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El futuro estaba escrito por un solo lado

lunes 9 de septiembre de 2019
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El futuro estaba escrito por un solo lado, por Rolando Gabrielli
Denver entraba en complicidad con el periódico invisible sin proponérselo, estaba hecho a su medida, ninguno de los dos adquiría categoría de tangible, no estaban registrados, formaban parte de la nube de humo de los sueños de opio y se transformaban en materia útil para un relato fantástico. Fotografía: Craig Whitehead • Unsplash
Extranjero, me dice el espejo,
le guiño un ojo y le advierto,
cuidado, no te miro más.
Rolando Gabrielli

La palabra en custodia

Denver, que no era Denver en ese entonces, desapareció aquella noche cuando el automóvil mafioso giró por una calle y se perdió de vista. La aventura del periódico invisible, su frustrado nacimiento y una suerte de ejercicio ocioso y dudoso, quedaban reducidos a una de las tantas historias de la vida. Un hilo oscuro se extendió más denso por la oscuridad y la ciudad quedó en silencio, el automóvil desvió su armatoste y legendaria carrocería por una calle sin nombre. Denver sabía que dejaba algo atrás para siempre. Las decisiones drásticas tienen el signo feroz del ultimátum y no se apiadan de sí mismas, sólo se expresan y ejecutan. Convertir el oficio en un simulacro permanente, escribir para una prueba en serie que nadie leería, reafirmar la noticia en un mensaje inexistente, tenía un tiempo de duración para alguien que consideraba que el periodismo es una pasión. Fue una noche memorable por lo tranquila, se cerraba un capítulo que había abierto el destino de una manera torcida con verdadero suspenso de novela policiaca. Nadie podía asegurar nada, ni el propio azar se atrevería a conducir hacia un camino sin puerto. En esa época, el periodismo aún conservaba algunos códigos, se podía encontrar la verdad, escarbando como una urraca si fuera necesario. Quizás ese periódico se había adelantado a su época, explicándonos que esa era la mejor manera de informar, reflejar las palabras contra un espejo infinito. El periódico se burlaba de un oficio de atmósfera, tensión, urgencias, cierres de última hora, periodismo investigativo y bien reporteado. Una caricatura se instalaba en el imaginario colectivo con la prudencia que impone un tiempo que se eximía de cualquier control y medida. Un diario que no superaba las paredes del viejo hotel abandonado en pleno centro de la ciudad, reciclado como chatarra urbana para nuevas funciones destinadas a no funcionar. El hotel y la empresa informativa operaban bajo una misma sombra en simbiosis perfecta. Dos fantasmas para un solo cuerpo: el olvido. La palabra en custodia. Denver volvía a las calles silenciosas de una vida en fuga, el más fugaz de los invisibles, recurriría al modo freelance de la cuerda floja.

Migra, migra, pájaro / los inviernos son duros / tiempo de alas rotas / vuela, vuela / es tiempo de volar / mañana otro día en algún lugar / Nadie lo hará por ti / ni abrirá las puertas / para volver a empezar / Sólo migra, migra…

 

Las palabras de Cyrano

Patinaba en el hielo tropical de memoria sin salirse de la pista marcada a hierro por el anonimato. Un hombre de la Edad Media que suscribía algo más que refranes apocalípticos desde el anonimato, devendría con el tiempo en un moderno Cyrano de Bergerac, apoyado en la aventura rosa, el donjuanismo, con unas gotas del Marqués de Sade y acodado, él, a la deriva de sus nuevos tiempos. Traducir el amor por encargo, una suerte de folletín digital moderno, vertiginoso, audaz, circunstancial, tenía el valor de la espontaneidad que tanto valorizan las femmes en estas relaciones furtivas que a veces resultan letales, dependiendo del manejo del verbo, su profundidad, levedad y musicalidad. Las palabras exactas al oído tembloroso, receptivo y de caracol con sintonía marina. En la variedad de los casos, estaba el placer de la escritura. Una suerte de palabra samaritana con énfasis en la felicidad y la comunión de dos personas tras un mismo fin, el amor, recorrían vibrantes, ocasionales, una escritura menor de lo cotidiano, aquello aparentemente cursi, pero tan necesario para remar en búsqueda de lo que llaman dicha. Convertir el interés de dos en un encuentro real, hacer posible ese vínculo a través y más allá de las palabras. La lista adquirió el carácter de colección y el verbo se convirtió en arte y maestría con todo su poder de persuasión. Era como acercar dos caminos en distintas direcciones y ponerlos en un punto fijo, un cruce perfecto, donde el asfalto comulga entre sí y las huellas son una sola. El trabajo consistió, finalmente, en una conexión perfecta y directa al ego, ese duendecillo que hace crecer expectativas y demuele el sentido común. La oveja busca descarriarse en la montaña y en plena planicie. Pareciera ser su destino. Hoy en la red toda la psiquis humana se viste y desviste e instala al mismo tiempo el cuerpo en el diván de la imagen desnuda a punto de un selfie. (Soy yo mismo / con mi Ego a la intemperie / Lanzado al mundo de los ojos / Fácil comunicación global / Imagen, adorada imagen / En mi mundo soy única referencia).

Me preguntas si hay un jardín / para las palabras / y sólo veo la cirugía del verbo / la palabra amor / que no deja espacio ni aire / menos tiempo / Cura, sabes que cura / El hoy es pasado en esta prisa que llevas / Oh, pequeño motor del mundo / todo pareciera cuesta arriba / el Sol, una esperanza / que se extinguirá / pero nos habremos bañado en solitarias y doradas playas / y perdurarán nuestras huellas sobre la arena / aún después que las olas se las lleve el mar. / Un comienzo es un comienzo / al menos por ahora. / El futuro puede estar escrito por un solo lado.

 

El carrusel de Limbo City

Asumiría de ahora en adelante un irrestricto anonimato, un estado de no pertenencia, limbo absoluto aconsejable para días impredecibles, inevitables en el carrusel de Limbo City, organizado por un caos natural que escapa de cualquier mano visible y nunca favorecerá tu destino. El camino equivocado siempre acecha en lugares que prohíben las brújulas y las señalizaciones, supuestamente más orientadoras de las ciudades que dicen en alguna esquina One way. En un principio te sorprenderá, amigo, pero luego agradecerás, porque estás sin salida, y nadie te lo dice, al menos esos letreros lo advierten. Hay que interpretar este escenario de rutas indefinidas, cruce, encrucijadas, y aunque no te conducirán a ningún tesoro escondido, probarán tu espíritu aventurero, de corsario, y sobre todo, paciencia de monja en claustro. Para un ciudadano invisible, sobreviviente a una muerte civil, forma parte de sus rutas que le llevan a ninguna parte, más bien a un sitio diferente, desconocido por lo repetido, carente de identidad. Te vas transformando en un paisaje secreto, sin presencia pública, en ese escarabajo de la metamorfosis kafkiana que no quiere salir del cuarto de su casa, por temor a que la realidad no tenga un punto de referencia. Te obligan a no mirarte al espejo, porque podrías descubrir tu rostro y ser identificado finalmente por un mero reflejo de una imagen que ni siquiera tú conoces. Es mejor dejarlo todo a la memoria, a otro plano, donde sólo es real ese mundo arbitrario que vislumbra el futuro en un opaco retrovisor. La figura del caleidoscopio es interesante, porque es un saco sin fin de imágenes que distraen al menos imaginativo de los observadores y lo obligan a pensar que hay múltiples posibilidades que desafían siempre la curiosidad humana. Tenemos algo de felinos, una especie en aventura permanente olfatea la atmósfera que compartimos. De alguna manera, la ciudad te entrega la conducción de tu vida dentro de sus linderos, ofrece sus espacios, pero tú los habitas, te apropias, fundas, compartes, los transformas con sólo mirarlos, recorrerlos, ubicarlos donde estimas conveniente en el lado del presente y de los recuerdos. ¿A tu manera, Frank? La ciudad se desprende de sí misma con tal generosidad que sus inquilinos debieran llegar a amarla sólo por solidaridad con su espíritu urbano de anfitriona sin complejos. Cuando la saturan de construcciones banales, que ni ellas mismas terminan de comprender el mal gusto de su autor y la desgraciada inocencia de su inquilino, a veces propietario. La fealdad es tan invasora, descortés, carece de complejos, impone su avasalladora personalidad. Pienso que nunca se ha mirado al espejo. No sabe qué pueden llegar a pensar de ella. Su condición es tan rotunda, invita al respeto, a ser más austeros en una opinión, diría, sobrios. La belleza, en cambio, es devastadoramente presente, hasta por omisión, espontánea por convicción, cuando se sabe sin competencia y más cuando se siente en una lucha de escaparates o maniquíes de pasarelas, convocada a alegrar una reunión de agentes golosos dispuestos a viralizar el momento top.

