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La poesía no es un pretexto

jueves 26 de noviembre de 2020
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La poesía no es un pretexto, por Rolando Gabrielli
El Chacal apareció en la escena post Nobel para ofrecer a otros sellos la poesía de Glück, hasta ahora sólo distribuida por Pre-Textos a sus propios riesgos y por una extraña devoción al género.

Tres décadas después visité una de mis librerías favoritas en Santiago de Chile. Ahí, los sábados acudían escritores de prestigio, llegaban novedades de España, Argentina y México, los mayores centros editoriales del habla castellana. Había café, conversación de pasillo, miradas de reojo, un personal especializado y atento. Un remanso en el Chile de los setenta, cuando casi todo era posible. Especialmente el diálogo, el trato humano, la creatividad, el intercambio, la amistad. Nos poníamos al día, le tomábamos el pulso al ambiente santiaguino, a esa sensación tan necesaria para un escritor, recorrer la atmósfera colectiva de la palabra. No había gran protagonismo, la estrella principal estaba en Isla Negra.

Sentí que ingresaba a un lugar desconocido, el mismo espacio tal vez, sin ningún encanto en pleno verano, atiborrado de libros, sin la vieja atención, el carisma del sitio y lo que en sí representa. En mi memoria estaban los fantasmas de los antiguos contertulios de los sábados, la parada obligada de escritores, críticos de arte, cine, artistas, un punto de encuentro tácito de los intelectuales chilenos. Pensé en Jorge Teillier, Waldo Rojas, Enrique Lihn, Alfonso Calderón, Enrique Bello, Nicanor Parra, Federico Shopf, Antonio Skármeta, Ariel Dorfman, Poli Délano, Rolando Cárdenas, el Chico Molina, Armando Cassigoli, Hernán Loyola, Manuel Silva, los poetas de provincia de norte a sur cuando visitaban la capital y una lista que supera mi memoria.

 

Mientras recorría la librería, muy pocos metros entre estantes, pensaba en el pasado, cuando los poetas chilenos tenían la palabra.

Librerías y bares, susurrantes voces

Llevaba mis únicos dos libros editados para ponerlos a la venta, sin un mayor compromiso económico ni de lanzamiento editorial, ni nada por el estilo. Subí a hablar con el gerente, dos días después de una cita, y me dijo que debía pasar a un comité editor, tema que ya he comentado en otro artículo. En medio de la conversación le pregunté si le interesaba la poesía y me dijo que francamente no. ¿Estaba en el lugar equivocado? Pensé en un libro mío que ganó el primer premio de poesía el 71, que otorgaba la Federación de la Universidad de Chile (FECH) y que aún no he editado.

El mundo de la escritura pareciera ser muy diferente al editorial. Y la poesía suele ser la fea del paseo. Todo quedó en veremos y salí de Chile sin respuesta. Sólo la encontré meses después de una correspondencia y de un enviado especial, y hasta el día de hoy sólo he sabido que los libros estaban arrinconados, sepultados en un estante para lectores arqueólogos o detectives, en el mejor de los casos.

Mientras recorría la librería, muy pocos metros entre estantes, pensaba en el pasado, cuando los poetas chilenos tenían la palabra, y la poesía un espacio en la conciencia nacional. Los poetas no sólo tenían algo que decir, sino que lo decían. Se respiraba poesía, aunque parezca una exageración de época, había una tradición respetable, no un poeta, ni tres, ni cinco, muchos más, y habían trascendido las fronteras. Las palabras se defendían del silencio, sumaban solidaridad, convocaban a los espíritus críticos de la sociedad.

Recuerdo algunos grandes momentos, Neruda en un discurso cuando era candidato a la Presidencia de la república, renovando el lenguaje; a Nicanor Parra recitando en el Pedagógico de la Universidad de Chile, con lágrimas en los ojos y la voz quebrada, “Defensa de Violeta Parra”, su hermana suicida; a Enrique Lihn en la Escuela de Periodismo y las susurrantes voces de los poetas en los bares capitalinos y en la Sociedad de Escritores de Chile (SECH). Los talleres literarios eran espacios más cerrados y clandestinos, uno en tiempos de la dictadura lo hizo famoso Roberto Bolaño en su novela Nocturno de Chile, fachada de un centro de tortura visitado por conspicuos escritores del patio.

 

La poesía, un pretexto para construir un texto

La poesía no era un pretexto, una coartada para un país con una loca geografía, ni una excusa para no enfrentar la realidad, esa lejanía que nos distanciaba de todo, ni el género había surgido como tal para enumerar las matanzas policiacas, castrenses, registrar en buenas cuentas algunos hechos, sino para dar vida a una nueva palabra. Nunca fue un pretexto, sino el texto, el verdadero cuerpo de la palabra, el delito, si quieren llamarlo en la metáfora detectivesca popular. Es, en buenas cuentas, lo dicho de otra manera nunca antes dicha. La poesía indaga, descubre, se plantea a sí misma el oficio humano de transmitir el más profundo silencio que pueden producir las verdaderas palabras que conforman un poema en particular. Puede nombrar todas las cosas y aún reservarse la última palabra.

