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Los vivos fantasmas de la palabra

martes 20 de diciembre de 2022
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Los vivos fantasmas de la palabra, por Rolando Gabrielli
Viví la época con mis amigos los poetas de Chile, los plagié a todos, dije alguna vez, lo volvería a hacer acompañado de mis fantasmas más leales, esos que no se despegan de la memoria.

Son mis fantasmas y están conmigo. Mis invitados, convidados, no son de piedra, sino que están en la memoria y no necesitan presentación. Años llevamos leyéndonos las mismas palabras, que dejan de serlo al volver a releerlas. Viéndonos las caras, detrás de las palabras. Mis maestros, sin proponérselo, esos son los verdaderos y los que quedan. Silenciosos, modestos libros que no renuncian a su historia, pasado, porque fueron escritos desde la pasión, única manera de hacerlo y de no causar una mala impresión al papel que acoge las palabras con tanta generosidad. Son palabras, emociones, sentidos, que no podrían estar en un diccionario, ni en la boca del silencio, porque reflejan auténticas señales, como lo es la verdadera poesía, un acto de significación. Poesía es explorar el silencio, la música de las esferas y de las multitudes anónimas. La academia puede aplaudir y no va más allá de un reconocimiento oficial. La huella tiene su propio camino. Al poeta lo sostiene su compromiso con la palabra libertad, vida, amor, humanismo, verdad, naturaleza, compromiso, pasión, para encontrar la aguja en el pajar de la poesía. El poeta ama las cosas que nunca tuvo con aquellas que ya no tiene, pero sigue buscándolas en la imaginación de las cosas y sus propias vivencias.

 

La poesía, silencio en palabras

El tiempo los trajo hasta aquí, han permanecido, nacieron de un hallazgo, algunos por un simple verso, curiosidad, recomendación, otros arrastraban sus voces por la geografía, algunos conocidos físicamente en la vida cotidiana, otros cruzaron grandes distancias y el mismo océano, continentes, nieve, montaña, estepas, ciudades cosmopolitas, pueblos perdidos, ríos, el mar y aquí están, siguen invariablemente. Representan distintas corrientes, ismos del género, son muy distintos y tienen su propio altar al que se rinden en la retórica de su poesía. Son iniciáticos, su verbo tiene imán, reflejan sus propios modos de vida y nos abren nuevas puertas para que entremos a sumar nuestros propios y fecundos silencios. Toda gran poesía es el silencio en palabras.

Todos, cada uno a su manera, han sido la conciencia en su tiempo, porque la poesía es algo más que mercancía en un mercado de las pulgas, y no deja de ser popular, aun en estos tiempos en que el diablo arrastra el poncho digital. Los poetas no se rinden, aun después de su silencio, la palabra queda orbitando como una moneda lanzada al aire y tiene muchas o tantas caras como lectores. Amigo, haz la prueba, donde quiera que te encuentres, sobre un puente, en una calle sin salida, en un museo, viendo una película, moviéndote en un mall, en cualquier lugar, pon en el aire una moneda y pide encontrarte alguna vez en tu vida con el mejor poema que hayas imaginado y verás que tu vida ha cambiado por arte de magia. Hay poemas que hablan, ven, sienten, respiran por nosotros, ese es su don. Fueron esos escritos para ti. ¡Hipócrita lector, mi semejante, mi hermano!

 

Yo no impondría reglas a las mareas y menos a la poesía.

La poesía en boca de todos

Detrás de cada poeta verdadero hay un flautista de Hamelín y sus ratones son las palabras en encantamiento musical. Al menos así debiera ser en la imaginación de la musa, algo inefable. La sombra dialoga con el cuerpo en silencio, pero son un binomio inseparable, espejos que se proyectan a sí mismos. Yo no impondría reglas a las mareas y menos a la poesía. La luna continúa su trabajo con las mareas y encantada más con los poetas que con los cosmos/astronautas. Después de todo, la poesía siempre miró el universo con los pies en la Tierra. Hoy siento algunos poemas, versos como el resonar de los cascabeles de la infancia en mi memoria. Eso nunca se olvida. Las primeras lecturas, los libros que van quedando en la biblioteca, los autores que citamos, conversamos, opinamos sobre ellos, vamos incorporándonos a un club que creamos a medida de los años. Hay libros que llevamos en nuestra mochila, en cualquier momento los abrimos, palabras que tienen siglos, palabras contemporáneas, palabras, sólo palabras, que nos dicen tantas cosas. Nos han dejado sus experiencias, gustos, intereses, contradicciones, en una palabra: sus vidas. Son tan distintos, pero son los que cayeron, primero en mis manos, los escogidos, los clásicos españoles, García Lorca, Nicolás Guillén, Trakl, Rilke, Baudelaire, Verlaine, Lautréamont, Miłosz, Eliot, Michaux, Dylan Thomas, Ginsberg, Pessoa, todos los Pound que contiene la poesía y Franz Kafka, un poeta interminable, infinito, sin principio ni fin (hola, Franz).