 

El sueño, una copia de la realidad

La ciudad se había distanciado de sí misma. Y uno qué puede hacer ante una situación en que siente la piel fría de un entorno urbano inexistente, prácticamente divorciado del lugar. Nos borrábamos literalmente como parte de un mismo escenario inconcluso, fracturado de manera irreversible. Extranjero uno, no está llamado más que a seguir el ritmo con sus propios pasos y convertirse en parte de ese fragmento que no es más que un pedazo del rompecabezas que arma a su manera quien habita ese espacio que no termina de convertirse en un lugar. Siempre existe la posibilidad de una complicidad y está por descubrirse. A veces es casual y otras intencional. Lo más recomendable es dialogar de manera amable con el sitio, conquistarlo por más disparatado que sea. Claro, es un consejo aceptable después de haberse estrellado con la sombra de los muros invisibles de la ciudad. Así ocurre en las relaciones humanas y con los propios trabajos. Una piedra en el camino no supera la metáfora de la estupidez humana. Ni cien, ni la montaña entera. Disolverse, ausentarse en el silencio, podría ser el mejor mensaje de ese momento. Dejar que las piedras rueden a voluntad en cualquier camino.

No era sólo su vida personal, Denver entraba en complicidad con el periódico invisible sin proponérselo, estaba hecho a su medida, ninguno de los dos adquiría categoría de tangible, no estaban registrados, formaban parte de la nube de humo de los sueños de opio y se transformaban en materia útil para un relato fantástico. El sueño es una vulgar copia de la realidad, ese subproducto de la fantasía que tanto nos anima a continuarlo. La metáfora del sueño pareciera reciclarse a sí misma. Da vuelta la página, dice uno de los protagonistas, invita gráficamente a hacerlo, pero no es real, es una versión del diario invisible, cuya materialidad es apenas su ejercicio, una búsqueda de lo inútil. Si este periódico se mirara al espejo en un sueño, tal vez se reconocería en el engranaje que permite la reconstrucción de la quimera que proporciona una suerte de duermevela. Sabría que fue soñado para no ser real. Todo cuerpo en sí mismo, no constituye un delito, pero podría llegar a serlo.

 

La nube pensante

De manera grosera se enredaban los técnicos en un software que no era aconsejable, digamos, amigable, para periódicos. Se negaba a sí mismo su nacimiento y más bien se mostraba como el eslabón perdido de la prensa. La orquestación perfecta de un concierto mudo. ¿Quién había inventado esta ficción? Un nuevo género de suspenso, no conocer el comienzo de este magnífico libreto que se hace y deshace cada día. Un periodismo chicle, útil como una goma de mascar, duradero de un par de horas y escupido en una alfombra mágica de un hotel sin huéspedes. El tacho de basura era un lugar útil para depositar ideas condenadas al fracaso. Aquí la profesión mostraba sus peores colmillos y algún distraído diente de leche. Se discutían pautas hipotéticas. Notas sin destino, pero de uso masivo. Editoriales memorables, guías insuperables de la buena gobernanza. Notas insólitas, bajo el sugerente título: Surprise. La sección: Contradicciones a mediodía, la leerían oficinistas aburridos a la hora del almuerzo. Banalidades profundas, era del agrado de un viejo cronista de provincia, que nos animaba a lo cotidiano. En economía, por ejemplo: El eterno progreso y El dato irrepetible, El mercado te ama. Claro, en algunas sesiones de lluvia de ideas —suena un poco pretencioso— se especulaba con algunas posibilidades de artículos: La metafísica del silencio; La impostura de la lluvia; Un mar salado sin horizonte; La Nube pensante; La hora puntual; Abordemos la realidad; El arte invisible; El éxito no es nada sin ti; La ciudad sin espacio, etc. Ideas sobraban. Consejos del Profesor Diván era una columna muy froidiana, pensada para parejas jóvenes sin rumbo conocido. La intención era obtener información de la materia prima directa. Había un poeta, no faltan, que insistía en algo trivial: El rincón de la poesía, no sólo escolar, pueril, sino humillante para la poesía y los vates en general. Una manera de tirarle un hueso al género, dijo en una ocasión una colaboradora, suerte de musa frustrada. Un pozo de imaginación era lo que surtían esas reuniones ocasionales, que no escatimaban en lanzar propuestas por si las moscas. Surgían ideas, teorías, fascinantes, hacer un texto donde el periodista no tuviera ningún dominio sobre las palabras, no encontrara nunca su estructura, más bien incluyera fragmentos sin unidad alguna, de hechos fracturados, a la deriva, una suerte de prosa, si se le pudiera llamar así a trozos de frases que carecieran de mensaje. Innovador si lo miramos con ojos del siglo XXI, actuales, porque en el fondo interpreta la información como la conocemos hoy: una colcha de retazos sin terminar. Es una mirada pionera, en todo caso. No es poco, advertir de un gusano gelatinoso, cien pies, abre las puertas del mundo noticioso en las redes. El debate lleva a eso. A traducir una época. No se puede hablar, afirmar, ni calificar a secas: esquizofrénica, estúpida, banal, peligrosamente alegre, en ningún caso trasgresora, sino cuidadosamente negligente. Se podrían enumerar las faltas, pero para ello se requiere un compromiso. No es el caso. Los tiempos no ameritan una atención más allá del celular. Que otros se manejen con el refrán, el ojo del amo engorda el caballo. No faltará quien califique la frase de machista y sienta el relinchar de la yegua a modo de protesta o simple llamada de atención. Época líquida, la calificó el filósofo, donde los compromisos resbalan, brillan por su incapacidad de comprometerse. Más que redundancia o falta de semántica, lenguaje, gramática, o lo que sea, la condición humana se fue de paseo.

 

El poder del olvido

Una isla / no siempre espera a un náufrago / ella confía en su soledad / el silencio de sus playas / la vocación de las olas que no le abandonan / Tierra firme es otra cosa / es parte de una misma parte / la isla es también el mar.

Lanzar una botella al mar con un SOS tenía más sentido. El director escribía sus proyectos en el aire, dibujaba las salidas de los reporteros en servilletas usadas, caminaba por las alfombras como un ángel confundido, descarriado, la hora de cierre no tenía fin ni comienzo. La verdad es que no se requería de dirección, porque no íbamos para ninguna parte. Un gran chiste abrazaba a toda la redacción. Si el director divagaba alucinado en pleno dominio de su desvarío, la orquesta no contaba con un Titanic para dramatizar la escena. Denver, en una pequeña habitación con una vista al cemento hostil de una calle lateral, veía correr las horas en el reloj de su muñeca sin mayores pretensiones. Una ventana puede decir muchas cosas, ser indiscreta o absolutamente indiferente. Sí, vidrios para observar un mismo paisaje, ese lugar que se repite y a nadie asombra, menos importa. Denver le dedicaba una mirada cada mañana, veía el sitio como parte de su jornada, único, estaba ahí, tenía un sentido de pertenencia. Compartía ese inocuo espacio con la complicidad de una taza de café que anulaba el malestar de la mañana, cargada de tedio en la mayoría de los días. Había que sobrevivir, casi por un compromiso, pero en verdad era un desafío del destino. Nadie apuesta cuando no hay un premio, un objetivo que alcanzar. Es casi una verdad, en el peor de los casos una afirmación con algo de respaldo. Salir de la habitación con la mirada al exterior, aunque fuera hacia unos cuantos metros rodeados de cemento, le permitía compartir con algo personal y único. Estaba solo, con sus decisiones que carecían de importancia. Tenía el poder de una pantalla, cuya luz iluminaba un pequeño espacio seleccionado por sus ojos. Más que la palabra escrita, ejercía el poder del olvido, registrado cada día en el juego de un silencio calculado y tácitamente incorporado a esta invención local del tiempo perdido. Se sentía seguro, un proyecto es eso, una posibilidad, nada más.

 

La inocencia de la primavera

Nadie dejaba huellas que comprobaran un ejercicio organizado para su fracaso de antemano. Kafka, si estuviera aquí, viejo kafkiano, caminaría por la alfombra esperando que lo condujera al túnel del tiempo. No haría más antesala para ningún encuentro furtivo en Viena o en Praga, sólo señas a lo lejos, no más que una señal, y desaparecería remando su bote por el Moldava para llenar sus pulmones de oxígeno. A veces pienso que K nos enseñó que la espera es la más deseada de las urgencias, una aventura en sí misma, pero aun así pareciera que un destino no escrito interviene con propósitos desconocidos y que no deseamos averiguar. ¿Siempre regresaremos a la infancia?

Anoche soñé contigo, estabas en la casa de mi infancia, ¿qué hacías allí?… jajajaja, se interrogó una vez una interlocutora sagaz, que estaba más pendiente, al parecer, del cambio de estación, cuando dijo: se acerca la primavera. La primavera, respondió Denver, me parece más inocente que la infancia. En ese instante creyó que estaba haciendo literatura, pero era su propia realidad. Y con eso no se discute, ni en sueños.

Estoy por creer / que en Casablanca / todos eran espías / jugaban un mismo juego / La muerte estaba en otra parte / como siempre / no se arriesga a beber copas / en un bar para vivos.

