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Un verano con Efraín Barquero

jueves 18 de marzo de 2021
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“Epifanías”, de Efraín Barquero
Epifanías (1970), de Efraín Barquero, contiene el ADN de su poética.

Apartando un poco el tiempo en este verano, fuera de la ciudad, el mar, la vegetación tropical en el esplendor de la estación, me llevé Epifanías, un libro que Efraín Barquero me obsequió con su inmensa humanidad y humildad, con una generosa dedicatoria. Un libro es algo personal, tiene intimidad propia, puede comprometerse con el lector, le facilita su acceso. La complicidad entre el lector y sus páginas, es esencial para el éxito de esta empresa absolutamente privada, individual, intransferible.

El libro no te escoge, pero está a tu disposición y servicio, fue escrito para algún lector interesado en la poesía, un curioso, otro poeta. Este obsequio data de hace 51 años para ser exactos, 1970 es la fecha y son los tiempos de otros tiempos, de una intensa bohemia creativa con Barquero, Teillier, Cárdenas, Poli Délano, la Colorina Stella Díaz Varín —musa de Nicanor Parra— y esas noches santiaguinas de poesía con dos miembros prominentes de la brillante y llamada Generación del 50. Dicho sea de paso, una generación excepcional, original, que aportó diversidad, escalones nuevos, importantes, a la rica tradición poética de Chile. Hernán Uribe Arce, Miguel Arteche, Enrique Lihn, Jorge Teillier y Efraín Barquero, quien falleció recientemente para cerrar ese ciclo virtuoso de nuestra poética.

 

Una generación indispensable

Cada uno de los poetas hizo su propia propuesta, lo que le otorgó al quinteto un lugar prominente en la poesía chilena y yo diría latinoamericana. Tres de ellos, como dato curioso, obtuvieron el díscolo Premio Nacional de Literatura y dos, muy importantes, fueron groseramente excluidos del lauro: Lihn y Teillier. Lamentablemente los premios están empedrados, en no pocas ocasiones, de malas y arbitrarias, ridículas intenciones.

En un viaje a la playa he separado las Epifanías de Barquero, poeta, amigo, a quien busqué en las calles de Santiago en mi último viaje y fue imposible encontrarlo.

Siempre quedan por fuera de esta canónica visión dos poetas esenciales, indispensables, en el itinerario poético chileno, con obra robusta como lo son Alberto Rubio, tan silencioso como (su) La greda vasija y David Rosenmann-Taub. Todos irrumpieron con sus propias propuestas, precedidos por los fundadores de la poesía chilena, salvo Ercilla, Huidobro, Mistral, Neruda, De Rokha —y sobrevivieron a su propia agenda—, lo que no es poco decir, enhebraron su aguja en el gran pajar de la poesía chilena.

 

Las Epifanías de Efraín

Volviendo a nuestro autor, y a su libro, una vez que abres sus páginas la suerte está echada, el lector tiene la palabra, aunque el libro fue escrito con las palabras de un escritor. La química no está asegurada y si fue un acto fallido existe la posibilidad de abandonarlo. (Hay recomendaciones de otros escritores al respecto). Es un acto arbitrario, pero en defensa propia.

En un viaje a la playa he separado las Epifanías de Barquero, poeta, amigo, a quien busqué en las calles de Santiago en mi último viaje y fue imposible encontrarlo, a pesar de que estuve con su principal crítico y recopilador de su obra tomando un café. Kafka nunca me ha abandonado.

Me queda el recuerdo de aquellas tertulias en mi juventud, en la vitalidad de los poetas, entre ellos Efraín, en el Chile poético, democrático, libre de mediados de los sesenta y principio de los setenta y tres.

No es lo mismo leer un libro de un autor desconocido que uno que te regala el propio autor con estas palabras tan generosas: “A Rolando Gabrielli, querido poeta joven con gran futuro, estas epifanías que pueden prometer un poco, su amigo, Efraín”. Otra época, otros gestos, un escritor íntegro sin la tradicional celopatía, egoísmo, chaqueteo party.

 

Su reino era todos los reinos y sus vientos

Barquero había fundado su palabra en la cotidianeidad de la vida y las cosas y una estancia en la China milenaria lo instaló en su nueva metafísica, pero pienso que nunca abandonó el lar, el pan de cada día. Dejó un nuevo libro al partir a los noventa años y no sé cuáles fueron sus últimos temas, poemas, pensamientos, inquietudes, pero estoy seguro de que no dejó de ser el hombre raizal que conocí, el poeta de lo esencial, elemental, metafísico también, de ese horizonte profundo, distante que vuelve a su eje.

Nos hace pensar su poesía, muy personal, en las materias esenciales mistralianas, oficio de lo cotidiano, el pan de cada día y el hombre en el centro de las cosas y de la vida. Es cierto que con su libro incubado en la milenaria y sorprendente, rica, cultura china, El viento de los reinos, Barquero abandona, por así decirlo, las cosas por su nombre, y les otorga la fuerza interior de estas campanas orientales y lejanas, que seguirán repicando en la madera y el metal de su poesía. Su poesía entró en un nuevo reino, pero nunca dejó su intimidad y búsqueda de lo esencialmente humano.

