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Efraín Barquero, palabras pendientes

jueves 2 de julio de 2020
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Efraín Barquero
Barquero, de origen campesino, como dice Neruda en el prólogo de su primer libro, La piedra del pueblo, 1954, trabajaba con las materias y elementos simples, cotidianos. Fotografía: Rodrigo Fernández

El poeta Efraín Barquero era uno de los secretos más importantes de la poesía chilena, silencioso, humilde, sencillo, profundo, auténtico, como una vasija de greda. En medio de la soledad, el aislamiento, la incertidumbre que produce el avance mortal del coronavirus en el mundo y en especial del continente americano, me entero de la triste noticia de su fallecimiento en Santiago de Chile. En mi último viaje a Chile, después de más de tres décadas, una de las personas a las que busqué infructuosamente fue Efraín. Como todas mis búsquedas, fue una inútil incursión kafkiana por una ciudad donde nací y que desconozco, pero sobre todo a sus habitantes. Qué país tan extranjero, me dije una y otra vez, recorriendo sus calles, atravesando sus puentes, volviendo a algunos barrios, la universidad, preguntando por esto y aquello, hasta identificarme con los emblemáticos cerros enclavados en su corazón, algunas estatuas absolutamente cordiales, siempre con el mismo humor y mirada sincera. Caminé por Providencia, pregunté en la Sociedad de Escritores de Chile, donde pasamos un tiempo fantástico con Barquero, Teillier, Délano, el Chico Molina, Rolando Cárdenas y algún otro parroquiano en aquellas noches brillantes de poesía, en tiempos de carpe diem. Por ese entonces, mediados de los sesenta, yo vivía en casa del poeta Waldo Rojas y en su inmensa, privilegiada, selecta biblioteca conocí los primeros libros de Barquero, La compañera, Los vientos del reino, que el propio Waldo elogió. Las noches y lecturas continuaron, se sumaba una eufórica colorina, magnífica poeta, vinculada a Parra y a Jodorowsky en su juventud, Estela Díaz Barín. Con Barquero teníamos química, quería que me fuera a su casa en Lo Gallardo a escribir poesía, allá vivía con su compañera, que nunca conocí más que en el célebre poema. El poeta la tomó de rostros pobres, no sabe su nombre, le basta que sea joven, laboriosa, sana, bella y como los árboles teje ella misma sus vestidos.

“Si he de tener contigo un hijo / que éste llegue / cuando nuestra casa sea toda la tierra”. Son versos de su libro La compañera, cuánta vigencia más de setenta años después y cuánta contemporaneidad para estos días de incertidumbre, de una tierra tan agredida, de inseguridad y de un futuro que no pareciera interesarse por lo que hace el hombre en y con el planeta. Libre albedrío, el más libre, a la estupidez, banalidad del mal, distópica en el literal sentido de la palabra.

Una poesía honesta, podría llamarle en una espontánea reflexión frente a mi ordenador, profundamente transparente, de arraigo al Chile de adentro.

Barquero, de origen campesino, como dice Neruda en el prólogo de su primer libro, La piedra del pueblo, 1954, trabajaba con las materias y elementos simples, cotidianos, el reflejo de los días sobre la mesa familiar donde compartía el pan y el vino, con esa naturalidad de lo esencial. Vivía como poeta, sentía la vida y la transformaba con sus palabras. Silencioso como los sueños o las huellas que dejan las aves cuando cruzan el amanecer en las montañas, en los caminos silenciosos del campo chileno.

Integró la excepcional Generación del 50, conformada por Miguel Arteche, Enrique Lihn, Jorge Teillier y Armando Uribe Arce, originales, esenciales, diversos, un capítulo extraordinario del silabario poético chileno del siglo XX y que concluye en la segunda década del siglo XXI con la reciente partida de uno de sus prominentes miembros que cierra el círculo virtuoso. Una poesía honesta, podría llamarle en una espontánea reflexión frente a mi ordenador, profundamente transparente, de arraigo al Chile de adentro, el cual siempre formó parte de sus raíces, aún en el lejano oriente donde vivió y escribió durante unos años, sin perder la chilenidad. No sufrió la transformación del veneciano Marco Polo que regresó de China, aún en harapos, con un aire mongol a los muelles venecianos, como relata la historia. Barquero, cuando lo conocí, vi una mirada franca hacia la verdad en búsqueda “del eterno presente”, como dijo más de alguna vez y él mismo se retrataba en su palabras. Lírico, lírico, lo que puedan decir los críticos, trabajaba con los materiales sin artificio, humanizaba el lenguaje, la conversación cotidiana, la amistad, y reflejaba la paz interior de su poesía. Hizo oídos sordos a la influencia de poderosos poetas, Neruda, Huidobro, Parra, y escuchó a su corazón y puso atención a sus orígenes. Recuerdo que en una antología que hizo Alfonso Calderón, en una entrevista escogió un poema de Gabriela Mistral, como su favorito, “Beber”: “Recuerdo gestos de criaturas / y son gestos de darme el agua”. La Mistral bebe el agua del río Aconcagua, el poema describe la Mitla de México, pasa a Puerto Rico y regresa a su valle natal de sus niñeces con su madre y la infancia de esos recuerdos y primeras aguas. Barquero admiraba con admiración natural a la Mistral de tantas raíces, chilenidad y hondura patria.

Lo busqué afanosamente en Santiago para agradecer su generosidad en un tiempo que no termina de parirse a sí mismo.

En esa antología definió el acto de la creación como el único acto religioso que va quedando en el sentido de religare, es decir, acercamiento entre los hombres. Volvemos a la vigencia y actualidad de esas palabras visionarias, con futuro. Fundar una nueva fe y esperanza, más allá del lenguaje, y no estaría de más, quizás, no sólo se trata de palabras, sino de un pensamiento e ideas nuevas.

Barquero siempre se aproxima, hurga, en una experiencia vital, la tiene a la vista, en la memoria, vive el poema en una palabra silenciosa, más que íntima, comunica esa pertenencia al lugar y las cosas, comparte con el lector lo que en verdad comienza por conmoverle a él. Su poesía hace un largo recorrido por su vida, escenarios, países, su geografía íntima es la que una y otra vez retorna al centro de su poesía. Hubo tiempo y circunstancias para lo social, el amor, la metafísica, el exilio, pero siempre retornaría al origen, a la memoria, a su ruta siempre inaplazable.

Estas palabras, escritas una noche en medio de la pandemia, esta peste que pareciera infinita con su diminuto protagonista, se las debía a Efraín, lo busqué afanosamente en Santiago para agradecer su generosidad en un tiempo que no termina de parirse a sí mismo, por su poesía, pasión viva de la naturaleza de sus sentimientos, objeto de sus días, razón de un oficio que ejerció con inusual amor.

Rolando Gabrielli
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