correcciondetextos.org: el mejor servicio de correccin de textos y correccin de estilo al mejor precio

Saltar al contenido

Los pioneros también mueren, viva el rock

viernes 22 de mayo de 2020
Little Richard
Little Richard fue un niño pobre, negro, gay, en una época poco tolerante; impuso su talento, su pasión, y no dejó de ser quien quería ser.

Así es como se van las épocas en las letras de las canciones; quedan sin duda los ecos de aquellos días, sus huellas y memoria. Es cierto que es pasado, polvo de ayeres tal vez, como todo lo humano que viene limpio, transparente, y asimismo parte esfumándose en la semilla que quizás pudiera dejar. Las hojas también caen y se renuevan.

Años después me daría cuenta de que el rock era negro, una música de alma negra, una puerta cultural para salir del infierno en Norteamérica.

Ha muerto Little Richard, una parte importante de los cimientos del rock and roll, el ritmo de mi generación, y así van sucediendo uno tras otros los pasos en una pista de baile. Definitivamente la música marca épocas, hace historia, recorre nuestra juventud como la sangre las venas, hijos del long play y del rock. Cuando se lo quisieron pasar a llevar de los escenarios de la historia, fue categórico y no mentía: soy el pionero, el arquitecto del rock. El rock tiene historia, protagonistas, mentores, raíces y mezclas de muchos ritmos, esa síntesis vertical de sentimientos y movimientos, una euforia ancestral hacia adelante y atrás como una mecedora comentan los primeros historiadores. Pero como en todo en la vida, hay mucha goma de mascar y se pega en cualquier lugar, la saliva es inagotable. El rock ha resultado más fuerte que sus protagonistas y leyendas, ha demostrado tal fuerza que vino para quedarse, y los que ya no bailamos rock, hemos vuelto a la mecedora a repasar aquellos pasos y movimientos fantásticos que encendían las noches juveniles.

Cae la tarde en Santiago de Chile. Nury y su hermana Nancy pasan por la esquina del barrio con una radio escuchando rock y riéndose como en una cinta musical. Seguí con la vista las dos siluetas bamboleantes, pero yo no bailaba rock, ni nada, mis pies estaban tiesos, vírgenes. Mi timidez me retiraba de cualquier pista posible y ni siquiera me aproximaba a ninguna de ellas, porque el ridículo no era una abstracción, sino una apabullante realidad, socialmente vergonzosa. La adolescencia no perdona ningún paso en falso, a pesar de que es una época de crecimiento, son tiempos de ensayo y error.

Me quedé tarareando la música que el radio esparcía por la calle y un poco rumiando su recuerdo al anochecer. Vapores de adolescencia, nostalgia de la edad madura, tiempos, tiempos vivos de otro calendario. Los días pasaron como suele ocurrir con el tiempo y conocimos a las hermanas Guerra. Nos invitaron a su casa a dos cuadras. Tenían un saloncito donde bailaban. El piso de madera brillante. Gente de la cultura, lecturas, intereses nacionales. El tocadiscos tradicional de la época giraba y giraba y las hermanas hacían su exhibición y ahí también estaba su hermano, más contemplativo y observador, sólo dejaba que la música llegara a sus oídos. El saloncito, que oficiaba de una salita de recepción, tenía una ventana a la calle. Uno de los tantos lugares en el mundo donde se bailaba rock and roll y no figuraría en ninguna historia de revistas famosas, ni sería objeto de comentarios radiales, ni de otros pasillos que no fueran los del mismo lugar.

Para mi hermano y yo era una gran novedad y un escape de la monotonía juvenil y de la férrea disciplina paterna, estacionada en el castigo, la censura, las advertencias, la culpa y todos sus derivados de la época. El sábado era el día del rock and roll, algunas boquitas —qué atenta era esa gente, las personas de esa época—, Coca-Cola, risas, conversación, la búsqueda de intereses comunes, nos mirábamos a los ojos sin casi pestañear y de telón de fondo la música como una rima plateada en el atardecer de Santiago.

Nury comenzó a enseñarme los primeros torpes pasos, aflojar la cintura, atreverme a desafiar al rock, porque siempre supe que el rock te lo permitía, es más, exigía decisión, una combustión diferente, animaba a perder la cabeza, seguir el movimiento de los movimientos y respirar felicidad. Me paré torpemente en medio de la pista, como un maniquí, una especie de espantapájaros a la espera del sol, la lluvia, lo que viniere.

Años después me daría cuenta de que el rock era negro, una música de alma negra, una puerta cultural para salir del infierno en Norteamérica, una verdadera pasión ancestral en búsqueda de la libertad. Fue un blanco, eso sí, el que abrió el candado a esta fuerza incontenible que ponía a bailar a los pies más tiesos, y que despertaba todo tipo de euforias y también malestar como ocurre con las revoluciones y los movimientos rompedores. Pero ya había historia negra anterior, no reconocida como debiera, pero existía.

