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Bibliotecas: el silencio de las palabras

viernes 29 de octubre de 2021
Biblioteca Nacional de Francia
Entre las más relevantes bibliotecas del mundo se encuentra la Biblioteca Nacional de Francia. Fotografía: JC Ballot/BnF/Oppic/Inha/Enc

Hace algunos años entré a una biblioteca en que el comején era el principal lector. La humedad competía con el silencio sepulcral, la ausencia total de lectores en el recinto, algunas cucarachas en las deterioradas aceras hacían picnic y seguramente se preparaban para recorrer en la noche las páginas carcomidas de los libros y continuar con sus lecturas de sobrevivencia.

La lectura no es el símbolo de nuestro tiempo, pero las bibliotecas que formaron al genial Ray Bradbury siguen en pie, y si bien no son visitadas como los centros comerciales, persisten en el siglo XXI como un símbolo del conocimiento. Allí se conservan los libros, el patrimonio cultural de la humanidad. La humanidad preserva así y transmite sus creencias.

 

¿Un museo de palabras?

Las bibliotecas no son un museo de la palabra, ni recintos momificados donde el papel es un ciego intermediario entre el libro y el lector. Es cierto que los ordenadores, Google, Internet, el infinito mundo digital, intentan reemplazar, desplazar a las bibliotecas, restarles la solemnidad a estos espacios físicos públicos, que aún permanecen distantes de la absorbente, autoritaria pantalla de una PC. Sí, las bibliotecas, mejor dicho, los libros, se desplazan en busitos, animales, carreteras en pequeñas ciudades, pueblos alejados de la tecnología, gente de pocos recursos ausentes de esta arrolladora modernidad tecnológica.

Afortunadamente, escuelas, universidades, grandes e importantes ciudades como Washington (38 millones de libros), Londres, Nueva York, Beijing, Shanghái (China tiene alrededor de 3.000 bibliotecas públicas con unos quinientos millones de libros y su Biblioteca Nacional cuenta con veinticinco millones. Su libro más antiguo tiene 1.500 años), Moscú y San Petersburgo, almacenan millones de libros y documentos históricos, científicos. Las bibliotecas de Japón, Canadá y España son otras de las más importantes del mundo por el valor de sus colecciones, contenidos y atractivos para quienes las visitan. La biblioteca de Nueva York es visitada anualmente por dieciocho millones de personas.

 

Son millones los libros, documentos originales, patrimonio cultural y científico, que perecieron bajo el fuego, donde el Tigris y el Éufrates marcan nuestros orígenes.

¿Recintos solemnes?

Sucede que no son recintos solemnes solamente que recogen las palabras escritas del mundo, anaqueles a la espera de algún lector, espacios de silencio y meditación, encuentros íntimos con la aventura y la soledad. Un lugar para estar con uno mismo, donde la ciudad pierde su escenario físico y lo único que no desaparece es el silencio.

Es difícil, al citar las más relevantes bibliotecas del mundo, entre las cuales se encuentra la Biblioteca Nacional de Francia, olvidarse de la Biblioteca de Alejandría, que por error, dicen algunas fuentes, incendió Julio César. Pero esta piromanía, casual o no, tomó fuerzas con los nazis, con Pinochet, aunque existe un largo y triste historial que incluye a China, España, Italia, Argentina, Irak y Egipto, recientemente, por el azar y la desidia. Son millones los libros, documentos originales, patrimonio cultural y científico, que perecieron bajo el fuego, donde el Tigris y el Éufrates marcan nuestros orígenes.

 

¿Torres de Babel caseras?

