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Las bailarinas de Degas ya no bailan ruso

domingo 10 de abril de 2022
“Bailarinas rusas” (1899), de Edgar Degas (detalle)
Me pregunto qué diría el maestro Degas de esta insólita intervención. “Bailarinas rusas” (1899), de Edgar Degas (detalle)

La cultura, que reúne tantas manifestaciones de la expresión humana, un pentagrama, las páginas de un libro, el color y la luz de un cuadro, sus sombras, el gesto de un actor, la gracia imperecedera de una bailarina, el diseño de una obra donde no había nada, la magia de un objeto elaborado por manos milenarias, no puede ser borrada de nuestra historia, civilización, como afortunadamente no ha ocurrido con las pirámides egipcias, los templos mayas o griegos, por citar la inmortalidad de la mano del hombre. La historia civilizatoria es sabia, se reconoce en sus obras, arte, como en su palabra, cultura, dimensión humana que trasciende la realidad y ha sido creada por el hombre. Para no toparnos con los fantasmas de las definiciones, que son diversas, de acuerdo a las visiones de muchos autores, digamos que es la suma de las costumbres de un pueblo. El arte no debiera tener fronteras ni pesar en la balanza de sus depredadores, ni en los mezquinos intereses, de supuestos altares de la justicia. Homero, Shakespeare, Cervantes, Dante, Hipatia de Alejandría, Leonardo, Safo, Martí, Picasso, Kafka, Neruda, Borges, Vallejo, Whitman, Proust, Rimbaud, Beethoven, Marie Curie, Gabriela Mistral, Susan Sontag, Alicia Alonso, García Márquez, Aretha Franklin, Frida Kahlo y la lista es inmensa, como la historia humana, artistas que son patrimonio de la humanidad como los autores rusos censurados en París, Nueva York, Milán, Santiago de Chile, en otros tantos países de Occidente. Hitler y Pinochet comenzaron censurando y terminaron quemando libros como en Fahrenheit 451 a manos de los bomberos en la gran metáfora distópica y visionaria de Ray Bradbury.

 

Qué diría Degas

Por ello, me parece más que un dato curioso lo que acaba de hacer en Londres la National Gallery, de cambiar el nombre del cuadro Bailarinas rusas, del pintor francés Edgar Degas, por el de Bailarinas ucranianas. Todo ello ocurrió en Trafalgar Square, sede de la magnífica institución, cuya pinacoteca alberga obras renacentistas italianas, la pintura flamenca holandesa y francesa. No se compara al Louvre, francés, ni al Hermitage, ruso, pero es una galería icónica en Inglaterra. El Imperio británico ha recogido joyas para sus museos en el mundo en sus mejores tiempos, de China, la India, dos de las civilizaciones más antiguas y ricas en cultura.

El mundo de la piratería cultural es de vieja data. Las subastas de Londres, Nueva York y París dan cuenta de este oficio de mercaderes y piratas. Los mexicanos aún se preguntan por qué el penacho de Moctezuma, un tocado de plumas de quetzal, está en el Museo de Etnología de Viena, que integró junto a Budapest las capitales bicéfalas del Imperio austrohúngaro. Todavía se subastan en Europa piezas precolombinas de las antiguas colonias españolas de América Latina, obras ancestrales de los indígenas del subcontinente americano y patrimonio cultural de los países latinoamericanos. Drake y Morgan se hicieron famosos saqueando el istmo de Panamá, el oro que se llevaban a la metrópoli de España.

Me pregunto qué diría el maestro Degas de esta insólita intervención del nombre de su obra más de un siglo después de que él disfrutara de las bailarinas del Imperio ruso en el mítico Moulin Rouge y el Casino de París. Como diría Heráclito, no podemos bailar con las mismas piernas rusas que ucranianas, porque ya no son las mismas. Pienso en Degas, tantas horas en los bastidores, salones, buscando la luz, los movimientos, los colores, gestos, casi transformándose en parte de la coreografía, viendo a las hijas del Imperio ruso, autorizadas por el Zar a presentarse en París, para llevar a su lienzo ese trazo de la historia del arte irrepetible por su momento único, época, situación y que el maestro recogió en su lienzo. Me imagino a la Mona Lisa, la Gioconda, tiene dos nombres, riéndose de estas licencias de museo, que podrían un día cambiar los períodos de Picasso, del azul al rosa, por algún otro color en conveniencia, debido a algún malestar o moda de época.

 

Los imperios arrasan con todo, se apropian de lo que encuentran a su paso, si pudieran llevarse el aire, desmantelar bosques, trasladar ríos, mares, como hacen con las piezas u obras de arte, o la apropiación de autores nacidos en otros países, no lo dudarían.

