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Potreros de la infancia y sueños
(un viaje al interior de la memoria)

jueves 11 de febrero de 2021
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Diego Armando Maradona
Maradona en 1969.

Quienes hemos jugado fútbol en los potreros del sur, en canchas de polvo, compartido camarines de madera, la pelota de cuero, barras militantes alrededor de la cancha, amor por la camiseta del barrio, bajo la lluvia, el barro, en la fiesta sagrada del domingo, entendemos más allá de la fama, publicidad, de los dichos de expertos que conocen todas las jugadas del 10, que Diego Armando Maradona nos ha dejado la incuestionable, intangible magia de un genio popular, que fue una leyenda en vida, innovó la gracia de un deporte de multitudes y trazó un antes y un después cuando un árbitro da por iniciado un partido en cualquier cancha del mundo.

 

Sé de lo que hablo, me puse la camiseta del club del barrio, Dibán, blanca con una franja roja que parecíamos del River Plate.

La gloria lastarrina

En los potreros de los barrios, donde la infancia y adolescencia están en plena alegría, se juega el amor propio, el orgullo, es una competencia del espíritu colectivo de grupos sociales, cuyos jóvenes deportistas sueñan con llegar a profesionales, porque la juventud es una nave que no tiene horizonte.

Sé de lo que hablo, me puse la camiseta del club del barrio, Dibán, blanca con una franja roja que parecíamos del River Plate, y también me calcé la de campeones de todos los colegios de Santiago de Chile —color vino tinto—, del glorioso colegio José Victorino Lastarria. Son momentos de gloria, alegría, plenitud, y éramos estrellas invencibles por esos imborrables instantes de la vida. La Cordillera de los Andes nos enmarcaba los sueños.

Me imagino al Pelusa de Villa Fiorito, inmerso en la pobreza y los sueños, dibujando sus días alrededor de la de cuero, fantaseando en el borde de la cancha, reteniendo el balón con la pequeña zurda que gambeteaba hasta el infinito de las redes de los arcos.

 

El deslumbrante brillo de un cebollita

Al esplendor de su juego, este cebollita ungido con la luz y la energía de los astros, villero de raza y corazón, se sumaba el artista del deslumbrante destello con el jueguito previo al partido, la pirotecnia anterior a su endiablado ritmo, esa fortaleza y empuje que da el origen barrial. Cada partido era una copa, un desafío que ocupaba todas las energías, un derroche de su virtuosidad. Nada se guardaba el crack, tenía en mente como en un caleidoscopio personal a sus compañeros en la cancha y rivales, a la galería, sus hinchas, el club, la camiseta, y se lo jugaba todo en esos noventa minutos de pasión, sin tregua, como si fuera el último partido de su vida.

Confieso que nunca lo vi en vivo, sólo en filmaciones, como he dicho, porque me retiré como espectador del fútbol el 73, después que los estadios de Chile fueron ensangrentados por torturadores del régimen de Pinochet. El cardenal Raúl Silva Henríquez salió con lágrimas en los ojos después de realizar una visita al Estadio Nacional. Allí vi a Pelé varias veces, a Di Stéfano, Puskás, Garrincha, Zagalo, al arquero Fernández de mi club, el Audax Italiano, tapar penaltis a diestra y siniestra, a Leonel Sánchez, Escuti, Jorge Toro, Eladio Rojas, el Sapo Livingstone, Raúl Sánchez, Mario Moreno, Elías Figueroa, Enrique Hormazábal, a la selección chilena del 62, San Filippo, Didí, Corbatta, a muchos nombres inmortales, y los íbamos a aplaudir y disfrutar. Los imborrables clásicos universitarios de la Universidad de Chile y la Universidad Católica, un espectáculo que hizo época.

No pisé más los estadios y colgué los botines como espectador. Asumí el luto de tanto atropello, humillación y perversidad. Una noche larga había soplado nuestras cabezas.

Los mitos son otra cosa, crecen en el inconsciente colectivo, el pueblo se reconoce en sus victorias, llora sus derrotas, en la pasión de sus actos, en su eterna necesidad de acompañarlos y vivir jornadas épicas, que atesorarán de por vida, convirtiendo esos episodios en leyenda. El Pelusa salió a comerse el mundo desde el primer día que su botín izquierdo tocó como un imán el cuero de la pelota y no se desprendería más de la gloria hasta llegar a los altares populares, donde los ídolos se instalan para siempre en la memoria de sus hinchas. Todo lo demás es parte de la historia.

 

Maradona nunca fue un jugador de salón, un atleta burgués, un espíritu reducido a los palcos y tribunas.

Nació en un pesebre en Villa Fiorito

Maradona, Diego Armando, ha muerto físicamente, un hecho natural en nuestra especie y la animal también. Somos un ciclo. Una corta historia. Algunos trascienden ese tiempo efímero y permanecen en el tiempo. Fueron seres extraordinarios, sobresalientes. Nacieron, al parecer, con una misión. ¿En qué otro lugar podría haber nacido el Diego? Su pequeño y humilde pesebre en Villa Fiorito le esperaba, casa con piso de barro, sin electricidad, ni agua, un cuarto para ocho hermanos, un techo que dejaba pasar la lluvia en invierno. Allí nacería una estrella, simplemente. El tiempo se encargaría de aplaudir sus triunfos en cada estadio donde se presentara y en los distintos escenarios de la vida. Había nacido el Planeta Maradona, el Pelusa conquistaba el mundo y el mundo le aplaudía. Su mayor hazaña personal quizás fueron los dos goles a Inglaterra en el mundial de México, la fantasía, la garra, la decisión de arrancar metros antes del medio de la cancha derecho al arco británico, un expreso imparable, síntesis de fuerza y belleza, además del gol acariciado con la mano de Dios, que se transformó en leyenda y resumió la picardía de un deporte eminentemente popular.

Maradona nunca fue un jugador de salón, un atleta burgués, un espíritu reducido a los palcos y tribunas, se fundió con el barro de su propia historia y la cancha en toda su dimensión, fue su escenario y pasión, donde conmovía a las multitudes, electrizaba a sus fanáticos y regalaba su inagotable fantasía de torero y bailarín, de príncipe del balompié popular.

Pocas veces la muerte ha sido más infame para el deporte y derrotada al mismo tiempo por un ídolo que ya es polvo de estrella. Que la gloria busque y cree sus propios ídolos, el Diego seguirá siendo una antorcha.

Rolando Gabrielli
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