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Si no naciste iluminado como Rimbaud

viernes 30 de junio de 2023
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Hernán Valdés
Hernán Valdés fue un poeta, narrador y cineasta chileno exiliado en Alemania, recientemente fallecido, autor del libro Tejas verdes, diario de un campo de concentración, donde narra las vejaciones y torturas recibidas por el régimen de Pinochet, tras ser secuestrado de su casa sin acusación alguna.
a Hernán Valdés, in memoriam

Si no naciste iluminado como Rimbaud y no se te ocurrió pintar las vocales, el camino es superar humildemente cada día la página en blanco, respetarla, quererla y llegar a amarla aun en los tiempos menos fértiles. Saber que es lo único con que cuentas; es testigo, juez y parte de tu oficio día a día, la que estimula tu imaginación. Recuerdo aquellos primeros años de la adolescencia en que leía a García Lorca, la Mistral, Neruda, Guillén y me llenaba de la atmósfera de su poesía, del canto de las palabras, ritmo, magia, y disparaba versos que sólo yo leía en la soledad del corredor de fondo. Me llevaba en vilo la rima, la musicalidad, los sonidos, me sorprendía cada una de las ejecuciones y repetía una y otra vez el mismo poema. Fluían las emociones, pequeñas vivencias, retóricas adoptadas consciente e inconscientemente, la mayoría de las veces. Eran los verdaderos versos robados de la juventud y no me refiero al magnífico libro con ese título de Oscar Hahn. Todos eran ejercicios inconclusos, sin duda, pequeños pasos que no concluían necesariamente, pero pasos al fin. Años después comprendería que se hace camino al andar, como dijo Machado.

 

Discípulo de todas las palabras

Vendrían las lecturas de los clásicos españoles en el colegio y se ampliaba el horizonte con nuevas sensaciones, las palabras llegaban a raudales, viciosamente cautivantes. El Arcipreste de Hita, Manrique, Lope de Vega, Garcilaso de la Vega, Góngora, Bécquer y esos pasajes entre la espada y la pared, los caminos de Cervantes, auténtica y quijotesca poesía esencialmente humana.

El lector anárquico, incipiente, poco selectivo, tal vez, se va convirtiendo en discípulo de otras palabras, aventuras y vivencias. Las palabras tienen esa virtud, capacidad maravillosa de convertirse en memoria, asoman cuando uno menos lo piensa y adquieren tal vitalidad que llegan a tener voluntad propia. Una vez las descubres, te encubren, te asocias a ellas, las sientas a la mesa, cavilas, duermes, y así seguirás cada día con un nuevo himno sin detenerte hasta el fin de tus días.

La poesía vive y respira / como puede / dentro de un cajón de sastre / Se sabe sobreviviente y reinventa / frente a su propio espejo / que sigue siendo la palabra / en cualquier lugar.

 

Todo, sorprendentemente nuevo

El colegio, luego la universidad, la cofradía, pequeños círculos, la intimidad pública de los que se inician en el oficio, y en mi caso personal el contacto permanente con Jorge Teillier y Waldo Rojas, una especie, suerte de Pound chileno, crítico tenaz, artesano notable. Eso no tiene precio para quien busca su propio rumbo. El acceso en la casa de Rojas a una biblioteca de miles de ejemplares, las tertulias, conversaciones frente a la página en blanco, Rilke, Trakl, Vallejo, Borges, Baudelaire, Dalton, Eliot, Prévert, Donne, Lautréamont, Verlaine, Breton, Blake, Artaud, Apollinaire, Michaux, Whitman, existencialismo, metafísica, romanticismo, materialismo, realismo, surrealismo, todos los poetas chilenos habidos y por haber. Los talleres con Lihn y otros poetas, Zurita, Rojas, Bertoni. Los diálogos en ese taller con Cardenal y Luis Oyarzún, botánico, filósofo, intérprete de la vida y de la muerte. Todo tan sorprendente nuevo, recuerdo la defensa de mi poesía por Enrique Lihn, calificada de asexuada por una poeta hoy muy premiada. Un cura de la Universidad Católica también salió en mi defensa. Días mágicos, me dejaban mudo. Un espacio experimental. Quedaba sin palabras donde estaban reunidas casi todas las palabras. Me pregunto: ¿qué seríamos sin las palabras?