Los imperios arrasan el alma de los pueblos

No conozco en la historia del arte un precedente de lo ocurrido con la obra de Degas. Prohibir autores, quemar libros, impedir presentaciones, todo ya había ocurrido. Sin embargo, desconozco entrar en la intimidad de la obra de un artista como es el caso y desconocer el título de la obra, algo tan personal y correspondiente con el pensamiento de su autor. Recuerdo que Ezra Pound entró con su sabio bisturí en la Tierra baldía del poeta británico T. S. Eliot, obra que transformó, con la anuencia de su autor, en una pieza maestra de la poesía inglesa del siglo XX. Para que no quepan dudas a críticos ni la historia, Eliot, este autor inglés nacido en Saint Louis, Estados Unidos, dedicó la célebre obra a su amigo Ezra Pound con tres palabras que han hecho historia en el mundo de la poesía: Il miglior fabbro. Pound, mi admirado Pound, había echado mano a todos los recursos que la poesía antigua le ofrecía, tradujo y usó lenguas arcaicas, es considerado miembro de la generación perdida, influyó en prominentes poetas y narradores. Es un representante de la historia global de la cultura; a pesar de que fue fascista, apoyó a Mussolini, su obra no está prohibida ni permanece oculta.

Los imperios arrasan con todo, se apropian de lo que encuentran a su paso, si pudieran llevarse el aire, desmantelar bosques, trasladar ríos, mares, como hacen con las piezas u obras de arte, o la apropiación de autores nacidos en otros países, no lo dudarían. Para muestra, un botón. Irlanda es un pequeño país que ha dado grandes escritores que los hacen pasar por ingleses. James Joyce, Oscar Wilde, William Yeats, Bernard Shaw, Samuel Beckett. Sí, el reconocido poeta Jonathan Swift, nació en Dublín, la capital de Irlanda.

El arte, definitivamente, no debiera tener frontera.

 

La guerra, una obsesión del poder hegemónico

Los siglos XX y XXI han sido pródigos en guerras, conflictos armados de todo tipo: la guerra de los Balcanes desmembró a Yugoslavia y duró una década; Irak, nueve años; Siria, once años y está en curso; Libia, nueve años; Yemen, siete años y en curso, y no van a ser tema de este pie de páginasus causas, características, consecuencias y promotores. Afganistán es un oscuro capítulo de la locura humana, una guerra de larga duración de un pueblo nómade, cercado por las montañas, tierras áridas, sin salida al mar, cuyos cadáveres han sobrevivido a las grandes potencias por décadas bajo las rojas amapolas del opio.

Las guerras existen, lamentablemente, desde que el hombre es hombre, y caen, a lo largo de los tiempos, imperios tras imperios, millones de ser humanos pierden la vida, la historia escrita por los vencedores sepulta tanta historia como verdad. Hoy crecerán desde las tumbas las fake news del momento y en un futuro no lejano aflorarán como cadáveres de la historia. Tucídides, el griego, hace más de 2.500 años, cito a Chomsky: “El fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que debe”. Válido para tantas guerras como injusticias.

Me encuentro sobre mi desordenado escritorio, intentando despejarlo, un pequeño libro antiguo, que data del siglo VI a. de C, bajo el revelador título El arte de la guerra, de Sun Tzu. Qué título aparentemente contradictorio: la guerra y el arte. Pareciera que el arte es importante, forma parte de la esencia humana, está en todas partes y nos distingue de los robots que están creando en los laboratorios. Le otorga un plus a la vida y actividades humanas, una incuestionable diferencia. El maestro Sun Tzu dejó diversos consejos prácticos, teóricos, sobre esta ancestral manía primitiva humana de resolver los conflictos a través de la guerra. Sí, la guerra, ese desborde de la pulsión destructiva, como señala Freud.

Un pequeño libro que ha tenido una larga repercusión en los conflictos armados sobre un fenómeno que atraviesa las geografías y los tiempos, donde el bien y el mal no tienen límites, y que sigue gravitando en las decisiones del hombre y destino de la humanidad.

Ionesco, padre del absurdo junto a Beckett, se estará preguntando qué ocurre realmente tras bambalinas, cuál será el próximo movimiento del titiritero. ¿La vida es tragicómica y a qué costo, monsieur Ionesco? Sé que me respondería: la guerra es una mierda.

 

Las Bailarinas rusas de Degas

No nos transformemos de la cuna
de la civilización occidental
en el origen de la estupidez de lo banal
y ridículo del nuevo mundo que asoma
a tropezones por las sinuosas fronteras del pasado,
ante los abismos y los cadenciosos valses de Viena.
Primero Tchaikovski, luego Dostoyevski,
también Anton Chéjov y, ahora,
Degas se pregunta: ¿qué impresión,
mensaje, estamos dando al mundo del arte,
cambiando el nombre a mi cuadro:
Bailarinas rusas
por Bailarinas ucranianas,
más de un siglo después que lo pintara?
La National Gallery de Londres
es parte esencial de este poema,
publicidad de ninguna manera,
rebautizó el famoso cuadro
del impresionista francés, Degas,
inspirado en las actuaciones
de las bailarinas del Imperio ruso,
a fines del siglo XIX,
en el Moulin Rouge de París.
El museo dijo que “actualizó el nombre
de la pintura para reflejar mejor
el nombre de la obra”.

Rolando Gabrielli

Rolando Gabrielli
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