
Cada poeta viene con las palabras contadas, precisas, son únicas y a él le corresponde decirlas en su tiempo y época. En tiempos de la inteligencia artificial y de la imagen, como reina inequívoca de todas las redes, la palabra sorprende más de lo que muchos piensan y desearían. El alfabeto tiene su magia inclusive para el analfabeto, porque deletrea monosilábicamente, en el rudimentario gesto que la palabra puede hundir y hacer estremecer en su propio silencio o en una implacable interjección. El verbo apela a todas las intensidades posibles del idioma, habla, y se escribe, reescribe a sí mismo, como en un principio.
La escritura es una cita con todo lo que uno es y ha sido, está siendo, será. Es un vicio, una pasión, un monólogo ineludible con la palabra. El tiempo en este tipo de batallas suele, puede ser, el presente, pero siempre afirma un pie en el pasado y en el porvenir. El escritor escribe para la memoria del futuro, sin olvidar el pasado ni dejar de reafirmar su presente.
En esta tarea que se ha impuesto, porque nadie le obliga a deletrear una sola palabra, siempre está solo, se mira en el espejo social, sabe que el más mínimo gesto de la naturaleza humana que le rodea y conforma su atmósfera, y cuanto ocurre alrededor de la vida, tocan a su puerta y palabras. La sorpresa es para quien se deja sorprender de la mejor y buena manera, porque los días tienen ese azar de cosas que no son vistas a simple vista.
Los poemas rompen el cascarón cuando se cumple el tiempo necesario. Han tenido tiempo suficiente, cuando son escritos, para probar sus alas y volar.
Aquí hay un grupo de poemas personales, escogidos al azar, forman parte de este tiempo y de otro, respiran un mismo aire, nacen de unas mismas manos, y van a muy distintos y diferentes lectores y lugares. Si uno de ellos lograra despertar alguna inquietud por la poesía, me daré por satisfecho, amigo lector.
Escrito estoy
Escrito estoy,
en palabra y verbo,
nacimiento y bautismo,
amarrado a la fe,
dentro de una botella,
náufrago.
Alimentos post mortem
Los muertos agradecen
la ayuda del cielo.
Están hambrientos
de vida.
Los paracaídas
caen en silencio
en medio del sordo ruido
de las bombas y cañones
un poco más al sur.
La muerte repartirá
comida rápida
antes de volver a matar.
Esta preciosa mercancía
ya tiene un nombre,
además de un propósito:
alimentos post mortem.
Se ha roto el espejo / Bajo el cristal herido
1
Se ha roto el espejo,
al otro lado, la realidad
va silbando imágenes
que alguna vez creyeron
perder algo de su identidad,
bajo el cristal herido.
2
Bajo el cristal herido,
al otro lado,
la realidad va silbando
imágenes que alguna vez
creyeron perder algo
de su identidad.
Se ha roto el espejo.
Gabriela Mistral
El día que Gabriela Mistral regresó a Chile
por última vez, fui a conocerla con mi madre.
Estaba por cumplir diez años y me acordaba
de los piececitos de niños azulosos de frío,
porque iba a la Escuela 50,
ubicada en la Alameda, próxima a Las Rejas,
donde asistían niños con los pies descalzos
y los inviernos en Santiago son crudos
como la cordillera nevada de los Andes.
La Mistral había dejado el país para siempre,
vagabundeó por la loca geografía como maestra,
cónsul en Europa, Brasil, México, Estados Unidos
y, de tanto dar vueltas por el mundo,
decidió quedarse en Nueva York, en Long Island.
Fueron sus últimos años en esa Larga Isla.
Regresó a Chile maquillada en la solemnidad
de la muerte y así fue, en realidad,
como la vimos con mi madre, de vuelta a Chile.
La poesía de ocasión
La poesía de ocasión,
circunstancial, oportuna,
del momento,
de pública y privada
aceptación,
esa muy solicitada,
de sobremesa,
casi improvisada,
retórica,
de rima fácil
que de aplaudir motiva.
No le abras
la puerta
ni le cierres
la salida.
La Corte
La Corte
está estudiando
de qué muere
la muerte
cuando la están
matando.
Este verano arde
Este verano arde en su propio deseo,
pensaba estos días en mis tres jardines,
el sol en todas partes y no era una metáfora,
un dios absoluto prácticamente en llamas.
Qué pueden decir estas palabras
que arden de sólo frotarlas.
El sol baja por nuestra garganta,
está ciego y no ve, de tanta luz,
por dónde anda y a dónde va.
Es el verano que a tientas
nos visita con una puesta de sol,
su mejor cara.
Un rostro viene de lejos
Un rostro viene
de lejos,
el viento
lo trae y mece
en marzo,
en la estación
que nace y espera.
Me dejé escribir
Me dejé escribir
y ahora
no hay quien
me borre.
El poeta lo dio todo
El poeta lo dio todo,
hasta un último verso
que aún no encuentra
paternidad.
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