Denver no olvidaba el balcón y el muro de agua que borraba el paisaje. Sus días de Corresponsal Extranjero en un frágil departamento de dos cuartos olvidados por el urbanismo y donde un día de mudanza aparecieron sendos micrófonos en una pared de tabiques, hábilmente dispuestos para escuchar voces, palabras, el monótono tic tac de los teletipos. El espionaje endulzaba oídos ajenos y las conversaciones eran tan triviales que el aburrimiento debió ser inocentemente feroz. Los enemigos estaban en todas partes y contenían todas las categorías. La desconfianza desayunaba con chocolate unas donas diabéticas. La atmósfera se actualizaba a sí misma. No daba para más. Días muy activos. La ciudad estaba plagada de agentes extranjeros, se respiraba un dócil y a veces inquietante ambiente de Casablanca. Se me vienen a la cabeza Humphrey y la Bergman con sus impecables impermeables y una mirada insoportablemente lánguida, de otra época. La lucha contra el fascismo les arrebataba el amor en plena guerra mundial. El mundo se derrumbaba y ellos se enamoraban. El amor más allá del amor, siempre tendrían París. Qué maravilla, el cine, no siempre busca una solución y por lo general sólo mata a los extras. Cada quien que recuerde su propia historia, pensaba Denver para sus adentros, cómplice sin condiciones de estos irrepetibles abismos de la vida. Frases traían frases. No hay mejor libreto que el propio amor al límite. Denver algo sabía de esos temas; buscaba, como Rick, agua en el desierto de Casablanca, una utopía, el más grande señuelo de la especie. Se queman las naves por la utopía, se dispara hasta el último cartucho y se juega el pellejo, la vida, por alcanzarla. La utopía cuenta con todos los recursos, a partir de su nombre, desde luego. Experta en sentirse deseada, se sabe inalcanzable, está consagrada al mito. Tiene todo el tiempo del mundo y lo sabe. Una diosa no imita la perfección, es como la belleza, única. Qué maravilla ascender siempre un peldaño más en la escalera infinita de la realidad y aspirar a la eternidad. El último peldaño más uno o el siguiente, sobre el abismo infinito. Sólo que es hacia arriba, al revés.

 

Una parodia verbal

Los días eran más que un cartel cinematográfico o un libreto ambiguo, a la medida de los acontecimientos, soplaban en distintas direcciones y no postulaban a un Óscar, su fama consistía apenas en sobrevivir cada veinticuatro horas. Hay paisajes tan pobres, eriazos de alma, que aparecen distraídos en los caminos, sin expectativas de enriquecer su geografía y en sus estrechos límites comparten lo poco que tienen. Los rostros se miran desde una ancestral humillación cada día menos aceptada. Pocos se reconocen en el otro. No es nada personal, pero sí importa.

Palabra por palabra se registrarían los hechos en el calendario básico, personal.

Las palabras no salían de su asombro / contenidas / sin respirar y para su propia sorpresa / ignoraban su destino / Ninguno tal vez era / sino pasar por un mismo cedazo / mudas y filtrar los días como si nada / Ajenas, son viento de azar / pasajeras / robadas / sin señal.

Con su caricatura de gente ocupada, el periódico les absorbía el día a un grupo de ilusionistas de la palabra y a quienes tenían otros intereses más allá de la información. El tiempo pasaba entre las paredes, con la misma intención cada día, cumplir las horas propias del oficio. La rutina y la ciudad seguían su curso. Ahí se editaba el diario menos influyente del mundo y nadie se daba cuenta. No obstante, los periodistas se esforzaban en su parodia verbal. No escatimaban esfuerzos, se sentían importantes, ningún periódico real les había contratado por esos frustrantes tiempos. Profesionales al garete se subían a un proyecto de cumbres borrascosas, sin puerto de salida ni de entrada, como debe realmente transitarse un laberinto. Periodismo en altamar, en un continuo oleaje y zozobra, con grandes silencios a mar abierto. Algunos llegaron pensando escribir las páginas más inolvidables de sus vidas. Denver sólo necesitaba cash. Su vida se traducía en una muerte civil hacía años. Denver zigzagueaba por su propia cuenta. Alguien le movía además el piso a distancia. Era su propia historia en juego y agitada en un vaso de agua. Nada más. Se balanceaba en una telaraña como un transeúnte ordinario en una zona de tránsito permanente, donde no se suma ni se resta. Podría haber protagonizado Atrapado sin salida, de manera espontánea y por derecho propio. En esos días de insomnio, escribía de memoria libretos contra la muerte, para obviarla y no se atreviera a invitarle a dar un paseo, aunque fuera hacia la inmortalidad.

Muerte es muerte aquí / y en cualquier parte / y como se le llame / sigue siéndolo hasta el final / Tenaz amante de la vida ajena / pacientemente espera a la vuelta de la esquina / encapuchada te mira / No te dejes engatusar / siempre tendrá una oferta / un menú a la carta, especial. / Tú, silba, mira para el lado / estás en otra cosa / no es tu día / No te des por aludido / Otro, no tú.

 

Un cierto tono epocal

Había extranjeros anclados en una aventura. Seguían el juego, algunos, otros ignoraban qué se fraguaba, qué se estaba cocinando a fuego lento. Era una parada más en el curso de sus vidas. Los tiempos no estaban para exquisiteces. La profesión nunca dio para eso. Convertida ahora en un acertijo, retaba a las más peregrinas especulaciones a cualquiera de estos cófrades de la ilusión. El viejo hotel les ofrecía un escenario único y lo corroboraba un quehacer que se identificaba más con el sector turístico que con el de una profesión demandante y casi ulcerosa a la hora de enfrentar las largas madrugadas, presiones, búsqueda de información conflictiva, visiblemente escondida, disfrazada, oculta, negada por los poderes fácticos. Un periodismo de juguete, que superaba al entretenimiento de la farándula. Todo se desarrollaba a partir de esta quimera que suele ser, a veces, la palabra escrita, para no ser nunca impresa ni leída por nadie. Estaban ahí, llegó a pensar Denver, para refutar el silencio. Un desafío nada sencillo, pero estimulante.

Poner una coma, donde nadie te escucha, es casi una agresión verbal. ¿Quién podía ir más allá? Todo es posible y es mejor abandonar el campo de batalla sin ofrecer batalla. Denver era interrogado continuamente por el morbo de la curiosidad, cuando ocurrían cosas más interesantes y dignas de archivar en una memoria obsesiva, delirante. ¿Quién eres, en verdad?, le interrogaban. Buscaban pruebas de su identidad real, mientras pasaban las nubes por la ciudad. Fue un largo periodo de ser sombra de sí mismo. Su lado B no salía a flote. Sobrevivencia pura. Su arte era no poner esa coma. Dejar más bien silbando el viento, sin ningún tipo de restricciones. Las fronteras las pone el miedo. En algún momento todos son héroes, nadie se hace cargo de las derrotas. Biografiar un ser anónimo es escribir con el dedo untado con agua. Denver formaba parte de un inventario sin tiempo ni lugar. No tenía tiempo ni fin. Era difícil precisar cuándo había llegado, qué día se había perdido, eso nunca se supo ni se sabría. El viento y el agua llegaban para confundirse en una misma dirección. Así, Denver. Una sensación, atmósfera, un cierto tono epocal, una señal en caminos de encrucijada. ¿Volvía a comenzar o venía de vuelta? Una gran pregunta para un periodista en ejercicio, reportero de raza, heminweyiano, cuyo fetiche es el asombro por descubrir la verdad.

 

La ética, un canto de ruiseñor

Tanta ilusión, deslumbramiento, el primer día de clases, la ética, un canto de ruiseñor, cero intérprete, todo natural, fluido, puro, sin la química de un laboratorio. Lecturas, bohemia, política, poesía, por todas partes el sueño de ser periodista y escritor, no dejar pasar ninguna palabra sin antes vivirla. Se destapaban botellas, rompían espejos, cruje la República, los amigos caen asesinados, viajan, ocurre una realidad nueva y no alcanzan las palabras para describirla, nacen mutiladas, como letras de canciones improvisadas. Se ha perdido el difícil paraíso perdido y partir terminó siendo la consigna. Aún se podía encontrar la verdad y difundirla. La Guerra Fría congelaba no sólo los huesos, sino el pensamiento. Dos colores: blanco y negro. La poesía no es propaganda, las ideas hay que propagarlas. Eso es diferente, pero la llamada caja idiota es un angelito frente a la estupidez colectiva de los nuevos tiempos y que se agita desde los medios, redes y toda suerte de aparatitos que divulgan espontáneamente desde las imágenes más íntimas hasta las burdas aberraciones burdas, exquisitas, sin sentido. No todo es desolador, porque nunca la especie había estado sólo a un clic de sí misma y camino a su destrucción. Es como estar conectado a una periquera, todos al mismo tiempo en la comunicación global, un lenguaje al calor del feroz instante, sin filtro, que Babel no intentará siquiera ordenar. Esto, sin embargo, no es una denuncia.

Quedaban casi en el olvido sus días gloriosos cuando ejerció el periodismo real, con vocación de samaritano en el tratamiento de la información pensando en un servicio veraz, objetivo, documentado, dirigido a un lector desconocido. Respaldado por fuentes, sentía que el oficio compensaba cualquier tiempo extra que le dedicara a su ejercicio. La milla de más que hoy exigen los charlatanes del mercado era un centímetro al cuadrado, respecto de las maratónicas jornadas en las redacciones de los viejos periódicos montados al fragor del daguerrotipo. O de las madrugadas que demandaban las radios, revistas, aquel periodismo combativo que se identificaba con la opinión pública, se comprometía con la verdad y las historias bien contadas. Los hechos podían ser reales, interpretados, acompañados de antecedentes, enfocados de diversas maneras, pero eran tangibles. La ficción hoy se avergüenza de la realidad. Se siente superada, falta de imaginación, un subproducto vencido, stock de bodega.

