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El espejo oculto de las ciudades

viernes 21 de octubre de 2022
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El espejo oculto de las ciudades, por Rolando Gabrielli
Las ciudades son nuestro propio espejo, nos recuerdan que somos su rostro, nos invitan a mirarnos en él. Stefan Keller • Pixabay

Las ciudades nunca son las mismas. Tienen su propio lenguaje y máscaras para cada circunstancia. Su rostro depende de quién lo vea y cómo lo observe. Es un ritual urbano que aceptamos tácitamente sin darnos cuenta, porque esta época se caracteriza, entre otras cosas, por no tener tiempo para admirar y vivir la belleza que nos rodea. La ciudad es un gran teatro y como en los tiempos de Atenas, la Grecia antigua, se requiere de una máscara para entrar en la escena, formar parte de la escenografía, manejarse con el lenguaje y maquillaje adecuado.

El silencio, la mudez, la ausencia, la indiferencia, también forman parte de la tramoya. La atmósfera citadina es una puerta abierta a infinitos mundos y a través de cada ventana se suceden los cambiantes paisajes cada día. Pero me pregunto: ¿qué haríamos sin la palabra?

Las ciudades que visitamos, habitamos de por vida, de paso o compartimos con la memoria, no siempre son las mismas, y no sólo por el transcurso inevitable del tiempo, sino porque el tejido urbano crece en un verdadero caleidoscopio, se multiplica, y cada experiencia es intransferible.

Las ciudades son tan humanas que algo o mucho de ellas se nos parece.

Las ciudades llevan su propia vida, sus calles, edificios emblemáticos, salas de espectáculos, parques, teatros, malls, universidades, barrios, estadios, espacios públicos, bares, iglesias, librerías, plazas, centros culturales, de todo lo que están hechas, adolecen, necesitan, inclusive su decadencia, ruinas, abandono, encanto y fealdad. Tienen tanto de nosotros mismos que las construimos sin darnos cuenta y llegamos a formar parte de su pasado, sin dejar de ser su vivo presente intransferible.

Las ciudades son tan humanas que algo o mucho de ellas se nos parece, al menos el reflejo de su espíritu, su mirada alegre, triste, lunática, extremadamente neurótica, clasista, viciosa, poética, deslumbrante y pobre, porque ellas recogen lo mejor y peor de nosotros mismos.

Las ciudades son nuestro propio espejo, nos recuerdan que somos su rostro, nos invitan a mirarnos en él y con la benevolencia, paciencia quizás de una madre protectora, reclama un cambio de actitud para hacer lo más grata posible la vida humana entre sus paredes, que ellas no construyeron.

Las ciudades son organismos vivos, espacios vibrantes, viven, se enferman y mueren como los cuerpos humanos, se proyectan, desarrollan, luchan por nuevos y mejores espacios, se sienten bellas, útiles, absolutamente necesarias para la vida humana. Piensan, eso creo, en el porvenir, y que no fueron inventadas para colapsar, desaparecer, sino hacernos más vivible la vida. A mí, en lo personal, permítanme una opinión, me gustan porque son una mezcla de tantas cosas, muchas de ellas indefinibles, contradictorias. Son algo ingenuas, volátiles, siempre sorprendentes, y en sus calles, espacios públicos, paisaje urbano que nos marca un límite, y a pesar de ello, seguimos soñando.

Las ciudades son nuestro ejercicio diario de vida, relaciones humanas, sociales, laborales, convivencia, pesadilla para conseguir una vivienda, transportarnos, contar con lo mínimo para sobrevivir, y desde luego, alcanzar la felicidad de acuerdo con nuestros valores, gustos, inquietudes, metas y posibilidades. La ciudad es el escenario donde desarrollamos en gran parte nuestra existencia, es el tablero de ajedrez de cada día, sobre él nos desplazamos, cada jugador mueve sus piezas, los peones suelen sacrificarse para proteger al rey, hay alfiles incisivos, torres vigías, caballos en movimiento, una reina poderosa y codiciada. Es un gran juego, pero en un escenario real. Las ciudades son imágenes de una misma imagen.

Rolando Gabrielli
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