En Fahrenheit 451, el libro favorito de Bradbury, los libros son el demonio. La historia se ubica en una sociedad supertecnológica regida por un poder central opresor, autoritario, que prohíbe la lectura y posesión de libros. Los bomberos son los encargados de crear incendios y quemar libros. El capitán de los bomberos, tras una quema, decide curiosear un libro y descubre que la imaginación existe. Se le revela algo que la tecnología no deja ver, tener ideas propias. La historia es más compleja, interesante, futurista, ya que el libro fue escrito hace 74 años. El bombero sigue leyendo y descubre las ideas, el pensamiento, el maravilloso mundo que relatan los libros. Es sorprendente cómo la imaginación de Bradbury va coincidiendo con los nuevos tiempos. Tuvo tanta fe en este libro que, en su tumba, su epitafio dice: “Autor de Fahrenheit 451”. Él se educó e hizo escritor en las bibliotecas públicas de su país.

Las bibliotecas públicas reúnen el saber de los tiempos, la memoria de la humanidad, su evolución, y las bibliotecas personales, privadas, son esas torres de Babel caseras que vamos construyendo a través de los años y libros que uno a uno juntamos. La mayoría los compramos, algunos nos los regalan en fechas significativas, son objetos gratos, llenos de memoria, forman parte de nosotros y del diálogo que hemos sostenido con esa persona. Hasta el día de hoy tengo reencuentros con esas páginas, portadas, circunstancias, recuerdos, enseñanzas, nostalgias, momentos gratos. Hay libros que nunca pudimos comprar por su precio inalcanzable y nuestros magros bolsillos de aprendices de intelectuales, además indigentes.

 

¿Los dictadores leen?

Uno de esos libros emblemáticos es Residencia en la Tierra, de Pablo Neruda, una edición de sólo cien ejemplares; conservo el 14 gracias a María Angélica de Luigi, quien una mañana luminosa apareció por el Pedagógico de la Universidad de Chile con esa edición tan especial que el vate le había regalado a su padre Juan de Luigi. Esto es tuyo, me dijo, tú que tanto admiras su poesía. Recuerdo que me negué, me dio vergüenza, no me sentí acreedor de ese libro. Había un poeta de testigo, que tomó el nombre de Jonás y que, muy sonriente, dijo: “Yo sí lo quiero”. En realidad, tenía un destino y destinatario. Salí abrumado con una edición tan valiosa, de tamaño enorme, como le gustaba a su autor representar la monumentalidad de su poesía.

Entre mis recuerdos está el paco Rivano, un novelista chileno que había sido policía y tenía un par de librerías de viejo en San Diego, Santiago de Chile. Compraba libros viejos, antiguos, por metros, algunos únicos, y los ponía a la venta. Era su negocio y prosperó. Tuvo como cliente a Pinochet, quien destinó un amplio presupuesto del erario nacional a la adquisición de libros personales coleccionables. El capitán general admiraba a Napoleón y rastreaba libros dedicados al pequeño corso. Tenía una pieza con estos trofeos que fue acumulando y adorando en los ratos de ocio los fines de semana de la vida.

El paco Luis Rivano atendía personalmente, se manejaba como un pez entre sus viejos libros, sabía su oficio, conocía qué había en sus páginas, su valor, su historia, y con ellos había levantado a su familia.

 

Borges quizás sea el ejemplo del hombre libro, llegó a ser director de la Biblioteca Nacional de Argentina, por casi veinte años y a pesar de su ceguera.

¿Bibliotecarios ciegos?

El libro es la palabra más fiel, la comunicación perfecta en la soledad, y estos tiempos hablan por sí solos. ¿Cuántos habrán incursionado por primera vez en sus secretas páginas, se aferraron a ellas, encontraron paz y aventura, viajaron, dialogaron, vivieron sus personajes, descubrieron las palabras, sueños, imaginación, silencio, hicieron sus clases en los colegios y universidades? Han salvado sus vidas literalmente hablando.

Borges quizás sea el ejemplo del hombre libro, llegó a ser director de la Biblioteca Nacional de Argentina, por casi veinte años y a pesar de su ceguera, mundo en tinieblas, recorría sus espacios como si repasara cada uno de los libros de las estanterías. Él mismo escribió sobre las leyendas escandinavas, sobre la Enciclopedia británica, sobre todas sus lecturas, y no se consideraba un escritor, sino un lector. En su cuento “El libro de arena”, dice: “Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder El libro de arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta”.