En el saloncito solté los pies, yo mismo me asombré, me dejé guiar, recuerdo perfectamente, por la maestra en el rock, y la mecedora comenzó a funcionar con la sincronización del va y viene, tan propio del rock, esa sincronización creativa, porque estimula a fantasear, a dispararse en el aire, fluir, flotar y volver al sitio de partida. Hay mucha complicidad en sus movimientos, entrega, olvido a pesar de las cuidadas formas que va adquiriendo cada paso en la improvisación personal y la relación de binomio que nunca se rompe y siempre se recrea el uno en el otro. No dejé más el rock. En los malones mostraba mis destrezas en la pista, había algo en los genes, al parecer. Los sábados por la tarde íbamos al saloncito en búsqueda del placer del rock y la charla amical distendida, grata, reconfortante y estimulante.

Los ciclos van moviendo al mundo, algunos son un largo duración en vida como Little Richard, al que estamos despidiendo en sus largos 87 años.

Un día la sorpresa nos sorprendió, a mí en especial, cuando entré y se escuchaban los legendarios versos de Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda. Inolvidable reencuentro con la poesía del mito de la época, el audaz Neftalí Reyes Basoalto, que dejaba caer su lenta voz y sus palabras en nuestros adolescentes esponjosos absorbentes sentidos. Había llegado con fuerzas la poesía y no éramos los únicos en Santiago que escuchábamos al vate, una poesía que nos conectaba con el amor y la vida, la realidad social de una época y el mundo.

El rock fue un poderoso eslabón social, un imán de la época. No necesitaba un relacionista público, se había instalado en el centro de la guitarra eléctrica Elvis Presley, aunque la nueva leyenda, contaba con esta herencia poderosa de las minorías negras, esclavas y de blancos marginales, que a través del blues, el góspel, el jazz y el country, entre otros ritmos, habían revolucionado la música, el alma de una generación. Llegó la película La mujer que yo adoro, como primer actor Elvis, y recuerdo en el teatro Monumental cómo la gente bailaba ante la pantalla. Un escena nunca vista en la sociedad chilena de la época, austera y patatiesa, pero Elvis ponía cualquier esqueleto en movimiento.

Oh, el rock and roll / no deja de bailar en su propia historia / la muerte de un inmortal / en esta fiesta del adiós / con solemnidad el mundo debe continuar / y las guitarras hablar / El rock nunca morirá / mis pies, tus pies lo sostendrán / en el primer salón de baile / que veamos en la ciudad / Un rockero no para de bailar hasta el amanecer / y vuelve a empezar donde una guitarra y un saxofón / comiencen a tocar.

Little Richard fue un niño pobre, negro, gay, en una época poco tolerante; impuso su talento, su pasión, y no dejó de ser quien quería ser. Para qué más datos, las estrellas nunca mueren; fue muy admirado en Inglaterra, en Estados Unidos, sin duda, y por los Beatles, y tuvo una larga vida como pocos cantantes, músicos estrellas, que pareciera tuvieran un pacto con la muerte. Inspiró a Elvis Presley además. El rock tiene su futuro asegurado, una historia que lo sostiene a prueba del tiempo. Lo popular tiene fuerza y energía propia.

Elvis Presley le puso una cara y un perfil al rock, lo volvió a bautizar y proyectar con una nueva imagen, un blanco con voz de color y movimientos también afros. Los Beatles lo veían como su ídolo, pero Elvis como una amenaza para su fama en Estados Unidos. La música se estaba renovando y los Beatles venían con sus propias propuestas. Cuenta la historia que Elvis, en una cita con Nixon en la Casa Blanca, había denunciado a Lennon como antinorteamericano, por decirlo en una palabra genérica. Le había escrito una carta previamente, con una letra infame, donde se ofrecía como agente federal. Cosas del pentagrama de las estrellas rockeras y del pop rock.

Después vendría la beatlemanía, qué generación afortunada fuimos, digo, con estos grandes artistas, bandas, movimientos musicales populares, que construyeron nuestro imaginario, junto a la cultura popular de los países donde nacimos y vivimos. Elvis tenía razón, pero su decadencia era inevitable, los ciclos van moviendo al mundo, algunos son un largo duración en vida como Little Richard, al que estamos despidiendo en sus largos 87 años. Queda la historia, lo vivido, el aroma del tiempo, como diría el autor de un libro del mismo nombre y es más que una metáfora, una sensación real. Larga vida al rock, muchachos.

Rolando Gabrielli
Últimas entradas de Rolando Gabrielli (ver todo)