La poesía asume sus costos de ser palabra secreta, aún en el reinado de un tiempo coloquial, que pareciera recoger fragmentos de la belleza en las voces dispersas de los días y construir, con esa pequeña babel restaurada, una nueva historia, en esa otra palabra que nos era desconocida. La poesía, sin duda, es un hecho público, asume la tribuna, enfrenta el día a día, conversa con el Otro, dialoga permanentemente aunque aparezca como la discípula castigada en algún salón de clases. La poesía no le teme a las palabras, éstas son su mejor pretexto para construir un texto. Aunque esté ausente en el papel frente al lector, se le evoca: escribe con más poesía, esto no tiene poesía, di algo poético. Pareciera que hace la diferencia en el lenguaje y su significado.

 

La poesía no es negocio, el negocio de la poesía son sus palabras. Es un arte, en buen chileno, que come en la mesa del pellejo.

¿Tiempos de chacales?

Las palabras nos llevan a otras palabras, esa tal vez sea su principal magia, la alquimia del verbo. Como ahora que voy a mencionar una rara, curiosa, sorprendente anécdota post premio Nobel 2020, que recayó en la laureada y desconocida, en nuestras tierra e idioma, la poeta y académica norteamericana Louise Glück, quien por catorce años ha sido publicada por la editorial valenciana Pre-Textos y que ahora su agente literario Andrew Wylie —conocido como el Chacal— ha ofrecido sus libros en otras casas editoriales, argumentando el fin de sus contratos. La editorial Pre-Textos alcanzó a editar siete de sus once libros, cuyas ventas mayores llegaron a doscientos ejemplares y la empresa ha declarado pérdidas. De los casi seiscientos millones de hispanohablantes, sólo doscientos se interesaron por su poesía. Es un número notable en cualquiera de los ángulos que le examinemos y apostemos a la precisión de las matemáticas.

Con el Nobel, comentaron que vendieron setecientos ejemplares. Un tiraje muy modesto para un Premio Nobel y muy real para la poesía. La poesía no es negocio, el negocio de la poesía son sus palabras. Es un arte, en buen chileno, que come en la mesa del pellejo, un género como esos parientes venidos a menos que estorban con sus visitas dominicales y muchas veces no se les abre la puerta. Antes del Premio Nobel, a nadie le preocupaba editorialmente Louise Glück, esta neoyorquina, hija de un inmigrante húngaro, que llevaba una vida bucólica, aparentemente libre de preocupaciones, en Cambridge, y como profesora de inglés en Yale. Desde su primer libro fue premiada por la Academy of American Poets, posteriormente el National Critics Circle Award for Poetry, llegaría el Premio Pulitzer, al inicio de este siglo obtiene el Bollingen Prize for Poetry de la Universidad Yale, más adelante es nombrada poeta laureada de los Estados Unidos. En 2016, Barack Obama le otorgó la Medalla al Mérito en las Artes y Humanidades, y en el año del Covid, recibe el Premio Nobel de Literatura. Ahí quizás se detuvo momentáneamente la caja de Pandora de esta ascendente carrera literaria en materia de lauros, reconocimientos, apreciaciones, que vienen de la época de Jimmy Carter. Ha gozado de fondos de financiación oficiales para las humanidades, dicen las fuentes, un ejemplo, digo, para países cicateros con las artes.

Volviendo al pretexto de agentes, editores, el Chacal, que es uno de los editores más poderosos del planeta y representante de la Nobel, apareció en la escena post Nobel para ofrecer a otros sellos más reconocidos la poesía de Glück, hasta ahora sólo distribuida por Pre-Textos, a sus propios riesgos y por una extraña devoción al género, un gesto poco corriente en el mundo comercial, un acto de subversión y suicida frente al indiferente mercado de la poesía. En catorce años ninguno de los libros de Glück se agotó; eso refleja el interés en España por la poesía y en el mundo de habla castellana. Es un acto tan solitario, íntimo, casi confesional, que los editores no se animan a una aventura comercial y no ven rentabilidad, negocio, en este menospreciado producto, que ha salvado tantas novelas que apelan a un lenguaje más poético.

