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La humillación del texto

viernes 8 de octubre de 2021
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Roland Barthes
El placer del texto proporciona satisfacción plena al lector, es la idea de Barthes.

Roland Barthes escribió El placer del texto, una de sus tantas genialidades, donde privilegia lo ético y estético, y el autor francés de La cámara lúcida y El grado cero de la escritura se aparta del estructuralismo. Barthes se ubica más como lector de la obra, no su autor, y acuña la poderosa frase: Babel feliz. Con esta afirmación nos habla del disfrute per se del texto, le otorga una total independencia al lector y algo muy novedoso para la época en que se escribió la obra: todo cabe en el texto.

 

Muerte del autor

Barthes aplaude e impulsa el hedonismo, y en su opinión no es posible en una sociedad apática, como suele ser la sociedad de masas. El goce por el goce, donde se disuelven las contradicciones, evapora las subjetividades, un lenguaje sin camisa de fuerza es lo que propone el autor también del sugerente título La muerte del autor. (Barthes era un semiólogo, crítico, filósofo, teórico literario lúcido, intérprete de los signos sociales. ¿Qué nos quiere decir el francés? Que somos la acumulación de la cultura del pasado, deuda de todo lo escrito, dicho, y de paso, son tantos los lectores que terminan borrando al autor con sus propias interpretaciones).

 

¿Originales antes del verbo?

Es un paréntesis de lo que vamos diciendo y diremos. Borges se consideraba más lector que autor y reconocía implícitamente todas las deudas que cargaba en su mochila mágica. ¿La originalidad es antes del verbo? Barthes recurre a una espléndida, minuciosa, profunda, documentada, quirúrgica autobiografía, para conocerse a sí mismo. Se instala en la casa de la infancia, en sus abuelos, la familia, detalles íntimos de su interpretación de la familia y la sociedad francesa de su época. ¿Es un viaje de placer al interior de su memoria?

Nicanor Parra, se me ocurre, tenía muy claro que lo original no existe, e inclusive le escuché una y varias veces descreer, negar la existencia, poder, importancia, utilidad, de la palabra crear. Ahí se fue en contra de su maestro Huidobro. Pero él ya venía intentando romper con todo, matar al padre, porque su poesía comienza por negar a los románticos, y fundamentalmente a Pablo Neruda. En los últimos tiempos se guiaba por las voces infantiles, la presencia inmortal de Hamlet, seguramente esos viejos textos que la memoria no termina de borrar. Parra disfrutaba del texto, la ironía, utilizaba el dibujo para representar atmósferas, jugaba con los contrarios, se deslizaba como un virtuoso bailarín por las contradicciones del ser y la nada. ¿Más cerca de Chaplin que de la sangre? Parra disfrutaba, reía con su propia cocina, cuyos ingredientes apuntaban a algo, alguien, ¿nunca eran gratuitos? Su gran universo fue romper con el statu quo. Inclusive, lo velaron en la Catedral de Santiago de Chile, se había declarado ateo. ¿Fue su último deseo? La antipoesía es un misterio.

 

El texto es un objeto fetiche

El placer del texto proporciona satisfacción plena al lector, es la idea de Barthes. El goce, precisa nuestro autor, es neutro; más bien, aniquila la identidad, es el goce por el goce. “El texto es un objeto fetiche y ese fetiche me desea”, nos advierte Barthes, pone en guardia. “El texto me elige mediante toda una disposición de pantallas invisibles, de seleccionadas sutilezas: el vocabulario, las referencias”… y perdido detrás del texto está el autor como un Deus ex machina. Como institución el escritor está muerto, afirma Barthes: su persona civil, pasional, biográfica, ha desaparecido; desposeída, ya no ejerce sobre su obra la formidable paternidad cuyo relato se encargaba de renovar y establecer toda la historia literaria como la enseñanza y la opinión. Pero en el texto, de cierta manera: yo deseo al autor, tengo necesidad de su figura. Así Barthes va desentrañando el placer del texto que es el placer de la lectura, el placer de la escritura, a mi manera de ver. “Texto quiere decir tejido, un velo donde se encuentra oculta la verdad, y el texto es una textura”, aclara, el hilván de una araña en su red. Nos lleva lejos Barthes, y nos recuerda que la escritura es un oficio del placer y la lectura también.

