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Estos tiempos modernos son virales, Carlitos

lunes 29 de marzo de 2021
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Fotograma de “Tiempos modernos” (1936), de Charles Chaplin
Ya el cine mudo nos alertaba en su propio lenguaje acerca de las vicisitudes del empleo en tiempos de la industrialización. Fotograma de “Tiempos modernos” (1936), de Charles Chaplin
Lo más grande es el espacio, porque lo encierra todo.
Tales de Mileto (600 a.C.)

Una oficina sin ideas, creatividad, imaginación, puede ser muy tecnológica, pero carecerá de alma, un verdadero espíritu innovador que la diferencie de la creciente estandarización, del nuevo paradigma del diseño que van creando las nuevas herramientas digitales y homogenizando además el producto. El diseño, a mi manera de ver, es un acto creativo muy celoso de su valor, individualidad, diferenciación, impone su propia personalidad y enamora porque es único. Cuando se repite, pierde valor e inclusive confianza en un cliente o usuario, porque es una pieza más del mercado. El diseño es el mayor sueño de un arquitecto, se expresa en la intimidad de su oficio, es un acto personal, que puede adquirir un carácter colectivo cuando es necesario, porque la arquitectura no dejará de ser una construcción de ideas.

 

El silencioso papel sketch

En arquitectura, pienso, todos los procesos basados en las herramientas tecnológicas están imponiendo su estilo, se han hecho indispensables, pero ya se venían experimentado antes de la pandemia y terminaron por viralizarse. Ha sido una solución para salir al paso al aislamiento en que dejó el virus a la sociedad en su conjunto, una suerte de estado catatónico.

Sin embargo, dado que estamos ante una compleja disciplina, cada día más integrada a un trabajo interdisciplinario, a diversos y sincronizados procesos, y, sobre todo, a una feroz, avasallante competencia del disminuido, selectivo, complejo mercado, se hace necesario dejar también que “la mano de Foster”, trabaje en el silencioso papel sketch.

Una sola herramienta, la más maravillosa de todas, tan inexplorada y tiene tantos años como el hombre en la Tierra: el cerebro.

Nombro al británico porque, como todos los diseñadores top, de alto nivel, siguen diseñando con sus manos, un lápiz y un papel. Este ejercicio se seguirá requiriendo, en mi opinión de observador detrás del ruedo del diseño y la arquitectura, porque es inherente a la expresión artística, reitero, creativa, de esta disciplina.

Personalmente desarrollo mi poética entre mis libretas y el ordenador, pero lo que no se puede detener son las lecturas, observaciones, reflexiones, apuntes, correcciones, la pasión, una obsesión en el buen sentido de la palabra, porque esa es la raíz del arte. Eso no viene más que de una sola herramienta, la más maravillosa de todas, tan inexplorada y tiene tantos años como el hombre en la Tierra: el cerebro.

Ahí están todos los poemas con que “uno nace”, con la ayuda de los diccionarios, de la naturaleza, de la vida en una sola palabra. No puedo decir lo mismo con la arquitectura, porque interviene la mano invisible del mercado.

 

Los maestros del espacio nos maravillan

La arquitectura, viejo oficio de todos los tiempos, arte y ciencia, es una gran deudora de los dioses de la creatividad. Ahí están las obras maestras en cada época, siglo, tiempo, siempre aportando valor, reinventándose ante los nuevos ojos que las observan, expresándose como un factor de cambio y permanencia de esta extraordinaria actividad humana; algunas sobresalen de la medianía y crean tendencia, otras pasan sin pena ni gloria.

A mí, especialmente, me maravillan los maestros del espacio irrepetible, de la luz, del entorno, los que hacen más ciudad, se comprometen con el bienestar del hombre y de la mujer, crean un plus para el beneficio de la comunidad. Aquellos que se deben como un mantra a lo mejor del espacio público y hacen de ese lugar un lugar de todos, lo convierten en un sitio de peregrinación moderna que produce paz, armonía y felicidad. Un lugar que invita a un viejo oficio, más antiguo que la arquitectura, y actualmente extraviado en las redes sociales, celulares, chats y en la creciente estupidez colectiva: la conversación.

Al hombre contemporáneo le pasa hoy desapercibida la naturaleza, la magia que tenemos ante nuestros ojos y que no debemos pagar un centavo por disfrutarla, a no ser que los depredadores nos vuelen cada día parte del paisaje o secuestren una playa, derriben un bosque, saturen de monóxido de carbono la atmósfera, violen las leyes naturales de la naturaleza.

 

La palabra arquitectura es tan bella

La arquitectura es tan bella como la palabra arquitectura y te cobija de los malos tiempos naturales, brinda la posibilidad de crear tu propia identidad en un sitio que has escogido, formar una familia, descansar, compartir, te humaniza. Es cotidiana, amable, transparente, invita a recorrerla, deletrearla, produce afecto y nos produce asociaciones y sensaciones. Me trae a la memoria la casa de Neruda en Isla Negra, todo un símbolo universal, el lar del poeta, donde escribió una parte importante de su poesía y hoy es sitio emblemático de visitantes de todas partes del mundo. Él no era un arquitecto, hizo a retazos esa casa con su propia imaginación, un amigo arquitecto y carpinteros, y pudo crear todo un mundo de referencias y magia. Es el poder de la creatividad, de las ideas y de la arquitectura como del sitio frente al poderoso, vivo mar de Chile.