 

El silencio de los titulares

Los días eran tediosos, rutinarios, sin ninguna pretensión, se acoplaban como vagones de tren, estaciones vacías a lo largo de la memoria. Había horas sumisas, sin duda, algo vagabundas e inciertas, descoloridas, por decir algo. Mucho tiempo muerto; Denver nunca se enteró de qué hacían los reporteros, qué noticias traían, la idea era experimentar, al menos eso sugerían los resultados con los procesos, ajustar un software que no se adaptaba a una publicación escrita de esa naturaleza. Se jugaba con la fugacidad y esta especie de Frankenstein siempre inacabado, a medio hacer, mitad de camino en la nada, una pieza imposible de armar. El desafío perfecto para un ejercicio adaptado a la confusión. Nunca vi al periodismo más ineficaz que en esas largas jornadas, que concluían en la noche durante el cierre imaginario. ¿Qué pensarían quienes participaban a la hora del cierre infinito? El momento culminante de un diario, para eso se trabaja en el día, con el objetivo de romper con una primera plana, grandes titulares reveladores, informar lo último, nuevo, interesante, a ese público que aún se entintaba las manos, sentía el olor a la rotativa, su ritmo cadencioso de impresión. Suspenso, quién daría con el titular imaginario para competir con el silencio, el monólogo del espejo, en una ensimismada autorreferencia ya rutinaria.

La gran historia era la propia historia del diario. Su olvido calculado para no aparecer. ¿La mayor autocensura de todos los tiempos, la más radical, la mudez organizada? En este juego la libertad de expresión no estaba en juego. Simplemente no formaba parte de este escenario. Los periodistas se habían transformado en inocuos personajes de pasillos. Las forzadas prisas de la farsa trazaban un interminable crucigrama de no respuestas a lo largo del día. Los técnicos discutían las mejoras para llegar al producto final con eficacia y categoría. Toda la maquinaria estaba al servicio de la idea calculadamente ficticia. Los titulares nunca romperían al alba en la ciudad, nadie abriría en un café esas páginas del periódico para iniciar el día con algo para contar.

 

Una caricatura perfecta

Los engranajes aceitados, con sus colmillos bien afilados, no dejaban dudas. El esfuerzo era notorio, absolutamente inútil. Eficazmente realizado. Sólo era posible lo calculadamente inesperado. La caricatura era casi perfecta, cada acción estaba encaminada a corregir la siguiente y así sucesivamente en una ruta sin un paradero definido. El ejercicio consistía en mantener el ejercicio, subir y bajar la misma escalera.

La sombra tarde o temprano / caerá vencida al lado del cuerpo / En vida se mantendrá erguida / seguirá los pasos de su amo / cambiará de dirección tantas veces / el cuerpo se desplace de un lugar a otro / Dormirá en silencio y volverá en la mañana / a estar presente como si fuera el amanecer / El futuro está en su presente vivo.

El español que había derrotado a la mosca tse-tse en África mediante un insomnio permanente proponía abordar temas audaces, la originalidad ante todo, expresaba ese hijo de la península cuando mezclaba la fantasía con la realidad que no terminaba de expresarse. Otros, de nacionalidad desconocida, para bien del proyecto, viajaban y venían con maletines metálicos grises, como consultores poseídos por una temática no revelada. El periódico era un mundo aparte, había que vivirlo para saber de su existencia a plenitud. La trama estaba para ser escrita, tal y como sucede cuando la realidad supera a la ficción, o al menos se tutean o hacen causa común en complicidad. Denver tenía todo el tiempo del mundo para escuchar las fábulas de estos personajes que enriquecían las horas muertas con sus hazañas contadas con lujo de detalles, verdadera maestría, hazaña del fabulador.

 

Una realidad camaleónica

Denver en su oficina, alejado de la pantomima, pensaba en los riesgos de ejercer el oficio con dignidad. En los diarios que fueron literalmente cañoneados en Sudamérica, derribadas las antenas de emisoras por ataques aéreos, las decenas de periodistas asesinados en la región, cómo la libertad de expresión se había convertido en una entelequia, el control de los medios por los mismos de siempre, el estado comatoso de la verdad en esos años. Sean objetivos, recomendaban los profesores desde sus cátedras asépticas, laboratorios de ética que se estrellaban con una realidad camaleónica. La palabra vivía en estado de sitio. No podía reunirse con otras palabras y formar una oración. Estaba prohibida.

Qué silencio el de la palabra / cuando traga saliva y se va el habla / es mejor quizás subir a los viejos carruseles / y escuchar la música de los inocentes juegos infantiles / que ni la más distraída memoria / podría olvidar / Dejemos que esa época ya pasada / mantenga intactos sus tiempos indefinidos / más allá de la vigencia de lo perdido / Ningún estandarte más alto / que la palabra escrita / diría después de esta aventura / de escritores distraídos / en la página en blanco.

Los tiempos empeorarían; el temido Gran Hermano vislumbrado en los 50 se instalaría poco a poco con todas las redes tecnológicas y aparatos habidos y por haber mucho más allá de lo pensado en 1984 por Orwell. La ficción es una palabra que existe realmente. El inglés había ido lejos en ese entonces, pero la realidad actual lo superaría con creces. El periodista en las condiciones actuales es un mero espectador, la información autofabrica sus propias coartadas. El tiempo de la ciencia ficción se convertiría en realidad gracias a la tecnología y al poder de los poderosos, dueños del cuerpo, la sombra y el alma del delito, si lo tuviera. Desinformar es la consigna, a como dé lugar. No es nuevo, pero hoy se vuela en la dirección más conveniente con eximia capacidad e inventiva, para cambiar de rumbo según sea la necesidad. Camaleones del mundo, uníos. Un fantasma insuperable, llamado fake news, recorre el mundo y se cepilla los dientes en el río Potomac.

Son tiempos de drones / fabulosos señores / del espacio / anónimos caballeros del aire / mortales pajaritos de la muerte / pequeños depredadores / cumplen con sus dones / de matar.

 

Un diario íntimo, imaginario

La escena que desencadenó ese fin de capítulo fue el último día de pago, recuerda Denver cuando subió la escalera y un personal de seguridad prácticamente cercaba el lugar. Intimidaban con su aspecto de guardaespaldas, miradas escrutadoras y ese trasfondo que se huele de pocos amigos. Había un mesón, en un espacio con escasa profundidad, sobre la madera unas pacas verdes se mostraban agresivas a primera vista del improvisado sitio para pagar la planilla. Se contaban de memoria más billetes de los necesarios y eso era abrumador. Un par de automáticas imponían cierto respeto al lugar y trazaban los límites a quienes iban a cobrar por su trabajo invisible. La atmósfera se traducía a sí misma, no requería de una interpretación más detallada; la escena, en verdad, se mostraba tal cual era, en su pequeña crudeza, en un lugar que la propia intrascendencia parecía ignorar. Un espacio para resolver asuntos de planilla, monetarios, que involucraba una paga en billetes y la firma en un papel de quien recibía el dinero. Una pequeña ceremonia que coronaba el juego de la elaboración, ejercicio inútil para el tiraje, siempre prometedor, del primer número del periódico. No había una fecha y nadie preguntaba si existía algún plazo. Era un escenario perfecto para Denver, indocumentado, cero papeles, y protagonista invisible de un diario tan íntimo que nadie llegaría a conocer. Recordaba su adolescencia con un diario de vida donde se refugiaba en su primer amor, la ilusión, ese pequeño universo solitario en el cuarto de la soledad, donde una ventana y una puerta comunican hacia el exterior una pequeña vida que se debate en su propia búsqueda e interrogantes. Los días atravesados por espadas silenciosas y verbos confesionales.

Las instalaciones donde se desarrollaba el ejercicio periodístico, por ponerle un nombre, pertenecían a un viejo hotel, como se ha dicho, monumento a la fealdad, semiabandonado en el corazón feo de la ciudad, donde se habían conservado sus alfombras rojas, un pedigrí de pasadas fiestas y que ahora sobre ellas iban de prisa los artistas del simulacro. La noticia viajaba de pasillo en pasillo, como si fuera real y tuviera actualidad. Esa urgencia de la redacción creaba una falsa atmósfera perfecta. El titular de la exclusiva latía frente a un lector imaginario. No había mañana para el diario, el quiosco, la calle, el supermercado, los comentarios en la televisión, radios, formaban parte de un escenario existente para otras historias. Las noticias que nadie conocería morían en su cuna, sólo el redactor las vería por primera y última vez. Información personal, para la intimidad, no contaminaría a ningún lector. El director imitaría una lectura, los gestos más parecidos a una devoción espiritual frente a una pantalla, una revisión acuciosa por si una cámara le estaba grabando su actuación. No dejaba nada al azar, sólo el diario, cuyo ejercicio diario era una cátedra a lo inútil. El simulacro requería de un oficio que lo absorbiera el tedio y lo impulsara una disimulada pasión. Fingir frente a un mismo espejo para que éste no se dé cuenta, se requiere de cierta capacidad profesional, cinismo y empatía con el cristal que nos reitera sin anestesia nuestro inevitable envejecimiento. Nunca una caricatura adquirió la fuerza de la verdad como en esos días.

