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Valparaíso y otros poemas

sábado 16 de febrero de 2019
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Valparaíso y otros poemas, por Rolando Gabrielli

Las calles de Valparaíso y la atmósfera única de la ciudad portuaria tienen su propia metafísica, algo de ese más allá suspendido en el aire, sus recodos, lugares secretos, el laberinto de unos sueños interminables. La pobreza tiene colores en el puerto y la riqueza de su monumental historia, vive en cada uno de sus números, 40, cerros que convierten su paisaje en una geometría imperfecta, lúdica y fantasiosa.

Camino por el puerto como un recién nacido, estas viejas calles son nuevas para mí, han pasado 31 largos años, y Valparaíso era sólo memoria, un tiempo fugaz, devorado por más tiempo, y su mar torrentoso silbando días de lluvia y niebla, la costa de Chile.

He vuelto, le digo al puerto, sé que nadie me esperaba, sino sus antiguos bares y plazas, los balcones hacia el precipicio, tierra de terremotos y abismos, mar huracanado. Hay mucho olvido en algunos barrios, laberintos, soledad de puerto, mar de viento y tempestades.

Recorro el espinazo del puerto, sus vertebras, hombros, los huesos de su inacabado cuerpo, asciendo por sus erros y calles sin destino más que un cielo azul que cae sobre la ciudad aún suspendida en el sueño.

El puerto son todas las noches y una misma oscuridad reunida en este mar que retumba en la ciudad y en mi memoria. El mar, el mar de Chile olor a cochayuyo, agitado de espumas y olas, azul, ronco, silencioso de profundidades, vasto y principal.

Valparaíso, capitán del Pacífico, vas de viaje, aunque eres puerto, llegan y se van contigo tantos sueños hacia otros mares, mercancías, madera, perfumes, sedas, frutas, gente que deja paisajes y otras gentes. El mar, el mar Valparaíso, trae y lleva destinos.

Desde Cerro Alegre contemplo mi memoria, es tiempo de mar, de nubes errantes, aquí en el verano del 2019, Chile es su geografía desmembrada, abismos, sus bosques artificiales y nativos ardiendo en un mismo lugar, la tierra que llama nuevamente a construir sobre ella la casa nueva, el desierto que construye su Arca de Noé y volvemos a mirar las estrellas que no abandonan el cielo de Chile.

Aquí se rompen la geografía, la tierra, los ríos, la destrucción sella la identidad de Chile, y son los cerros del puerto los que iluminan la historia con sus casitas precipitándose a los abismos de la metafísica, naciendo antes del alba, la palabra y estas calles empinadas, silenciosamente mudas ascienden más allá de nosotros mismos.

El tiempo es viaje / la luz del estío sobre el lomo de la ciudad / ahí persisten mis pasos / las huellas que en alguna fecha crecerán / o alguien descubrirá en la arqueología / de su presente / Vamos puerto de mis amores / sueños a gotera / desvencijados / se repiten en estas calles locas / Nadie puede olvidarte / son horas nuevas / un reencuentro / la fuerza inevitable / que el viento arroja / frente al mar / y ancla junto a tu muelle.

El puerto es más fuerte que sus marejadas, terremotos, vientos huracanados y su paisaje es más que una postal. Es sobre todo su paisaje, lo instalado, esa acumulación del tiempo y las cosas en un solo lugar y al mismo tiempo. No sería suficiente un millón de arquitectos para diseñar u construir este maravilloso disparate, Valparaíso. Todo lo contienen el amanecer y la noche, el día cotidiano de Valparaíso.

Hay puerto cuando alguien arriba a un lugar o simplemente lo abandona y se echa a la mar.

Valparaíso, te debía algo más que el silencio.


Sobreviví

Sobreviví,
equilibrista
sin red,
en el vértigo
del asombro,
respirando
bajo una luz fría,
esquizofrénica, caótica,
demencial
que alumbra caminos
desconocidos.
Sobreviví,
como pude,
y viví.

 

Vicente, Pablo y Nicanor
(Todos iban a ser reyes)

Han visto la muerte al otro lado del mar,
la gloria aquí al desayunar una mañana,
su poesía recorrió los caminos de Chile y más allá,
fueron profetas bajo las piedras sobre las estrellas,
se regatearon unos a otros y fueron a dormir
cerca de las mismas tormentosas aguas
La paz de tres cruces y una sola isla.
No firmaron ningún acta y se reunieron
años antes, años después,
en el silabario mayor de la poesía
por capricho del tiempo y la geografía.
¿Nacieron para morir frente al mar
o murieron para nacer bajo sus aguas?
Cada uno cuenta su historia con sus palabras,
léanlos y después me dicen
quién escribió el gran poema.
Todos iban a ser reyes.