Compañeros de juego / al fin / nos advirtió Pound / con su sabiduría / de ángel caído y vuelto a levantar en Venecia / donde las aguas se reinventan / un lugar / para seguir viviendo

 

Cófrades de la palabra y el silencio

En todo este brillante paisaje verbal del taller dirigido con maestría por Enrique Lihn, está en el escenario chileno, con anterioridad, la revista Trilce, dirigida por Omar Lara y diagramada en la casa de y por Waldo Rojas, donde aparece mi primer poema real, junto a poetas consagrados. Las revistas Tebaida, de Oliver Welden; Arúspice, de Jaime Quezada; La Bohemia, con Efraín Barquero, Teillier, Rolando Cárdenas, el Chico Molina, Poli Délano, la inefable colorina Stella Díaz Varin, en esas noches intangibles, deja sus frutos innegables, la fuerza y el pulso de la vocación, entusiasmo y, sobre todo, la pasión por un oficio tan marginado y ninguneado muchas veces. Concluyo ahora que en esas veladas no se daba puntada sin hilo. Santiago se transformó tan íntimo, personal, amable, la palabra es puente. Una enorme fuerza de lo cotidiano de este carpe diem nos convierte en cófrades de la palabra y su silencio.

Va quedando todo un background no escrito de poetas amigos, Gonzalo Millán, Manuel Silva Acevedo, Oliver Welden, Jaime Quezada, y de muchos otros, que, sin estar en estos círculos, forman parte de las raíces de la poesía chilena; Arteche, por ejemplo, Díaz Casanueva, Rosamel del Valle, Eduardo Anguita, Armando Uribe Arce, De Rokha, Huidobro, Rubio, y aquellos que nos dejaron algo más que palabras, su testimonio de vida, “marcha infinita” huidobriana, por llamar de alguna manera esta ruta sin fin.

 

El otro lado de la moneda

La memoria puede ser un largo viaje al pasado o una pista llena de baches donde se avanza sin cesar. El futuro siempre está para pasarnos alguna cuenta, cobrarnos una factura adeudada y sonreír también al éxito. El presente nunca renunciará a estar en el momento preciso. Que no se hable de ausencias en su presencia.

Para mí, merece un capítulo aparte el contacto que tuve con Nicanor Parra y su poesía, cuyo sello personal ha quedado registrado no sólo en Chile, sino en la poesía de habla castellana y norteamericana, preferentemente. Parra se programó y transformó en su propio planeta en contraste con el planeta Neruda. Esa experiencia la viví, aunque nunca conocí a Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, Pablo Neruda. Un aprendizaje externo de gran intensidad ver a un poeta antipoeta luchar contra el mundo político además de la poesía de Neruda, por medio del humor, la ironía, la incesante búsqueda de un nuevo lenguaje. No conozco otro caso tan obsesivo, a veces delirante, apasionado, que reúna tantas variables, incluida, desde luego, la poesía como telón de fondo, parte visible de una escenografía muy particular con sus propios códigos. ¿Se trataba de ver el otro lado de la moneda?

La memoria / es capaz / de archivar el tiempo / y dar voz al silencio.

 

La maestra rural nos sigue cautivando

Chile ya había vivido una verdadera guerrilla entre poetas: Huidobro, De Rokha y Neruda. Ahora estábamos ante la presencia de un “francotirador” con puntería certera, gran desplazamiento, registro, sistematización y que se programó para vivir 103 años, más de tres décadas que Pablo Neruda, tiempo suficiente para seguir ajustando cuentas y “pasearse como el último gallo en la pelea por el Olimpo”. Todos fueron, son grandes poetas, referentes para Chile y el habla española, castellana, hispana, latinoamericana. En este contrapunto, sin armonía, surgió la nueva música de la antipoesía, que tuvo en Enrique Lihn, sin ser cultor de ella, un fervoroso defensor, como también lo fue Roberto Bolaño y el psicomago, hasta el día de hoy, Alejandro Jodorowsky, en su residencia parisina, también en la tierra.