 

Sparring y Denver frente al mar

Denver ancló un día cualquiera, sin mayores responsabilidades, frente al mar. Un bar sin ninguna categoría para compartir unas copas. La memoria es la memoria, no hace balances, recurre al futuro para no equivocarse. El mar es un gran telón sin horizonte. No admite más que presente. Su presencia es grandiosa. Hipnótica si le miramos de frente y no lo usamos de marco de referencia. El mar se conoce por su autonomía. Ignorarlo es dejar sin paisaje a la ciudad. El Corresponsal estaba recién llegado. Era un sparring adecuado para Denver. Se puso a hacer sombras de inmediato con las palabras. Estaba en la etapa de la observación, el asombro, el olor de las calles. Había un presente muy presente, patético. Escribir era una exageración. El Corresponsal venía del otro lado del charco, traía paisajes atascados en la memoria. Hoy la historia está somnolienta en un banco de la plaza y mañana estalla un barco con petróleo. La montaña rusa es la que mejor se maneja en este parque de entretenciones. El Corresponsal sonreía, distendido. La muerte por el mundo le había acompañado en los últimos siete años. Varias veces la retraté, le confió a Denver, sin prejuicio, y agregó, falté yo en un selfie final. En verdad, sentenció con calculado sarcasmo. Se sentía bien el día. Húmedo, afuera del bar, el aire acondicionado descomprimía el trópico por las paredes y el ventanal que no dejaba de ver el mar. Una escena compartida con la naturaleza, imitada por los días de siempre. Las pequeñas embarcaciones se echaban a la mar sin grandes planes. Sus lanchones parecían pinturas antiguas de cualquier parte del mundo.

El mar era el espejo / la noche se hundía en el atardecer / no había tiempo / sólo aguas y un horizonte a descifrar / las voces sólo eran voces / estaban frente al mar / cristales que brillan más que el sol. Nada nuevo, si en verdad pensamos.

 

Ficción para una realidad invisible

Denver vivía un mundo paralelo, un tiempo cargado de otra realidad. Sparring, como efectivamente se llamaba el Corresponsal, más bien disfrutaba su bebida. El momento, al parecer, le era algo más que accesorio. Todo había cambiado desde el viaje por el periodismo ficcional, un tiempo para la caricatura, aunque tal vez fue un ejercicio preparatorio para la tormenta perfecta que venía y efectivamente llegó para quedarse. El periodismo sería una bola de nieve arrastrada por un poder imperceptible.

La mano invisible del mercado / escribe un poema a ojos vista / mueve el hilo de las palabras / y la poesía derrama su gracia / sin levantar una ceja / sale humo de los bosques / los glaciares se convierten en agua / el desierto no tiene fronteras / las ciudades apestan de plástico / como los mares y los ríos / El hombre sueña con otros planetas / ser habitante de lo desconocido / viaja sobre sí mismo / no deja de escudriñar las estrellas / agredir al mismo tiempo / la sombra de su enemigo / después cae al vacío / y los árboles sueñan con formar parte del futuro paisaje / Se incendia el mundo finalmente.

Tal vez el diario invisible fue tan visionario como el cine mudo, no necesitaba más que muecas para dar a entender que el periodismo era un oficio en plena extinción, la verdad en ese entonces ya tenía una dudosa reputación, en ocasiones disfrutaba su camisa de fuerza.

La cerveza seguía fría en sus manos, los ventanales dejaban ver y suponer un calor asfixiante a unos metros. Humedad por todas partes. A la noticia le salían hongos, quizás tenía lepra, los hechos eran un puzle, viajaban en su propio laberinto. Estaba por venir el tsunami fake news. La revolución tecnológica disparaba la mentira global en ese tobogán incontenible como una catarata de palabras en off. Y en el horizonte se vislumbra un nieto de un nativo digital que hace señales con sus antenitas verdes dentro de una caparazón alienígena que reflejaba una luz aséptica, restos de la vieja vegetación de la Tierra, filtrada en la oscuridad del mediodía. Algunos cohetes estaban por partir de la Tierra a buscar polvo de estrellas para iluminar las frías noches del asombroso espacio desconocido. Materia prima, de nuestros orígenes, para nuestros descendientes. El verde era cosa del pasado y de la memoria. Un paisaje chamuscado humeaba del alba al anochecer.

 

La lluvia, un espejo borroso

Sparring venía de vuelta de la vieja Europa a lomo de misiles y el Medio Oriente que el nuevo siglo revelaba, cercano o lejano, depende de donde se le mire, aunque siempre en ebullición volcánica. Se había disparado casi todo en esos lugares, los escombros de las ciudades conformaban nuevos paisajes y sus sobrevivientes emigraban hacia donde nadie los quiere. Sparring se dejaba llevar por la tarde, hablaba cuatro idiomas y decía no entender el mundo, reportear una guerra era morir un poco, si no del todo, en uno de esos fuegos amigos no bien intencionados. Se sabía en tránsito, ya era un estilo de vida, una manera de ser sin intermediarios. Relajado, distanciado físicamente de los acontecimientos, sin respirar la noticia, miraba el Pacífico en su ilimitado y lánguido horizonte. Un lujo, describir el instante. Salía literalmente del frente de batalla, al menos el visible, porque la guerra cibernética se mueve en otros escenarios más restringidos y menos visibles, sinuosos, eso sí.

Denver esperó que Sparring volviera de su paseo por la nebulosa de la memoria y retornara a su nueva zona de confort, para demostrarle que estaba atento a su más mínimo silencio, al fracaso de sus calculadas, involuntarias pausas, a esos trazos que el olvido y el vacío nos obligan a recomponer con sus ausencias contradictorias y más bien deliberadas. La atmósfera era el atardecer, un sol vertical sin sorpresas en la estación, palabras en tránsito, la competencia era el lugar consigo mismo, aunque los contenidos superaban el valor de una anécdota.

Memoria, no hay altar sin olvido / nada nos puede justificar / tampoco lo queremos / sino ese archivo recurrente / fuera de tiempo y lugar / Lo que asoma indocumentado / vacío, sin nombre / delante del futuro / lo que vamos a inventar.

Había mucho pasado en ambas cabezas. Denver podía hacer sombra con Sparring y viceversa. La historia, documentada desde cualquier ángulo, prioridad o privilegio, nunca ha ocurrido en vano. Así el encuentro de dos personas tiene sus propias explicaciones y asuntos que registrar. En tiempos con un presente tan largo y totalizador, tan presente, se podría reiterar, revisar el hilo conductor de la memoria, para algunos podría carecer de significado y transformarse en un ilusorio, inútil pasatiempo. Sparring disfrutaba de una memoria fresca, prodigiosa, la conservaba intacta como una vieja cámara, se alimentaba de una película real. Según cargara las palabras, acentuara lo sensitivo de algunos puntos geográficos, reflejara la dimensión e intensidad de los acontecimientos como sus consecuencias, orígenes, detallaba más y más, la podredumbre, y las miserias humanas afloraban como malezas que reiteraban una y otra vez su inobjetable presencia. Sparring se cansó de ser alcahuete, pantalla, de una historia sin futuro, ni un posible pasado, sino siempre en un presente circular, hechos que se hundían en una arena movediza. Al tronar de truenos y rayos sobre el horizonte marino, la tarde se iba recogiendo, apagando lentamente. En pocos minutos, una lluvia torrencial cubrió el día y todo era un espejo borroso. No había más paisaje que el agua, como suele ocurrir en la estación lluviosa, que es gran parte del año. La tarde entró en su propia morosidad, retrataba su momento sin apuro. Cuando no se espera a nadie, el tiempo es rutina superada. Se sorbía cerveza de la botella y acumulaba historias sin reparar siquiera en mañana.

Una lluvia tropical desbordaba las calles, la imaginación de cualquier viajero acostumbrado a las tormentas del desierto, a la aridez de montañas en que sólo Mahoma iba a ellas, acudía con fe a ese polvo sinuoso que detiene el tiempo, y conmueve. La lluvia conoce demasiado bien el paisaje, por eso siempre vuelve. El extranjero, en principio, la recibe con agradecimiento.

 

Del cielo y sin aviso

Sparring venía de los desiertos, de las modernas ruinas del presente, construidas por bombardeos, misiles, cañones, lluvia de metrallas sin fin. Drones como matapiojos mortíferos teledirigidos por manos asesinas. Allá no se esperaba la muerte en una cama, podía caer del cielo sin aviso. Detrás de edificios sostenidos por los últimos pedazos de cemento y hierro, paisajes de formas fantasmales, en algún fragmento de ruinas podría estar instalada la futura muerte, en verdad no había sitio donde no se hiciera presente. Helicópteros mortíferos roseaban sus metrallas implacables, balas trazadoras que despeinan un muerto. Ventanas que carecían de un paisaje para ser contemplado como la naturaleza y la vida mandan. La derrota del lugar, sin mayor explicación, se engrandecía y podría transformarse en una postal de un canal internacional. La imagen es cruel, no tiene sentimientos. Se deja ver con crudeza. La muerte también se vive.

