
Los acontecimientos en nuestro planeta, como las noticias que lo retratan, no son muy halagadoras y el periodismo que se encarga de presentar este panorama tiene su propia agenda, cuyos objetivos e intereses no siempre identificamos. Este es el mundo que Mafalda veía siempre con humor, pero que de alguna manera le daba una oportunidad de cambiar para mejor. La imagen que nos brinda en tiempo real es como si estuviesen en erupción varios volcanes al mismo tiempo y la gente corriera en un sálvese quien pueda. ¿Somos extras de alguna película apocalíptica en plena filmación?
Algunos con los cuales converso a veces se hacen la pregunta, aproximándose a Adorno sin conocerlo ni saber por qué hizo tal afirmación: si estos tiempos ameritan seguir escribiendo poesía. Adorno dijo precisamente que después de Auschwitz no se puede escribir poesía. Años después de leer a Paul Celan, al parecer, se retractó. Esos campos de exterminio que hemos visto en películas son de terror, indiscutiblemente; la maldad alquilaba esos espacios a la muerte en su versión sádica.
El siglo XX y el XXI, en el cual nos encontramos, en África, Irak, Afganistán, Medio Oriente, América Latina, y donde el poder se ejerza brutalmente contra el hombre y su humanidad, se seguirá ejercitando la sevicia y algún modelo de esclavitud sofisticado y contemporáneo. El caballo de Atila y sus huestes, que no dejaban crecer la hierba en los caminos hacia sus conquistas, es una metáfora romántica de las agitadas noches del rey de los hunos.
Hoy apuntan desde un balcón los mortíferos drones hacia un objetivo que duerme plácidamente en su alcoba o un misil silencioso aparece de los altos cielos con la precisión de un dardo que da justo en el blanco. La ficción pareciera que también debe poner atención a su aventajada discípula o maestra, la realidad.
La poesía puede llegar a la sátira con alguna facilidad, ser demoledora de honras y virtudes, prestigios, reputaciones y otras arandelas sociales, pasar a ser puro divertimento, elevar a la divinidad a un tirano y también ponerle las orejas y el rabo al más pintado y ridículo dictador. Tiene la capacidad de humillar y ensalzar, es el don y poder de la palabra. A través de los siglos los poetas han ido a la cárcel y los sátrapas han sido señalados por la historia.
La palabra, ni la poesía, deben autosilenciarse; por alguna razón se han quemado miles de libros, prohibidos sus autores, estigmatizados, condenados a campos de concentración o llevados a los tribunales por jefes de Estado que se sienten amenazados por la verdad. Los ejemplos sobran y curiosamente continúan en nuestro siglo, donde el fanatismo gana adeptos. Hay quienes se vanaglorian de atacar y considerar a la cultura un enemigo del sistema y a quien ejerza su derecho de practicar cualquier disciplina artística por considerarla un riesgo para el adoctrinamiento de un sistema.
Ignoran que la poesía sólo necesita que sople ligeramente el viento para encender un fuego y quizás el comienzo de una hoguera. La poesía forma parte de las raíces del hombre, de la humanidad, es semilla de nuestro ser. Prohibirla es inútil, es como querer acabar con las piedras, es un vano intento de contar los granos de arena del desierto, acabar con los cinco sentidos de la humanidad.
La poesía no lucha un día, ni dos, ni cien, y no se trata de que persistirá mientras existan las palabras. Estoy convencido de que está en todas partes. Cuando más se diga que no son buenos tiempos para leer ni escribir poesía, que el mundo no está para la lírica, que nuestros ojos deben mirar hacia el frente de batalla, la poesía estará más despierta que nunca, debajo de una piedra en el camino nos detendrá la voz oculta del poema que aún no se ha escrito.
La piedra no opone resistencia
cuando alguien ocioso la lanza
molesto y sin sentido
espera golpear algo o alguien.
La piedra sigue su curso,
nunca se detiene ni mira hacia atrás,
sabe que tiene un destino.
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