Resuenan en mi memoria con sus distintos cantos, palabras que alguna vez escribieron, dejaron impresas como brasas en el rescoldo de un brasero encendido una noche para mitigar un invierno. Hay ruiseñores con sus trinos perfectos, mirlos, cardenales, canarios, petirrojos, tantas voces que van y vienen, quizás permanecieron dormidas, pero estaban registradas en la fértil memoria.

Ahora, la poesía son tantas cosas y puede haber una o numerosas definiciones académicas, miles personales, algunas pueden coincidir, importar o no importar a los escritores, lectores, a la gente común, porque después de todo la poesía es la palabra que anda en boca de todos.

 

En una hoja en blanco

Espada de doble y muchos filos, el verbo ajusta sus propias cuentas y saca la palabra a la intemperie, porque cree en ella, sabe de su oficio, inagotable capacidad exploratoria, transgresora por naturaleza, y se mueve en su propio laberinto entre la belleza, la música, lo humano y divino y todas las contradicciones, para instalarse en la condición humana como parte esencial de nuestro ser. Cada poema es un grano de arena en el gran desierto de la palabra y espejismo de quien lo lee. Inevitablemente / seguiremos buscando / el paraíso perdido / las nostalgias del futuro / un oasis en nombre / de la palabra / la poesía / en una hoja en blanco / está todo por nacer.

La palabra es un vicio, no me lo dijeron, tal vez, pero de tanto escribir y borrar y volver a escribir, lo aprendí, al parecer. Algunos creen llevarlo en la sangre, les llaman malditos a otros, y si es difícil escribir, vivir como poeta, como solía escuchar decir a Jorge Teillier, es como pertenecer al mundo del metaverso y respirar en otra dimensión. Mis vivos fantasmas de la palabra vienen de su propia dimensión, con algunos compartí en mi juventud el oficio, los leí, escuché, incorporé a mi propia historia, muchos otros vienen de distintos países geográficamente, el norte, el viejo Whitman, Pound; Cuba, Lezama, Diego, Guillén, Padilla; México, Juana Inés de la Cruz, Pacheco, Paz; Dalton, El Salvador; Nicaragua, Cardenal; Ecuador, Adoum; Perú, Vallejo, Belli, Antonio Cisneros, César Calvo; Argentina, Borges, Gelman, Pizarnik, Girondo, y Chile, la casa matriz, entre el desierto, la cordillera, el mar, más al centro Santiago, a orillas del río Mapocho, y al sur, volcanes, lagos, canales, fiordos, los abismos del planeta. Ahora viven en la casa de la poesía / son la palabra / que siempre fueron / semillas que el viento / germinará en nuevos jardines.

Es difícil escribir poesía en Chile y decir yo no leí a la Mistral, Huidobro, Neruda, De Rokha, Rojas, Parra, Lihn, Teillier, Violeta Parra, Rosamel del Valle, Díaz Casanueva, Arteche, Barquero, Rubio, Uribe Arce, Oscar Hahn, Alfonso Alcalde, Zurita, Millán y tantos, muchos otros más, de una lista interminable. Fue el siglo XX, lo reconocen los críticos, extraordinario para la poesía chilena, un verbo fecundo. Viví la época con mis amigos los poetas de Chile, los plagié a todos, dije alguna vez, lo volvería a hacer acompañado de mis fantasmas más leales, esos que no se despegan de la memoria, suelen hablarte, recordarte un verso, una anécdota, alzar una copa, guiñarte un ojo. Ahora que me comprueben el o los plagios, porque a decir verdad la poesía pareciera estar escrita de antemano, sólo somos intermediarios de la realidad que interpretamos y nos invita a imitarla. Cada poeta tiene su propia historia y si no la inventa. La mitomanía tiene sus cultivadores y también es un arte, cuenta a la hora de sentarla en las piernas, no para insultarla, como a la belleza del genio francés, sino aclamarla como hija de la imaginación. El plagio / es la suma de todas las inocencias / la soga del ahorcado / que desconoce su condena / ignora que la sombra / es el plagio de algún cuerpo. En verdad, lo que un poeta recoge es la atmósfera de su época, su espíritu, las señales, caminos que se bifurcan, signos de sus propias contradicciones, algunas certezas, la pasión de su tiempo, plagia la realidad como subsidiaria de sus sueños.