 

Antesala de la humillación del texto

Pero, en medio de tanto placer, también existe la humillación del texto. Esa palabra anónima, de invisible autor, más que reconocido, irreconocible, arrancado del yo antes de nacer. Un texto que manosean otros más allá del punto y la coma, que interpretan a su conveniencia y manera, porque finalmente lo suscribirán, harán suya una palabra desconocida. Ese texto guardado en el cajón de un editor pasa a ser una novela, un libro de poemas, ahí en esa antesala de la humillación por meses y, al fin, rechazado. El texto de un discurso, con tantas mentiras y, por ello, humillado, porque no quisiera representar la voz de las promesas incumplidas. ¿Qué placer puede sentir el que lo escribe y el que lo escucha? Ese texto que apela a la adulación de un personaje en ascenso sin ninguna misericordia por la objetividad y quienes escuchen y ven cómo el ungido viaja a la velocidad del sonido hacia las galaxias del éxito.

 

¿El ghostwriter es un suicida?

Michel Foucault sostiene que la obra tiene el derecho de matar al autor. El ghostwriter es un suicida, la obra no interviene en su desaparición, más bien el cadáver es el de un fantasma. El 69, Foucault se preguntaba: ¿qué es un autor? Sostiene que no hay un solo intérprete, sino que hay múltiples interpretaciones, porque lo escrito responde a un complejo tejido.

En el pasado, “la obra tenía el deber de aportar la inmortalidad” y ahora “recibe el derecho de matar, de ser la asesina de su autor”, subraya el filósofo. Desde el siglo XVIII, el autor ha jugado el papel de regulador de la ficción, papel característico de la era industrial y burguesa, de individualismo y propiedad privada. Sin embargo, habida cuenta de las modificaciones históricas en curso, no hay ninguna necesidad de que la función-autor permanezca constante en su forma, en su complejidad o en su existencia. En este momento preciso en el que nuestra sociedad está en proceso de cambio, la función-autor va a desaparecer de un modo que permitirá una vez más a la ficción y a sus textos. Foucault y Barthes se dan la mano.

 

Sólo un paréntesis

Sólo planteo un paréntesis en medio de la erudición de un debate tan serio de la muerte del autor a través de la obra que él no representa. Pienso en esos textos abandonados a su suerte, algunos fragmentariamente a manos de su “autor”, otros plagiados, algunos transformados, en papeles inéditos por décadas, que no han tenido la oportunidad de matar a su autor, y en el precursor de la negación editorial, de quien prefería que ardieran en llamas sus obras antes que ellas le mataran —que de hecho algo hicieron al respecto en vida—, y me estoy refiriendo a Franz Kafka, quien dejó un testamento, un mandato a su amigo Max Brod, para que todos sus maravillosos papeles ardieran y se purificaran en el fuego y las cenizas.

 

Serpiente mayor de la desinformación

Y finalmente, el texto humillado por excelencia, sobre todo en estos tiempos distópicos, las fake news, que dicho sea de paso no son una novedad, porque su existencia y uso es de vieja data. La diferencia con el pasado es que Internet y sus redes, plataformas, han puesto a disposición de los usuarios una zona privilegiada para el lanzamiento espacial, universal, de contenidos falsos, engañosos, fabricados, que se replican infinitas veces para alimentar la psiquis, acomodarla, moldearla, de millones de incautos consumidores y protagonistas de las conocidas redes. Y según los expertos, se genera la posverdad, la antesala para justificar la mentira. Indirectamente se ha dado muerte al periodismo ético, objetivo, interpretativo, analítico (no del todo, pero vive agónicamente en el mar del engaño), ese periodismo investigativo que lleva al lector a sacar sus propias conclusiones. El gran subproducto de los hechos y de la realidad son las fake news, la serpiente mayor de la desinformación.

¿Alguien le ha preguntado al texto si quiere ser humillado?

 

Hijos de la posverdad

Hijos de la posverdad,
distópicos míos,
alucinados de las redes,
fervientes impostores
de la palabra falsamente divulgada,
cada letra pertenece a un abecedario,
cada palabra, frase a una consciencia,
a un poema, novela, obra de teatro, ensayo,
a un discurso en nombre de todos,
al lenguaje común y corriente.
Babel reúne a todas las lenguas,
no nos confundamos más,
amaos los unos a los otros,
antes que sea tarde y el verbo
calle para siempre.

(Rolando Gabrielli)

Rolando Gabrielli
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