La guerra, Denver, si no mata el cuerpo deja el espíritu rondando en su interminable abismo. No se vuelve a casa a sembrar margaritas, a ver nacer el amanecer por una ventana sin que exista nada más que el despertar del día. Cada día trae sus propios interrogantes y no siempre respuestas. Quedan muchas imágenes en el centro de batalla, paisajes que saben que ya no serán los mismos, cuerpos arrojados a las tumbas del desierto. Se borran vidas como si nada. La muerte está en otra parte, dicen, pero siempre acude a estos escenarios llamados estratégicos y como si su presencia fuera indispensable. Los fantasmas vuelven a dormir en los cuartos de los soldados, cambian de lugar, entran en sus cabezas y la muerte ocurre a miles de kilómetros, como si estuviera esperando a sus víctimas. La guerra tiene estos defectos de fábrica que parecieran no tener solución. Se repiten en molde. Un verdadero juego mortal de una psiquis perturbada. Las guerras tienen padres, verdaderos señores de la guerra, grandes intereses, pero los cadáveres carecen de vida propia, aunque son reales, muchas veces inocentes civiles que nacieron en el lugar aparentemente equivocado de la vida. Cadáveres que salen caminando a la eternidad por sobre la arena del desierto y ascienden a una mejor vida.

 

Un cazador de vidas

Sparring se sabía material de archivo. Había superado kilómetros de terror, horas de silencio, la muerte que capta con su cámara el último instante de la propia muerte que recoge la imagen. No podía olvidar el misil mortal que acabó con la vida de dos corresponsales en Bagdad. Cumplían con su trabajo en el piso 15 de un hotel de esa antigua y sangrante ciudad construida a orillas del río Tigris. Uno de los muertos perdió previamente su pierna, media mandíbula, mucha sangre, mientras capturaba unas imágenes de un conflicto que destrozaría un país, donde morirían cientos de miles, como ardientes cerillas de fósforos. El francotirador es un cazador de vidas, un agente del terror, actúa en la impunidad de la distancia, selecciona su víctima en el placer del paciente objetivo escogido. Recrea ante sus ojos la escena previamente. Esos segundos entre el ojo, el gatillo, las ansias de matar y el objetivo antes de caer, son impagables para los soldados exterminadores. La guerra, un carnaval, los Señores de la Guerra y los mercaderes de armas, están de fiesta.

La lluvia seguía sin tranzar con el paisaje, como un comerciante viajero avaro, un personaje veneciano de Shakespeare, que pareciera no temer a ser devorado por el tiempo. Denver tomaba nota en silencio, Sparring no tenía apuro, al parecer, cosa rara en estos tiempos, donde se ha perdido el aroma de las palabras. A nadie le importa con nadie, se dijo a sí mismo, no sólo en las guerras, sino en la pequeña vida cotidiana que abre un café en una mañana cualquiera. Su rostro traía huellas, dibujaba historias, contenía otro mapa, pero era de este mundo que vemos a diario en las falsas noticias de un planeta tan conocido y revuelto. Una cara que no se mostraba en selfies, ese es un acto más peligroso, al parecer, coronado por la estupidez humana, que el propio frente de batalla. Compartía más la vida desde un balcón, agazapado en las ruinas, bendito por el azar, que ese estrellato instantáneo de la imagen sostenida por miles de likes.

Su mirada contenía paisajes para llorar / expulsaba la rabia de la rabiosa muerte / No ocultaba ninguno de los vicios de la vida a la intemperie / podría estar a punto de abrazarse a su cámara / pero prefería apresar una imagen / que atravesaría los continentes y todo seguiría igual / El presente va a ser memoria y algún día volverá a ser presente / Sabía que el tiempo era cosa de tiempo / En el ciclo de la imagen, todo se repetiría.

 

Del lado oscuro de la realidad

Ese rostro que nos habla del lado oscuro de la realidad vivida, la que tocó en gracia o desgracia vivir, compartir con la miseria humana. Contenía su mirada la imagen de interminables caravanas humanas, inmigrantes del terror, abandonados por el mundo, tragados por el Mediterráneo, hacinados en islas, atrapados en pequeñas jaulas fronterizas, campos a la intemperie rodeados de alambres de púas, desplazados de la puerta de sus casas a la nada. Lo atragantaba el silencio, la mueca del soldado desconocido. Sparring expulsaba las pesadillas de nuestro tiempo por los ojos. Transmitía el espanto que los titulares le negaban. Si alguien le leía la mirada en algún aeropuerto, no le dejaría pasar en la aduana, cargaba demasiado plomo en su cuerpo. Era un grito noruego.

Nada nuevo bajo la lluvia, una pantalla del pequeño bar anunciaba, con titulares casi obscenos, incendios forestales en distintos puntos del planeta, sequías, calores intensos, cómo se derretían las nieves eternas y la imagen de un oso famélico que había caminado 1.200 kilómetros, aparecía en una zona industrial rusa, cabizbajo, pensativo, distraído y desorientado en búsqueda de algún alimento que la destruida naturaleza le había estado negando. La imagen no pasó desapercibida para Sparring, que contrastó con el cálido inocente espacio del atardecer tropical. Decepcionado del mundo como la bestia polar, sorbió del gollete la helada cerveza sin pausa y no separó su mirada de la pantalla como asegurando la imagen para la memoria. Había abandonado el frente de batalla por lo inútil que resultaba informar, como si la verdad fuera lo único importante. En la redacción central, un maquillista frotaba los pinceles coloridos de la realidad virtual y preparaba el flash como un peluquero fashion.

El retiro oportuno de los escenarios, pensó Sparring, era más que un acto de cobardía, un cambio de trinchera, un paréntesis que estaba por abrirse.

 

Días en un campo minado

Quién escribe tu libreto / vida en algún papel / dice: las palabras no son otra cosa / que palabras / Y su sentido lo conoce / quien las ha vivido / A ti te nombran y por ti cantan / Nadie podrá borrarlas / por esa razón fueron escritas.

Denver sospechaba que el libreto de Sparring no se agotaba en una tarde. Lo que estaba por verse era si tenía algún interés en desarrollarlo. Los cambios abruptos suelen producir más silencio que palabras. Bastaba con algunos gestos, señales, para entender al hombre y sus ruinas interiores. Mucha lejanía de los escenarios reales para una tarde aislada del mundo. La atmósfera se consumía las pocas palabras, mientras el atardecer se perdía detrás de una muralla de agua que el mar recibía como una bendición más para su inmensa y triunfante masa líquida sobre la tierra. A quién podría importarle esa conversación, que si probaba algo era lo mal que seguía el mundo y no tenía visos de mejorar. No cabía una metáfora más. Denver miró la hora, el tiempo no había pasado, sino volado. Se dijeron cosas marcadas por los silencios y quedaba echar mano al futuro, sin esperar sorpresas. Era un encuentro de freelancers, en dos extremos de la vida. Ambos vivían por cuenta propia lo que les había tocado vivir. La guerra es una mierda, apostillaba con frecuencia Sparring, se le fue convirtiendo en una muletilla profesional. Quizás le liberaba un poco los dientes apretados. Como sabemos, el frente de batalla de Denver era otro. La sombra que perseguía al cuerpo. Era sparring de sí mismo mientras las noticias consumían la pantalla y Sparring se relajaba con una cerveza, volvía la película obsesiva de Denver a Denver. Los días eran un campo minado. Sí, con esa prosa muda que arrastra sílabas distraídamente. Sin un dueño verbal que las reconozca y haga suyas, adopte de una buena manera. Las palabras actúan por su cuenta si uno las intercambia como cartas marcadas por un destino incierto. No se estaba decidiendo nada en esa conversación, era el encuentro de dos memorias atravesadas por historias cuyos pasados partieron y llegaron a puertos distintos, hasta que el azar los contactó por simple azar. Los puertos tienen esos destinos inciertos, lugares de tránsito, pasajeros de atmósferas, cazadores de momentos, para encierros, las montañas. Muros naturales, tan codiciados en algunas modernas frágiles fronteras. Sitios donde se le otorga privilegio al silencio. Ahí la libertad presiona sus propios límites.

Freelance son los pasos / que doy en libertad / los días que nadie me descontará / es un presente para jugar / Nadie nos puede negar este tiempo / sin norte ni sur / en el centro de los puntos cardinales / Con una brújula en la mano / para impresionar / pero es inútil levantar un muro / dar la espalda al sol, al mar o a la montaña / No tengo un punto fijo / sólo aspas para girar / en la dirección menos pensada / sólo el viento para caminar.

 

Somos tan pequeños y no hay tiempo

La frustración y el cansancio suelen hacer también su trabajo. Una dosificada mezcla de cinismo con elegancia puede llegar a aliviar una historia poco convencional. Para Denver no pasó desapercibido que el Corresponsal irradiaba titulares de horror en sus ojos. Eran dos pequeñas pantallas que se paseaban con su zoom, a veces, o hacían un largo paneo por el área de combate. Era un animal en extinción, se dijo Denver, y vino a caer aquí. Un sitio donde se recicla hasta la trampa. Lo cierto es que el periodismo como instrumento de búsqueda, interpretación de la verdad, puede morir en un frente de batalla o en un hotel de mierda, como ocurrió con el periódico invisible. El primer deber de un Corresponsal de Guerra es salvar el pellejo, con la imagen capturada y la historia en curso para ser relatada. El fuego amigo supera a veces al enemigo. El viejo refrán de que la primera baja en un campo de batalla es la verdad, hoy es una patética realidad en todo el terreno informativo. Sparring había sobrevivido a su propia imprudencia de escribir y filmar lo que veía, por eso me caía en gracia. Estaba de vuelta a una cierta paz interior no disimulada, pero no era lo suyo. Se sentía anclado al futuro, estaba siempre un día después. Un corresponsal de raza es irreductible, se mimetiza en el escenario, fagocita con esa punzante realidad que espera en el umbral de las horas. Siempre de alguna manera está en ejercicio, aun cuando hay sólo estrellas en el cielo.

