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Mi novela inconclusa

martes 19 de diciembre de 2023
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Mi novela inconclusa, por Rolando Gabrielli
Estas cuatrocientas páginas fueron escritas hace un tiempo que he olvidado con precisión, pero el esfuerzo suma sus buenos años.

Escribir una novela de la mano del protagonista, recorrer con él su vida, los lugares de su infancia, del presente, mantener ese pulso diario, es absolutamente apasionante e irrepetible, porque en ese cajón de sastre que es la narración, acuden personajes, historias, esa realidad asombrosa que el lenguaje va reconociendo, investigando con absoluto rigor de la realidad y de la ficción, constituye una poética de la vida que nos ha tocado vivir para que otros la disfruten igualmente con pasión. Y no pareciera, pero hay un presente paralelo irrenunciable. (Puedo decir que sentía los pasos de la protagonista a miles de kilómetros, el aroma de su piel, la risa, el marcado acento del sur, vivía su vida cotidiana desde que se levantaba y tomaba su primer café, nos conectábamos por tierra, mar y cielo, desde luego a través de Internet).

 

El silencio libra sus mejores batallas en silencio

Uno comienza aparentemente a entender por qué brilla intensamente sobre la página en blanco un camino desconocido, oscuro, a veces, y es el lenguaje quien tiene esa llave maestra, donde el pasado toma vigencia y cumple su papel de revelar, proponer, transformar cada una de las experiencias vividas e imaginadas o por vivir. Se hace memoria viva de su propia historia.

Un poeta, al menos mi experiencia, no se instala frente a un mapa para diseñar meticulosamente la trama a través del detallado deambular de los personajes de la novela (del texto en cuestión) y establecer una especie de cuartel central donde se mueven con precisión las piezas de un rompecabezas y en el hilván del ajedrez, sus movimientos van cobrando consistencia. No es mi caso, lo que he escrito y dejado reposar más de una década en silencio absoluto es producto de la tempestad de cada día y noche, interpretando, socorriendo, escuchando a la protagonista, tratando de salvarla de sus abismos, idas y venidas, y muchas veces dejándola llevar al viento de sus ideas, contradicciones, a la suma de sus actos que ni ella domina y menos, quien, a veces, escribe esa agonía deslumbrante. Es cuando el lenguaje entra en esa vida e irrumpe, muchas veces, entre la soledad y el silencio, la pasión y el deseo. Es tal la fuerza de lo que el lenguaje, la imaginación, realidad, son capaces, que una historia se va construyendo sobre los espacios que va dejando el silencio cómplice. Algunos libran al silencio de cualquier responsabilidad en una narración, pero ese no es mi caso, hay personajes que lo expresan con una voluntad única y una pasión intransferible.

 

Testimoniar es un deber en nuestras vidas, como escribir, respirar.

Escribir es respirar

Esta escritura tenaz contra viento y marea, que tiene el telón de fondo de la historia vivida, de micromundos paralelos, lo más probable es que no sea una novela, sino una mixtura de géneros, donde lo híbrido busca armar el cuerpo del delito del texto central. ¿La pasión puede llegar a ser un delito? Una aventura es apasionante, es un viaje sin itinerario, es un salto casi al vacío, aunque vayas acompañado, es un misterio hacia lo desconocido, por eso apasiona, lleva a descubrir, escudriñar donde sólo a veces las palabras pueden llegar, es una retórica que se inventa a sí misma, se evade en algunas oportunidades, reencuentra, recrea, se denuncia por obvia, y yo la prefiero siempre cómplice. Testimoniar es un deber en nuestras vidas, como escribir, respirar.

Hoy los géneros literarios se confunden unos a otros para convertirse en nuevos signos de expresión. Estas cuatrocientas páginas fueron escritas hace un tiempo que he olvidado con precisión, pero el esfuerzo suma sus buenos años, al tiempo que tendría que buscar entre cientos de papeles, libretas, apuntes, correos, esa fecha mágica en que se encendió la lámpara de Aladino. Es algo pendiente, que tendré que hacer, como volver a revisar lo escrito y concluirlo. Es un deber ante la protagonista que ya no está físicamente, editar una historia particular, única, que el tiempo ha guardado casi de manera inexplicable, un poco secreta e indiferente, pero obstinada, resuelta, al parecer.

De las crisis de la novela se han derivado tantas muertes como velatorios. Habiendo numerosos ejemplos de la flexibilidad y el encanto del género, de su voluntad camaleónica por ser o no ser y volver a ser, resulta novelesco hablar de su final o de reflexionar acerca de su continua contaminación. No he pensado en la academia, ni en la lista de géneros y sus derivados, más bien he dejado correr la hipnosis de la imaginación y las palabras, el azar de los días y la terca memoria, esa obsesión que fija el tiempo sin ningún compromiso de manera espontánea y las ganas de vivir la historia.

 

El azar interviene sin ninguna pretensión

Debo confesar que nunca he tenido una idea explícita del relato, me he dejado sorprender por las historias, los acontecimientos, la protagonista que pulsa más de un camino dentro del texto que se apoya en lo sorprendente que resulta ser la vida de cualquier ser humano. Milan Kundera, un maestro de la novela, sostiene que la obra de cada novelista contiene una visión implícita de la historia de la novela. Los consagrados novelistas trazan una arquitectura de la novela, una especie de diseño, donde cada espacio ocupa su lugar en el libro. He trabajado por más de dos décadas con arquitectos y no los veo escribiendo una novela, ni a mí diseñando plantas para edificios. Lo cierto es que no he encontrado a un lector desinteresado para este texto, que nació de un afortunado encuentro como suele suceder cuando interviene el azar sin ninguna intención y menos pretensión.