Una de las grandes curiosidades de la poesía chilena es que ningún poeta se metió con Gabriela Mistral, quien apadrinó en su momento a Neruda y Parra. Gabriela Mistral fue el espíritu de mayor grandeza poética de nuestra poesía, genialidad, compromiso y humildad. Siempre está por descubrirse algo en ella que olvidamos por décadas.

Fue la bendición de la “Mamá grande de la poesía chilena”, sin ningún aspaviento, y siempre con la certeza de su ojo clínico para descubrir la genialidad en los poetas, incluido Gonzalo Rojas, a quien no podemos olvidar del largo y angosto listado de la geografía poética chilena. La Mistral no dejó de ser quien fue, la maestra rural del valle de Elqui, a donde volvería para siempre. Ese talante, tan propio de ella, en la majestad de su dignidad, me parece uno de los mejores poemas de Chile. Gabriela es parte de nuestra geografía, si no la geografía misma.

La Mistral / le puso los puntos en las íes / al olvido / y siguió siendo reina / de cuatro reinos sobre el mar / en el valle de Elqui / ceñido de cien montañas.

 

Homenaje al silencio, anverso y reverso

Tampoco debiéramos dejar fuera de la lista de los grandes al más austral de todos, el multifacético Alfonso Alcalde, con El panorama ante nosotros, entre muchas otras obras, y a nuestros compañeros de época, pasillos, del Pedagógico y sus andanzas, José Pepe Cuevas, un pequeño dios de los bares, del ex Chile, de una suerte de marginalidad verbal y citadina, y también a Hernán Miranda, con su emblemático libro La moneda y otros poemas, que debiéramos volver a leer. La Escuela de Santiago, Naín Nómez, Jorge Etcheverry y Eric Martínez, buscaban su propia palabra, la poesía se abre a todos los caminos.

Tuve la suerte de conocer a poetas como Lihn, un crítico feroz pero absolutamente sincero, probado en sus propias cavilaciones y angustias, en el desordenado orden de los sentidos. Aprendí a respetar la poesía, a no asociarme a la chismografía de pasillo ni a las camarillas de piano de cola. Teillier fue el poeta por excelencia, vivía como poeta en el Santiago de los sesenta, aunque nunca olvidó y dejó de vivir en ausencia en su pueblo natal, Lautaro.

El largo y angosto / teclado / de la poesía chilena / toca jazz andino / cueca / y lo que sea su cariño.

Santiago actualmente es muy diferente sin estos poetas que le marcaron un camino, a su modo y manera, a la poesía chilena del siglo XX, Lihn, Barquero, Teillier, Armando Uribe Arce, Gonzalo Millán, Waldo Rojas, Silva Acevedo, Rubio, Anguita, Braulio Arenas y otros que prefirieron el silencio o transformarse en fantasma, como quien escribe estas notas de paso y en el escenario que marca otra época. Fue un homenaje al silencio y a la poesía en su anverso y reverso, esa misma moneda con distintas caras. Privilegié el oído y cero protagonismos, había muchos gallos en el gallinero y, además, zorros dando vueltas. No usé los trucos de invisibilidad borgeana, ese olvido aparente de sí mismo que hacía crecer su leyenda y presencia inevitable dada la relevancia de su literatura y personalidad que azuzaba vientos y tempestades sólo con apoyarse en su bastón.

En un aparte de esta historia invisible, Juan Luis Martínez, poeta a quien no conocí, apostaba a cierto anonimato, vivía una marginalidad que no reconocía horizonte (tómense estas palabras como un homenaje).

Y en este gran silencio que da significados a los restos de la diáspora chilena, cincuenta años después del 11, me pregunto: ¿qué será de Hernán Lavín Cerda en México? A Federico Schopf, que poco o casi nada se le menciona, lo vi hace algunos años en su apartamento en Santiago, rodeado de una inmensa pieza de libros, y él sentado en su balcón frente a la Cordillera de los Andes presidiendo la eternidad. Ahí, en esa zona se divide la ciudad en dos: Norte y Sur, el lado de acá y el lado de allá, una ciudad que responde a sus guetos y división de clases. Ese año hice una visita, sin resultados, a tres de las personas que quería ver: Barquero, Germán Marín y Armando Uribe Arce. Fallecieron poco tiempo después. A veces los laberintos nos conducen a lugares y destinos impensables.

