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La marcha felliniana de los jabalíes en Roma

lunes 9 de mayo de 2022
La marcha felliniana de los jabalíes en Roma, por Rolando Gabrielli
En agosto se produce una escena felliniana en Italia, comienza la cacería masiva de jabalíes.

Que me disculpen mis lectores, si los tuviera, detenerme en Roma, cittá aperta, la vieja ciudad imperial de Rossellini y Fellini, donde las Lambrettas y Vespas hicieron furor por sus calles angostas y tráfico automotor sólo para valientes hijos de Luperca. Grandes arquitectos, constructores de caminos, puentes, acueductos, los romanos acuñaron la frase que atraviesa siglos de historia: todos los caminos conducen a Roma. Por ahí cruzaron el imperio las tropas una y otra vez y regresaron. Con sus apabullantes victorias y conquistas.

Me veo casi atado a la butaca del cine frente a los sueños, la poesía, la irreverencia, las sátiras, la anarquía ecléctica, el sueño colectivo de las pasiones, el erotismo que navega por la pantalla, al pantagruélico, inagotable Fellini inmerso en una aparentemente inexistente realidad. Tanta decadencia y opulencia, Fellini se roba la película con sus historias, personajes, imaginación, conocimiento de la sociedad italiana. Aún resuenan los ecos de los diálogos italianos en mi memoria, la gracia, el misterio, el telón de fondo de un libreto que uno adivina la puerta de entrada e imagina la salida en esa fantasiosa realidad.

Dos mil años del imperio parecieran vaciarse en un ánfora romana, con la cadencia y lentitud de la declamación de un bardo de la época, un ejercicio más allá del silencio en que no existía el tiempo, ni límites para el viejo oficio de la poesía, que las musas alentaban y promovían más allá del silencio. Fellini no sólo interpretaba el pasado y el presente, sino que veía el futuro en la mano de su gitana de bolsillo. Los sueños fueron el libreto sin límite y la escenografía de Fellini, los caminos por donde no dejó de transitar junto a sus emblemáticos personajes, a su público, fiel siempre a su propia y fantástica realidad. Él mismo se autobiografió, miró a Roma con sus ojos desde la niñez de sus sueños y vagó por esas ruinas entre el inconsciente colectivo italiano y sus propias percepciones.

Roma puede llegar a superar al propio libretista que la fundó y reinventó.

No hay baúles para guardar la historia de Roma ni historiadores para contarla, hojas para escribirla, juglares para cantarla, aunque se haya dicho casi todo por encargo o salud de la historia. Federico Fellini, el maestro de la obra maestra La dolce vita buceó la vieja capital imperial en sus cuadernos de dibujo, se hipnotizó en ella y a sus fanáticos espectadores nos contó sus sueños como un náufrago de su solipsismo.

Nunca estuvo ajeno a su propia realidad, convencimiento y mandato de sus sueños, no dejó de creer en su mundo onírico, esa fantasía gratuita que tiene cada ser humano y algunos cuentan con una fábrica, como el caso del autor de , Amarcord, La calle, Roma, Satyricon, Casanova, etc. Claro, esa Roma infinita que pareciera no tener principio ni fin, superpuesta en lo visible e invisible, absolutamente inesperada, barroca en la desmesura, arbitraria hasta la nostalgia. Roma puede llegar a superar al propio libretista que la fundó y reinventó. Como una caja de Pandora personal.

La ciudad sigue abierta a los sueños, diría Rossellini, el espectáculo, a su sorprendente realidad, se autofilma y, en estos tiempos que parecieran tan modernos, se suceden las escenas fellinianas en homenaje al más grande soñador, que debe estar disfrutándolas sobre la nube romana. El mundo, desde luego, se pisa sus propios talones, recita un monólogo indescifrable, como si la Torre de Babel soñara con tener un traductor que redujera cada palabra al silencio. Roma sigue viva, aperta a la imaginación, al menos eso pensó una manada de jabalíes que transitaron sus calles a la espera de ser tomados en cuenta en un filme felliniano.

Dañinos, destructores, los jabalíes se aproximaron a la antigua capital imperial, con sus crías, en búsqueda de desechos que la ciudad no recicla, y se mostraron en un verdadero y disciplinado desfile familiar. Sin embargo, las estadísticas no los acompañan. Unos diez mil accidentes automovilísticos son ocasionados cada año por estos animales, que suelen además destruir cosechas de trigo y maíz. En agosto se produce una escena felliniana en Italia, comienza la cacería masiva de jabalíes, cuyo destino serán los restaurantes de la mesa italiana. Fellini seguramente habría filmado esta escena familiar en una gran cena medieval propia de los aquelarres de la época.

Rolando Gabrielli
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