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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

En mis palabras, otras palabras

• Domingo 25 de noviembre de 2018

Cuando tomé contacto con las vocales, el abecedario, supe que no abandonaría jamás las palabras a no ser que ellas lo hicieran. El silabario siempre está en mi memoria, la primera lectura real, la más trabajada, sudada y persistente en el día a día. Arrastraba las vocales por mi lengua enana y en el pizarrón la tiza me hacía estornudar y temblar ante la clase. Pasaron los años y no se me olvidan esos minutos de terror. Durante más de cuarenta años he sobrevivido gracias a la palabra escrita, tan despreciada, banalizada, arrinconada, menospreciada, mutilada, contaminada, tergiversada, alterada, olvidada, confundida, manipulada, censurada, silenciada pero, diría, indispensable para respirar y vivir, comunicarse. Estudié periodismo y me sentía escritor, ya en secundaria escribía poesía y mi Diario de Vida en clave. Usaba esos candaditos que los abría el viento. La seguridad de la adolescencia.

Mi primera oposición al mundo del periodismo y de las palabras fue mi padre. Simplemente un panzer sobre mi vocación. Salí ileso. Después vendrían los verdaderos panzer de Pinochet que quemarían libros, palabras, dispararían cañonazos a instalaciones de periódicos de izquierda —las palabras ensangrentadas—, prohibirían libros —la palabra oculta—, censurarían el aire de las palabras —su asfixia total. Volví a salir ileso. La biblioteca personal se desintegró en parte, sobrevivió en un gallinero, sótanos, diversas manos y terminó en un desván, una buhardilla.

La palabra suele ser indispensable, aunque se reniegue de ellas. Ahí está para descubrir y develar que los hierros y el cemento son algo más que materiales resistentes.

Mi padre redactaba muy bien y tenía una caligrafía impecable y bella, como sus números. Mi madre también redactaba estupendamente bien y su letra era femenina y estilizada. Recuerdo un telegrama que le envió a mi tío en el día de su cumpleaños, con la metáfora de Hermano Cara Pálida, haciéndole señales de humo, para que viniera a la playa donde veraneábamos. Estas palabras no son un acto biográfico, sino un racconto para introducir el texto que flota entre líneas, se ve como un iceberg, hunde como el Titanic, pero siempre asoma a alguna superficie para saber que está ahí. (Licencia de todo narrador que se estime y, sobre todo, del oficio).

Y me fui finalmente a estudiar y aprender la técnica de la escritura. Una Underwood en casa formó parte de mi primer teclado, Corona, Royal, Olympia y la Olivetti, que a veces se cansaba de tanto teclear, pero permanecía fiel al oficio, con toda su dignidad intacta. Por liviana y portátil llegué a preferirla. La época romántica de los objetos fetiche y la bohemia. Los poetas malditos. Pero el lenguaje, la palabra, trascienden toda retórica técnica. De eso pude enterarme tiempo después, con algunos conocimientos, lecturas y una buena oreja ante quienes sabían lo que hablaban en este campo, en el edén de Santiago de Chile en los sesenta y tanto. Muchos años después me enteraría de que mis palabras llegarían a sostener rascacielos. Nunca estuvo entre mis proyectos sostener con palabras esas moles de acero y vidrio que se erigen en las ciudades. Son estructuras que requieren, al parecer, no sólo de sólidas fundaciones, sino de palabras bien fundadas en sus bondades como espacios públicos y privados, para alcanzar primero a ser anteproyectos y luego, transformarse en realidades comerciales. La palabra suele ser indispensable, aunque se reniegue de ellas. Ahí está para descubrir y develar que los hierros y el cemento son algo más que materiales resistentes.

La palabra sartreana era sagrada. Fue mi época. El existencialismo de todas las primaveras. No había calendario para que las hojas del otoño comenzaran a desprenderse siquiera. La tipografía en un diario pesaba, tenía contenido, era un punto de referencia. Lecturas iconos, irremplazables, las imágenes pesaban en el cine, que también necesita de las palabras. El aparato mágico de la época era la televisión, pero también se escribían libretos. Hasta en las películas de Charles Chaplin se diseñaban a mano letreros y las palabras también estaban presentes en el cine mudo. El cine, con sus efectos especiales, carencia de argumento, es cada día más cosa del pasado, en la paradoja de la banalidad y la tecnología.