 

El cambio es el ADN de la humanidad

La palabra cambio está de moda, parece un juguete Lego, se pone aquí y allá, se acomoda, se usa y reutiliza. Se dice que muchos se oponen al cambio. ¿El cambio es un comodín en cada época de crisis? ¿O es la respuesta a lo desconocido y que ha llegado a imponer un nuevo orden?

Pero me pregunto: ¿esta es la única época en que la humanidad ha enfrentado un cambio? El hombre viene cambiando desde tiempos inmemoriales, la vida, las épocas, los siglos, las ciudades, los hábitos, las comidas. La moda sigue siendo un vicio del instante, del lado femenino de la humanidad. El cambio es el ADN de la humanidad. Lo único que no cambia es que tenemos que partir algún día, nacemos solos y morimos solos.

 

No hay nada más disruptivo que la creatividad, porque produce el cambio y en verdad esta herramienta es muy conocida y se usa hace miles de años.

Todo fluye, nada permanece

Cuando escuché el nombre de Heráclito en el colegio por primera vez, no olvidé más sus famosos pensamientos, sus ideas irrefutables: todo fluye, nada permanece. Lo conocí como Heráclito el Oscuro; me deslumbró, era un oráculo, un emperador de la paradoja. No nos podemos bañar dos veces en el mismo río, el agua ni nosotros somos los mismos, sin embargo algo queda establecido, que el agua fluye, permanece de alguna manera. Hace más de 2.500 años este filósofo hablaba del cambio. Pareciera ser que el cambio es lo único que no cambia.

A veces los cambios son viejos, los vemos en tiempo presente, pero se pensaron en el siglo pasado. La disrupción, que hoy se apodera del mercado de las palabras, de las ideas, de lo nuevo, innovador, del lenguaje cotidiano, la prensa, surgió en 1995. Como todo lo nuevo tuvo un inicio y se fue perfeccionando. La crisis Covid-19, que paralizó las empresas, la vida económica como la conocíamos, puso el pie en el acelerador en la aplicación de las nuevas herramientas, para sobrevivir en una época en que se atacó el corazón de la condición humana. Muchos comenzaron a comprobar qué tan tecnológicos eran, como ajustarse a nuevas realidades no sólo para competir, sino subsistir e ir acomodando las piezas de acuerdo a las circunstancias. Otros fueron quedando en el camino, en medio de un paisaje lóbrego, incierto, intimidante. Hay un libreto en curso, no escrito, con páginas en blanco, espacios para el suspenso, y también para la toma de decisiones. Las sociedades más educadas, en el amplio sentido del término, cuentan con herramientas más apropiadas y sabiduría, sobre todo para enfrentar cualquier catástrofe.

 

El virus, lo más disruptivo

Volviendo a este mundo disruptivo del cual se habla, creo que no hay nada más disruptivo que la creatividad, porque produce el cambio y en verdad esta herramienta es muy conocida y se usa hace miles de años. En las cavernas el hombre expresó su disrupción con el medio cuando pintó animales, la actividad del hombre en su momento, decoró a su manera su casa. Tal vez lo nuevo sea que se están usando herramientas tecnológicas cada día más avanzadas, eficaces, integradas, y de una manera más masiva.

Lo nuevo no son las recetas, ya anunciadas, sino las herramientas que utilizará el cocinero y cómo lo hará con su conocimiento, experiencia, talento, creatividad, imaginación, curiosidad, para hacer el plato más atractivo en el menor tiempo a un costo competitivo y que el cliente consuma a gusto y vuelva al local a sentarse a la mesa.

 

La curiosidad no pasa de moda

Lo que en estos tiempos debemos rescatar es la curiosidad, esta es la principal herramienta de un arquitecto, de un artista en general, de un filósofo, de un científico, de quien está dispuesto a sorprenderse con lo nuevo.

Preguntarse el porqué de las cosas, indagar, poner a girar la rueda infinita de las ideas, a brillar la estrella oculta del cosmos de la creatividad, distraerse inmerso en el oficio, extremar nuestros sentidos para encontrar la única aguja en el pajar. Ese es el camino, flexibilizar el uso de las herramientas, el trabajo en su conjunto, la cooperación en equipo, la horizontalidad como norma institucional y la solidaridad como seres humanos. No es posible sólo escuchar la voz del Papa de hablar de solidaridad.

