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La tribu urbana tiene la palabra

martes 7 de junio de 2022
La tribu urbana tiene la palabra, por Rolando Gabrielli
El creciente urbanismo no excluye de una preocupación del estado de millones de seres humanos en distintos continentes que no habitan ciertamente en grandes conglomerados urbanos ni siguen las mismas costumbres civilizatorias. Imagen: Javier Rodríguez • Pixabay

La arquitectura es una disciplina que cada día actúa más con y dentro de la comunidad. El sitio, el lugar, no es algo aislado, y debido a las crecientes necesidades y desafíos que confrontan las ciudades y las comunidades rurales —climáticas, de escasez de agua, contaminación, presiones de población, demandas de salud hasta incremento del nivel del mar—, urge la atención primaria de estos problemas de una manera integral que haga sostenible las soluciones. Es una disciplina que se prueba a sí misma socialmente y con el futuro, trabaja y se complementa cada día más con otras profesiones. Una actividad que está en la marcha cotidiana del hombre, la ciudad, donde quiera que se levante una casa, se construya futuro, se instale una familia, se busque seguridad y sostenibilidad en el tiempo, un punto de partida.

 

Su tribu principal es la ciudad

Inclusive las grandes estrellas de la arquitectura mundial trabajan desde la perspectiva de la sostenibilidad, ecología, son las nuevas tendencias para favorecer espacios hacia un mejor vivir y bienestar, utilizando materiales como la madera en aquellas construcciones icónicas del consumismo. Es ciencia y arte, realmente, compromiso con nuestro futuro. No es una rama del saber humano alejada de la realidad de nuestra especie; por lo contrario, forma parte de su esencia y le da seguridad, bienestar, un lugar donde desarrollar sus habilidades físicas y crecer espiritualmente en comunidad. La sostenibilidad no es una mera palabra, una filosofía de moda o un concepto meramente comercial, retórica o marketing, sino una necesidad de sobrevivencia de la especie. Aún no hemos visto nada, para algunos; otros piensan que es un ciclo más de la naturaleza, pero lo cierto es que los aborígenes, los hombres antiguos, de las cavernas para ir un poco más lejos, no tenían tantos instrumentos que les alertaran para prepararse ante la sorprendente naturaleza. El viejo dicho, adagio popular, cobra fuerza y vigencia: guerra avisada no mata soldado.

La arquitectura traslada al hombre de las cavernas a diversos tipos de vivienda construidos con su propia evolución de sapiens, los caseríos, villorrios, aldeas, poblados, palafitos, chozas, las fascinantes construcciones de los mayas, incas, egipcios, en distintas partes del orbe donde el hombre se asentó definitivamente. Después, vinieron las grandes ciudades que aún no terminan de construirse y destruirse. El hombre se hizo menos nómada, su tribu hoy es la ciudad. El creciente urbanismo no excluye de una preocupación del estado de millones de seres humanos en distintos continentes que no habitan ciertamente en grandes conglomerados urbanos ni siguen las mismas costumbres civilizatorias. La diversidad, su resguardo, respeto, es lo que hace y convierte a la tierra en un lugar especial, único, para el hombre. A pesar, valga este paréntesis, de sus incursiones espaciales, viajes interplanetarios, su infinita curiosidad, deseos de conquista, poder, dominio, la felicidad no puede ser una fantasía en nuestro planeta, ni muy alejada al alcance de la mano de cualquier ser humano. La retórica me entusiasma; soy, a veces, casi un devoto incondicional, me dejo llevar por su inconfundible eco, y uno apuesta en grande, que la estupidez no puede ser patrimonio de la humanidad.

 

El futuro, nuestro próximo presente

El futuro de las ciudades está en atender esta problemática que se extiende globalmente con mayor o menor urgencia, y reclama el concurso de la tecnología, de los originarios, pobladores, campesinos, personas que viven y conocen su hábitat. Las políticas de Estado son de una urgencia inaplazable, aún sin los futuros problemas climáticos, porque las ciudades no son capaces de sostenerse a sí mismas. Necesitamos el sentido común de los propios habitantes de la Tierra.