La sopa de letras fue una de mis favoritas. Me sentía como en familia. Era un placer degustar el abecedario. Mafalda también necesitaba de palabras. Se seguía escribiendo, aunque alguien decía que todo estaba escrito. Esa pudo ser la palabra boomerang, que pareciera lanzada al horizonte o al vacío, y retorna como nueva.

Escritores y periodistas han llenado la historia de palabras, o la historia ha tenido la oportunidad de ser contada. El homenaje a las palabras se ha dado en todo tiempo y para mí ha sido una satisfacción hacerlo con alguna frecuencia. Recuerdo que alguien escribió una vez que dormía con las palabras y que éstas revoloteaban sobre sus sueños, sin poder desprenderse de ellas. El peso de las palabras es notable, puede llegar al insomnio. Hay un viejo dicho, una amenaza medieval del aprendizaje: la letra con sangre entra. Un barbarismo que demuestra el valor de la palabra, su necesidad de inculcarla, bajo cualquier método.

Escribíamos y leíamos como si se fueran a acabar las páginas del mundo. Como perros vagabundos olisqueábamos las palabras en las tipografías de cada nuevo amanecer. No había tiempo, espacio, lugar, hora, donde no estuviéramos escribiendo, aterrizando con la palabra. Me inicié en el tema agrario en Chile y ahí me mantuve hasta el 11 de septiembre. Corresponsal extranjero en Colombia y Panamá. Lenguaje de agencia: preciso, pero muy sistemático, diario, sin parar. Era un sueño y lo había logrado: traspasar la frontera del miedo. Como nunca rodeado de palabras, propias y de muchos países en los teletipos. Desayuno, palabras, almuerzo, palabras y a dormir, con las palabras. Periodismo intenso en todos los ámbitos, temas. Editor internacional posteriormente, la palabra especializada por una década en Panamá y América Latina. Un mar de hechos noticiosos fue contado al mundo. ¿Vivimos de las palabras? ¿O sobrevivimos? Para un periodista y corresponsal es imposible decir “me quedé sin palabras”. Hay que escribir. Relatar, informar. Y las palabras deben ser “objetivas”, decir lo que ven, escuchan y sienten si es preciso. Las palabras adquieren vida. Son el mensaje.

Las palomas llevan mensajes escritos. Los mensajeros atravesaban cientos de kilómetros haciendo sus postas en pueblos remotos, con documentos oficiales: llevaban palabras. En la antigua Roma, célebres palabreros, poetas y escribas. En el Medioevo la palabra escrita tenía su oscuridad para las mayorías. Palabras y sentencias en papiros, bibliotecas quemadas en China y Alejandría. Nunca el fin de la palabra. Basta una carta de amor, escrita de puño y letra, para levantar una epopeya personal.

Kafka quería quemar sus palabras no impresas y si sus deseos, no del todo claros, se hubiesen cumplido, no sabríamos que vivimos en un mundo kafkiano. Todo se lo debemos a sus palabras.

En nuestra época, cientos de periodistas han sido asesinados por decir y escribir la verdad con las palabras de los hechos.

Siete palabras desde el fondo de la tierra, paridas del ombligo natural de la roca, hicieron historia recientemente. 33 mineros chilenos, uno de ellos boliviano, causaron asombro y un estallido de felicidad entre sus familiares, cuando enviaron desde los setecientos metros bajo tierra donde permanecían hacía diecisiete días sin que se supiera de sus vidas, un escueto, impactante, claro, inequívoco mensaje acerca de sus vidas: “Estamos bien en el refugio los 33”. Con letra clara, firme, la palabra en el papel ascendió la sonda que había llegado a su improvisado campamento bajo las rocas. Palabras para la historia. ¿De qué otra manera pudieran haberse comunicado desde el fondo de sus almas perdidas en la oscuridad de la tierra?

Nunca me sentí mejor como periodista que cuando visitaba en misión de trabajo El Cajón del Maipo, un lugar cercano a Santiago, enclavado en las montañas, la cordillera encajonada en el idilio natural, con sus montañas irregulares, desmembradas, ríos, lagunas, un sitio espectacular por su belleza y clima. Allí conocí nuestro río Colorado.