 

El silencio, la metafísica de un artesano

Estas son las Epifanías de Barquero, criticadas por Alone, elogiadas por Ignacio Valente, una de cal y otra de arena, y sólo el tiempo nos seguirá revelando su palabra, lo que ha dicho y ha dejado de decir, lo que nos corresponde tomar en esta época. ¿Los críticos ven lo que ven, lo que los otros no ven, ven lo que les interesa, ven para su propio bien? El poema es un gato, se defiende hasta de espaldas. Barquero bebía de las raíces de su tierra, en su pueblo Lo Gallardo, en la región de Valparaíso, en el puerto de San Antonio. Recuerdo que me invitó a que me dedicara a escribir con él en esas tierras, a desarrollar el oficio. Sentí que no estaba preparado, que Santiago era mi hábitat, la universidad, la familia, amigos, en fin, la vida no estaba en otra parte. Había transparencia en Efraín en cada uno de sus actos, claridad, amabilidad, gestos inexistentes en estos tiempos y también en otros, y eso incluía su poesía, sin duda. Barquero y su poesía no buscaron un escenario, una plataforma, el poeta ejerció el silencio del artesano, y ese disfrutado quehacer, tanto en su persona como en su obra. En su poema “Estoy afuera de una casa silenciosa”, el poeta es un espectador aparentemente de un sueño porque vive en su piel ese instante, atmósfera que describe en el poema, su temor ante el silencio, la angustia de no ser escuchado, de despertar en el fondo de un pozo, lo que nos sugiere una verdadera sensación de desamparo que tal vez tenga un origen en la infancia. La poesía indaga, es un viaje al interior, donde el peregrino de las tinieblas, como en el poema, se ve a sí mismo y se escucha con su misma voz que viene de otras voces. Es sólo un ejemplo, no estamos ante el Barquero más directo y en contacto con los utensilios que le rodean al mediodía, donde parecieran autoconvocarse y hablar por sí mismos los objetos que nos rodean.

 

Barquero asumió siempre, me parece, la naturaleza como una extremidad más de su cuerpo.

Pecados de juventud

Asume un pulso, una tonalidad y, sobre todo, un compromiso, una ritualidad con los elementos esenciales de su poesía, coherencia, y no abandona la espiritualidad de su escritura, elemento central que la caracteriza y define. Tal vez quiso escribir un solo poema, revisar una y otra vez las huellas de su caligrafía, ahondar en un mismo tema, aunque extendió su geografía física desde Lo Gallardo hasta China, Colombia, Francia, y eso produce diversidad, es una contaminación natural con otras culturas y miradas.

El poeta, a veces, rompe con su pasado cuando considera que su primer libro fue un paso en el vacío, un salto sin red, un pecado de juventud. Por ejemplo, Nicanor Parra, con su Cancionero sin nombre, que sólo editó muy mayor cuando había triunfado con su antipoesía y borrado ese viaje en bicicleta desnudo por la carretera hacia San Fabián de Alico. Enrique Lihn se olvidó de Nada se escurre y dicen que a Gonzalo Rojas no le gustaba que le mencionaran La miseria del hombre. Alfonso Alcalde, un poeta ignorado, realmente, fue más radical, y quemó su primer libro auspiciado por Pablo Neruda: Balada para la ciudad muerta. Hoy está siendo reconocida su monumental obra literaria en Chile.

 

Un árbol de muchas ramas

La poesía es un árbol de muchas ramas en un tronco firme, con raíces profundas. Barquero asumió siempre, me parece, la naturaleza como una extremidad más de su cuerpo, fue parte orgánica, originaria, vivencial de su ser vital y determinante en su mundo poético. No estoy revisando en esta nota toda su obra, sino su espíritu y cuerpo, el talante del autor. Me he detenido en estas Epifanías que me regaló con entusiasmo, amistad, con la promesa de un diálogo entre poetas a futuro.

La poesía de Barquero no es una excepción en cuanto al cambio, porque todo fluye, y tiene la oportunidad de volver al origen, aunque el poeta fue fiel a los caminos que escogió su palabra.

Me pregunto si Barquero transmitía un silencio ancestral, la paz cotidiana de los pueblos chilenos que comparten el pan y el vino. ¿Su lenguaje agitaba la hojarasca de la tierra? Emigró, dicen algunos, hacia la mitología oriental, una suerte de panteísmo donde todo es parte de la naturaleza divina. El poeta también se multiplica en la naturaleza, las cosas, se representa a sí mismo en todas partes y es parte, el hombre, quiero decir de manera universal.

En verdad me detuve al azar en el poema donde observa la casa silenciosa porque vivo una situación parecida; aunque no tengas que tocar ninguna puerta, existe la sensación de que “aquel que bebe en las tinieblas / bebe el agua sin verla / oscura como su boca”. El libro contiene unos 76 poemas de una factura muy coherente, sostenida, lo que habla de un trabajo muy consciente, y una cuerda, la de poesía, hábilmente tensionada. Ahí está el ADN de su poética, los materiales, el lenguaje, raíces, preocupaciones, sobre las que siguió profundizando a lo largo de su vida. El poeta indaga, se angustia, ama, siente a sus antepasados, su memoria es la tierra, nos dice. El poeta siempre presente se convierte en el otro, los demás, es su propia voz y de los otros. Así son estas Epifanías, así es la poesía de Efraín Barquero. Ojos ocultos que se abren y se cierran en nosotros.

Rolando Gabrielli
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