 

La poesía se interroga en cada época a su manera y de acuerdo a su tiempo se manifiesta.

Ciegos, profetas, videntes, duendes, suicidas

Los poetas lo escribieron casi todo, aunque eso nunca es posible. Qué haríamos sin el amor, debiéramos preguntarnos, la poesía se interroga en cada época a su manera y de acuerdo a su tiempo se manifiesta. Esas cuatro letras, me dijo una vez la musa, mueven, son el motor del mundo. Suena algo romántico, pasado de moda, o como quiera llamársele, pero la poesía en cualquier época y tiempo ha respondido a la naturaleza humana, nos distingue, como la música, de las bestias, aunque como dijo el antipoeta al describirse en un poema: ¡Un embutido de ángel y de bestia!

Es poco cuanto más se pueda añadir. La poesía viene de tan lejos en la historia, son tantos los poetas que han empedrado los caminos, algunos han renegado de ella, la han abandonado a su suerte, Rimbaud, por ejemplo, otros han muerto abrazados a su propia cruz, suicidas, genios, ególatras, ciegos, profetas, videntes, drogadictos, borrachos, poetas con duende, García Lorca, Mistral, Pizarnik, y tantos que, sin escribir, son verdaderos poetas. Especialmente Virgilio y el Dante, la magnífica Safo, Juana Inés de la Cruz, Donne, Quevedo, la lista es más larga de lo que parece.

 

Los salmos inéditos del Chico Molina

El Chico Molina / fue el poeta total / luz y sombra de su encantamiento / prestidigitador inagotable / visitó el paraíso perdido / como si fuera su destino / todo lo resumió en un soneto sin nombre / ni palabras / y nunca regresó de sí mismo. Su fantasma nos trae su inspiración, el salmo que la Biblia ya reconoce como suyo y las multitudes de viejos adolescentes recitando como un mantra del más allá sus noches de pasión verbal en la Sociedad de Escritores de Chile. La poesía no es lo que vemos ni aparentemente creemos ver, porque está escrito incluso lo que se llegó a pensar, sino lo que no se ha dicho de ninguna manera, ese silencio que sólo registra la memoria. Eso y más nos enseñó el Chico Molina del magnífico arte de la conversación. Poeta, lanza la primera palabra y no escondas la mano, el Verbo crece, funda, fecunda, renace y florece, es la estrella que hace brillar al poema.

 

Apología de la lentitud y otros poemas

Rolando Gabrielli

Lector

Lector,
Acércate
con vicio
a la Poesía,
te sorprenderás.

 

Tres cosas

No me recuerdes
el pasado
No me hables del futuro
Deja fluir en silencio
el presente.

 

El espejo me rebota

El espejo me rebota,
cree saberlo todo,
me habla en primera persona.
Sé quién eres, me repite,
como si en verdad lo dijera.
El vidrio se ve firme,
hace pleno uso de su carácter
y privilegio de ser el primero
en verme y saludarme
antes del desayuno,
sin decir una sola palabra.
me baño, tomo desayuno
y me voy al trabajo.

 

Le dije: no hablo de otra cosa

Le dije: no hablo otra cosa
que no sea de poesía,
soy el Verbo,
me conjugo a mí mismo,
sólo respiro palabras
y puedo llegar a tragármelas
o tejerlas en el aire,
deletrearlas con o sin rima,
siempre verbalizar con pasión.
ser, sólo ser.

 

Todo tiempo pareciera tener su pausa, ¿y por qué nosotros no?

Apología de la lentitud

Comencemos por subir una escalera hasta donde llega su último peldaño. El resto que lo haga la imaginación. Si miramos el mar, que sea hasta el infinito, no hay límites. Ver por una ventana, es espectacular detenerse en los detalles más cercanos. Si es un jardín hay mucho por recorrer y ver crecer con el tiempo. Si sólo es la calle, el sol, la lluvia, la nieve, animan nuestro espectáculo cotidiano. Este ejercicio no tiene reglas, ni busca resultados. Sentarse en un bar y ver cómo se derriten los hielos en un vaso. Estar solo permite estar y no estar, sentir el tintineo de copas, ver siempre un mismo lugar, ser parte de su atmósfera, risas, frases casi sin destino.

Una puesta de sol es otra cosa, la extinción de la belleza en un fragmento determinado de tiempo en un horizonte. El atardecer tiene estas cosas naturales. El crepúsculo va dando paso a la luna y la noche. Todo tiempo pareciera tener su pausa, ¿y por qué nosotros no?

Rolando Gabrielli
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