 

La poesía, un acto solitario, íntimo

Si uno saca las cuentas, la poeta Glück ha ganado todos los premios posibles en su país natal y nosotros no la conocíamos porque el idioma, las comunicaciones, no son tan permeables en estos asuntos de la poesía, y la crítica suele brillar por su ausencia. La atención está sobre los temas de la farándula, el Tik Tok, la cultura que va gestando, cultivando, diseminando, el mundo digital, de la imagen, el entretenimiento, construyendo un ego que Sigmund Freud sería incapaz de interpretar ni aunque contara con un diván en 3D. Ese mundo, esa modernidad líquida de la cual nos habla el filósofo polaco Zygmunt Bauman, que en 2000 ya vislumbraba y describía con un gran acierto, donde lo sólido, lo más permanente en el tiempo, es una pared que resiste a su inevitable ruina. Las personas viven como turistas, huyen del concepto tradicional de familia, son nómades, sin raíces, los trabajos no son para toda la vida, viajan, viajan, consumen, consumen, la vida tal vez como una aventura infinita. Cargan herramientas digitales en su mochila, no poesía, precisamente. Las tecnologías promueven la explosión hacia la aventura, la hacen posible, el mercado contribuye con su permanente estímulo, el desapego de cualquier causa que no sea la propia. La venta online crea masivos consumidores, no personas individuales, advierte Bauman. Hay detrás de todo una falsa vitrina del deseo que, lejos de gratificar, termina por sacar a la persona de la realidad.

Lo primero que asoma a una lectura ligera, incompleta, es ver una pequeña editorial en medio de una tempestad, improvisada por unas circunstancias con características ficcionales.

La poesía va a contracorriente. Personalmente someto a una tortura dominical a unos cuantos lectores piadosos, aburridos, tolerantes, generosos que aceptan este maltrato sin ninguna aparente objeción. La poesía es una obsesión por vivir lo desconocido y revelado en la palabra, descubrir lo que a simple vista no vemos y queremos ver, el exterior e interior de las cosas, el trabajo secreto de la naturaleza y los oficios cotidianos del hombre. La poesía está en todas partes, decía Nicanor Parra, algo así, y en los últimos años lo sentí rastrear todas las voces posibles, tugar, tugar, salir a buscar, como si el lenguaje que tenía a su alcance ya lo hubiese gastado, no le servía y lo hubiera usado. Escudriñaba, su hermana Violeta hizo un trabajo enorme a pie por Chile rescatando el folclore debajo de las piedras, cazaba no sólo palabras, atmósferas, situaciones, el físico probaba nuevas fórmulas. Por una casualidad del destino, he tenido muchas, caminaba por el Parque Forestal de Santiago (no es el parque inglés del poema de Parra, ni la mujer el angelorum) en los alrededores de un museo y me acerqué a una mujer para saber cuándo lo abrían. Me dijo que estaba en mantenimiento. Y cruzamos algunas palabras y como por arte de magia salió Parra al baile, porque le hablé de poesía, que andaba buscando el departamento del poeta Hernán Uribe Arce. Y me contó que Parra andaba detrás de los dibujos de su hijo y que lo había visitado durante una consulta médica. No le agradó, me dijo, esa situación. Volví a comprender que lo insólito existía. Sospeché que Parra seguía buscando lenguajes y él mismo declaró que anotaba lo que decían los niños. Su curiosidad no tenía límites. ¿Ponía su oído en búsqueda de nuevas voces y palabras? Con más años, vivió 103, hubiese terminado conversando con las hormigas.

 

¿Una petite victoire?

Volviendo a este inédito, rocambolesco e inconcluso capítulo de la poesía, las editoriales y la lealtad, observamos que la poesía no se lee ni en pandemia, pero un premio relevante y sus derivados puede llevarla a una petite victoire.

Lo primero que asoma a una lectura ligera, incompleta, es ver una pequeña editorial en medio de una tempestad, improvisada por unas circunstancias con características ficcionales. Los agentes se mueven sigilosamente detrás de las bambalinas. Es curioso que ocurra en el marco del Premio Nobel de Literatura, que en los últimos años ha estado envuelto en las diferencias tradicionales y en algunos escándalos que dieron origen a su momentánea suspensión. Sorprende que nadie critique a la ganadora, que este año el premio no haya estado rodeado del tradicional suspenso y emoción, atención sobre el posible galardonado. En el año de la pandemia, dos poetas anglosajonas han obtenido sendos premios importantes en poesía: el Nobel, Glück, y el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2020, Anne Carson.

 

Cuando la editora estrella, la catalana Carmen Balcells, dejó el escenario editorial, ese espacio lo ocupó Andrew Wylie.