En América Latina los pueblos originarios cuentan con la sabiduría de sus ancestros, quienes cuidaron los tesoros de la naturaleza, convivieron en armonía y respeto con su entorno. Ellos representan un patrimonio, lo son para sus propias comunidades, muchas veces alteradas por la vertiginosa vida contemporánea. La codicia es la rama más frondosa del árbol genealógico de nuestra especie.

El sentido común hace un llamado a poner más atención a la experiencia, conocimiento, que tienen las comunidades de su entorno, para resolver no sólo el tema habitacional y sus riesgos, sino algo tan vital como el agua, por lo que se requiere de una cooperación multidisciplinaria, y no imponer soluciones que la realidad ha demostrado que no son tales. El Estado debe asumir su papel de regulador, facilitador, vigilante de los recursos hídricos de la nación, tan valiosos como el oxígeno. El agua no puede ser privada y nadie privado de ella.

Tecnologías y sabiduría ancestral parecieran haberse encontrado en el momento preciso para enfrentar los retos de una época, donde se requiere imaginación, creatividad, conocimiento, y recoger, unir los saberes del pasado con los avances actuales. Después de todo, el mundo está enfrente de todos. Hablar hoy de arquitectura y medioambiente es un tema de pasillo, común y corriente; lo importante es poner en marcha el binomio como una respuesta del presente al futuro. El futuro no es más que un presente un poco más alejado. Descuidar el futuro es multiplicar malos presentes.

 

¿La ciudad es un monstruo que crece sin padre?

Las ciudades confrontan una acumulación de problemas que el acelerado crecimiento poblacional convierte muchas veces en crónicos, los transforma en parte del hábitat, se traducen en meros titulares de los noticieros, en rutinarias denuncias, representan el malestar permanente de la ciudadanía y pareciera que la ciudad los acoge como tumores inevitables de su cuerpo urbano. Las carencias se encuentran en cada esquina, ni las alcantarillas pueden ocultar los vicios del urbanismo. ¿La ciudad es un monstruo que crece sin un padre, anárquica, insostenible, caótica, vibrante en el desorden de su propia neurosis colectiva?

En el mes de junio se iniciaron los eventos climatológicos más preocupantes, devastadores, del Caribe, Centro y Norteamérica: los huracanes, ciclones, esos fenómenos incontenibles de la naturaleza que suelen arrasar poblaciones, poblados, puentes, sistemas eléctricos, todo tipo de infraestructura, y cobrar numerosas vidas humanas. La arquitectura, el diseño, las nuevas tecnologías y materiales, las políticas gubernamentales tienen hoy la autoridad y palabra para enfrentar un problema que va creciendo y haciéndose sentir trágicamente.

Las ciudades costeras corren cada día más riesgos; no será hoy quizás, ni mañana, pero el tiempo se va acortando en la medida en que el cambio climático avanza sin un calendario prefijado y que podamos elaborar con exactitud. Dan nombres, los expertos, sobre algunas grandes ciudades expuestas a los desafíos del mar y la naturaleza. Es una ola que está en los océanos y seguirá creciendo, podrá llegar algún día al borde de las ciudades amenazadas y todos sabemos de qué son capaces las aguas.

Agatha ya se presentó en México, Cuba y la Florida. Los nombres de futuros huracanes fueron dados a conocer: Blas, Celia, Darby, Estelle, Frank, Georgette, Howard, Ivette, Javier, Kay, Lester, Madeline, Newton, Orlene, Paine, Roslyn, Seymour, Tina, Virgil, Winifred, Xavier, Yolanda y Zeke. Se desconoce qué sucederá en las próximas semanas, meses, y se vaticina de cuatro o cinco con riesgo para las ciudades que podrían ser afectadas. Forman parte de los fenómenos anuales de la naturaleza. El futuro del hombre está en sus propias manos.

Rolando Gabrielli
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