El silencio es memoria / un pájaro a su propio vuelo / confía sus alas / soñando mundos nuevos / Nadie por delante del tiempo / ninguna moneda tiene más de dos caras / el sol se muestra en algunas horas / hay días que no le vemos su cara / las personas aparecen y desaparecen / un día se encuentran alrededor de una montaña / Somos tan pequeños.

El paisaje se quedó repentinamente sin lluvia. La noche había entrado en su oscuridad total. Titilaban luces detrás de los ventanales. Los vidrios empañados eran espejos ciegos. En un mundo viciado por las imágenes, no habían acudido en ningún instante al celular. Nadie interrumpió. Fluía el silencio y la memoria acomodaba lo que no se dijo por olvido o por innecesario. La atmósfera se había agotado. Nadie esperaba más nada. El mar de seguro cumplía silenciosamente el ciclo de sus mareas. La naturaleza sabe lo que hace. Ahí no está el problema, sino en las estúpidas cabezas humanas. Pequeños alfileres en el tejido de la humanidad. Un parroquiano abre las puertas del bar y sale a respirar la humedad en la oscuridad. Puertas batientes por unos segundos. Entra la realidad callejera por fracciones de segundos. Seguimos sentados sin perder el hilo de nuestras historias. Una tarde neutra hace posible cualquier desenlace. No hay apuro. No hay tiempo. En una época donde el tiempo corroe todo a su paso, impone velocidad a cada una de sus fracciones de segundos, es fantástico demostrarle nuestra indiferencia. Dejarlo que se mida consigo mismo.

 

Un español en arameo

Sparring hablaba un español casi en arameo, pero se le entendía. Se acompañaba con las manos y gestos faciales. Su inglés era perfecto, pero se deshacía en los oídos de Denver, se convertía en polvo.

Una palabra mágica que escuchó Denver en un balcón de México permanecía en su memoria: anyway. Fascinante comodín. Su orgullo anglosajón, solía decir. Se la repetía para sí mismo como una muletilla que le aproximaba al recuerdo. Cero compromiso, de alguna manera, es posible, no hay seguridad, la fragilidad del idioma y una voz interna próxima a esa incertidumbre que se priva de una respuesta contundente. Ahí estaban las dos memorias, frente a frente, haciéndose botín de una noche salvaje. ¿Cuántas vidas quieres vivir?, quise preguntarle. Temí no estar en ninguna de ellas. Era lo más probable, supuse años después. La pregunta carecía de sentido. Hay personas que atraviesan la noche, a plena luz del día. No se sienten involucradas con ningún destino. Es difícil conocer las rutas de su camino. Son una inspiración del paisaje, que pulsan una y otra vez en distintos caminos. Personas de encrucijada, no alcanzan a ser más que una posibilidad. Un enigma que ellas mismas desconocen y, si lo llegaran a descifrar, podrían conocer la precariedad de sus relaciones. Todo parece ser un asunto estrictamente personal. Buscar una respuesta no me parece aconsejable.

El presente no necesitaba carta de presentación, estaba a tiro de escopeta. Denver se movía en escenarios paralelos. Diecisiete años intentando cuadrar el círculo vicioso del sin papeles le habían dado cierto conocimiento de la realidad, que no siempre era posible traducirla correctamente. Esa tarde se dijo mucho menos de lo que se sabía. Una jornada puede ser suficiente para enterrar una vida, un pasado, o deslumbrar al más pesimista. También para dejar todo en un mismo lugar como si no hubiera pasado nada trascendente. Denver, sin proponérselo, buscaba una explicación a un período que le puso un ancla en el cuello. A nadie le llamó la atención su anónimo destino. En el pequeño bar confrontó más consigo mismo que lo que dijo. Trazó una ruta para ser explorada. Denver y Sparring coincidían en un fin de capítulo, no de la historia, porque ésta continuaba a su manera, proseguía a marcha forzada de sus tiempos. Los manuales que le ponían fin en los noventa no los leía ni su autor. Después de todo, viene lo que el presente dispone y sirve a la mesa del día a día. Mañana huele a futuro.

Mañana huele a calendario / fecha en el horizonte impreciso / No hay certeza, las páginas serán historia / los días cifras para la memoria / Hoy es precisamente hoy / aquí donde estamos / cara a cara / ni un minuto más ni menos / Así arrancan las horas / sin que los párpados caigan / ni corrijan al minutero ni al horario / Es tiempo lo que tenemos / para abrir un nuevo horizonte / y empezar a caminar.

 

Una x a despejar

Mientras más valiosas son las horas, más difíciles de traducir. Pesar, diría, en una balanza. Intentar pulsar todos sus contenidos. No es un tiempo cualquiera. No son pasajes fortuitos. El invisible Denver se registraba en ese tiempo anónimo, personal. Podrían borrarlo, incluso quienes se decían sus amigos. Ser un fantasma para quien un día le prometió sumar sueños y desapareció como una fantasía ficcional. Se transformó en utopía. Una x a despejar permanentemente. Hay ecuaciones más relativas que aquella que hizo famosa el genio alemán. Lo interesante es que nos sigue asombrando. Las personas también pueden tener ese destello. La luz de una fugacidad opaca, algo titubeante, esquiva. Nada dura eternamente, escuchó decir Denver alguna vez. Podía ser cierto. La eternidad tiene sus propias medidas y cultores. Casi no tiene importancia, se dijo, ir más lejos que los demás. Se tuteó con mayor convicción con el presente. Se vio sin necesidad de espejo en la suma de los calendarios vividos y sumados.

Sparring, algo noqueado por las cervezas, miraba desde su altura con un ojo fotográfico en ensimismamiento en toda regla. Habían pasado las horas de un encuentro fortuito sin desencuentros. Las batallas estaban en otra parte y eran parte también del pasado. Les unían tantas cosas como a un campeón con su sparring en un ring, preparando una pelea de campeonato. Habían chocado guantes y corrían los minutos, un round tras otro. La noche era todo lo que les quedaba. Un territorio, espacio que no está en disputa. A unas cuadras del lugar, en un gimnasio para pobres, se habían ido a los guantes varios campeones mundiales. Un lugar al estilo de Chicago o Nueva York, pero para marginales que desafiaban con su ira el éxito. Algunos ya lo habían alcanzado. Saltaban cuerda, hacían sombra, golpeaban la tradicional pera hasta ensordecerse o sobre el cuadrilátero probaban guantes en medio de un asfixiante calor. Trabajaban en la sombra, disciplinados, convencidos de la fuerza de sus puños. Mostraban sus cualidades frente a dos o tres entrenadores, negros curtidos por los golpes, viejos maestros, sin camisa, con chancletas, transmitiendo sus conocimientos, preparando a sus pupilos en el arte del combate a puños. La escena se podía vislumbrar en un claroscuro, con esas tenues pinceladas de luz. Los rostros esquivaban golpes, los cuerpos se desplazaban una y otra vez, estaban ahí para demostrar sus quilates en el cuadrilátero. Se respiraba pobreza, sudor, esfuerzo, mucha esperanza. Los puños abren cejas, pero también caminos para un mejor bienestar.

En el frente de batalla no se requiere mayor identidad ni papeles, las balas no se detienen ante ningún documento. Denver no lo ignoraba, y ponía en el curso de su memoria un hecho donde fue protagonista, cuando le ofrecieron la corresponsalía en un país africano en plena guerra. No aceptó, carecía de preparación, conocimiento y actitud. Nunca supo si lo estaban probando o qué esperaban de un novato en ese oficio de la guerra, que tiene su gente. Eran tiempos del apartheid, esa terrible sombra blanca que azotaba la punta sur de África negra, donde el negro más digno de la historia negra africana resistía en una pequeña celda toda la esclavitud, humillación de África. Las palabras en negrita, esas que nos quieren repetir un mismo contenido viciado, engañoso, no estaban prohibidas, virtualmente prevalecía la ley del embudo blanco.

 

Un río interminable

El rostro de Sparring repetía mapas que había viajado, un verdadero rompecabezas geográfico, sus pómulos y nariz filosa le daban un aspecto de misterioso arriero de las montañas. La frente amplia transformada en un extenso valle, una verdadera planicie, donde las ideas pastan sus más caras fantasías y preocupaciones, pudo ser un perfecto y codiciado objetivo para un francotirador esquizofrénico. De que los hay, los hay. Sin duda, había superado todos esos gajes del oficio. Así que podía atravesarlo en silencio un río interminable y desembocar en ninguna parte. No se veía preocupado de su suerte.

Así nos recorre la vida, divagó Denver. Somos un río, pensó. Alguien se lo dijo y le gustó la metáfora. La noche avanzaba sin misterio alguno. Habían juntado dos memorias en distintos puntos geográficos, que algún día convertirían ese pasado en presente para quienes conocieran y reflotaran esos tiempos.

Se habían estado hablando sólo con su memoria durante un largo rato. Desarrollaron extensos paréntesis de silencio, cargaban demasiada historia. No era necesario morir en un frente de batalla para estar vivo de milagro. Denver con su Sparring haciendo sombras al anochecer. Un bar es un buen sitio, mi segundo hogar, decía un poeta en el confín del mundo y después cantaba un clásico de sus tierras: Corazón de escarcha. Esa era otra historia, como suele ocurrir con el paso del tiempo.