El mejor de los caminos / puede ser un desencuentro / es parte del destino.

De Barquero, quien me invitó a escribir a Lo Gallardo —nunca fui—, tengo los mejores recuerdos por su sencillez y profundidad; sólo sabía que venía de su exilio de Marsella y nunca se integró más al Chile post. Afortunadamente le dieron el Premio Nacional, fue una de las voces importantes de la lírica chilena. Se despidió con un último libro dedicado a su esposa: Escrito está. Aunque uno de sus libros mayores es El viento de los reinos, su poesía era cotidiana, esencialmente terrenal, el pan de cada día.

Con Germán Marín compartimos muchas coincidencias, circunstancias, risas, chirigotas, como le gustaba decir, y un día también partió al exilio: México y más tarde Barcelona. Gran novelista que se fue sin el Premio Nacional muy merecido. En vano lo busqué por Santiago, una ciudad ya desconocida para mí. A Armando Uribe Arce nunca lo vi ni crucé con él palabra alguna. Lo visité y no me recibió, porque sólo hablaba con sus editores y tenía puesto el pie en el acelerador de su escritura y partida. Al parecer no salió más de su apartamento en sus últimos años. Gran poeta y un chileno valiente, abogado y diplomático, profesor en Chile y en París.

Por esos días, también busqué el libro Tejas verdes, de Hernán Valdés y, en especial, un país, que tampoco encontré.

 

La tribu tenía un nuevo jefe

Parra construiría su propia isla, después de muerto Neruda compraría una casa en la mítica Isla Negra. Era el nuevo jefe de la tribu. Pero no creo que podamos decir que había dos poetas en Isla Negra. Chile tiene suficientes playas para recibir y acomodar a sus poetas. Parra se quedó en el balneario, que incluye el litoral de los poetas, Las Cruces. Esto a modo de precisión geográfica. Lo importante es que la poesía ha quedado en buenas manos.

La poesía chilena le debe mucho a las provincias, hoy regiones. De ahí vinieron grandes poetas a la capital, con sus trajes pasados a hollín de las locomotoras a carbón. Ellos dibujaron, pintaron en una acuarela la geografía de norte a sur, la presencia imponente del mar, la cordillera y el desierto, que bastarían para definir la poderosa naturaleza telúrica y marítima de un país, cuya geografía enloqueció desde su nacimiento. No fue una poesía provinciana, descriptiva, naturalista, criollista, anecdótica, bucólica, romanticona, bobalicona, anestésica para dormir la siesta. Por el contrario, construyó una parte importante de la sólida estructura, la obra gruesa, de la poesía chilena del siglo XX, principalmente. Tiene el olor de los bosques de la Araucanía, la fuerza íntima de la inmensidad del desierto, todas las soledades australes y desérticas, la colosal Cordillera de los Andes, el paisaje natural y humano, están contenidos en las páginas de estos autores, y un Santiago gris a los pies de los Andes, atravesado por un río abandonado a su suerte. Cómo olvidar a Floridor Pérez, con ese nombre de galán de novela rosa.

Los poetas pudieron arar en el desierto / el mar / las montañas / en las ciudades / donde la palabra encontrara / buen tiempo para seguir respirando.

 

Chile, país de poetas

Sí, es un cliché absolutamente calculado, porque Residencia en la Tierra, Tala, Poemas y antipoemas, Para ángeles y gorriones, La visión comunicable, El viento de los reinos, Destierros y tinieblas, Epopeya y comida de las bebidas de Chile, marcaron una época excepcional de la poesía chilena, como Contra la muerte, además de otros libros clave: La pieza oscura, El engañoso laúd, Greda vasija, Arte de morir, Relación personal, Perro del amor, Cielorraso, Anteparaíso, Lobos y ovejas y tantos otros libros emblemáticos que trazaron nuevos caminos a la poesía chilena. Las revistas escritas de norte a sur fueron escenarios propicios para ir mostrando el quehacer nacional en pleno apogeo, con una vitalidad siempre innovadora, a la altura de la tradición. Chile, país de poetas, no era una frase al azar ni un secreto para nadie.

