
No se puede leer todo o casi. La cantidad de buena literatura corre casi por parejo. Muchos hablan de la desaparición del libro. Pero se sigue editando y vendiendo en todas partes del mundo. Uno, escritor, privilegia su escritura, el trabajo para sobrevivir, y muchas veces la relectura. Así que es difícil estar al día. Hay nuevas novelas de quinientas páginas, el mundo literario no se detiene y con las nuevas tecnologías de la inteligencia artificial no me imagino la fiebre exponencial de ediciones. Es una trampa en todas sus formas que una máquina piense por un escritor o alguien que se hace llamar como tal.
Viene, llegó, más bien, un mundo nuevo, alucinante, de ficción real, está aquí y en movimiento. Seguiremos asombrándonos, confío en que la palabra impresa siga demostrando su poderío, fuerza, creatividad, humanismo, en una palabra. Las máquinas ya están asociadas a los seres humanos y van creciendo en capacidades y funciones. Es un hecho. De los humanos dependerá si se dejan manejar por estas inteligencias artificiales que son creación del hombre.
Ha muerto una escritora canadiense, Alice Munro, cuentista, premio Nobel, a la edad de 92 años, y no alcanzó, seguramente, a asociarse a esta inteligencia artificial, sino que apeló a su propia ficción. Haruki Murakami acaba de publicar una colosal novela de quinientas páginas, su literatura es original, novedosa y no apela a la inteligencia artificial, es lo que creo. La imaginación propia y la creatividad deben luchar por trazar su camino, me parece. Gabriel García Márquez fue lo suficientemente original como para creer en el poder de nuestros sueños, memoria, realidad, historia, lecturas para crear nuevos mundos. Borges, Cortázar, Bolaño, Onetti, Vargas Llosa, Rulfo, contaban sus propias historias desde la ficción y la realidad. Y sí lo hicieron con una gran inventiva y originalidad envidiable.
Munro buscaba que sus cuentos conmovieran a cualquiera que los leyera, que sintieran una recompensa por la lectura. Qué más se puede pedir.
Murakami acaba de lanzar una novela, en su tono narrativo, bajo el título novedoso y real: La ciudad y sus muros inciertos, una historia cuyos protagonistas adolescentes no tienen nombre. ¿Vamos a transformarnos en un número?, me pregunto. El tiempo dirá. Bueno, la novela habla de un amor perdido y la búsqueda de la identidad.
No quisiera dejar pasar algo que me pareció tan original como contradictorio. Me refiero a lo que se dedicaba el padre de Munro. Era un criador de zorros y aves de corral, una paradoja fenomenal.
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