Todos tienen la idea de que Borges está enterrado en Ginebra, Suiza. Dan prueba de ello su lápida y dos fechas. Y alguna ceremonia que se hizo frente a su tumba. Pero sus lectores sabemos que esa fue una coartada del autor de El Aleph, porque goza de buena salud y cada día recorre los espacios, pasillos, atiende personalmente en la Biblioteca Nacional. Él hace que no nos ve, pero está ahí en cada uno de esos libros. Esa biblioteca bonaerense se dio el lujo de contar, por 65 años, con dos directores ciegos, como lo fue durante 45 el escritor francés Paul Groussac.

En su poema “Los dones”, Borges se refiere a la eternidad y dice: “Yo, que me figuraba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca”.

 

La biblioteca, ¿símbolo de riqueza?

Pero yo no vine a estas páginas a hablar de todas las páginas que me acompañan, cómo las he reunido, qué tanto han significado, aunque todo es importante, sin duda, porque conservan el primer olor de ese papel que nadie ha tocado, páginas no leídas, ni subrayadas, tipografía que nunca supo cuál sería su destino. Esas páginas dadas vuelta en las bibliotecas de la infancia, de la universidad y de la vida. Supe que la Biblioteca Nacional de Santiago fue refugio en los fríos inviernos de la pobreza estudiantil, de hombres mayores e incluso de perseguidos políticos bajo el régimen castrense. Bibliotecas, verdaderos santuarios de la comunión del hombre con la palabra.

Cuentan los historiadores que los franceses hacen gala de su biblioteca y bodega en sus casas, símbolos de la riqueza espiritual y material de la nación, donde se rinde culto al libro. Las librerías son tradicionales puntos de encuentro, verdaderos polos culturales, es una verdadera institucionalidad social, y que los pintores no digan que no pintan en esta nota, porque París es una acuarela muy diversa y multicultural. El libro es un objeto de culto, repito, reitero, subrayo. Los franceses leen una media de trece libros anuales, reflejan algunas estadísticas, y en Navidad es usual regalar un libro, que siempre será bien recibido. Los escritores cuentan con una vieja tradición, estima, forman parte y han jugado un papel importante en la formación de la nación francesa.

 

¿Presidentes con visión de futuro?

Francia tuvo un presidente intelectual en el preciso sentido de la palabra, gran lector, François Mitterrand, quien, como es usual en el país galo —cada Presidente deja una o varias obras que han hecho de París una de las ciudades más bellas y visitadas—, realizó obras emblemáticas en el país (Adolfo Hitler se impactó con la belleza de París y no la bombardeó). Los mandatarios galos se han vinculado a edificaciones que hacen parte del arte y la cultura, Pompidou, Giscard d’Estaing, pero Mitterrand es quien apuntó a la historia, al futuro y a la trascendencia con obras icónicas, desde la remodelación del Louvre, un símbolo parisino irreemplazable, hasta la creación de la Biblioteca Nacional de Francia. Su política de Grandes Proyectos Culturales era devolverle la majestuosidad y el papel protagónico a la arquitectura, no sólo en la capital, sino en las provincias. Se habla de doce grandes obras de su gobierno que figuran en la agenda del visitante. Una pirámide de vidrio con su estructura de aluminio, acero y hierro, de doscientas toneladas y una altura de poco más de veintiún metros, preside el ingreso al Louvre. La idea de la pirámide venía del siglo XIX y la intención era homenajear a Napoleón. Mitterrand tenía el poder, la visión y el talento, así que de paso amplió el Louvre y ni siquiera llamó a una licitación para esa emblemática obra. La pirámide fue ácidamente criticada en la prensa por los conservadores opositores, y también avalada por quienes la consideraron una obra digna de París, que había diseñado un arquitecto chino-estadounidense. ¿La modernidad plantaba cara al Louvre?