Pre-Textos y más pretextos

La editorial Pre-Textos (fundada en 1976), como hemos dicho, es la única que asumió los riesgos de editar a Louise Glück en español, y tras pacientes catorce años de verdadera perseverancia, el Nobel puso a sonreír por primera vez, comercialmente hablando, a su editor, el valenciano Manuel Borrás, y a sus socios. La sonrisa sólo fue un chispazo; después vino la historia inesperada. El Chacal movió sus piezas y ofreció los derechos a sellos de un mayor renombre y capacidad económica que Pre-Textos. Los pretextos son varios, que expiró el contrato de Pre-Textos como editorial que publica los libros de Glück, que estaban atrasados en las regalías correspondientes a la escritora y al parecer la poeta está de acuerdo con los nuevos rumbos que soplan para sus libros en español. Una especie de borrón y cuenta nueva. Así se esfuman catorce años de amor por la poesía y hay quienes acusan de falta de lealtad a la galardonada autora. El Chacal hace su trabajo, aunque también se comenta que le salió el tiro por la culata. Las dos editoriales a las cuales les ofreció la Nobel en bandeja de plata rechazaron la oferta, por principio y solidaridad con Pre-Textos y también con los principios, valga la redundancia. Las editoriales en mención son las reconocidas Visor, Planeta y Penguin Random House.

Todo un folletín del siglo XIX, en tiempos de la mano invisible y visible, ahora, del mercado. La oferta fue al mejor postor, como en una subasta. ¿Tiene tanto poder la poesía, como una obra de Banksy, el invisible grafitero inglés, que llama a los martilleros a subastar sus pinturas?

¿Quién es el Chacal? Cuando la editora estrella, la catalana Carmen Balcells, dejó el escenario editorial, ese espacio lo ocupó Andrew Wylie, conocido como el Chacal, y “se convirtió en el agente literario con la mejor cartera de representaciones del mundo literario y artístico. Sus clientes van desde los herederos de Norman Mailer, Saul Bellow, Roberto Bolaño, Jorge Luis Borges, Vladimir Nabokov, Arthur Miller, Paul Bowles, William Burroughs, John Cheever y Raymond Carver hasta autores vivos como Martin Amis y Salman Rushdie, y la fotógrafa Annie Leibovitz”.

Manuel Borrás respondió a esta maniobra “nobelesca”: “El agente Wylie ha roto en muchas ocasiones cualquier código moral. No somos nosotros sus únicas víctimas. Es gente que ve la cultura sólo como una máquina de hacer dinero y al precio que sea. Creo que hay que rebelarse contra esas prácticas, porque de ahí a que los bárbaros vuelvan a instalarse hay sólo un pasito”.

De las editoriales surgió una carta, suscrita por editores, periodistas, escritores de varios países de América Latina, y que en una de sus partes señala que, “porque creemos que editores y autores deben ser aliados en las buenas y en las malas, los escritores, traductores, editores y periodistas que firmamos esta carta abierta queremos dejar sentado nuestro descontento por una práctica cada vez más frecuente que denigra la confianza, conspira contra la lealtad y condena a la literatura a ser un producto más del mercado, relativizando los valores humanos de los que se supone debería ser portadora”.

A Pre-Textos se le suspendió la venta de libros de Glück y se le conminó a destruir su existencia de unos 1.500 ejemplares, al tiempo que detuvo una nueva edición. ¿Quemar los ejemplares como hizo Hitler, guillotinarlos como Pinochet con la editorial Quimantú? (aunque también realizó sus quemas ejemplares e históricas).

Es difícil agregar más leña al fuego de la poesía.

 

Del epilogar

Los premios tienen tantas variables como las novelas o las obras poéticas de sus autores. El teatro no queda fuera de este escenario, la época, política, geografía, gustos, conveniencias, todas las subjetividades que nos permite el arte. En la carrera al Nobel ha habido tantas sorpresas como sorprendidos. Un gran escritor sudamericano, ciego, apasionado de las sagas escandinavas, emplazó con su espada a la dinamita del Nobel y ya podemos conocer los resultados de antemano: se transformó para la eternidad en el mito escandinavo. Otro poeta del sur, el más abandonado de todos como dijo en su discurso al recibir el lauro, esperó veinte años para recibir del rey de Suecia este tan codiciado reconocimiento para las letras universales.

En este azar del Nobel, como en cada acto en que interviene el hombre, ocurren arbitrariedades, olvidos, ninguneos, y de esta manera no llegaron a ser nobeles escritores influyentes y determinantes para el futuro de la literatura, como James Joyce, Franz Kafka, Fiódor Dostoievski, León Tolstoi, Marcel Proust, Vladimir Nabokov, Juan Rulfo y Eugenio Ionesco, entre otros.

El caso de Sartre, la conciencia de Francia, figura en los anales de Estocolmo. El filósofo rechazó el premio antes de recibirlo y a pesar de haberse filtrado la carta personal que dirigió previamente al jurado, decidieron otorgárselo. Lo rechazó, dijo, por estimar que tenía un color político. No quería ser asimilado por el sistema, él no pertenecía a ningún partido político. Escribió Los caminos de la libertad.

Rolando Gabrielli
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