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¿El hábito te convierte en poeta o te hace monje?

viernes 5 de febrero de 2021
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¿El hábito te convierte en poeta o te hace monje?, por Rolando Gabrielli
La poesía siempre ha tenido argumentos para cantar, hablar de los temas que más ocupan y preocupan al hombre.

La poesía, en la actualidad, es un hecho notorio, que viaja por las márgenes de la sociedad y su incidencia es casi un objeto de salón, arrinconada en la academia, talleres, en la obsesión de sus autores, en la tenacidad de algunas editoriales, festejada por algunos premios, puesta ad valorem para la ocasión y amparada por la tradición.

Que me perdonen los críticos, poetas, los filósofos, políticos, los llamados influencers, la palabra nunca pasará de moda, seguirá dejando huellas, hablándole al oído a la humanidad.

No son los tiempos ni las potentes voces poéticas de Dante, Shakespeare, Quevedo, Baudelaire, Rimbaud, Whitman, Martí, Mayakovski, Rubén Darío, Borges, Vallejo, Neruda, Paz, Cardenal, Parra y tantos otros que marcaron una época, como los surrealistas, por ejemplo. Fundaron naciones y las defendieron. Dante unificó el idioma italiano y es considerado su padre, otros nos enseñaron a entender la naturaleza humana. Homero, Horacio y Heráclito, agregaría, siendo filósofo, fue un poeta del cambio continuo y lo estamos viviendo.

La poesía ha evolucionado, como todas las artes; cada cierto tiempo surge un autor que marca una época.

A los poetas los escuchaban, quizás no tanto como en la antigüedad, pero contaban con una tribuna y un público popular, académico, los medios impresos, los muros de las ciudades y hacían ver la vida de otra manera, porque, al parecer, disponían de un radar especial para crear atmósferas, describir situaciones, proyectar la voz de los pueblos, ser sus intérpretes y convertirse en la palabra de la tribu.

El poeta era más que un convidado de piedra; si no tenía una presencia, estaba presente de alguna manera en la conciencia de los segmentos más avanzados de la sociedad o en boca de algún niño en un día de clases y cotidianeidad.

La tradición chilena ha brillado en el siglo XX en el habla hispana, sus poetas se comprometieron con el país, su época y, sobre todo, la poesía, Huidobro, la Mistral, Neruda, Parra, De Rokha, Gonzalo Rojas, Díaz Casanueva, Lihn, Teillier, Barquero, Uribe Arce y muchos otros. América Latina ha contado con importantes voces propias, de obligatoria consulta para cualquier poeta joven, lector, estudioso o aficionado a la poesía. Sor Juana Inés de la Cruz, Conde de Lautréamont, Gelman, Lezama Lima, Nicolás Guillén, Eliseo Diego, Carlos Germán Belli, José Emilio Pacheco, Carlos Drummond, Pablo Antonio Cuadra, Cintio Vitier, Jorge Enrique Adoum, Mario Benedetti, Ida Vitale, Dulce María Loynaz, Alejandra Pizarnik, Oliverio Girondo, Álvaro Mutis, José Coronel Urtecho, Roque Dalton y tantos otros. Es recomendable recurrir a la tradición, a esa palabra fundacional, que no pasará aunque algunos pierdan la memoria y el placer por las palabras.

La poesía ha evolucionado, como todas las artes; cada cierto tiempo surge un autor que marca una época, hay una transición, una manera de ver e interpretar el mundo, de urdir, revelar el lenguaje. Se habla de la década, el tiempo, época de tal y cual autor, quienes han señalado un camino, abierto nuevas vías al género, y la sociedad se sigue mirando, aunque sea de reojo, en esas palabras nuevas.

En este mercado, donde la poesía no deja de ser poesía, ni se rinde, “los poetas no dan más de sí”, aventuró una reconocida editorial. Me pregunto qué habrá querido decir, porque los poetas no manejan la mano invisible del mercado. Hoy las editoriales publican unos cuantos ejemplares y los libreros no tienen vitrina para los poetas. Es cierto, la poesía ganó una gran tribuna con el Nobel de 2020 —aunque con la pandemia casi no es posible asomarse a lo cotidiano—, quizás en la soledad de la cuarentena. Durante la asunción del presidente Joe Biden, volvió a hacerse notoria y competir con el pop, en un discurso político y coyuntural. Llegó a una gran tribuna global, pero, pregunto, ¿cuántos de los allí presentes leen poesía?