 

La Biblioteca Nacional de Francia tuvo varios domicilios, traslados desde sus orígenes, pero en el 88 Mitterrand anunció al país el gran proyecto de la nueva biblioteca.

¿El Sena es París?

El Sena fluye / es testigo, asiste a todos los cambios / transformaciones de la ciudad / París se deja llevar por la Belleza / es un museo vivo de la memoria / El río es la vida y la muerte / pero siempre permanece.

El río es París, Francia, el romanticismo, la Revolución francesa, Mayo del 68, los iconos que lo rodean y siguen su curso, es la arquitectura de su geografía, historia, de la rica memoria de sus escritores, filósofos, poetas, músicos, pintores, cineastas, arquitectos, que lo atraviesan en cada época, lo viven y recorren. Vale una misa, quizás mil, una ciudad es su arquitectura, paisaje y, sobre todo, su gente, el diálogo no sólo de las estructuras urbanas, sino de quienes las habitan, construyen y proyectan en el tiempo. Francia tuvo esta suerte de contar con el “faraón socialista” que asumió y proyectó la vocación del país de las luces, cultura y arquitectura y tuvo la capacidad de realizar, hizo que las obras fueran una realidad y siguieran reencantando la ciudad como un libro abierto. La Biblioteca Nacional de Francia tuvo varios domicilios, traslados desde sus orígenes, pero en el 88 Mitterrand anunció al país el gran proyecto de la nueva biblioteca que cubriría todos los campos del conocimiento, accesible a todo el mundo, con las más modernas tecnologías y transmisión de datos, recibiría consultas a distancia y colaboraría con sus pares europeos. Se construiría en un terreno abandonado, a orillas del Sena. Ocho años más tarde el proyecto concluyó bajo la dirección del arquitecto Dominique Perrault y hoy se llama Biblioteca François Mitterrand, y está integrada por cuatro torres que representan libros abiertos. Cada torre son veintidós pisos con una altura de 79 metros. Quince millones de libros y catorce millones de documentos impresos esperan a los “ratones de biblioteca”. Sobria, imponente, un refugio para sus visitantes, que pueden ocupar sus 3.600 puestos para realizar sus lecturas e investigaciones.

 

¿Las bibliotecas reúnen el silencio de las palabras?

En ese silencio que reúne todos los tiempos al alcance del lector, la arquitectura pone su sabia y cómplice mano en armonía plena del diseño con la belleza, y se expresa en su magnificencia, lujo, en el reposo, pausa de las estructuras que sostienen el juego de los espacios y la comunión de los saberes. Bibliotecas como catedrales donde se va a orar, comulgar con la palabra y el mundo exterior, esa marginalidad, simplemente ausencia, ha dejado de existir. La arquitectura asume la pedagogía del silencio, maestra que tutela ese reino invisible que permite evocar un proyecto atemporal y con futuro.

Hay tanta historia en esta biblioteca francesa como en muchas más en el mundo, y pienso en la Revolución francesa que pasó por la guillotina a reyes y revolucionarios. Pero no se detuvo allí, acuñó principios en roca, universales, y entre otras cosas confiscó las bibliotecas de los monarcas, del clero, de toda la realeza, las de la aristocracia, y esos millones de libros se distribuyeron por todas las bibliotecas del país. No había espacio para registrar tantos volúmenes ni atender a tanto nuevo lector marginado en ese entonces de la cultura. En el siglo XIX se reconstruyó bajo el mando del arquitecto Labrouste la Biblioteca Nacional, que en el siglo XX contó con cinco nuevos anexos, salas de lectura, que terminaron siendo insuficientes. Quedó demostrado que los franceses leen y les interesa la cultura. Mitterrand asumió como un reto de todos los franceses un nuevo período con un proyecto desafiante, ambicioso, de una nueva sede que culminó en una década.