En nuestra época, cientos de periodistas han sido asesinados por decir y escribir la verdad con las palabras de los hechos. Detrás de la palabra está gran parte de la historia humana. El libro más leído del mundo lo siguen leyendo millones de personas cada día, repasan una y otra vez la palabra, el versículo, pasajes que millones anteriormente leían en distintas partes del mundo. ¿La palabra acomoda sus vidas? Como si todo pasara y las palabras siguieran flotando y reproduciéndose para respaldar, comunicar, alguna historia. Cada ser humano es una cantera de palabras. Lo que se suele olvidar con frecuencia es que sin lectura la palabra pierde fuerza, contenido, no se enriquece, suele quedar finalmente muda. El otro debe estar en la palabra.

En estos más de cuarenta años sosteniéndome con las palabras, he disfrutado años mi calidad de freelancer indocumentado, boicoteado, con puertas cerradas, lo que le da mérito a esta palabra medieval con que se mide un oficio realizado con absoluta independencia. Es como escribir en el aire, en una pantalla que en cualquier momento se borra, porque después la palabra se introdujo en una PC y aunque se disemina como reguero de pólvora por el mundo, compite férreamente en la derrota o en la victoria con la imagen de todo tipo, naturaleza, procedencia, tamaño, actualidad o no, porque en el universo banal los jóvenes idolatran esta efigie faraónica en que se ha transformado la representación del mundo a través de una imagen. La imagen ahora es más poderosa, porque es personal, vuelve protagonista a cualquier transeúnte que porte una cámara y está dispuesto a compartir con otros el flash. Internet se llama esta lámpara de Aladino que cualquiera conectado a la red puede frotar y pedir algún deseo o simplemente escribirlo, comunicarlo, difundirlo. Existen millones de seres anónimos que se desplazan por la red de redes, el espacio más público y global de la palabra en el siglo XXI, verdaderos enjambres de mensajes con una cierta impunidad colectiva para decir lo primero que atraviesa por sus sesos.

Ser extranjero físicamente, no sólo en la palabra, la mayoría de las veces es una necesidad, pero los tiempos no están para ejercer este oficio de traspasar fronteras y no ser acreedor de un rosario de discriminaciones que se pueden resumir en la expulsión del lugar. El cuerpo sigue siendo extranjero, un delito en sí, pero el capital goza de buena salud y la inversión proveniente del exterior siempre es bienvenida y no requiere aduana ni oficina de migración alguna. La mano de obra barata y su generosa plusvalía son buenas palabras bien administradas para el beneficiario. Si se trata de mano de obra cerebral, de un intelectual, a bajo coste, a precio de mercado de las pulgas, tiene una buena acogida y la legalidad del desamparado bajo la ley del embudo. Sólo los soldados no son extranjeros, sino invasores de la libertad.

Un freelancer extranjero juega las cartas de su propio naipe y la suerte corre por cuenta de la casa. El as es esquivo, suele estar marcado, con él juegan los más probables carceleros de tu palabra. Un escritor es extranjero en su propio país porque la crítica cada día es más inaceptable y se hace doblemente foráneo, ya que la lengua se usa para chasquearla como una lagartija en apuro. La palabra sin intermediario suele ser arrinconada. ¿Existe un matadero de la palabra? ¿La palabra está en bancarrota o no es moneda corriente ni convertible? Palabras sobre palabras pueden contar su propia historia. ¿O quizás reciclarse a sí mismas hasta el silencio?

Escritor fantasma, por mucho tiempo, indefinido, como la sombra que se aleja de su propia palabra. La palabra prestada al otro. Es un arte para el herrero herrar patas de caballo, hacer verjas, elaborar y diseñar ventanas, trabajar el metal para su uso y beneficio de otro. Cumplir, en suma, con un trabajo por y de encargo. Puede ser una pieza de pisapapeles. Bajo ella, quizás esconderse algún secreto, un documento no revelado o una simple cuenta impaga. Lo trivial no es mirar o no mirar fuera de una ventana, es no saber que el paisaje está dentro de uno.

Cada hora, en alguna catedral, un sacerdote sostiene con palabras esos muros y edificaciones construidas con el poder de la fe hace siglos. Mucha agua ha pasado, al parecer, bajo el puente de las palabras. Hoy la palabra digital viaja a la velocidad de un chat, renga, coja, mutilada, banal, desprevenida, casual, repentina, y aun así, tan temporales, circunstanciales, frívolas, se alojan en la yugular y psiquis del receptor. Los celulares tienen la voz, la palabra y la imagen, sobre todo, esas que se las lleva el viento. Es un mundo de nuevos dioses, que emiten un pii piiiiiiii… el sonido que llama, convoca a una misma soledad a lo que antes fue una tribu. En las reuniones, almuerzos, oficinas, automóviles, supermercados, malls, frente a sus parejas, fiestas, parques, en el baño, la cocina, en la cama, estacionamientos, calles, en alguna esquina del planeta público, se les ve sonrientes y con los dedos volar en la palabra frente a la pantallita hipnótica. Sienten que no están solos. Es el zumbido de abejas que no producen miel ni polinizan, más bien moscas con su nuevo abecedario entrecortado, atrapados en estas redes espontáneas.

