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Inanición

domingo 25 de septiembre de 2022
Inanición, por Rolando Gabrielli
Primero viene el hambre, una palabra que se devora la propia condición humana, y da paso a la inanición. La reina Isabel II de Inglaterra y el príncipe Felipe en Ibadan, Nigeria (1956)

El diccionario contiene todas las palabras que puede y aprueban los académicos de la lengua. El idioma está vivo, va y viene en la voz del pueblo, respira su tiempo en cada época, acuña nuevas palabras y borra otras, algunas permanecen en la memoria. Somos una pequeña Babel, nuestra propia autopista y laberinto. Vamos desde el paciente del diván, antes de las tribus, a las incontenibles redes, la más grande Babel de todos los tiempos. Monólogo, diálogo y esta dispersión infinita del verbo que agita conciencias, mueve sentidos, verborrea las mentes banales. El lenguaje nombra e inventa casi todo, disfruta recreándose a sí misma la palabra, arrinconada por la nueva diva de la pantalla digital y los escenarios distópicos en tiempo presente y virtual: la ubicua imagen que todo lo muestra ante los ojos y nadie le niega una sola palabra, aunque también se camaleonea con sus propios trucos.

La palabra crea su propio mundo y en épocas de crisis es cuando más viva pareciera estar. Se reinventa y hace lo mismo con los demás actores y protagonistas y simples pasajeros del abecedario común y corriente. La lista es larga, en pandemia nos enfermaron con estas nuevas vacunas del lenguaje, inocularon el virus de la palabra.

Las palabras crearon una nueva actitud aparentemente en círculos vanguardistas y un espíritu acotado a la nueva religión tecnológica. Se habla de nuevos paradigmas, un cambio civilizatorio, un nuevo orden mundial, el fin del gobierno unipolar. Las palabras tienen un alcance inimaginable, ilimitado, capaces de nombrar las estrellas, escalar montañas y sumergirse en las profundidades marinas, porque ya han recorrido los desiertos.

Seguirán su curso como la misma historia humana y una de las interrogantes podría ser cuál será la última palabra y quién la tendrá en su boca.

Sin embargo, más allá de las fakes news, que son palabras e imágenes vigentes, aunque siempre existieron en su versión antigua, más humilde, menos vistosa, más lenta, me detengo en una que atenta contra el alma de toda la humanidad. Me refiero a inanición, una palabra latina, llena de vacío, es que lo vano, fútil, carece de vida. Es una palabra vacua, pero no es su culpa. Sucede que fue creada para nombrar y, como todas las palabras, es inocente. Hace 1.500 años, el doctor romano Celio Aureliano ya utilizaba el vocablo inanitio, que significa debilidad. Así las palabras van adquiriendo su propio sentido y acuden prestas a interpretar situaciones en cualquier ocasión.

Inanición es la palabra que recorre el mundo como un fantasma. Cientos de millones la padecen, los hambrientos de nuestro tiempo, no es una palabra agradable, pero refleja lo que significa, traduce con suma precisión el estado de personas que se separan de su propia existencia. Primero viene el hambre, una palabra que se devora la propia condición humana, y da paso a la inanición. Es la muerte en vida, esa que refleja la fotografía africana en medio de la corona imperial británica y que no requiere palabras.

El mundo está lleno de palabras, no parecieran faltar ni sobrar, saben su lugar y tiempo, simplemente se expresan con toda la carga del lenguaje e intención de su contenido. Pero el mundo está también lleno de seres humanos, más de 7 mil millones, y no todos viven en las mejores condiciones. No es nuevo, es cierto. Pero los tiempos les pisan los talones al hambre, de acuerdo con los organismos internacionales, y el nivel de crisis que enfrenta el mundo se dispara. Las palabras también saben tomarle el pulso a la crisis en todas sus dimensiones, prácticamente la respiran. No son culpables por lo que dicen o no dicen, ocultan, callan, silencian, mienten, engañan. No hay palabras falsas, ni tienen faltas de ortografía.

Quien las manipula, no siempre tendrá la última palabra.

Rolando Gabrielli
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