 

¿Una nueva arquitectura para los libros?

La vieja Biblioteca Richelieu ha venido transformándose, adecuándose a los nuevos tiempos, creciendo, expandiéndose. La antigua biblioteca imperial, en sus trescientos años de existencia, atiende las necesidades de los tiempos. Labrouste le heredó a esa biblioteca su luz, uno de los elementos esenciales de cualquier proyecto de arquitectura, y en este caso la iluminación artificial carece de importancia.

Pasaron casi otros diez años de trabajo, ahora en pleno siglo XXI, para que el presidente Emmanuel Macron volviera a renovar, dar un nuevo impulso, a un sitio emblemático donde se alberga el saber de Francia y también parte de la historia del mundo, de nuestra civilización. La restauración estuvo a cargo del Atelier Bruno Gaudin además de Egis, Casso y 8’18. La filosofía de esta nueva intervención ha sido agregar innovación, modernidad y todo para atender y captar a un mayor y exigente público. El libro no es letra muerta y los lectores tampoco. Estamos hablando de una biblioteca y un museo, un espacio adicional también para el diálogo y el ocio, la convivencia que suelen construir los buenos lectores. Cabe destacar que el proyecto es una alianza afortunada entre el Ministerio de Cultura y Comunicación y el de Educación de Francia.

 

La confiscación de bibliotecas privadas, del clero, enriqueció el patrimonio colectivo cultural de Francia.

¿La nueva ruta del libro público en Francia?

La arquitectura asumió un desafío integral acorde con el patrimonio cultural, paisajístico, urbano de la capital francesa, y forma parte de un recorrido virtuoso para cualquier visitante al acceder a la biblioteca desde el Louvre hasta la Ópera próxima al Palais Royal y la Comédie-Française. Dos accesos por las calles Vivienne y Richelieu son punto de referencia en el corazón de París. Un nuevo museo en la sala Richelieu contará la historia desde la antigüedad hasta la fecha, cronológica y temáticamente. La literatura y la ciencia son un viaje hacia lo desconocido, lleno de interrogantes para el escritor y el científico, las respuestas no aparecen a simple vista para el investigador. El ingreso a la Biblioteca de Francia tiene su propia ruta, aventura, sorpresas, belleza, porque ante los ojos del visitante está el patrimonio cultural de Francia, una parte importante, que oficia de un ambiente con belleza e historia.

En una década se modernizaron treinta mil metros cuadrados de 58 mil del edificio principal, y se conservaron veinte millones de volúmenes. La renovación ha incluido galerías, una librería, algunos espacios educativos, una cafetería y tiendas comerciales. En la segunda etapa, la galería Mazarine, la sala oval, el Gabinete del Rey, el jardín Vivienne y el museo. La Revolución francesa nos ha dejado una herencia formidable hasta nuestros días, como la Declaración de los Derechos del Hombre: la libertad, la igualdad, la fraternidad, que si se cumplieran tendríamos un mundo mucho más humano. Hubo terror, rodaron cabezas, inclusive la de Robespierre, uno de los líderes importantes, pero las aguas limpiaron las guillotinas y volvieron a su curso. En 1789 Francia era la capital intelectual y cultural de Europa. El legado de la revolución incluyó años más tarde el fin de la esclavitud, aunque Napoleón la restableció en 1802. Pero ya se había sentado un precedente. Las mujeres comienzan a emanciparse. Hubo cambios fundacionales, fundamentales. La Revolución francesa, como hemos dicho, cambió el curso de la historia e impactó la Biblioteca del Rey, a la que hoy se conoce como Biblioteca Nacional de Francia. La confiscación de bibliotecas privadas, del clero, enriqueció el patrimonio colectivo cultural de la nación. Más acceso a los libros, indudablemente y, en todo el país, alcance al conocimiento y de manera pública, democrática. Las bibliotecas llenaron de conocimiento y de silencio creativo el espíritu francés.

Rolando Gabrielli
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