 

New York (N. Y.)

New York (N. Y.)
Manzana,
muérdeme.
Yo soy
tu fruto.

 

Fuiste sombra

Fuiste sombra,
oscuro riel del camino.
Vagaste en algún sentido,
contra el río y sus aguas.
Había luna y sol,
amanecer y noche
en un mismo lugar,
dormiste a la intemperie
y trazaste la ruta
desde algún punto.
Partiste, oh desconocida.

 

Un autista sin nombre

Fuiste un autista sin nombre
por las calles de Santiago,
tantos años después de la sangre
y la muerte en alta mar,
donde buceaban ciegos
los cadáveres arrojados vivos
del alto cielo.
Volviste, extranjero, forastero,
en tierra de nadie dominada
por el sopor del verano.
Una raza digital, estúpida,
se erige en las sombras
del día y la noche,
a todas las horas posibles
conectada con la distancia,
minusválida de afectos personales,
ríe en solitario y un selfie
se llena de autoestima y realismo,
viajando por el Metro.
La belleza del diálogo
se perdió en alguna estación
por construirse en alguna
nueva ruta.
Has estado allí para verlo,
la primavera fue otra cosa
se sostenía por sí misma,
con su encanto provinciano,
alejada del bullicio,
más bien envuelta en la seda
que arroja el gusano
antes de volar.
La ciudad es la metáfora perfecta
de un cuerpo desnudo,
sin alas.
Tus compañeros de juego
se habían jubilado,
la casa paterna derruida por el tiempo
y abandono,
tu madre silenciosa te recibió
alegre después de las flores
que pusiste en su tumba.
Todo ha cambiado para peor,
la poesía no es ni la sombra
de algunas palabras
que alguna vez escuchaste,
de algún poeta ebrio
en las noches de Santiago.
No importa la fe
que tú profeses, me digo,
la suerte está echada,
sigue soñando los viejos sueños,
puede ser un camino fácil y repetido,
pero la ciudad seguirá siendo
una metáfora
de lo que fuiste y no fuiste,
de tu suerte de no haberte
convertido en lápida
para las futuras generaciones,
antes de tiempo.

 

Se mueve el mundo

Se mueve el mundo y son tus pies,
errante, sin corbata, por el trópico,
giran el universo y sus estrellas,
en otro lugar de la geografía
camina otro como tú las distancias
del día y de su tiempo.
Juegas en tus manos
con la pequeña brújula de madera
que te regaló tu hija
para que no pierdas el norte.
Los puntos cardinales fueron
tu debilidad en el sueño
de cruzar las fronteras
desde la infancia.
¿Qué habrá al otro lado
de nosotros mismos?
En el fondo desde el sur,
esa era la gran pregunta,
a resolver o no
en el tiempo de la duda.

 

Aré en el mar

Aré en el mar,
en la cordillera,
aré con mi generación,
aré en esta loca época,
aré una y otra vez en el desierto,
en la poesía,
aré en nombre de mi memoria,
aré, aré de sol a sol
como un buey,
sin detenerme,
con mis propios pasos
por las calles, el Metro 
y la geografía de Chile,
en vano,
como el desconocido
que siempre fui,
la sombra 
de mi destino.
El más ausente
se hizo presente,
no más.

 

Todo lo hice al revés

Todo lo hice al revés
y el espejo me devolvió
su mirada.
No hice más que reírme 
y se quebró.
Mala suerte o no,
seguí viviendo
con el reflejo
de cada palabra.

 

Mundo

Mundo,
te has hecho pequeño,
egoísta, banal estúpido,
por si algo te faltara,
bravucón y no sabes
hacia dónde vas.
Ridículo ser,
hombre, compórtate.
La Historia
no está para repeticiones,
no es una puta desdentada,
a punto de parir tus nuevos errores.
Olvidadiza mujerzuela, dirás,
pero es sabia astuta
y te observa
por el rabo del ojo,
como a un recién nacido.

 

Del viejo Chile

Del viejo Chile
sólo quedan gotas de sangre,
viejas torturas de su pasado,
la Capitanía General
con espuelas huasas,
una incertidumbre voraz,
la rapiña del águila y el cóndor,
los mismos caballeros
autores del presente de Chile
con su banderita tricolor
y estandartes de miseria.
Así presiden la historia
que a diario ejecutan
con letanías de progreso
y oportunidades.
Hay ratas en todo el granero,
señor Presidente,
y usted le sonríe a la miseria
con su mejor cara.
La publicidad no es gratuita,
la realidad sigue teniendo vigencia,
más allá de estas palabras.