Una novela o su símil puede escribirse para distintas tentaciones, cada autor certifica en ellas sus propios demonios, los asume, les otorga una dimensión y su propio significado, para alcanzar algo muy parecido al espíritu de la novela, cuya atmósfera no es absoluta, sino una vela a voluntad de los vientos marinos. En este escrito, que no calificaré, ni clasificaré, están los sueños y la realidad, como parte intrínseca de la ficción. García Márquez descubrió en La metamorfosis, de Kafka —Transformación, para Borges (que se negó a escribir una novela)—, que en la novela todo era posible si una persona una mañana se convertía de la nada en un gigantesco insecto como le ocurrió a Gregorio Samsa.

 

Me quedo con el viaje, la aventura, los sueños y la realidad, con el cajón de sastre que resulta ser una novela o los géneros que en ella se revelan y desvelan.

El espíritu de la novela es el espíritu de la continuidad

Me quedo con el viaje, la aventura, los sueños y la realidad, con el cajón de sastre que resulta ser una novela o los géneros que en ella se revelan y desvelan, y en el tamiz que se desprende de su lectura e interpretaciones. Lo importante es que no estamos ante un soldado entonando algún himno frente a una bandera, para convencerse de que pertenece a algo y está dispuesto a marchar hacia el infinito. Me he extendido, quizás más de la cuenta, para hablar de un cuerpo invisible, no he citado a Cervantes, padre de este género dinosaurio para algunos, ni a Joyce, Proust, Dostoyevski, Cortázar, Faulkner, etc., porque son muchos los que han instalado la novela en el siglo XXI, desde hace varios siglos. Eso demuestra la consistencia del género, su resiliencia para destacar su capacidad no sólo de adaptación para los nuevos tiempos, sino por su versatilidad para superar los obstáculos de las modas y la banalidad, tan de moda en la actualidad.

Me parecen más que pertinentes estas palabras de Kundera cuando dice: “El espíritu de la novela es el espíritu de la continuidad, cada obra es la respuesta a las obras precedentes, cada obra contiene toda la experiencia anterior de la novela. Pero el espíritu de nuestro tiempo se ha fijado en la actualidad, que es tan expansiva, tan amplia que rechaza el pasado de nuestro horizonte y reduce el tiempo al único segundo presente. Metida en este sistema, la novela ya no es obra (algo destinado a perdurar, a unir el pasado al porvenir), sino un hecho de actualidad como tantos otros, un gesto sin futuro”.

 

La novela es hija del rigor

Con cauteloso optimismo, apostando al ingenio, creatividad, curiosidad humana, dejemos que la novela siga construyendo su propio futuro, sin olvidar que la estupidez también camina a paso firme abriendo sus propios caminos. La novela, la literatura, la imaginación, el pensamiento humano ha llegado a otros planetas antes que las tecnologías lo hayan hecho posible. El hombre no dejará de imaginar otros mundos, enriquecer el suyo; mientras esté vivo intentará el viaje y es lo que he intentado con este relato, escritura, vivencias, aventurar en el pasado, no dejar de soñar, siempre con esperanza y continuar la historia, a veces, la literatura resulta algo personal.

La novela es hija del rigor, Cervantes inició el Quijote en la cárcel de Sevilla, luego de ser acusado de malversar fondos de unos impuestos. Diez años se demoró antes de comenzar la segunda parte, probablemente por la aparición de una apócrifa de Fernández de Avellaneda. En su vida, que fue muy azarosa, no era considerado un autor serio, y vivió en pobreza. Las veinticuatro horas del Ulises de James Joyce, una obra maestra, cuya primera edición fue el 2 de febrero de 1922, fue rechazada durante años y quemados sus ejemplares que vieron la luz en Estados Unidos.

 

La novela tiene sus caminos que se bifurcan, por la mano maestra de un autor o de las circunstancias.

Los caminos se bifurcan

Kafka, el más tímido, curioso, misterioso, brillante. Inconcluso, quizás de los novelistas del siglo XX, fue un corredor de fondo —que tuvo poco tiempo— en medio de obstáculos visibles e invisibles, pero obstáculos al fin. Tan así fue que nombró a “un pirómano”, su amigo, Max Brod, para que quemara su obra que lo llevaría a ser una de las cumbres de la narrativa del siglo XX. La novela tiene sus caminos que se bifurcan, por la mano maestra de un autor o de las circunstancias. El Quijote iba camino a Zaragoza en su segunda entrega y terminó yendo a Barcelona, para dejar al descubierto un plagio.

Ejemplos, explicaciones, como críticas, opiniones de toda naturaleza, sobran, aunque son importantes y algo de ellas aprendemos. Kundera nos advierte que la novela es, ante el olvido, un castillo pobremente fortificado. Si para veinte páginas, añade, cuento una hora de lectura, una novela de cuatrocientas páginas requerirá veinte horas, digamos, pues, una semana. Pocas veces, dice, encontramos una semana libre.

Rolando Gabrielli
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