Llegó el blog y nos fuimos en ese carro mirando hacia el horizonte donde la luz de la oscuridad se pierde y no hay velas para encontrarla o rendirle homenaje.

Otra era, gustos, modas diferentes, herramientas nuevas, el arte se mira de espaldas, el ocio camina por la cornisa inconscientemente. Vendrán estudiosos biodigitales de estos nuevos seres que deambulan por la Tierra. Atraviesan los cristales del mediodía en sus pequeñas babeles y se retroalimentan sin pausa, con prisa, acarician deslumbrados este instante que les facilita la tecnología y los pone en línea. “Ya voy / ya vengo / ya estoy / voy saliendo para allá / Estoy aquí / Y me moveré / Nos encontramos…”. La posmodernidad se ha instalado con sus medios dominantes. Es un hecho y lamentable. Los grandes relatos, con historia, lenguaje, están en el cajón de la basura de este nuevo mundo que abrió las puertas de par en par al espectáculo.

Llegó el blog y nos fuimos en ese carro mirando hacia el horizonte donde la luz de la oscuridad se pierde y no hay velas para encontrarla o rendirle homenaje. Fue una salida individual, a capela dentro de la posmodernidad, solo frente al espejo de las palabras. Un pequeño paso para escapar del plagio, la envidia, egoísmo, realizar un proyecto propio aparentemente lejos de la maquinaria del establecimiento, de los autores del silencio, ninguneo. El sueño de la libertad real, de pronto, se acabó. Se impusieron los anónimos y los robots operaron en consecuencia y se deslizó la censura a través de un curioso aviso que brinda dos posibilidades para entrar o detenerse frente al pozo de las palabras. Un menú-aviso que durante un tiempo se violaba a sí mismo, porque no permitía ni las dos opciones que le daba a los internautas para ingresar al blog bloqueado. (Durante cincuenta años se ha bloqueado una isla que sólo el mar puede hundir).

Periodismo online, palabras que vuelan distancias, pierden sus huellas, experiencia vivida con La Prensa de Nueva York. Reproducían los artículos sin mi firma. Dicen que se perdía el nombre por un error en la programación de la información en la PC. Otro enfoque del truco, naufragio cibernético, magia perfecta del olvido. Difícil navegar en una ciénaga.

Siempre me he preguntado si se han dicho tantas palabras como arena existe en el desierto. ¿Cuál sería el eco si las palabras más antiguas volvieran a hablar? ¿Existe algún vertedero para arrojar las palabras inútiles? ¿Cuántas palabras para no decir nada? ¿Cuántas palabras se necesitan para declarar el amor, la guerra o la paz? La palabra finiquito puede ser un nuevo comienzo.

Me quedo con las palabras abalorio, alféizar, almohada, azafrán, diván, ajedrez, almacén, alcoba, azar, guitarra, paraíso, gitana, muro, alfombra, desierto, sol, sueño, andén, estación, puente, cerrojo, calendario, viaje y mar.

La palabra aún no se despeina ante estas tempestades y mantiene los vicios de su belleza, la revolución del lenguaje, esa agitación continua del verbo. Los pueblos, que no necesitan licencia gramatical, seguirán creando nuevas palabras, llamando a las cosas por su nombre y el que aún desconocemos.

Rolando Gabrielli

Rolando Gabrielli

Periodista y escritor chileno residenciado en Panamá. Poeta, narrador y ensayista. Ha obtenido diversos premios y menciones literarias en Chile, México y Panamá. Ex funcionario internacional, corresponsal extranjero en Colombia y Panamá. Ha dirigido y editado diversas publicaciones y artículos suyos han sido publicados en América Latina y Europa.

Sus textos publicados antes de 2015
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Ciudad Letralia: Fechado en Panamá
Editorial Letralia: Residencia en la Tierra de Letras (coautor)
Editorial Letralia: 12 años de Letralia. Literatura y bits desde la Tierra de Letras (coautor)
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