Hoy todo va a mayor velocidad, los procesos son para agilizar, acortar caminos, funciones, disminuir costos, el mercado es un tirano y no podemos tener la paciencia de un astrónomo que tiene 13.800 millones de años de universo, la historia del cosmos, para seguir estudiando, contemplando, descubriendo. Ese oficio de estudiar los cielos es muy antiguo y quizás los astrónomos chinos fueron los primeros. Nuestras culturas precolombinas fueron muy avanzadas en los calendarios, y la historia siguió su curso hasta nuestros días con el uso de instrumentos jamás soñados en la antigüedad ni vistos por el ojo humano. Del primer telescopio, construido por Galileo hace más de cuatrocientos años, a los observatorios actuales, estamos a punto de bajar una estrella del cielo. En todo orden de cosas vivimos la acumulación del conocimiento que propicia el cambio. El primer cosmonauta ruso, Yuri Gagarin, fue el primero en orbitar la Tierra hace seis décadas y abrió un nuevo panorama al conocimiento humano. Toda la historia humana es rica en conocimientos y cada época ha puesto su granito de arena con el que construiríamos la más espléndida pirámide moderna. La luna fue un breve paso del hombre en el espacio, pero un gran salto para la humanidad, dijo el astronauta norteamericano, Neil Armstrong.

 

La autosostenibilidad de la polis

La arquitectura no escapa, en su campo y quehacer, a la suma de todos los conocimientos de la historia, y los griegos, no lo olvidemos, comenzaron con la autosostenibilidad en sus polis, ciudades. Nunca como en esos tiempos, el arquitecto tuvo un papel tan influyente en la sociedad.

Lo que debemos entender es que la historia no es un accidente del tiempo y no estamos tampoco en el fin de la historia, más cerca quizás de los abismos a los que el hombre se empeña en acercarse y propiciar alcanzarlos como el niño que recién conoció la baranda que le impide caer al vacío.

Una pregunta que debemos hacernos es si las herramientas, las tecnologías neutralizarán la poesía de un diseño.

 

El aquí y el ahora atormenta a nuestra sociedad, que se robotiza aceleradamente y nos divierte con la imagen satírica de Charles Chaplin en Tiempos modernos.

El futuro de las ciudades, una interrogante

En una época de búsqueda de soluciones eficaces en todo el sentido de la palabra, las preguntas son indispensables, y una de ellas es el futuro de las ciudades. Pero yo diría aún más, su presente tan crítico, incierto y muchas veces errático. La pandemia ha demostrado que las ciudades que invirtieron en infraestructura, tecnología, espacio público, transporte, salud y educación, han tenido una respuesta más positiva y eficiente para sus ciudadanos. Son lugares, espacios más habitables, seguros para la familia y el trabajo. No podemos llamarnos a engaño si por décadas hemos perdido el tiempo. En ese espejo debiéramos vernos y cuanto antes mejor. Aquí vivimos y morimos, hacemos nuestras vidas, nos reconocemos como personas, está nuestra identidad que construimos días a día. Merecemos algo mejor para todos y que nuestra convivencia sea agradable, rica en vivencias, podemos transformarla en una experiencia única.

La ciudad es una tarea pendiente, sin lugar a dudas. Las interrogantes son muchas, incluye el respeto del medioambiente, desde luego. A veces los alcaldes no se dan cuenta de lo que tienen entre manos, que no es más que el futuro de millones de personas. La ciudad es la materia prima del arquitecto, el espacio por excelencia para que se desarrollen y ejecuten los proyectos arquitectónicos. De ahí la importancia que los griegos le asignaban al arquitecto en sus polis.

 

El cine mudo nos vuelve a hablar

El aquí y el ahora atormenta a nuestra sociedad, que se robotiza aceleradamente y nos divierte con la imagen satírica de Charles Chaplin en Tiempos modernos, que de tanto apretar tuercas enloquece. Ya el cine mudo nos alertaba en su propio lenguaje acerca de las vicisitudes del empleo en tiempos de la industrialización, del trabajo en serie, las cadenas de montaje. Fue la época de la tormenta perfecta, durante la Gran Depresión. La historia tiene buena memoria, existen ciclos, piedras parecidas en el camino, que no vemos y tropezamos una y mil veces. Las crisis son recurrentes y siempre traen cambios, asoman los famosos ganadores y perdedores, la naturaleza humana es resiliente por naturaleza, se acomoda, busca su sitio, y vuelve a empezar. Imaginémonos, el hombre está pensando habitar Marte, un planeta aparentemente árido, inhóspito y desconocido. Somos conquistadores por naturaleza, optimistas, constructores de mundos, y nuestra especie persiste, en ocasiones, a ignorar sus capacidades, a imponer la ley de la selva, cuando debiéramos privilegiar nuestra propia humanidad.

Charles Chaplin fue un extraordinario humanista, un creador infatigable, excepcional, cuando no había recursos en el cine, sólo herramientas elementales, y aún décadas después nos hace reír, nos deja un mensaje social, actual, porque su obra es atemporal, toca al hombre en su espíritu.

¿La Tierra no es nuestro hábitat? ¿Nos sentimos incómodos con tanta naturaleza? ¿Cuál es nuestro destino? Debemos saber que un grano de arena que pongamos en el día a día puede llegar a construir una pirámide. Cambiemos hoy.

Rolando Gabrielli
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