Sparring recorría como un sabueso su propia psiquis, escudriñaba el más mínimo silencio que se imponía a sí mismo con un rigor y apatía, al mismo tiempo, envidiables. Quería saber algo más de Denver, en qué punto cardinal se encontraba, por ejemplo. A veces el personaje se desvanecía, porque esa era su condición, lo borraba el exceso de realidad, era como una exposición exagerada al sol. Se puede jugar con el futuro, como una hipoteca a largo plazo que no se sabe si se podrá terminar de pagar, pero el presente no es posible esquivarlo, es un riesgo con consecuencias inmediatas. Para qué, pensaba, llevar las cosas in extremis, es mejor saborear un sorbo de cerveza y abandonar la memoria a su placer. Era un monólogo a dos voces, silencioso, con esos paréntesis que la imaginación tiene chipe libre para hacer y deshacer.

El bar seguía anclado frente al mar con sus luces de neón y náufragos reconociéndose en sus pequeñas historias y atmósfera, donde la noche va asomándose con sus grandes ojos oscuros, así, de manera espontánea, como cada día. Se podían imaginar los barcos en la bahía detenidos en el mar, a punto de atravesar unas aguas inconmensurables.

No había mucho que agregar, por ahora.

 

Del epilogar denveriano

Caía la noche como la zorra a su presa furtiva en la cacería nocturna de que hace gala su especie. Inevitable, quiero decir, y parecía ser que sólo había memoria aquella noche memorable. Se habían cruzado los monólogos como ríos de cauces vírgenes renovados en su recorrido sin fin y volvían a repetirse en un silencio introspectivo. El pasado ponía su lápida sobre el presente, tenía mucho que decir, argumentar hasta de sus fracasos, reconocerse en las pérdidas, volver a mirarse en las derrotas, si fuera necesario. Había más de qué no hablar, guardar silencio, como el secreto que recorre a los elefantes cuando caminan con sus pesados cuerpos hacia la muerte. Nadie cree sólo en las rosadas carnes del atardecer de un verano. Hay inviernos crudos, salvajes, de nieves blancas y cielos acerados. Es posible no poder acercarse al sol, pero cuenta con millones de fervientes admiradores. Denver se comunicaba con su monólogo con la pericia de un actor shakesperiano que había dado cien funciones. Dejaba todo en la escena, le alcanzaba para un poco de presente y futuro. Sparring, déjenme representarlo, había jugado con su suerte, no una, sino muchas veces, y por azar, fortuna, se había librado de ser cargado en un ataúd de nogal, como otros, que las balas, esquirlas, metralla, les cortaron el cuerpo, piernas, brazos, y quedaron abandonados entre escombros y un silencio relativo. Sobreviviente para contar la historia, ser parte de una conciencia que se niega a ser indiferente y morir. Se encontraba lejos del frente, pero su monólogo interior indicaba que repasaba batallas perdidas, viajes a la grieta de la ruina de aquellos días. ¿Buscaba su destino Sparring? Cómo saberlo, no daba mayores pistas. Algo insinuaba en su monosilábica jerga. Patrocinaba, sin quererlo quizás, un misterio adquirido por razones de seguridad.

Al final del día, como esas largas noches opacas, se juntaban los dos monólogos. Intraducibles para cualquier parroquiano, pienso ahora. Pero estaban ahí juntando sus miserias, las que habían recogido de la vereda de enfrente de sus vidas, por tanta historia acumulada, la feroz violencia contra aquellos que no se sometían en cualquier parte del planeta, cruzaban mares, carreteras desconocidas, aguas que los retenían para siempre en sus profundidades. Asomaban finalmente sus cabezas negras frente a islas griegas o italianas, como náufragos de una tragedia africana que pareciera no tener fin. Ahora la nueva esclavitud deambula por el mar y en sus aguas se queda sin puerto. Lampedusa me suena a la vieja Nueva York de los inmigrantes europeos. La libertad, sin estatua, ahora la búsqueda de oportunidades y también de salvar la vida.

¿El mundo no sabe vivir sin dolor / ni horror? / Si nadie conoce el camino / al menos deja intentarlo / Nadie es más que nadie / pero buscas el cielo / por todos nosotros / ¿A quién creerle / en estos tiempos? / Tú dirás, amanecer de mis días / oscuridad de estos tiempos / No creas en lo que dicen los diarios / las televisoras / ni los medios / ni las redes / Busca en los muros de las calles / en algún afiche que llame al combate / la voz clara de un niño / No pierdas el hilo de la historia / Las noches vacías hablan / por sí solas y vuelven / a la claridad del día.

Sparring hacía sombras con su monólogo. Estaba, aparentemente, en su mejor minuto. Frente a su nueva realidad. Nadie mejor que él para comprender el momento. Incendiar las naves —un viejo truco que nos cuenta y enseña la historia para quedarse en un sitio— no estaba en su agenda, si ésta existiera. Se va a un sitio por tantos motivos y se queda por otros tantos. En medio, un paréntesis inexplicable, cada quien tiene sus propias respuestas. Cientos de veces Denver escuchó la misma pregunta: qué haces aquí. Era una suerte de eco de su propia interrogante cuando cruzó la pista del aeropuerto y el calor acumulado del infierno se disparó en la atmósfera tropical, Nerón había vuelto a incendiar Roma. Qué hago aquí, se transformó en un interminable karma: qué hace aquí, le preguntaba toda suerte de personaje que venía, llegaba y partía. Pregunta divertida al principio, pero se transformaría en pesada y absurda rutina, una pesadilla instalada en la memoria.

La noche corría su propio velo oscuro, asentían con la cabeza, las cervezas no respondían a sí mismas, bebían espaciosamente, como esperando que apareciera el enemigo. Sparring era hombre de bares, se desestresaba a su manera, fundía hasta la última capacidad de sus baterías y dejaba que el alma se hiciera cargo del cuerpo. En esto le acompañaba el cantinero, que quiso trazar la noche con un jazz muy melancólico, de notas lentas, dejaba suspendido el lugar, el espacio, como si no hubiera cabida más que para la música y sus lamentos. Un tiempo para desconocer la realidad.

Había superado tantas emboscadas de la propia vida, ileso volvía al frente de batalla una y otra vez, en la imagen y la palabra. Los diarios venden terror, historias negras, la muerte saltando muros por desplomarse, solía decir. Dejan ver paisajes ruinosos, olivos secos, desiertos ensangrentados, baterías antiaéreas mirando impávidas el cielo, tanques atascados en la arena. El acero de las balas trazando la muerte nocturna, agazapada, al acecho. Yo he visto todo eso y más, afirmaba con sus ojos, gestos, desde el fondo de las entrañas, era un sobreviviente de una muerte asesina, no pacífica, menos natural. Mierda, decía, en algún idioma, cuando iba a orinar. Se refrescaba la memoria frente al espejo y confirmaba que él era un noticiero ambulante, al uso. Regresaba a la mesa con el pelo mojado y la vista hacia dentro, en segundos la giraba al infinito, siempre encontraba una puerta para escapar.

Es pesado cargar esos fantasmas en una mochila, pensaba Denver, y asociaba esas vidas a una vida que no era nueva, cuando volvían a casa. Denver tenía otros intereses; a pesar de su condición inevitable de habitante de Limbo City, no era orgullo, sino la urgencia de alguna pertenencia. Sólo él lo sabía.

Sparring dormía en un hotel sin ninguna categoría específica. Había escapado de tanto peligro, minas dormidas en el camino, que el lujo le incomodaba. Un tipo franco, registraba la muerte en combate. Mascaba chicle cuando se impacientaba. No compartía su vida personal, dejaba todo a una abierta interpretación. Denver admiraba la ternura de su frialdad y tranquilidad al mismo tiempo. El país le parecía una referencia en el mapa. No estaba claro si él lo había escogido o la geografía lo adoptaba como a tantos en tránsito. No pensaba renunciar a la voluntad del destino. Ni para mayores especulaciones que la monotonía de los días le marcaban a placer. El azar no acude por referencia alguna, sucede, se decía convencido. El dedo en la llaga no deja de ser una suerte de sadismo casi pasado de moda. No hay que repetir los malos momentos. En eso existía una admirable coincidencia. Una vez las historias se cuentan, no debieran reproducirse por ningún motivo. Llego a pensar que ambos estaban para borrar, no el pasado, sino las pobres circunstancias de un futuro amenazado por los mismos vicios de la repetición. Los monólogos, largos silencios, paréntesis, suelen irse de las manos. No sería el primer caso. Los bares te sirven una copa y otra, el tiempo pasa, se desvanece, todo entra en una cámara lenta y silenciosa. Lo curioso es que nadie en el bar consultó un celular. Quizás estaban escuchando los monólogos interminables, abiertos a esa aventura indescifrable de la interpretación libre de una cierta ausencia elegante. A falta de palabras puede terminar una historia o comenzar otra.

El futuro estaba escrito por un solo lado, por Rolando Gabrielli
El mar es un gran telón sin horizonte. No admite más que presente. Su presencia es grandiosa. Hipnótica si le miramos de frente y no lo usamos de marco de referencia. El mar se conoce por su autonomía. Fotografía: Richard Price • Unsplash
Rolando Gabrielli
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