 

El horror toca el piano en la Plaza de Armas

En el siglo pasado, a partir del 73, se abrió una gran herida en la convivencia nacional, como un profundo tajo aún incurable a lo largo de la angosta faja de tierra chilena, donde los desaparecidos aún se preguntan dónde están y quieren salir a la luz de nuestra trágica historia. La literatura, todas las expresiones artísticas y el periodismo, fueron empujados a un abismo sin fin por más de diecisiete años. A esa larga noche de Chile se le llamó el apagón cultural, que originó la tiranía cívico-militar de generales codiciosos, deleznables, junto a civiles ambiciosos por apoderarse de las riquezas de Chile y someter a un pueblo a la pobreza más humillante de su historia. Esta parte de nuestra historia, que transformó al país en un campo de concentración y expulsó al exilio a cientos de miles de chilenos, no puede borrarse de la memoria si queremos un Chile civilizado. Los artistas, intelectuales, escritores, pintores, poetas, cineastas, actores de teatro, músicos, profesores de la diáspora denunciaron y retrataron esta época oscura de mil maneras. Los pocos artistas que permanecieron en Chile dieron cuenta también de este proceso de involución de nuestra cultura, tiempo que resume en toda su intensidad el poeta Lihn con un simple verso que retrata el país como una carcajada de dolor: “El horroroso Chile”. Pronto se cumplirán cincuenta años del golpe de Estado que sacudió los cimientos de la república y le puso una lápida a la convivencia democrática chilena. El 11 de septiembre para ser precisos.

Un día para no olvidar / marcar en el calendario / como duelo nacional.

 

Del post epilogar (todo es memoria)

Aún me encuentro lejos de casa, pronto se cumplirán cincuenta años del golpe cívico-militar. Todo es memoria. Les escribo esta carta a mis amigos aún vivos y a los fantasmas, a las queridas almas presentes en nuestra memoria.

A los desaparecidos que han hecho visible el horror de esos años de la tiranía, a los restos vivos de la diáspora, quienes no han vuelto y se encuentran dispersos por el mundo, a la nueva generación, que enfrenta extraordinarios desafíos locales y globales. A toda persona de buena voluntad que pone su grano de arena por un país más justo y libre en la igualdad de oportunidades para todos.

Creo ver, sentir un río / que pasa frente a mí / baja de la inmensa cordillera / atraviesa conmigo la ciudad / con quienes me acompañan / pronto, muy pronto / me digo / la primavera nos liberará / de este largo invierno

Estas palabras, fragmentos de una memoria viva, digo, no olviden a los poetas que han cantado y contado la historia y geografía a la gente de Chile, y mantenido su voz en medio del apagón cultural que cubrió la larga noche en los años ciegos, sordos y mudos de la dictadura. Muchos ya no están, medio siglo no es poco tiempo, estas palabras son también para los sobrevivientes. Describir o narrar tiempos tan bárbaros, demenciales, sería desgarrador, tantos compatriotas inocentes sufrieron la sevicia del tirano. Quiero detenerme en un hecho que revela la perversidad de un régimen, una tiranía sin escrúpulos, el asesinato de un poeta universal que, junto a la magnífica Gabriela Mistral, dieron a conocer a Chile en el exterior, cuando sólo lo ubicaban en el mapa por los terremotos.

 

El “caso Neruda”

Me refiero a Pablo Neruda, que espera el juicio de la historia en unos lentos tribunales que ya tienen pruebas, de acuerdo con las declaraciones de sus familiares que tuvieron acceso a informes preparados por expertos del Centro de ADN Antiguo de la Universidad de McMaster (Canadá) y de la Sección de Genética Forense del Departamento de Medicina Forense de la Universidad de Copenhague (Dinamarca). Neruda murió producto de una “inoculación bioterrorista de cepa Alaska E43 de Clostridum botulinum”, bacilo que fue encontrado en la pulpa de un molar del poeta. La muerte del Premio Nobel ocurrió en la Clínica Santa María a las 22:30 pm del 23 de septiembre de 1973. Las denuncias de su asistente, que le acompañaba en la clínica, Manuel Araya (recientemente fallecido), fueron la clave para realizar estas investigaciones. Neruda fue asesinado por una inyección no programada en el abdomen, declaró en su momento Araya a la revista mexicana Proceso, el 8 de mayo de 2011. Su denuncia hizo posible la apertura de una investigación: el “caso Neruda”. El mismo Neruda había llamado a su esposa y le había dicho que se sentía mal después que le pusieron esa inyección, sostuvo Araya.

