en blanco / como si no la viéramos / y gatillara el silencio.

Rolando Gabrielli

Rolando Gabrielli
La musa / nunca se duerme / en sus laureles / ni se baña dos veces / en un mismo río. Rolando Gabrielli.

Sin el otro

Sin el Otro
no hay uno.
Dos pueden ser Uno.
Uno está solo.

 

He de volver a ti

He de volver a ti,
has de volver a mí,
como vinimos al mundo,
despojados de todo,
precedidos de un llanto,
unidos por un cordón
umbilical.

 

La musa

La musa
nunca se duerme
en sus laureles,
ni se baña dos veces
en un mismo río,
sólo deja la palabra correr,
agua que sólo una Diosa
ha de beber.

 

El mundo arde

El mundo arde, amor,
y yo por ti,
a fuego lento o en llamas,
según sea el día del calendario,
la procesión va por dentro,
mi antorcha favorita,
me iluminas desde las cavernas,
a estos ciegos ojos míos,
encendidos por tu belleza,
Belleza incandescente.

 

Te hiciste invisible

Te hiciste invisible, errante paloma,
aérea como la luna, un cometa fugaz,
creíste en verdad desaparecer
como tantas cosas y objetos terrenales
en esta vida que el destino escribe y reescribe,
y a veces con mala ortografía,
los lugares donde no nos hemos
podido encontrar aún.

 

Si a alguna Tribu pertenecí

Si a alguna Tribu pertenecí fue a la nómade,
errante cometa fugaz sin paradero fijo,
sólo señales, lugares, puntos, bares,
sin más apoyo que unas cuantas palabras
tomadas del uso corriente y abuso
de dos o tres lectores de ocasión
dispersos en el inconsciente colectivo de la nada.
La Tribu me llevó a todas y ninguna parte,
transformó y veló mi sueño como en las viejas
posadas medievales solían hacer con los caballeros
que guardaban algún secreto en fuga
por territorios desconocidos,
como el oscuro sueño de las palabras,
Siempre a punto de abandonar el sitio,
seguir el errante sendero que bifurca el alba,
un comienzo sin fin, la eternidad a la medida
de lo posible.

 

Esto no es un poema

Esto no es un poema,
ni pretende ser,
esa palabra que está
por decirnos algo inefable
y tal vez porque la especulación
colinda, a veces,
con la realidad y toca al ficcionar,
abrirse paso entre las palabras
y viceversa si queremos ser,
no originales, ni innovadores simplistas,
sino leer la propia escritura,
lo que debiera o no,
decir el poema.

 

La palabra

¿La palabra
me escribe
o se reescribe?
Una pregunta
es una pregunta,
a cualquier hora
de la historia.
Aun fiel al Verbo,
la palabra
es mi escritura.

Rolando Gabrielli

Rolando Gabrielli

Periodista y escritor chileno residenciado en Panamá. Poeta, narrador y ensayista. Ha obtenido diversos premios y menciones literarias en Chile, México y Panamá. Ex funcionario internacional, corresponsal extranjero en Colombia y Panamá. Ha dirigido y editado diversas publicaciones y artículos suyos han sido publicados en América Latina y Europa.

Sus textos publicados antes de 2015
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