 

En esta época

En esta época
de fértiles gusanos,
¿qué le queda
al cuerpo, amor,
sino sobrevivir?

 

Van orando las palabras

Van orando las palabras
sin que nadie las pronuncie
Su voz al callando,
las ora el negro,
el blanco
Son estas rosas pálidas
las que duermen
en mis vigilias
Las sueño
como si estuvieran escritas.

 

He vuelto a leer las piedras de Chile

He vuelto a leer las piedras de Chile,
a traducir en la roca los caminos que me llevaron
de regreso y que volveré a dejar a mis espaldas.
La cordillera me ha hablado con sus múltiples voces
y no he dejado de escuchar su silencio,
por la sinuosa carretera del limpio asfalto.
El río oscuro que atraviesa la montaña,
los metales que con sus colores hablan
del país que somos y nos reconocemos,
pero la piedra, digo, también es el paisaje,
la palabra contenida en la soledad
de estos días en la inmensidad
que deja la noche al bajar el río.
Nadie moverá una sola piedra
sin que la naturaleza no lo sepa,
ni hablará por ellas bajo las aguas
que aún resuenan en mi memoria.

 

¿Una ciudad llena de poetas?

¿Una ciudad llena de poetas?
¿Adónde me has traído, camino,
a vagar por tus calles llenas de ofertas,
gente apresurada que camina en dirección vertical,
horizontal, perpendicular, transversal,
sin más destino que el Metro?
Me quedo con las palomas
en la Plaza de Armas,
que aspiran a unas cuantas migajas de pan.
Las leyes prohíben mirar fijamente
más de dos veces a una mujer,
en estricto orden me siento a observar
el desplazamiento de las masas
en ese desencuentro del anonimato,
el no saber que viven y comparten
un mismo lugar, si les diera la gana.
Miłosz se pregunta: ¿Qué clase de poesía es aquella
que no salva naciones o pueblos?
No sé si es ingenuo o así se pensaba en otra época
o realmente es probable que pueda ocurrir.
Los poetas que han dicho algo en esta ciudad
están muertos o al borde del epitafio,
síntesis de lo ya dicho.

 

La poesía no cambiará nada

La poesía no cambiará nada.
¿Esa es su función o defunción?
Un verso, las palabras van y vienen,
cómo lo decimos y por qué,
quizás sea un camino,
una pista que debemos seguir
con curiosidad, tenacidad y oficio,
amor, dolor, por lo que hacemos,
como cuando le cae el arpón
al tiburón.

 

Casi todo es común

Sentado en una banca
de una ciudad que ya no reconozco,
y que amé por su belleza y fealdad,
las palomas hacen del lugar
un sitio menos desconocido,
más universal.
Distraen el paisaje
común y corriente
de aquellos y estos días
Pasa gente que el sol
hace brillar sus rostros.
Casi todo es común,
como cualquier calle o parque,
pero quizás alguien nos sorprenda
con algún tatuaje,
un corte de pelo mohicano
y el tedio de la ciudad
se disimule un poco más.
Son rostros que no buscan una mirada,
son parte del paisaje,
nada más.

 

Frente al Hudson

Detrás de una banca, frente al Hudson,
la ciudad tiene un ojo que no descansa
y la estatua está herida.
Es un río, nos dice Whitman con su mano
tibia extendida, rompe el hueso de la noche,
la ilumina y nace el hierro frío,
sangra el Hudson.
El río no muere, la ciudad sueña,
el petróleo vuelve al pozo
y el día a la noche.
No ha pasado nada,
aparentemente,
pero nadie se fía
de un río.

 

Ulises, el viaje

Ulises,
el viaje, la memoria,
no mires atrás,
ningún gigante o nube errante
cambiará el curso de tus sentidos.
La isla, el hilo que tejes
se desteje, Homero,
en cada palabra, los pasos
de tu propio destino.

 

Cuerpo celestial

Cometa helado deambulas por el vacío
y en tu incierto paradero huyes,
viejo escombro de estrellas interestelares,
tu cuerpo celestial me fascina.
Viajas en tu propia galaxia
y al salir de tu ventana espacial,
te adueñas de nuestro mundo,
esta esfera loca llena de agua
que patalea en un universo desconocido.

 

Hoy se disparó a la eternidad

Hoy se disparó
a la eternidad Violeta Parra,
un 5 de febrero, en La Reina,
en un arpa de sueños, amores
y cantos populares.
El angelito de su ronca voz
sintió el impacto seco,
mudo, que truncó su alma, voz
sabia, de vieja cantora popular.
Violeta partió al más allá
y nos dejó su canto en la tierra,
el silencio único de su voz.

Rolando Gabrielli
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