Nunca esta generación había enfrentado la muerte y vivido una crisis tan demoledora socioeconómicamente, existencial quizás diría, en tiempos de paz. La poesía siempre ha tenido argumentos para cantar, hablar de los temas que más ocupan y preocupan al hombre, denunciar también injusticias, testimoniar el paso del hombre como constructor de civilizaciones, referirse a otros hombres, a lo que ocurre cotidianamente, a la naturaleza, el futuro, el amor y la vida en todas sus manifestaciones.

¿La poesía es un bien universal, común, esencialmente humano?

 

Epilogando una posdata

Es meritorio saber que la sociedad y la autoridad se movilizan cuando desaparece de su casa y entorno un poeta sin una razón justificada. El hecho ocurrió recientemente en Santiago de Chile. Causó inquietud y zozobra en sus familiares y comunidad. La búsqueda se centró en su condición de poeta con prominencia de candidato al Premio Nacional de Literatura. Las redes se movilizaron con un retrato y pie de foto con sus datos personales y cómo vestía aquel día que dejó su casa. El poema da cuenta de ello, pero no descubre el misterio de su recorrido. Reitero que Char decía que los poetas dejan señales. Omar Cáceres, cuyo retrato incluí en la contratapa de mi libro Los poetas de Chile —que curiosamente está próximo al rostro de José Pepe Cuevas en la misma edición—, salió un día de su casa y no regresó. Encontraron su cuerpo en una zanja marginal. Fue un vanguardista, es leyenda de poeta maldito, autor del libro Defensa del ídolo, con prólogo de Vicente Huidobro. Jorge Teillier solía contar que Cáceres tocaba violín en una orquesta de ciegos. Él no lo era. Los poetas suelen ser algo inefables, a veces.

 

Desaparición y aparición de Pepe Cuevas
(Poesía en un solo acto en tiempos de pandemia)

José Ángel Cuevas, el poeta Pepe Cuevas,
un rockero del Pedagógico
de la Universidad de Chile, años setenta,
ex poeta como se hace llamar,
sobreviviente de las termas de Macul,
ahí lo conocí mirando de reojo la realidad,
sacudiendo la difícil juventud de esos días,
y años después, Pepe Cuevas se transformaría
en un cronista de una mala época,
el país había sucumbido al azar de la muerte,
a una lluvia de interminables bandos militares,
un espacio de tiempo de alto riesgo
descrito por Lihn como el horroroso Chile.
Pepe Cuevas izó sus velas
en las zonas marginales de la capital,
desplegó allí alas y pies, hizo oír su voz,
tomó el pulso una y otra vez con su mensaje
de pájaro agorero, cuervo sanador de las heridas
de la gran tragedia en el nuevo Chile,
despotricó fielmente contra un sistema egoísta,
su discurso denunció la perversidad,
no comulgó con las ruedas de carreta
de un Chile totalitario con un puñado de dueños,
devorador de sueños, privatizador de la libertad.
El poeta hizo su trabajo desde la marginalidad,
la poesía, en verdad, en la actualidad
no asusta a nadie, revolotean las palabras
como moscas en leche,
decoran discursos, se celebran con algunos premios,
tienen ciertamente sus altares y adoradores.
Este viejo poeta, candidato al Premio Nacional,
vecino de Puente Alto, domiciliado también
en el antiguo puerto de Valparaíso,
fue dado por desaparecido días atrás,
salió de su casa, dicen, y lo describen vestido
con un jean negro, zapatos café, chaqueta azul
y un bolso negro, lo retrató un vecino,
iba a pie, no en su pequeño vehículo,
describen el momento de su partida.
Cinco días deambulando por la ciudad,
aún no se sabe por dónde,
le gusta salir a caminar,
dijeron sus familiares,
las redes sociales pusieron su retrato,
desesperados llamados, antecedentes
respaldados por su candidatura
al Premio Nacional de Literatura.
“El reconocido poeta José Ángel Cuevas”,
encabezaban los titulares,
llevaba dos celulares y ninguno de ellos
responde a su familia.
Las redes sociales circulan profusamente
avisos en búsqueda de su paradero:
Persona Extraviada, y aparece el rostro de Pepe,
algo descreído ignorando lo que sucede,
porque en verdad vive solo en Puente Alto.
La información dice que no es apegado a la tecnología,
que carga dos celulares antiguos.
El azar y el misterio van juntos,
a veces, de la mano, y los milagros existen,
como las circunstancias y casualidades.
Apareció el poeta descendiendo, se supo,
de un colectivo como si no hubiera pasado nada,
los teléfonos se habían descargado.
Siento que el poeta escribió su mejor poema
en tiempos de pandemia.

Rolando Gabrielli
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