Neruda, que sufría un cáncer a la próstata, concluía sus memorias en la clínica y permanecía leyendo durante el día, según la enfermera que lo atendía, Patricia Albornoz. El certificado de defunción, firmado por el urólogo Roberto Vargas Salazar, quien no estuvo presente el día que murió Neruda, señalaba “la caquexia por cáncer metastásico de próstata, como causa de muerte”. En la clínica Santa María, Neruda trabajó en sus memorias junto a su secretario, también asesinado, Homero Arce. Según los laboratorios de Canadá y Dinamarca, Neruda adquirió en vida la bacteria mortal. Conocidos los hechos, han pasado doce años desde el inicio de la investigación, Chile espera un veredicto oficial de parte de la jueza Paola Plaza. Rodolfo Reyes, sobrino de Neruda, dijo a los medios de comunicación que por ser parte querellante en el proceso judicial tuvo acceso al informe y que éste corrobora que en el organismo del escritor había “gran cantidad de Clostridium botulinum”, toxina que puede llegar a generar problemas en el organismo humano, como dificultades para respirar, tragar o hablar y parálisis, entre otros síntomas, e incluso la muerte.

El país espera también que las Fuerzas Armadas de Chile se comprometan a un nunca más, como lo hizo la Armada, respecto a una repetición de los hechos del 11 de septiembre de 1973.

Donde el país nace y nunca muere

Donde el país nace y nunca muere,
emerge el desierto, el mar y la cordillera,
bajo las filosas rocas, ruinosas piedras,
escombros olvidados,
luz de infinitas estrellas,
geografía de ripiosa arcilla.
Un Chile fantasmal recorre la memoria.
Lean los labios de los desaparecidos,
les digo,
aún no se ha dicho la última palabra.

 

Siento una voz

Siento una voz
que viene de tan lejos
o tan cerca, que la siento,
escucho sin perder
su más mínimo silencio.

 

La poesía

La poesía
acompaña
al silencio
de los que
no están.

 

El poema

El poema
es un enigma,
que no siempre
conoceremos
del todo.

 

A todos los sobrevivientes

A todos los sobrevivientes
del Chile fantasmal,
aquellos que resistieron
el fuego, el plomo y el dolor,
a quienes han permanecido
en nuestra bella y loca geografía,
los de adentro y los de afuera,
que nadie sea olvidado,
un abrazo en un aeropuerto,
una mirada en el espacio infinito
de las horas que registra la historia,
aplausos por el porvenir,
el tiempo que nos reúne y convoca
bajo la estrella solitaria,
que nunca se debió manchar de sangre.

Rolando Gabrielli
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Comentarios (5)

¡Gran aporte!

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Apasionante, inspirador, cultisimo, generosisimo, tierno, complejo y sencillo, millones de gracias por su síntesis y por brindarosla, todo descubrimientos!!
Enhorabuena, le felicito agradecida

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Excelente. Yo soy escritora y no nací iluminada como Rimbaud.
Y es terrible saber que, jamás superaré lo que admiro.
En fin.
Mis felicitaciones por la nota.

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Me gusta mucho la poesía. Sobre todo de esos poetas que habéis citado. Rimbaud. Baudelaire. Quevedo. Lope de vega. Calderón de la Barca. Garcilasso. Becquer.

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Un texto casi perfecto de sentimiento, de exactitud real, de conocimiento histórico/ literario… Me produjo complacencia. Traté de escribir directamente a Rolando para darle las gracias por la enumeración de poetas chilenos muy conocidos y de otros que no merecen el olvido.
Pero el principal motivo de mi intento es pedir, preguntar o dejar de lado una idea que me acosa desde muy joven: ¿cómo hacer para postular al Premio Nobel de Literatura a un poeta, filósofo y músico como es Joan Manuel Serrat? Esa ambición mía fue reforzada cuando la Academia reconoció al compositor musical Bob Dylan con ese galardón.
No soy español, ni escritor ni músico. Me comunico desde Santiago de Chile.
Serrat nació en España pero trascendió y ahora es planetario.

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